Orden y libertad

Las burocracias estatales y capitalistas han sido capaces de crear una densa red de leyes y normas que poseen el objetivo último de convertir en indispensable su presencia ubicua en todas nuestras decisiones, en crear artificialmente una estructura tan abrumadora y compleja que lejos de ofrecer eficiencia y garantías, lo que provoca es precisamente la desunión y la debilidad de los ciudadanos, y sobre todo, la ignorancia sobre la mejor forma de ejercer la libertad individual.

En los artículos anteriores hemos estado hablando sobre la libertad, pero he intentado eludir la necesidad de ofrecer una definición. La experiencia de la libertad resulta muy diversa, aunque existen unas imágenes claras y compartidas en nuestros imaginarios. Esta mezcla de experiencia, práctica, ideal y deseo conforma lo que cada persona considera su libertad. Algo fundamentalmente individual, pero que únicamente se puede dar en interacción con las personas que nos rodean, nos acosan y nos ayudan, con las que competimos y con las que también cooperamos.

También, a diferencia de otras doctrinas, credos o adhesiones políticas, el anarquismo resulta escurridizo y no se deja limitar por programas, filosofías o definiciones. En casi todos los partidos, religiones o ideologías el acólito o el militante debe realizar siempre una especie de juramento o firma de unos puntos mínimos de adhesión. Lo cual no quiere decir que esos puntos se hayan mantenido estables históricamente, o que no haya habido disenso y controversias, o que la lectura o interpretación de los diferentes credos no haya sido diversa e incluso enfrentada. Pero casi todas las tendencias políticas se han caracterizado por erigir definiciones, y convertirlas en trincheras de lucha contra otros. No así el anarquismo, cuya peculiaridad reside precisamente en su alergia a la teoría y al pontificado, su repudio de las élites, de los guías y de los intérpretes de la verdad, por su rechazo a los intelectuales orgánicos y a todo lo que rezume a libertador o representante de las conciencias.

¿Podríamos sugerir que un anarquista es una persona que busca la máxima libertad en cooperación igualitaria con otras personas? Con estos mimbres, quizás una banda de asesinos podría definirse como anarquista, si las decisiones sobre a quién van a asesinar las adoptan por consenso y de forma igualitaria. Pero también podría decirse de ellos, según su forma de organización y su modo de adoptar decisiones, que podrían estar formando una organización fascista, comunista, socialdemócrata o democrática, si votaran, por ejemplo, para elegir el próximo fiambre.

No hay ninguna forma concreta de decisión en común que garantice una solución buena. Menos mal. Porque si hubiera un mecanismo de decisión pública capaz de asegurar la bondad de las decisiones habríamos eliminado la libertad. Son las valoraciones individuales de las decisiones y de los procesos las únicas acciones capaces de describir la moral o el valor ético de una decisión. De ahí la importancia de optar por procesos igualitarios que permitan la total libertad de abandonar la comunidad o los pactos en función de los resultados, aquellos sistemas que en todo momento permiten el ejercicio de la libre participación de la persona sin intermediarios formales, ni representantes.

El anarquismo no posee una moral, como no la posee ningún otro tipo de organización política, porque únicamente existe la visión moral que defiende cada individuo acerca de los procesos y de los resultados que le conciernen. De aquí la importancia de optar por sistemas que en todo momento respeten esta libertad de forma totalmente igualitaria, que luchen continuamente por evitar la aparición de autoridades y dirigentes, de intérpretes de lo público o de la comunidad que se erigen en apóstoles de lo bueno, y que en consecuencia, declaran una determinada moral o bien público como norma a seguir por toda la comunidad.

Pero el anarquismo no consiste sólo en establecer una forma o modelo de decisión, sino en su capacidad para adaptarse y experimentar la sociabilidad en función de cada sistema de opresión y explotación existente, y en adoptar una respuesta práctica en consonancia y con el objetivo de maximizar la libertad y evitar la acumulación abusiva de autoridad o coerción en determinadas minorías. Las comunidades anarquistas que existen y han existido, siempre se han caracterizado por intentar aplicar sus propios principios, sin necesidad de destruir previamente los sistemas de explotación existentes, por intentar crear un marco comunitario y de trabajo en el que poder maximizar la libertad de los individuos, por crear estructuras de convivencia alternativas en el mismo seno de las estructuras de poder existentes, de intentar vivir ya en contra de lo que nos explota, y por tanto, de ir creando ya la sociedad utópica en el seno mismo de la explotación. Por ello, el anarquismo siempre ha estado en crisis, y de ahí deriva también su enorme vitalidad y diversidad.

El anarquismo, a diferencia de otras doctrinas o ideologías, nunca ha intentado adaptar la realidad a un plan preconcebido, jamás ha intentado imponer un programa predeterminado, ni ha intentado que el poder asumiera unos objetivos de acción o unas determinadas actuaciones. Lo que sea una sociedad anarquista lo irán decidiendo sus miembros en sus mismas interacciones libres e igualitarias, en ese entorno cibernético en el que siempre ha consistido la sociedad, un sistema que dinámicamente responde con recursividad y retroalimentación, y en el que las restricciones rígidas que le imponen los planes, las normas talladas a machamartillo o las ideologías totalizantes no sólo restringen la libertad, sino que se transforman siempre en una esquizofrenia en la que lo real se explica siempre con mentiras autojustificativas, con medias verdades cómplices con el poder y su ideología hegemónica, en fin, con esa hipocresía que reina allí donde los planes o las morales que nunca funcionan y que no pueden explicar con veracidad la realidad imperante, se imponen como normas de conducta de una sociedad en la que sus élites se rigen por valores, criterios y conductas totalmente disonantes con ellos, al margen de lo que cumple para el resto.

El sistema capitalista no podría existir sin corrupción, sin razones de Estado, sin realpolitik, sin todo ese vómito ético que justifica la doble moral en razón de su imprescindible contribución a la estabilidad política, a la eficiencia de la economía, al mantenimiento del orden, al equilibrio internacional, a la seguridad pública, etc. Esas preconcepciones sobre lo que debe ser, esos valores o espíritus supremos que supuestamente rigen la marcha de los Estados, se convierten no sólo en reales restricciones a la libertad, sino fundamentalmente, en justificaciones de lo existente, en enemigos de toda posibilidad de cambio o evolución autónoma a partir de los deseos de los individuos.

Las cartas del juego político están amañadas por esta superstición en torno a los objetivos supremos de la nación, sobre la necesidad de planificar el futuro, de organizar sobre el papel y anticipadamente todos los detalles de cómo debe funcionar una sociedad perfecta, no tanto porque lo que se anticipa se vaya a cumplir -que nunca lo hace- sino porque la confianza en que esos planes se deben abordar y la creencia en que cada persona debe sacrificarse en su ejecución, codifica un sistema de explotación, que con independencia de los resultados, provoca la aquiescencia voluntaria y el continuo deseo reformista que exacerba hasta el infinito la necesidad continua de planificar y de influir o votar a los representantes y expertos que finalmente deberían llevarlos a la práctica utilizando el poder que delegamos en ellos.

No significa esto que la autoridad experta del médico que cura o del barrendero que limpia no sirvan de nada y haya que evitarlos, al contrario, resultan imprescindibles, pero no como norma suprema avalada por toda una estructura de poder, sino como saberes expertos que cada individuo o comunidad acepta en virtud de la confianza que le merece, y nunca de forma burocrática. La única autoridad válida o reconocible hay que ganarla y merecerla a través de la experiencia, se revalida continuamente y nunca se otorga por un sistema ajeno a las personas directamente afectadas que son, en última instancia, quienes ejercen la potestad de reconocerla o desestimarla de forma totalmente libre y voluntaria.

Estamos demasiado acostumbrados a que la autoridad de los expertos derive de la aquiescencia con el poder, de la connivencia con estructuras que aspiran más a consolidar opresiones o estatus quo, que a defender, proteger y ayudar a los afectados y ciudadanos que recurren a sus servicios. No es que todo lo que hagan sea erróneo o sea ineficaz o malvado, sino que sólo se hace aquello que no perturba el actual estado de cosas y que sirve siempre para perpetuar una casta de poder y una estructura establecida al margen de los afectados, ya sea en la sanidad pública, en el sistema educativo, en las decisiones sobre infraestructuras, o en cualquier ámbito del interés general o del bien público en el que el poder nos impone una élite de expertos que casi siempre actúan con prepotencia y soberbia.

Se considera que deben existir unas normas comunes a todas las personas, ya sea en la legislación, así como en los procedimientos y actuaciones que deben regir el desarrollo de las políticas públicas o la aplicación de tecnologías, pero ello no tiene por qué ser así, o al menos, esas normas no tienen que ser necesariamente universales. Los Estados intentan hacernos creer que existen unos intereses comunes al género humano, y que sus expertos y burócratas son los encargados de hacerlos explícitos, ya que su legitimidad y autoridad deriva de esta presunción, la de que existe un interés de la humanidad al que ellos se deben y que orienta las políticas y las normas por encima de la capacidad de los individuos de organizarnos por nosotros mismos.

