ENSAYO SOBRE LAS DOS RUEDAS (xxxix)

………..continúa…

 A la deriva (y III)

Existen algunos lugares que guardo para visitarlos en momentos especiales. Ahora recuerdo una dehesa de fresnos cerca de Guadarrama, donde no siempre pastan unos toros bravos de un negro sucio salpicado de barro. La primera vez fue así: regresaba a casa con mi bicicleta de montaña, e iba por la carretera, cuando vi que algunos coches estaban parados en el arcén, y sus ocupantes pasmados mirando un prado al otro lado de la carretera. Era morado, de un intenso lila que parecía salir de una pantalla de plasma conectada al máximo contraste, y sobre el que tranquilamente rumiaban unos toros más propios de Mary Poppins que del campo serrano por donde tantas veces había pasado antes, y que comúnmente posee un color verde más o menos modulado según la estación y la humedad. Pero en esta ocasión, y durante apenas unos cinco días, se mantuvo así, hasta que las flores se marchitaron, y al poco se hizo rojo de unas amapolas que luego se diluyeron en otras flores blancas y finalmente amarillas.

Me admiran estas exaltaciones de la naturaleza. Seguro que proceden de una original combinación de factores ambientales, pero lo singular es que al unísono miles de criaturas independientes cuyas semillas han permanecido ateridas por el frío bajo la tierra, de repente, como al golpe de un gong, se decidan a brotar espontáneamente.  Ocurre también con las jaras, o con los piornos, cuando en otras ocasiones, ya en zonas más agrestes con rocas, de pronto las grietas y los claros se cuajan de blanco o de amarillo.

A veces me pregunto si algo parecido no estará ocurriendo también con las células de nuestros cuerpos, que al unísono transformaran su metabolismo en relación con sutiles alteraciones del entorno, y que los cambios de humor que tendemos a achacar a episodios concretos de nuestra vida, procedan realmente de esas modificaciones. Sería nuestra consciencia como un testigo errado que más allá de las evidencias fuera incapaz de penetrar en las causas ciertas de nuestras transformaciones psicológicas, un investigador confundido que como Nasrudín, sólo fuera capaz de buscar la llave bajo la luz de la farola, únicamente porque allí, precisamente bajo su cono de luz, resultaba fácil y evidente poder ver.

El conocimiento acontece como una narración que explica unos hechos, contada en unos lenguajes que instrumentalmente nos permiten describir la realidad. Sobre las lenguas se adhieren los llamados lenguajes científicos, sobre sus fonéticas una parte del lenguaje musical, sobre la lógica, el lenguaje matemático, y los lenguajes químicos, físicos, biológicos, etc., interrelacionados, y también dotados de características propias. Pero los hechos, la información, los datos, nunca esperan al margen del observador a que éste les dé una explicación, sino que como hizo el sabio irónico sufí, a los hechos hay que alumbrarlos, ya sea cómodamente bajo nuestra farola familiar, o en el extremo, saliendo a la deriva con una linterna. Los hechos son las flores moradas de mi prado que aquel día llamaron mi atención, pero no el zumbido del tráfico que se cuela por la ventana de mi despacho y al que pretendo hacer el mínimo caso.

La ciencia más compleja versa sobre lo que tenemos más cerca, nuestro cuerpo, y sobre todo, la ciencia del cerebro, la neurología. Materialmente nunca percibimos directamente el mundo, ni nos lo representamos, sino que realmente detectamos la alteración corporal que los estímulos están provocando en nuestro sistema nervioso. Maturana y Varela lo explican magníficamente en El árbol del conocimiento. Los hechos del mundo no forman, por tanto, un almacén que el científico va vaciando concienzuda y metódicamente, sino un cierto acoplamiento estructural entre el sistema nervioso y la realidad, una búsqueda siempre orientada por el deseo, y que nunca decaerá en solipsismo debido a la intervención del lenguaje, ese tegumento social que hace posible que nuestras autistas médulas óseas entren en resonancia.