En cierta manera, el demócrata anhela, con más o menos florituras, la existencia de un Estado mundial, de un gran parlamento universal en el que se diriman todas las cuestiones comunes al género humano, y en el que, en consecuencia, se aprueben las normas comunes a todos los individuos. Frente a esta centralización ideal, los libertarios defienden la existencia de una red humana de interacciones, la coexistencia de múltiples comunidades de decisión en las que la libertad y la diversidad de los individuos quede garantizada precisamente por la inexistencia de centros abusivos de poder, por la aplicación del principio de máxima descentralización.

Si no existe ya esa red de comunidades, si los intentos por crearlas resulta tan difícil en la actualidad, no se debe a la dificultad intrínseca que ello conlleva, sino a la acción histórica y continuada de los Estados y de los grandes centros de poder económico por impedir su aparición. Todo lo que el Estado ofrece de bienestar lo otorga a través de instituciones que actúan como una policía, ejerciendo violencia explícita o implícita, la denominada violencia legítima que caracteriza a todos los leviatanes. Si el Estado da un servicio lo hace siempre a través de una reglamentación única para todos, lo que lejos de garantizar la igualdad impone la desigualdad en el seno de la sociedad. Porque una igualdad ejercida sobre una diversidad de individuos libres genera desigualdad en el reparto del bienestar. El acceso a los bienes públicos y al interés general (educación, sanidad, defensa, etc.) se hace siempre bajo coacción, obligando a cumplir un procedimiento que los individuos no han aceptado, pero que si incumplen, conlleva la sanción, la cárcel o la exclusión del acceso al servicio público. Y como todas las herramientas estatales utilizadas para dar bienestar a los ciudadanos han sido fabricadas con una fuerte inversión de dinero público, la posibilidad de acceder a medios alternativos se ve muy mermada, tanto por su inexistencia, como por los costes asociados. El objetivo: crear un vacío tan grande más allá de los Estados y del mercado, que los ciudadanos tiemblen de pensar que podemos quedar aislados en un yermo carente de servicios.

Las burocracias estatales y capitalistas han sido capaces de crear una densa red de leyes y normas que poseen el objetivo último de convertir en indispensable su presencia ubicua en todas nuestras decisiones, en crear artificialmente una estructura tan abrumadora y compleja que lejos de ofrecer eficiencia y garantías, lo que provoca es precisamente la desunión y la debilidad de los ciudadanos, y sobre todo, la ignorancia sobre la mejor forma de ejercer la libertad individual.

No parece muy desacertado considerar que la organización de tipo estatal, centralizada y jerárquica genera élites privilegiadas en lugar de igualdad, destroza los lazos de solidaridad entre los individuos y produce indiferencia y una total carencia de compromisos, aplasta la iniciativa individual y también el pensamiento independiente y crítico.

En cambio, la cooperación entre pares o individuos iguales y libres, operaría como un principio homeostático (regulador) de la naturaleza, y también del género humano, donde competencia y cooperación no pueden entenderse por separado, o sus correlatos del egoísmo y del altruismo, de tal modo que el equilibrio, o la organización, no se establece por imperativo de un orden inmanente o exterior que lo impone con su espíritu ordenancista, con su fuerza, sino que surgiría de las mismas interacciones entre sus pares y de forma totalmente distribuida y no centralizada, en el seno mismo de la sociedad, de la anarquía de sus fuerzas vivas.

Improvisación libre

La improvisación o el juego que hace que lo cotidiano, lo normal o lo aprendido se transforme en algo nuevo. En el juego de la improvisación, que no es otro que el del acuerdo democrático, se busca, más que un objetivo concreto, un fluir común. El aprendizaje de la improvisación consiste en despojarse de prejuicios, en alcanzar una personalidad propia y diferente, en no temer el error o la equivocación, en dejar que la energía creativa del grupo fluya libremente.

Creo que la actividad de improvisar resulta esencial, tanto en el campo del arte, como aún más importante, en el de la vida y en la política. Ya escribí en su día sobre la improvisación en la música (y aquí), pero ahora querría ampliar el espectro.

Un factor fundamental de la improvisación consiste en hacer lo que a uno le dé la gana. En la improvisación existe un elemento de libertad salvaje que es el factor que hace tan atractivo el jazz, por ejemplo, o todas aquellas manifestaciones en las que unos actores, artistas o un orador se colocan ante el auditorio desnudos, sin partitura, sin red ni guion. A veces la cosa funciona, y otras no. Porque no todo vale para convertir una improvisación en algo útil, valioso, conmovedor, emotivo. No es que existan unas reglas estrictas, sino más bien un modo de hacer, una conexión lúdica que liga a los improvisadores entre si, a la vez que con el público que escucha activamente, también comprometido en el juego de la improvisación.

Recientemente asistí a un taller de improvisación impartido por Chefa Alonso, y en uno de sus libros sobre el tema incide en que la improvisación posee dos elementos que nunca pueden darse por separado: por un lado, la esencial autarquía de cada uno de los participantes, y por otro, la obligación de cada improvisador de escuchar a su entorno y obrar en consecuencia, o sea, de forma coordinada para lograr el fin o el objetivo “ad hoc” de ese acto único y original que es la improvisación.

En la improvisación cada artista expresa su individualidad, su virtuosismo, y lo hace de forma rabiosa. Pero lo que convierte a la improvisación en un arte para la política, es el hecho de que todo juego improvisatorio se realiza en comunidad, y que cada participante asume que únicamente cooperando con los otros improvisadores va a poder expresar lo que desea. Que es el juego en que consiste toda improvisación el que nos abre la posibilidad única de expresarnos libremente y por tanto, de caminar hacia el objetivo de construir sociedades democráticas.

Según se mire, lo de improvisar en la vida adquiere a la vez connotaciones estimulantes o peyorativas. A veces se alaba la capacidad de improvisar y otras se la denosta como un vicio casi nacional. En la improvisación nos colocamos ante lo inesperado, abrimos un entorno de incertidumbre que es precisamente el que posibilita la libertad. Pero existen una serie de errores arraigados sobre el alcance y el contenido de la improvisación. Quizás el más generalizado sea la idea que se tiene del improvisador como alguien que no ha preparado lo que va a ejecutar, que el mejor improvisador es el que no conoce profundamente la técnica del instrumento o de la materia en la que está improvisando, y que va a adquirir, durante la improvisación y por ciencia infusa, el don de la pericia técnica. Otro error consiste en considerar que para improvisar no hay que preparar nada, que no hay que ensayar la misma improvisación que se va a ejecutar sobre un escenario o en una reunión para decidir sobre una materia común, que con la experiencia sobra y que sólo sirve la espontaneidad y la intuición. O que la improvisación provoca siempre resultados artísticos o políticos o económicos siempre mucho menos eficientes que la ordenación planificada de todos los detalles escritos en un plan de actuación, en un guion o en una partitura.

Recojo las siguiente palabras de Chefa Alonso.

(la improvisación) representa la utopía que muchos deseamos: la existencia de un mundo solidario y no jerárquico, donde se ha disuelto cualquier sistema de control o subordinación.

Antes de abordar este tema, o sea, el uso de la improvisación en la política o en el trabajo, conviene matizar algo. Parece que el improvisador tuviera que eludir el pensamiento sobre el futuro, que la previsión no cupiera entre sus objetivos. Que el improvisador fuera un especie de cigarra que evita no sólo la anticipación de la hormiga, sino que incluso prefiere el caos al orden, que se obliga a ser irresponsable. Pero la improvisación no es un antónimo de la organización. Sí, en cambio, de la planificación ordenancista y burocrática. Porque el improvisador desea realizar una obra junto con otros improvisadores, no puede decirse que el improvisador no busque el orden, una organización, ni que no use de la experiencia para lograr cada vez resultados más valiosos. Pero lo que diferencia el orden improvisatorio del planificado es precisamente la espontaneidad y la libertad, el hecho de que todos los improvisadores, en pie de estricta igualdad, confeccionan, sin un fin concreto que los aúne, un orden dinámico siempre provisorio, pero solidario, consensuado espontáneamente y en el que siempre cada individuo posee la última palabra sobre cómo se va a comprometer en la ejecución final de la obra. En la improvisación, los constantes azares de la vida y del mundo, lo inesperado, se integran como oportunidad e inspiración, no como una amenaza que hubiera que controlar a través de la planificación centralizada.

No existen representantes del grupo o de la comunidad, porque cada improvisador se representa únicamente a sí mismo, se involucra y expone al común de forma totalmente personal. Es más, la riqueza de la improvisación va a depender de la diversidad de sus miembros, de la capacidad de cada célula de ser diferente, de encontrar un lenguaje propio y exponerlo al grupo de forma sincera y responsable. Para entrar en un grupo de improvisación hay que ganarse el puesto a pulso, pero cada participante es libre de salir cuando lo desee.

Sólo existe una preconcepción que concita a todos los improvisadores y sin la que la improvisación no puede obtener resultados valiosos, y es que todos asuman que la esencia de la improvisación es el juego, que durante la improvisación se abre un entorno lúdico, casi mágico, en el que los participantes se exponen, diríamos imaginariamente, y por tanto, sin vergüenza ni miedo, a un juego que va a establecer un orden o una operativa “provisional” y “ad hoc” para el futuro. Por ello no resulta tan importante el resultado concreto de la improvisación, sino la propia continuidad del juego, el que los artífices de la improvisación encuentren un vínculo estable, útil, confiado, estimulante, emotivo y racional en el que crear jugando. No se busca que el resultado sea evaluable de forma objetiva, dada la infinidad de factores y cualidades con que cada persona puede valorarlo, sino que el proceso de improvisación que se abre en cada ocasión permita la interacción igualitaria de los participantes.

El verbo que mejor caracteriza la improvisación es el de fluir. En el juego de la improvisación, que no es otro que el del acuerdo democrático, se busca, más que un objetivo concreto, un fluir común. El aprendizaje de la improvisación consiste en despojarse de prejuicios, en alcanzar una personalidad propia y diferente, en no temer el error o la equivocación, en dejar que la energía creativa del grupo fluya libremente, y en la capacidad de ir recogiendo ideas, como si el grupo fuera fabricando un racimo, o sea, un orden, reutilizando sólo algunas de esas ideas-uvas que se han ido exponiendo al común sin miedo y con ingenuidad, pero que el propio grupo recoge y fabrica para dotarse de un orden, de una organización,  para crear su obra o su trabajo.

En el arte de la improvisación se pueden integrar otros conceptos políticos que pretenden explicar cómo los individuos deben actuar, interactuar y transformar el mundo cambiante, acelerado y precario en el que nos ha tocado sobrevivir y al que algunos autores denominan como de capitalismo cognitivo. Uno de ellos es el “adhoquismo”, o las aglomeraciones espontáneas y descentralizadas que se forman para solucionar problemas concretos (ad hoc), y en las que las partes interactúan libremente para conseguir solucionar un problema singular o construir una técnica, un método o un software, sin derechos de autor, ni bajo direcciones limitantes y coactivas. Puede entenderse la improvisación como una de las posibilidades que ofrece la inteligencia colectiva, o la capacidad de las masas o de los grupos de crear conocimiento más allá de los saberes individuales de sus componentes y a través de la interacción libre e igualitaria.

O el concepto de deriva (de los situacionistas), como una actividad alternativa al itinerario, y que sustituye la necesidad de moverse con un fin comercial, laboral o social, por una actividad libre que se realiza por si misma, sin un fin externo a ella misma, que se ejecuta por la propia satisfacción de realizarla, y por tanto, que ofrece la posibilidad de apreciar la misma ciudad de todos los días de un modo totalmente diferente. La improvisación es una deriva, que con similitud a la psicogeografía que genera la deriva sobre el espacio urbano, fabrica un espíritu de comunidad que se crea a si misma a través de la libertad plena de los individuos que la componen. No una comunidad o un itinerario prefijado por una cultura o una religión o un objetivo, sino un grupo autoconstituido y que de forma dinámica improvisa sus propias normas, que se da a sí mismo y de forma improvisada su propia organización o deriva (autopoiesis).

También el virtuosismo del que habla P. Virno, un concepto extraído del mundo del espectáculo, pero con el que el politólogo italiano intenta explicar las claves del trabajo en el actual sistema posfordista en el que la fuerza de trabajo aporta cada vez mayor valor agregado a la producción, más en función de la aportación mental y cognitiva y lingüística (“el lenguaje se pone a trabajar”) que de su energía mecánica. En el capitalismo cognitivo adquiere mayor relevancia todas las actividades relacionadas con el diseño, identidad, configuración social, publicidad, imagen, etc. del producto, muy por encima de lo que representa su producción material. No significa esto que la sociedad se desmaterialice, sino que progresivamente se incrementa el porcentaje de valor cognitivo que se integra en el valor total del producto. La explotación moderna en el trabajo adquiere cada vez tintes más mentales, emotivos, cognitivos, en detrimento de la clásica explotación laboral como simple fuerza de trabajo bruta, que lejos de desaparecer, cada vez representa menor porcentaje económico respecto al total.

Al trabajador actual se le exige virtuosismo, es decir, debe ser creativo y emplear sus habilidades mentales, lingüísticas, digamos artísticas,  no tanto para fabricar materialmente el producto, como para dotarlo de esa atmósfera identitaria y experiencial que caracteriza el capitalismo actual y su peculiar forma de consumo cultural y casi espectacular. Y es aquí, por tanto, donde acaece su mayor contradicción. En el hecho de que el dueño del capital esté comprando, a través del tiempo de trabajo concreto de cada persona, también y de forma gratuita, el tiempo de trabajo social acumulado en capital cognitivo que el nuevo trabajador “virtuoso” incorpora como lenguaje y saber. El núcleo actual de las luchas emancipadoras en el trabajo reside aquí, en el intento del capitalista de privatizar, a través de la experiencia del consumo, el aporte de capital social que trae consigo el trabajador, en convertir en privado y por tanto en algo apropiable, la actividad de improvisación de los trabajadores con objeto de poder solidificarla en productos vendibles.

A pesar de los intentos empresariales por reglamentar y controlar todos los detalles del trabajo de las personas, las diferentes comunidades de trabajo, y esto cada vez ocurre con más frecuencia, han creado formas de organización espontáneas sin las que la producción industrial y ahora cognitiva, jamás se hubiera podido verificar, al margen de ingenieros y burócratas (véase James Scott).  Estas dinámicas resultan similares a las de la improvisación, porque cada vez recurren con más fuerza a la individualidad o al virtuosismo del operario y también a su capacidad de escuchar a los compañeros, de crear en común un producto que cada vez se parece más a una actuación escénica, a una obra musical o a un discurso improvisado, que a una mercancía en el sentido tradicional o decimonónico del término.

La improvisación crea y construye sobre lo ya conocido. Tanto el pintor como el escritor, el trabajador cognitivo o el compositor, se sientan delante de su hoja en blanco, del escenario o de la pantalla del ordenador, y le transmiten a ese vacío lo que ya saben, pero cocinado o rediseñado de algún modo diferente. Eso es la improvisación, ese juego que hace que lo cotidiano o lo normal o lo aprendido se transforme en algo nuevo. Y si improvisamos dentro de un grupo, si el grupo en sí improvisa con nuestra presencia, es el diálogo mismo de las ideas sabidas, consigo mismas, el que puede crear el momento para que surja la emoción, el desatino, el conocimiento o la solución. Porque si nos damos cuenta, lo que realmente nos está diciendo la improvisación es que nosotros, los improvisadores, los actores y los trabajadores, somos realmente los dueños del sistema, y que todas aquellas estructuras de poder que nos rodean realmente son superfluas y sólo sirven para enajenarnos el tiempo y controlar el resultado.

El bien público

La institución del bien común o del interés general se erige como un fetiche al que otorgamos nuestra confianza, en la idea de que no de otra forma los individuos vamos a poder darnos bienestar, salud, educación o infraestructuras. Cedemos así nuestra libertad a priori, a una organización de expertos que deciden por nosotros, en unos representantes que distribuyen la coacción en la sociedad con el objetivo ampuloso y mezquino, de que así logran maximizar nuestra libertad y nuestro bienestar. Sin esta máscara de utilidad pública el Estado no podría existir, sin esta falacia de conciliador y mediador entre los intereses enfrentados de la sociedad, el Estado sucumbiría.

El bien común o el interés general por el que debe velar el Estado se ha erigido, desde tiempos de la Ilustración, y sobre todo del emperador Napoleón y su legislación autocrática -el código napoleónico en el que se miran todas las leyes liberales-, en uno de los sumideros en el que se pierde nuestra libertad. Había que establecer alguna justificación sobre la acción benévola del Estado, sobre todo, construir algún mito en el que fundar la actividad económica y legislativa del gobierno, y que permitiera convencer a la mayoría de los ciudadanos de que los sacrificios y las renuncias personales tenían por objeto un fin por encima de ellos, un bien sagrado al que merecía la pena arrojar buena parte de nuestra libertad individual: el interés general.