Por esta razón, la ciencia de nuestro cuerpo, la medicina, la psicología, o la psiquiatría, se nos revelan como una tarea tan sobrehumana, porque la llave y la linterna resultan ser la misma cosa. Lo que no ha impedido que estas ciencias hayan evolucionado, y que realmente muchos tratamientos ayuden a curar a las personas. Pero sorprende que la medicina haya alcanzado tales éxitos cuando realmente desconocemos cómo funciona exactamente el cuerpo humano.

Para saber en qué minuto exacto se va a producir el próximo eclipse lunar sólo –y nada menos- tendremos que aplicar unos modelos matemáticos de funcionamiento del sistema solar. Del cuerpo humano no existe tal modelo. Si queremos saber cómo una sustancia nos va a afectar, no podemos introducir la dosificación en un ordenador para que nos conteste acerca de la evolución del paciente, sino que tendremos que montar todo un ensayo clínico, ya sea sobre una muestra de otras personas, animales de laboratorio o tejidos vivos, para observar estadísticamente la respuesta y obrar en consecuencia.

Pero analicemos cualquier enfermedad, consultemos los artículos científicos escritos al respecto por profesionales y avalados por todo un consejo editorial de expertos. Puede resultar desolador. No existe consenso ni sobre las causas, ni sobre los tratamientos. Lo cual no impide que haya médicos que realmente estén ayudando a curar a muchos pacientes.

Todo el conocimiento humano es así, pero en la medicina se expresa de forma mucho más clara, por la complejidad inherente al observador que se fiscaliza a sí mismo. No existe un saber, sino muchos conocimientos y versiones que se entrecruzan y que forman como hebras de esa gran tela que nunca vamos a poder tejer. A veces se intuyen con facilidad las uniones, los nudos, por dónde debería enhebrarse el hilo, en muchas ocasiones no, y en otras, la imposibilidad de encontrar una coherencia ha llevado a volver a coser desde el principio, o a recuperar de la basura retazos desechados y que a la luz de nuevos descubrimientos vuelven a cobrar vida. En la medicina esto se aprecia de forma muy clara. Por ello el médico que fue Conan Doyle haría que su detective de leyenda aplicara el método abductivo para razonar hacia atrás, utilizando la contrainducción, y así poder recomponer, de la manera más plausible, las cadenas causales rotas que todo detective encuentra en el escenario de un crimen. Como lo hace un buen médico, tanto para obtener un diagnóstico acertado, como para elaborar la estrategia de sanación.

Hasta ahora hemos considerado que el ser humano poseía una cierta esencia que nos definía y que debíamos conservar: “conócete a ti mismo”; “tenemos un alma semejante a la de dios”; “todo ser humano atesora una dignidad intrínseca”; etc. Su último reducto lo encontramos en la genética, que opera como un conversor negaentrópico: envejecemos ubicados en una estructura social que nos fabrica, pero por largo y profundo que fuera nuestra deriva social y personal, nuestros hijos volverán a nacer con la misma base genética, o esencia, con que originalmente también fueron engendrados sus padres. ¿La biología nos ofrece el último asidero absoluto frente al relativismo que está destrozando todas las tablas de salvación construidas históricamente por el ser humano? Se ha demostrado que el poder y la tecnología nos construyen hasta alcanzar capas profundísimas de nuestra individualidad, pero se considera que nunca más allá de esa base genética que nos define y que definirá a nuestros descendientes. He aquí la razón de esa búsqueda afanosa por los orígenes de la humanidad, por descubrir el genoma, por hallar los genes específicos que nos distinguen, y por conectar ese lenguaje de 4 guarismos que forma la narración de nuestro ADN, con la esencia que nos convierte en humanos.

Pero la genética no deja de ser otra ciencia, una especie de criptología en la que el significante lo vamos descubriendo, pero en el que los significados a nivel de comportamiento, ética, voluntad, deseo están sometidos al mismo tipo de epistemología que define el resto del saber humano. Y lo que resulta sorprendente, que ese lenguaje genético opera al mismo nivel que el resto de lenguas, por lo que cada palabra o conjunto de fonemas no va a adoptar un significado propio, sino sólo en relación al resto de fonemas con quien se emparente en cada ocasión, y cuyo diccionario, por tanto, constituye un sistema auto-referencial en el que nunca seremos capaces de elaborar una cadena de significados consistentes y completos. Por no hablar del enredo en el que nos sumerge la inmensa cantidad de material genético “basura” (y que parece que trabaja como lo hace la entonación y los acentos en la lengua hablada), la transferencia horizontal de genes entre especies y los descubrimientos en el campo de la epigenética y por la que ciertos caracteres adquiridos pueden ser heredados sin cambios en el ADN.