Realmente, la única forma que poseemos los individuos de alcanzar el bienestar o conseguir algo útil, es mediante la acción concertada de la sociedad. Ninguna persona aisladamente puede lograr algo meritorio, todos necesitamos coordinarnos y cooperar con otros para incrementar nuestra libertad, nuestro placer y nuestro interés individual. El concepto liberal de bien público, o interés general, se basa en esta obviedad, en la necesidad de que las personas establezcamos una organización, nos impongamos un orden, con el objetivo de incrementar nuestra libertad y alcanzar objetivos sociales valiosos. Pero eso sí, en el caso del Estado, interponiendo una jerarquía, una autoridad entre los individuos libres y el orden imprescindible para organizarnos socialmente en la empresa de conseguir resultados sociales útiles.

La institución del bien público o del interés general se erige así como un fetiche al que adoramos y respetamos, y al que otorgamos nuestra confianza, en la idea de que no de otra forma los individuos vamos a poder darnos bienestar, salud, educación o infraestructuras. Cedemos así nuestra libertad a priori, a una organización de expertos que deciden por nosotros, en unos representantes que distribuyen la coacción en la sociedad con el objetivo ampuloso y mezquino, de que así logran maximizar nuestra libertad y nuestro bienestar, de que ellos son los únicos que pueden interpretar los deseos del pueblo, que ellos son los únicos que realmente pueden definir de forma clara, justa y universal el interés común de toda la sociedad.

Por esta razón, la mayor parte de la actividad política que ejercemos los ciudadanos, la despilfarramos pidiendo continuamente que el Estado atienda nuestras demandas, coaligándonos junto con otros para presionar a los gobiernos para que acepten nuestro interés particular con objeto de que nuestros representantes lo declaren como general, y a través de esta decisión, así poder canalizar las energías sociales y la policía (la violencia legítima) para su plasmación real. Se establece así un juego diabólico de intereses en liza, en el que evidentemente no es únicamente el voto de las elecciones generales, sino sobre todo la capacidad económica e ideológica de influencia, la que establece hegemónicamente la agenda política, la acción de gobierno del Estado y la declaración de ese interés general que en rigor sólo define el que los poderosos han pactado en ese conflicto desigual de intereses en el que en suma se reduce la acción de los Estados en su aparente papel de conciliador justo de intereses.

No existe tal interés general, sino únicamente una serie de acciones de gobierno que se legitiman en este sucedáneo de libertad y soberanía popular y del que las personas, cada cual según su actividad y capacidad y poder, extraemos beneficios y herramientas para plasmar de la mejor forma posible, y en un marco pactado a nuestras espaldas, nuestra libertad individual. En cierto modo, el interés general o el bien público, se reduce a definir el campo de juego desigual en el que los ciudadanos dirimimos controversias y establecemos coaliciones y pactos y contratos con objeto de poder desarrollar al máximo nuestra libertad. Por tanto, un terreno de juego que posee unas normas nada igualitarias, pero que se aceptan con esa mezcla de obligación y devoción que  caracteriza todo lo que emana del bien público y que legitima la servidumbre voluntaria en la que arrojamos buena parte de nuestra libertad, y específicamente, nuestra capacidad de dotarnos a nosotros mismos de servicios sociales, educación, trabajo, etc.

Si asumimos el símil del mecanismo para entender el funcionamiento de la sociedad y de su capacidad para producir bienestar y para crear el marco adecuado para expresar nuestra libertad, el motor del interés general sería como su cabeza rectora, un chip programado por unos expertos y unos burócratas que sutilmente transforman las demandas, las necesidades y los deseos de cada persona en una integral común y universal a la que denominan interés general o bien público, entendido, según reza la propaganda, como aquellas políticas y decisiones que, según su criterio, maximizan el bienestar de todos y optimizan el funcionamiento del mecanismo social, aun cuando puedan provocar perdedores o víctimas. Un absurdo que ni se aviene con la realidad –proclive a decidir en pos del interés de unos pocos-, ni con la teoría, ya que resulta imposible establecer un conjunto racional y explícito de decisiones comunes a partir de los deseos y necesidades parciales de los ciudadanos.

El sumun de este absurdo tan necesario para legitimar la acción del Estado, lo compone la figura de los perdedores o de las víctimas necesarias, imprescindibles, del progreso o del bien común, lo que en tiempos de guerras recientes se han caracterizado como los daños colaterales del interés general. Resulta claro que, a pesar de su definición y propaganda, el bien público provoca perdedores, intensifica las desigualdades, a pesar de los cuidados paliativos que históricamente se han ido aplicando con fines de cosmética, de caridad o de eficiencia económica (por ejemplo, para reducir los “fallos de mercado”, o la propia creación –y ahora apuntalamiento precario- del Estado del Bienestar). La figura del interés general justifica la existencia de perdedores, legitima las desigualdades, racionaliza la explotación de ciertas minorías, ya que se tiende a justificar socialmente estas consecuencias injustas como imprescindibles para avanzar, para organizar de forma medianamente eficaz el mecanismo social de producción de bienestar. Opera aquí también ese resorte justificativo y autocomplaciente que exonera de culpa o de responsabilidad a los Estados, a las personas y a las acciones que aun produciendo males, han sido capaces de producir avances, progreso, y el hecho de que, a pesar del dolor o el sufrimiento que el bien público arroja contra ciertos sectores de la sociedad, los tendamos a legitimar como imprescindibles, aunque del análisis más ligero de lo que ha sido la acción histórica de los Estados, podamos interrogarnos sobre si el interés general ha sido el único posible, si han existido realmente otras alternativas menos traumáticas y más beneficiosas para el conjunto de la sociedad, y sobre todo, si resulta posible organizar un mecanismo social alternativo al bien público y a la acción coactiva de los Estados que responsabilice directamente a cada individuo sobre cómo ha ejercido su libertad en un marco de cooperación y conflicto marcado por la igualdad de las partes. Y evidentemente, sin caer en el error de considerar, que ese marco de “igualdad de las partes” sólo lo puede garantizar una violencia externa a los individuos, un Estado formado por unas élites y unos burócratas que históricamente han justificado la desigualdad en aras del interés general que ellos autoritariamente han elegido para preservarse como clase gestora.

En cierto modo, el bien público opera a la inversa del famoso refrán que aconseja remojar las barbas cuando observes que al vecino le cortan las suyas. Si advertimos que el interés general se lleva por delante –legalmente- a un expropiado, por ejemplo, tendemos, primero, a criminalizar a la víctima, segundo, a considerar que su mal ha sido imprescindible por el bien de todos, y por último, a considerarnos al margen, tanto como responsables, como posibles víctimas futuras, porque qué duda cabe que la legitimidad de toda esta desigualdad la basamos en el hecho de que siempre tendemos a consideramos como parte beneficiada de las injusticias que el bien público provoca sobre otros.

Por el interés general se expropia, se coartan libertades declaradas legítimas por el propio ordenamiento jurídico del Estado, se distribuyen subvenciones y apoyos públicos de forma arbitraria y desigual, se apoya a los corruptos y a los causantes de las crisis para no perturbar la ley de la competencia y del interés privado como fuente de progreso y de bienestar, se distribuyen favores que engrasan el mecanismo económico de modo clientelar y partidista, se adoptan decisiones públicas en torno a la ley, los reglamentos y los controles burocráticos que favorecen fundamentalmente a los poderosos, se pactan convenios comerciales y políticas de ayuda al desarrollo o de protección del medio ambiente que apoyan a las mismas instituciones y empresas que impiden o dificultan la equidad. Pero es verdad, todo engalanado con las vestimentas del interés general, de que no de otra forma podría funcionar el mecanismo social que produce bienestar, que la desigualdad y hasta la ineficiencia que el propio bien público genera, resulta imprescindible para que los desposeídos, los explotados y la gran mayoría de la sociedad podamos tener unos mínimos servicios sociales, una policía, unas infraestructuras y una educación sobre las que apenas podemos influir ni decidir, y que recibimos como un derecho envenenado a cambio de ceder lo más precioso de nuestra libertad.

No somos libres gracias al bien público y al Estado que lo define y lo aplica, sino que a pesar del interés general somos capaces todavía de ejercer nuestra libertad, eso sí, de forma limitada y siempre bajo la supervisión del mismo interés general administrado por toda la cohorte de expertos, policías y burócratas del Estado y de las administraciones públicas. Sin esta máscara de utilidad pública el Estado no podría existir, sin esta falacia de conciliador y mediador entre los intereses enfrentados de la sociedad, el Estado sucumbiría. Por esta razón, el Estado necesita encarnar el interés general, para así poder menospreciar y deslegitimar la capacidad de los individuos de pactar directamente entre sí, de formar asociaciones y comunidades que se den a sí mismas, a través de su acción coordinada, bienestar, trabajo, seguridad, orden, sanidad, protección, educación e infraestructuras. El Estado no aparece como encarnación de estas asociaciones libres, como una forma de mejorar el funcionamiento de una sociedad de individuos libres, sino como una asociación elitista de intereses privados y desiguales que se justifica ante la sociedad y se legitima por apelar a un interés general y a un bien público que destruye precisamente el mismo entramado social al que decía perfeccionar.

Pero claro, la reversión de esta situación, la devolución de la libertad cedida o enajenada al individuo, no sólo puede provenir del adelgazamiento del Estado, o de su mismo suicidio (no digamos ya de la nacionalización totalitaria), sino sólo tras la devolución a sus legítimos poseedores de todos aquellos bienes, derechos, capitales e infraestructuras que el propio Estado y sus acólitos han fabricado con nuestra libertad, y que históricamente ha sido distribuido tan injusta y desigualmente entre las élites y los poderosos.

El arte de la libertad

Las experiencias artísticas resultan imprescindibles para provocar transformaciones liberadoras a nivel de percepción y deseo. Esta manera radical de experimentar el arte, y de conciliarlo con la forma en que construimos comunidades a nuestro alrededor, se constituye en un poderoso mecanismo de emancipación, en tanto en cuanto nos puede capacitar para tomar las riendas de nuestra evolución, de nuestra transformación progresiva en individuos cada vez más libres.

Hay un arte de ser libre. Porque la libertad no se expresa gracias a una norma o por un derecho otorgado, sino a través de un experimento continuo con ese poder que tiende a fabricarnos a su imagen y para su perpetuación. Podría haber escrito “contra ese poder”, pero he preferido incidir en el hecho de que el poder no es algo que esté fuera de nosotros, algo así como una armadura que nos constriñe y nos protege, o como unas cadenas que esclavizan esa falsa esencia primigenia y pura que muchos creen que nos trasciende y que constituye nuestro auténtico yo, como un envoltorio opresor del que nos hemos de desprender para ser auténticamente libres siendo nosotros mismos. Si consideráramos el poder sólo como algo externo a destruir, si pretendiéramos hacer tal cosa, nos quedaríamos desnudos, advertiríamos que debajo de nuestra armadura sólo habitaba un “caballero inexistente”.

Deseamos obtener el máximo de libertad, sí, pero cada uno de nosotros aspiramos a ser libres desde una situación ya construida en los avatares de nuestra historia y de nuestra posición en el sistema productivo y cultural que nos ha creado cognitivamente. La liberación, por tanto, no resulta de escuchar una voz interior que ha sido apagada por el poder, o de encontrarse a sí mismo, de buscar en el interior de la propia persona una esencia que sólo podríamos alcanzar apartándonos del mundo para luego regresar purificados y con un verdadero deseo de libertad. No hay nada que encontrar. Y si se halla algo, las más de las ocasiones consistirá en una marioneta accionada por otros, una entelequia que realmente no nos pertenece, porque lo único que nos mantiene vivos y lúcidos es el cuerpo y el cerebro construidos en conflicto y armonía con el entorno que nos ha influido y al que hemos influido a lo largo de nuestra vida.

Pero a pesar de ello, el futuro no está predeterminado por el discurrir histórico y por nuestros cerebros actuales. Ante cada estado presente se nos abren numerosas posibilidades de desarrollo y evolución. Estamos sometidos continuamente a un creativo potencial de cambio, y precisamente en esta capacidad que nos brinda nuestra naturaleza reside nuestra libertad, en el dominio que podemos tomar sobre nuestras transformaciones futuras a partir de lo dado, de esos seres contingentes y todavía no emancipados que la mayoría de nosotros todavía somos.

Me he preguntado en muchas ocasiones cómo lograrlo, cómo salir de esta cárcel que nos hemos construido todos, y cuyos barrotes están hechos de nuestra pura carne, vértebras y neuronas, cómo reconfigurarnos para ser libres y para trabajar y luchar por nuestra libertad. Parecería colegirse de ello que resulta imposible la emancipación, y que en el caso de conseguir algo parecido a la liberación, sólo sería una situación mediocre y totalmente supeditada a los seres que ahora somos, una pura oportunidad de elección política y económica que el sistema nos brinda y que con esfuerzo y dedicación podríamos conseguir, pero no algo al margen o alternativo, una liberación en una realidad distinta, en otro mundo en el que a todos nos sea posible hacer máxima nuestra libertad en igualdad. Pero la verdadera libertad no consiste únicamente en satisfacer deseos (que muchas veces son los que el sistema internaliza en nosotros), sino en armonizar el pensamiento con la acción, sobre todo, en ser cada vez más dueños de nuestros procesos de individualización y subjetivización.

La educación ha sido en muchas ocasiones el recurso que se ha querido utilizar para cambiar la sociedad desde dentro de ella misma. Si somos animales plásticos y autoconstruidos, se considera, qué método más eficaz que educar en nuevos valores y así construir cerebros diferentes que cambien el mundo y lo conviertan en algo acorde con esos nuevos sujetos fabricados a través de un nuevo tipo de educación. Pero todo este discurso recurrente en torno a la educación como liberación y factor de cambio social, suena un poco recursivo y autorreferente, porque toda educación aspira a unos objetivos exógenos a los individuos educados, y sobre todo, que la educación la realizan personas “contaminadas” con unos valores y unas pretensiones del todo disonantes con el idílico sujeto  que se desea construir adiestrándolo.

El discurso de la educación como gran mecanismo de emancipación o liberación no me parece adecuado si en consonancia no se modifican las condiciones externas, el mismo sistema económico, productivo y material. Más bien, la promesa de la nueva educación ha sido esgrimida fundamentalmente para hacer más eficientes a los ciudadanos en la construcción de los sistemas existentes, pero nunca ha logrado, ni logrará jamás por sí sola conseguir sociedades más justas y sin explotación.

Este tipo de educación “emancipatoria” aspira a crear un ser humano bueno, al individuo formado, cultivado y dotado de las máximas capacidades para enfrentarse y transformar un mundo que, sin embargo, siempre lo ha despreciado en forma de una explotación y un precariado que en la situación actual, sobre todo afecta a los más jóvenes y mejor preparados. Las políticas culturales y educativas nunca han deseado favorecer la aparición de mentes auténticamente libres, sino cerebros adaptados a las condiciones de los sistemas existentes, personas asimiladas al tipo de libertad que el sistema otorga. Tendríamos que utilizar otras herramientas, complementarias a las educativas, para avanzar en el camino de la libertad.

El sistema liberal y capitalista en el que vivimos se basa en la premisa de que el ser humano nunca podrá ser bueno, y que si adopta comportamientos decentes y eficaces se debe a que existe violencia institucionalizada y hegemonía estatal sobre nuestro comportamiento. Por ello delegamos nuestra libertad “malvada” en el Gobierno, una serie de políticos que tampoco son buenos, claro está, pero que son capaces de protegernos de nosotros mismos gracias a que parecen extraídos entre los más corruptos, oportunistas y mendaces de la sociedad. Una autoridad que casi todos consideramos que debe existir porque estimamos que su enriquecimiento personal y privilegiado depende de que el sistema funcione, porque estas élites que nos protegen extraen rentas gracias a que ponen los medios para que el capitalismo, siendo injusto, genere bienestar y dinero, aunque éste se distribuya de forma tan desigual.

Pero desconfiemos de los discursos que se basan en el hombre bueno, o malo. Porque tampoco para que pueda existir una comunidad basada en la libertad plena de sus miembros, se requiere que estos sean buenos y generosos. Siempre se le ha reprochado al anarquismo su inocencia política al considerar que sólo podría existir una sociedad basada en la libertad absoluta si sus participantes fueran ángeles. Pero precisamente la búsqueda de la igual libertad es lo que hace que el conflicto, siempre existente en la sociedad humana, tienda a resolverse por fórmulas cooperativas, que cada miembro bueno o malísimo de cada comunidad deba pactar y acordar con sus iguales para poder aspirar a su máxima libertad.

Por estas razones, entre otras, creo más bien que no es la educación, sino el aprendizaje y la experimentación, las que realmente resultan indispensables para este proceso de liberación. La educación es una actividad fundamentalmente unidireccional que trata al educado como pura arcilla a la que conformar según un ideal de ser humano. En cambio, en el aprendizaje o en la experimentación, todos los integrantes del proceso, en mayor o menor medida, en relación con su función, interés y capacidad, evolucionarán de forma diferente con el objetivo de lograr, en un futuro cierto, la emancipación. El aprendizaje y la experimentación son procesos activos y dinámicos, eminentemente prácticos, corresponsables, en los que progresivamente los participantes se sienten más dueños de la evolución de sus personas, y por tanto, cada vez más libres a la vez que aprenden, actúan y transforman.