Resulta apasionante. ¿Podría ocurrir que por yo haber recorrido tantos kilómetros en bicicleta mis hijos pudieran heredar un metabolismo mejor adaptado al ejercicio físico? Que sin mutaciones se puedan heredar aptitudes o características que han ejercitado los padres, ¿no destruye esto también la pretensión esencialista basada en la genética? ¿Y si incluimos en el razonamiento la posibilidad de poder alterar, mediante tecnología biomédica, el propio ADN humano con objeto de dotarnos de ciertas aptitudes y capacidades sobrehumanas? La posibilidad del ciborg está aquí. Yo diría que incluso la necesidad.

Hasta ahora las bicicletas, como todas las tecnologías humanas, han sido externas. Nuestro cuerpo todavía tiene que aplicar unas palancas mecánicas para activar unos pedales, un micrófono, el ratón del ordenador o el volante del coche. En función de unos órganos sensoriales no modificados artificialmente, actuamos con nuestra mecánica original sobre unas máquinas cuya respuesta analizamos también con nuestro natural sistema perceptivo con el fin de seguir accionando, en consecuencia, otros botones y palancas. Pero nuestro cuerpo resulta ya demasiado lento, poco sensible, ineficaz, torpe para interactuar con el sistema tecnológico que estamos montando a nuestro alrededor.

Esto yo lo veo muy claro a nivel de entendimiento, o de memoria. No puedo albergar en mi mente todas las tareas, recados, obligaciones, datos, ideas, citas que exige mi actividad, y necesito, por ello, de una dotación cada vez mayor de instrumentos informáticos y de almacenes externos que suplan este déficit y me permitan dedicarme a crear, una actividad que yo todavía deseo realizar por mí mismo -y que me aporta placer- o a pedalear libre e ingenuamente sin tener que estar agobiado por los mil detalles que copan mi vida y que no puedo tener abiertos a la vez en mi conciencia. Pero los ordenadores, las agendas electrónicas, las nubes de datos que almacenan exógenamente mi memoria, siguen siendo ajenos a mí, debo interactuar mecánicamente con ellos porque no están conmigo como un flujo de electrones en mi cerebro, sino fuera de él y sólo en ciertos momentos, y a través de alguno de mis órganos sensoriales –la vista o el oído- van a poder penetrar en mí como una impresión. ¿Y si pudiera integrar un chip en mi cerebro que me dotara de ese plus de memoria?

Cuando voy sobre mi bicicleta tranquilamente por el campo siento el enorme placer de poder accionar de forma simple un mecanismo que me permite avanzar y saborear un paisaje con todo lujo de detalles, que posiciona mi mente de forma adecuada para reflexionar y poder compartir experiencias con mis compañeros de viaje. Por lo que habrá personas que se pregunten, ¿por qué estamos haciendo la vida tan compleja, tan absurda, que para poder afrontarla como seres humanos y poder sobrevivir y no enfermar, tengamos de dotarnos a su vez de un material tecnológico que suplante nuestros déficit cognitivos y sensoriales para interactuar con una realidad artificial que crece exponencialmente? ¿No sería más fácil irnos a plantar cebollas, pasear en bicicleta y volver a escribir con pluma de ave?

Cuando veo a Einstein –en la foto que acompaña este capítulo- tan feliz manejando su bicicleta, no encuentro ninguna dificultad para vincular la tecnología, la creatividad científica, el avance de la ciencia con la aspiración tan humana a disfrutar, sentir placer, comunicar o reflexionar pacíficamente. Más bien considero que ambas facetas se dan en el ser humano de modo indisociable. No sé si habrá bicicletas en el futuro, pero ciertamente encontrar sencillez en lo complejo será siempre una habilidad muy humana… ¿he dicho humana?

……..continuará…

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