Y si hablamos de experimentación, sin duda las experiencias artísticas resultan imprescindibles para provocar transformaciones liberadoras a nivel de percepción y deseo. La experimentación artística nos coloca en una situación cognitiva muy especial, activa los mecanismos creativos e imaginativos de la mente humana, nos permite percibir de un modo sugestivo y sorprendente, jugar con las emociones y sus correlatos materiales, a la vez tomar distancia y aplicar el foco con precisión, en suma, un despliegue de herramientas cognitivas y mentales que posee una enorme capacidad transformadora.

No hablo sólo del arte elitista que aspira al absoluto, a la belleza, al puro gozo o al disfrute desinteresado, tampoco de esos objetos culturales convertidos en fetiches y almacenados en museos, auditorios y bibliotecas, no me refiero únicamente al arte como almacén de esencias eternas o al arte como divertimento y evasión. No. Me refiero a un modo muy especial de experimentar la realidad, y que no tiene por qué ocurrir sólo en los recintos sagrados del arte, sino cuando la mera contemplación, como espectador, de lo que otros han fabricado como obra de arte, se sustituye por nuestra participación activa, cuando la experiencia artística va más allá de representar más o menos fidedignamente el mundo o de lograr un determinado modelo de belleza, y nos despierta el deseo de transformarnos hacia algo que la experiencia artística nos incita.

Las experiencias artísticas pueden conseguir que comencemos a desear algo que no está inscrito en nuestras personas, tal y como ellas son actualmente, pueden lograr reconfigurar nuestras mentes usando los mismos elementos que hoy nos las enmarcan en el ámbito concreto de los sistemas políticos, sociales y productivos hoy existentes, una especie de reconfiguración de nuestros cerebros a partir de los mismos elementos que hoy nos limitan y nos dominan. Eso sí, si somos capaces de integrar las experiencias artísticas en la vida cotidiana, si las despojamos del aura sagrada que las envuelve y que las convierte en objetos venerados y a sus artífices en seres extraordinarios, si somos capaces de comenzar a percibir de forma diferente y a crear un entorno emotivo y vivencial distinto al actual y en consonancia con el impacto que esas experiencias artísticas deberían tener sobre nuestro imaginario, sobre la forma de relacionarnos con nuestro entorno social, productivo, económico, afectivo y cultural.

La experiencia artística, ya sea la de las cavernas paleolíticas, el arte abstracto o el cómic; las danzas rituales o el ballet clásico; el canto gregoriano o el heavy metal; el cuidado de las plantas del jardín o una partida de ajedrez; según nuestra disposición y actitud, según la manera en que sepamos integrarnos en su juego perceptivo y emotivo, posee la capacidad de plantearnos siempre un enigma, un “como si”, de cortocircuitar el funcionamiento normal de nuestro sistema cognitivo adaptado y cómplice con el sistema de dominio que nos envuelve y que también nos define como personas. Esta manera radical de experimentar el arte, y de conciliarlo con la forma en que construimos comunidades a nuestro alrededor, se constituye en un poderoso mecanismo de emancipación, en tanto en cuanto nos puede capacitar para tomar las riendas de nuestra evolución, de nuestra transformación progresiva en individuos cada vez más libres.

La libertad es un arte, el arte de aprender a ser libres, un arte que recurre a una serie de técnicas de aprendizaje y experimentación aplicables a nuestra vida cotidiana, en el trabajo, el amor, el consumo y la diversión, y que empleamos para autoconstruirnos de forma cada vez más libre, para individualizarnos como sujetos disonantes con el sistema de dominio que hoy impera, porque la senda hacia la máxima expresión de la libertad comienza cuando las personas empezamos a ser dueños de estos procesos de aprendizaje y experiencia, de construcción de nuestros cuerpos y mentes en consonancia con el nuevo y alternativo sistema productivo que nos debería alimentar y ofrecer bienestar.

Sobre mi libertad

La libertad siempre se realiza contra algo que se resiste a ceder, en conflicto con la estructura de poder que nos limita y que a su vez nos fabrica de una determinada forma. Esto último provoca que sea difícil asumir de forma rebelde y activa nuestra situación actual de libertad, porque en cierta manera todos estamos dominados por algo que está inscrito en nosotros mismos, en nuestra misma forma de pensar, razonar y desear.

El deseo de libertad es universal. Pero cada libertad es distinta, construida histórica y materialmente alrededor de nuestras experiencias individuales y colectivas, de las posibilidades de la tecnología y de los marcos sociales, políticos y culturales en los que cada individuo vive y expresa su deseo de libertad.

Cada uno de nosotros queremos y aspiramos a muchos tipos diferentes de libertad. Cada poder y cada autoridad construyen también una libertad para nosotros, un marco práctico entre cuyas fronteras nos podemos mover con cierta autonomía. Habrá muchas personas a las que esta construcción autoritaria les parezca correcta, que se sientan cómodas y vean satisfechas sus expectativas y deseos con las herramientas y procedimientos que los poderes habilitan para que las personas expresemos una libertad que, a su vez consolida al mismo poder que la permite y la apoya. Otras no, por supuesto, sobre todo aquellas personas que sienten que este marco de libertad resulta injusto, que consideramos que distribuye las libertades de forma desigual o que deja poco margen para que los individuos podamos definir otras normas sociales y colectivas en las que deseamos expresar nuestra libertad.

Pero los poderes que crean estas libertades no sólo construyen el marco procedimental, o sea, las leyes, las normas, el mercado, las instituciones, etc., sino que también pretenden, a través de la educación, la cultura, la propaganda, las vivencias, construir individuos coherentes con su idea de libertad, con el tipo de libertad que tiende a consolidar la autoridad vigente y el privilegio concomitante a ella.

Cada individuo no es depositario de una libertad universal, de un deseo común de libertad propio de todo el género humano y que algunos creen que se ha expresado de forma inalterable a lo largo de toda la historia de la humanidad. Cada individuo se ha construido en un ambiente, y acorde con esta plasticidad cerebral, cada persona expresa sus deseos de libertad. Por tanto, la libertad resulta coherente con la forma en que cada sujeto ha sido fabricado socialmente, cómo sus conexiones neuronales se han ido conformando en el ambiente perceptivo en el que ha vivido. Esto hace que la libertad se exprese de forma contingente en cada persona, y que acorde con la estructura particular de su cerebro la exprese de una u otra forma.

La naturaleza humana no es común a todo lo humano, no consiste en un enanito o alma que todos los hombres, sin distinción, poseemos en nuestro interior y que mueve nuestros hilos, sino que los hilos y la máquina que nos mueve han sido fabricados específicamente a lo largo de la experiencia individual de cada sujeto. Recordemos que el ser humano es la especie que se construye. Cada persona ha estado sometida a un determinado proceso de subjetivización que la ha creado socialmente.

Por esta razón, la radical y máxima libertad que hemos de buscar debe intentar salir del marco concreto donde el poder nos ha construido acorde con su concepto de libertad. En particular, cada sujeto sólo puede aspirar a la máxima libertad si es capaz de criticarse a si mismo, de atacar su propia estructura pensante, en cuanto ésta ha sido en parte creada por la autoridad vigente, y por tanto, de plantearse un cambio activo de su vida y de las experiencias y percepciones a las que desea exponer su cuerpo y su mente para transformarse en un ser deseante distinto al que es en la actualidad.

Sin embargo, el hecho de que cada uno de nosotros nos hayamos construido en un determinado ambiente no nos convierte en esclavos de nuestro propio ser, a menos que lo aceptemos acríticamente. La libertad siempre se realiza contra algo que se resiste a ceder, en conflicto con la estructura de poder que nos limita y que a su vez nos fabrica de una determinada forma. Esto último provoca que sea difícil asumir de forma rebelde y activa nuestra situación actual de libertad, porque en cierta manera todos estamos dominados por algo que está inscrito en nosotros mismos, en nuestra misma forma de pensar, razonar y desear. En suma, siempre la autoridad ha pretendido que los súbditos o los ciudadanos deseen libremente lo mismo que el poder quiere que deseemos para perpetuar su dominación. Pero lejos de ser éste un proceso consciente de aceptación de consignas, se trata de una creación material de nuestros cerebros a través de la experiencia y el aprendizaje, porque no de otra forma el ser humano como especie construye su mente plástica y dinámicamente en relación al sistema perceptivo en el que cada persona evoluciona y se desarrolla.

Hemos sido fabricados para ser ciudadanos libres del capitalismo y de sus democracias parlamentarias. Cada cual en un lugar de esta inmensa red de dominación por el voto y el dinero. Hasta la misma crítica que podamos realizar de este sistema de dominación la tendemos a confeccionar con las mismas palabras, conceptos y razonamientos que el sistema vigente ha materializado en nuestros cerebros. Pero asimismo poseemos una experiencia concreta que nos pertenece y que también nos ha construido, una libertad que si bien siempre se enmarca dentro del sistema, puede también moverse por entre sus fisuras, y sobre todo, poseemos nuestra imaginación, la capacidad para abstraernos, para soñar, para elevarnos por encima de las contingencias y poder crear otros mundos, componer otras situaciones, para desear exponernos a otras experiencias y percepciones que a su vez nos pueden ir fabricando como seres cada vez más libres al margen y en contra del sistema.

Todos tendemos a ser cómplices de lo que nos limita y nos ata. Y acorde con ello, elaboramos todo un edificio justificativo y autocomplaciente acerca de lo que somos, cómo actuamos y qué deseamos, en suma, sobre cómo materializamos nuestra libertad. No se trata, claro, de fustigarse por ello, y menos aún, de aceptarlo como una orden divina. Pero también es verdad que si somos capaces de sobrevivir y alcanzar un determinado nivel de bienestar se debe a que actuamos acorde con una estructura de producción y distribución de la que formamos parte y de la que no podemos escapar fácilmente. Nuestra vida depende de ello, de que hayamos naturalizado como una esencia del ser humano a la persona concreta que ahora somos y que ejerce su libertad en el marco del capitalismo y de nuestra posición concreta dentro de su estructura social y económica.

Quizás el sentimiento que más capacidad posee para que deseemos cambiar nuestro entorno y con él a nosotros mismos, sea la toma de conciencia acerca de la injusticia, de la explotación, en suma, de la desigual distribución de la libertad en nuestra sociedad, y con ella, del bienestar y de sus diferentes materializaciones. También la constatación de los dispositivos de control y seguridad con que el poder nos vigila, nos coarta y nos domina, porque no lo olvidemos, la dominación la tenemos interiorizada en nuestra mente, pero no es total, ni mucho menos, y por ello, esa cibernética de dominación en que todo sistema político consiste, posee líneas de fuga, crisis y rebeliones, o comportamientos incoherentes con su equilibrio, y que deben ser atajados con una violencia que muchas veces no advertimos o no deseamos ver.

Ambas cosas, la desigualdad y los mecanismos de perpetuación de la explotación y de las desviaciones mediante la violencia, creo que son los dos elementos que pueden desencadenar el deseo de convertirnos en otras personas, de fabricarnos de otra forma, de autoconstruirnos con más libertad para aspirar a más libertad. Es el hecho de la injusticia soportada sobre uno mismo y la constatada en los seres que me rodean la que posee la enorme capacidad de empujarnos a la rebeldía, pero no de una forma meramente reactiva, sino de una manera más profunda, convincente y efectiva, y que consiste en fabricarnos para la nueva sociedad, en someternos a un proceso de aprendizaje y experiencia individual y comunitaria que transforme nuestros cerebros a través de un nuevo marco perceptivo.

Realmente el miedo a la libertad consiste en el miedo a mirarse y comprobar que no somos más que un reflejo del mundo en el que hemos crecido. Cegarnos ante esta evidencia y contentarnos con la situación, supone el engaño más extendido a lo largo de la historia humana, la base sobre la que se han erigido todos los despotismos y desigualdades, porque la conversión en natural de cada una de estas realidades individuales y contingentes, la cristalización en una especie de esencia humana de todas estas construcciones sociales que somos cada uno de nosotros, transforma la injusticia en algo también natural, ineludible, intrínseco al ser humano y a cualquier contexto social.

Por ello resulta imprescindible estudiar cómo hemos sido construidos socialmente, analizar cómo esa cosa contingente y original que somos cada uno de nosotros se ha ido fabricando en y por la sociedad en la que hemos convivido. Con objeto de detectar los elementos de dominio, las construcciones mentales que nos fabrican como seres dominados. Constatar que la historia de la humanidad no ha sido otra cosa que la sucesión de diferentes construcciones humanas, y que por tanto, que somos libres de ser otras personas y de fabricar otro mundo acorde con ello, que nuestra libertad no está de hecho limitada por las instituciones y los sistemas, sino por nuestra capacidad para transformarnos a partir de las situaciones de hecho que definen lo que actualmente somos.

Libres ¿o felices?

Se considera al Estado como el garante de la felicidad de sus ciudadanos, razón por la cual fabrica un orden autoritario, una estructura jerárquica en la que cada persona ocupa una función preestablecida en la que coarta su libertad según unas normas ajenas, con el objetivo de producir felicidad.

Aquel miedo a la libertad del que acabamos de hablar conlleva el desprecio de esa misma libertad en los brazos del principio de autoridad, y de toda una estructura social fabricada para controlar y encauzar a los seres humanos hacia un ideal de hombre que, oportunamente, coincide con la imagen de ciudadano que según las épocas, se ha identificado con el siervo, el esclavo, el proletario, el explotado o el precario.

Una estructura de poder en cuyos nodos se ubican tanto los poderosos como los explotados, cada uno de nosotros sentados delante de unos dispositivos sociales de coerción y obediencia que nos convierten, en virtud del lugar concreto en el que nos situemos, en actores obedientes a un papel social, y por tanto, de una función preestablecida en el engranaje económico, social y productivo que fabrica la seguridad, el orden y la felicidad.

La democracia liberal nos adormece con esta falacia que compatibiliza la desigualdad material en el ejercicio de la libertad con la manifestación política de una misma libertad para todos: la desigual distribución del capital, el poder, la influencia y el dinero; con el igual derecho de cada persona a ejercer el voto libre en las elecciones democráticas. El mercado y el sufragio operan como la manifestación democrática de la libertad máxima a la que cada individuo puede optar en su vida pública, un equilibrio que se mantiene en virtud de cómo cada sujeto consigue vivir su libertad privada en los márgenes del sistema.

Pero esta diferenciación abusiva entre la libertad positiva (o pública) y negativa (o privada), esta dicotomía entre un concepto de libertad positiva que se define como capacidad de acción, y negativa, como incapacidad de la sociedad para afectarme, valida las supercherías electorales de unas izquierdas y unas derechas que juegan a reivindicar un tipo u otro de libertad, a hacernos creer que nuestra opción electoral por unas u otras va a afectar a nuestro grado de explotación, en suma, al balance entre lo que aporto al orden social, lo que éste me devuelve y lo que otros nos roban.

La sociedad coexiste con el individuo, así como con el medio natural-tecnológico en el que cada sujeto desarrolla su vida. Pensar adecuadamente la libertad supone hacerlo desde esta realidad, y no tergiversar los términos de la reflexión planteando fronteras y escisiones allí donde no las hay. Todas las sociedades han vivido y viven ordenadas, organizadas, estructuradas. La historia no separa el período ordenado de los Estados del caótico de las sociedades sin Estado. Todas las sociedades, todos los individuos han vivido siempre en comunidades ordenadas. Lo que no quiere decir que éstas se hayan mantenido estables e inamovibles, porque todas, a pesar de los antropólogos eurocentristas, han evolucionado, ya sea por causas intrínsecas o por influencia de su entorno. No ha sido la sociedad occidental la única que ha evolucionado o progresado, ni el capitalismo la única fuerza que ha influido sobre el resto de la humanidad arcaica.

El orden, y por tanto, la distribución esperable de la libertad en cada sociedad, siempre ha estado organizada, los seres humanos, con independencia de los Estados, siempre han establecido normas, siempre han construido organizaciones que han aportado seguridad, bienestar y libertad. Por principio, no existe una oposición entre orden y libertad, porque siempre los seres humanos hemos utilizado nuestra libertad para fabricar sociedades, para establecer normas. El que algunas personas aspiremos al máximo de libertad, a hacer lo que nos dé la gana, no significa que eso únicamente sea posible en el caos y el desorden, sino todo lo contrario, porque la libertad sólo se puede ejercer al máximo de su potencial cuando la utilizamos para organizarnos socialmente con esa misma aspiración a la libertad. La anarquía, como siempre han defendido sus más preclaros representantes, constituye la más alta expresión del orden.

Sin embargo, al fin y al cabo, casi todos consideran al Estado como el garante de la felicidad de sus ciudadanos, razón por la cual fabrica un orden autoritario, una estructura jerárquica en la que cada persona ocupa una función preestablecida en la que coarta su libertad según unas normas ajenas, con el objetivo de producir felicidad. El Estado, afirman sus defensores, existe para hacer felices a sus súbditos, para eliminar todas las barreras que lo impiden y ofrecer todas las oportunidades necesarias a tal fin. Pero la felicidad es una aspiración demasiado vaga y sobre todo, evanescente, poco cuantificable y comparable, y sujeta a tantas interpretaciones, valoraciones y subjetividades, una entidad tan poco fiable y tan sujeta a tergiversaciones, que se la utiliza para orientar el voto o la protesta y la aquiescencia, pero que no puede convertirse, como la libertad, en un concepto político de entidad y transformación. Nos congraciamos con la superchería de no ser libres por ser felices, una felicidad, además, que siempre se posterga en aras de un posibilismo que continuamente nos la escamotea.

Se dice que muchos niños occidentales ya no saben divertirse solos, y que los padres deben velar continuamente por su felicidad ofreciéndoles actividades y oportunidades. Los hijos se transforman así en seres antojadizos, dependientes e irresponsables, unos individuos que consideran que el mayor logro de su libertad consiste en pedir y en obtener, unos tiranos individualistas. Por esta razón, el concepto de emancipación resulta tan oportuno para calibrar en sus justos términos el valor de la libertad. Porque la emancipación supone la liberación de los lazos paternos, la asunción de la propia responsabilidad vital, el deseo de ejercer la libertad autónomamente a través de nuestra capacidad individual para cooperar y trabajar. Desde la cuna nos han educado para confiar ciegamente en la capacidad providencialista del Estado, y al igual que los niños no son capaces de considerar la vida sin la tutela de los padres, somos incapaces de considerar el ejercicio de nuestra libertad sin la autoridad organizadora del Estado. La emancipación nos saca de la minoría de edad. La emancipación no se otorga, sino que la obtienen los propios emancipados ejerciendo su libertad. Por ello la libertad, y esta emancipación de los lazos estatales y autoritarios, se materializa en lo que los anarquistas denominaron la acción directa, que no es otra cosa que “hacerlo por uno mismo y junto con otros”, es decir, experimentar construyendo estructuras y organizaciones en las que sean las propias personas las que se provean de seguridad, orden y bienestar, sin delegación, y sin representantes, ejerciendo directamente la libertad para dotarnos de mayor libertad.

El poder siempre ha deseado dominar a través del libre consentimiento de sus súbditos. La fuerza de las religiones o las ideologías, o de la hegemonía o el capital cultural, se basa fundamentalmente en su capacidad para provocar aquiescencia, la ilusión de que se es libre obedeciendo, aceptando la autoridad establecida. Se apela, en cierto modo, al subconsciente de los individuos, porque no de otra forma resulta posible que la mayoría acepte el privilegio de unos pocos, si no es porque en nuestro imaginario aceptamos ilusiones relacionadas con nuestra incapacidad para gobernarnos a nosotros mismos. Actualmente, una de las ilusiones más perjudiciales para ejercer la libertad es el mito de la felicidad, esa mezcla de hedonismo e individualismo que supedita el orden a un Estado y unas estructuras que nos son ajenas y que aceptamos mientras nos dejen vivir en paz con nuestras decisiones libres de consumo. El símbolo de la esclavitud son las cadenas, pero por detrás de ellas siempre ha actuado el poder de la ideología, una autoridad que convierte al esclavizado en una persona feliz con su situación, en una ser que ya no precisa de cadenas para poder trabajar y que se deja explotar libremente a satisfacción de otros. Por ello la emancipación de los esclavos americanos no llegó con la manumisión generalizada, arrojados entonces a un libre mercado laboral que no los trató con más benevolencia que la esclavitud.

La libertad forma parte de la vida. No así el libre albedrío, una construcción idealista que nos adula el ego a la par que nos escamotea el ejercicio máximo de la libertad. Pero el grado en que el ser humano puede ejercitar su libertad depende de cada persona y sociedad, del lugar y tiempo que resuelve esta ecuación. La libertad evoluciona históricamente, y puede afirmarse que la utopía libertaria se ubica en esta corriente, de tal modo que valora cada momento histórico y situación personal según el grado de materialización de esta aspiración a la máxima libertad.  Cada sociedad construye su libertad, y eso a lo que denominamos como progreso, no es más que la constatación de que es posible alcanzar la libertad máxima, de que las únicas ataduras que nos impiden alcanzarla son las que nosotros mismos nos colocamos en este proceso histórico que nada garantiza a priori, pero sobre el que podemos influir ejerciendo precisamente nuestra libertad.

¿Por qué la libertad?

Hemos utilizado nuestra libertad durante toda la historia humana para conseguir materializar anhelos, deseos, aspiraciones y utopías. Realmente es la libertad la que ha hecho factible este juego vital, esta cibernética que ha dado lugar a tantas maneras de organizar la vida en común, y que desde hace unos cientos de años se ha concretado en la creación de los Estados como estructuras sociales que organizan de un determinado modo el juego de las libertades individuales.

Hemos hablado ya tanto sobre la libertad que quizás se nos haya pasado por alto considerar por qué la libertad resulta tan importante, la razón por la que la elegimos como fundamento de la vida en sociedad, más allá de que ésta nos pueda ofrecer orden, salud, seguridad, justicia o bienestar.

En primer lugar, me resulta más útil entender y hablar sobre la libertad que hacerlo, por ejemplo, sobre la felicidad, la justicia, la seguridad o el orden. Reflexiono sobre todos estos conceptos y no aprecio que unos y otros entren en confrontación. Todos estarían en un mismo paquete, porque cuando deseamos definir alguna de estas aspiraciones inmediatamente incorporamos a las restantes en su definición. Cómo ser feliz sin salud ni seguridad. Cómo vivir en un mundo justo sin orden.

Pero también la aspiración que cada individuo posee acerca de cada uno de estos objetivos vitales resulta muy variada en función de sus deseos individuales y del tipo de vida que cada sujeto intenta desarrollar, por lo que definir con rigor el bien público o el interés general –como agregación de los intereses individuales- en relación con estos objetivos vitales resulta imposible. En esta diversidad reside la maravilla de la convivencia y de la cooperación humana, en que seamos capaces de organizarnos y vivir juntos a pesar de que cada uno de esos átomos que formamos la sociedad seamos diferentes y pensemos de diverso modo acerca de la felicidad, el derecho o el orden. Y si podemos hacerlo, y si incluso podemos alcanzar cada uno de nuestros particulares deseos, se debe a que utilizamos nuestra libertad para convivir e intentar hacer nuestros deseos compatibles, a pesar de que, según los sistemas políticos, la distribución social de la consecución o plasmación de estos anhelos o aspiraciones individuales haya sido tan desigual entre las personas.

Por tanto, hemos utilizado nuestra libertad durante toda la historia humana para conseguir materializar anhelos, deseos, aspiraciones y utopías. Realmente el valor que posee esta búsqueda o conflicto de las libertades individuales en cada época y lugar dependerá de cómo hayamos sido capaces de materializarla en cosas concretas de valor, en esa salud, alimento, vivienda, orden, seguridad, felicidad o bienestar de los que hablábamos: una percepción diferente para cada individuo y que depende de cómo estas materializaciones de la libertad se hayan repartido entre las personas, de la desigualdad.

Pero es la libertad la que hace posible este juego vital, esta cibernética que ha dado lugar a tantas maneras de organizar la vida en común, y que desde hace unos cientos de años se ha concretado en la creación de los Estados como estructuras sociales que organizan de un determinado modo el juego de las libertades individuales.

Esta cibernética social en la libertad se da por la especial conformación del género sapiens a lo largo de nuestra evolución, un animal que ha logrado sobrevivir gracias al instinto de cooperación, al apoyo mutuo que nos hemos prestado los miembros de cada comunidad humana para acceder a los recursos naturales, para protegernos solidariamente, repartir bienestar, fabricar tecnología y soñar sociedades. En este marco de la cooperación, muy diferente al espíritu gregario o a la vida de rebaño o manada, se da la competencia, como el elemento fundamental que hace posible la libertad de cada individuo, porque cada sujeto forma parte del clan, la tribu, la comunidad, la polis, el feudo o el Estado en función de su capacidad individual para influir en su entorno y en la sociedad. De esta especial estructura de la cooperación humana en torno a la competencia y la libertad individual –e incluso del egoísmo altruista que nos define- surgen las exigencias de justicia, de equidad en el reparto de los beneficios de la cooperación, el diálogo en torno a los derechos que cada individuo considera que posee por su contribución a la libertad de los otros miembros del grupo; y los conflictos sociales que se dan en torno al equilibrio entre la libertad y la igualdad, o la equidad, como la energía que alimenta la historia humana y los diferentes órdenes u organizaciones sociales que han creado las condiciones de ejercicio de la libertad humana.

La imagen de la libertad que casi todos poseemos es la que hemos heredado de la Revolución Francesa: guillotinas, sí, pero también tantas utopías de emancipación, y no lo olvidemos, tantos textos políticos, éticos y filosóficos que surgieron en el marco de la Ilustración y que nutren nuestra imaginación. También en la relectura de los pensadores clásicos, que hablaron mucho sobre la libertad, y sobre cómo las revoluciones burguesas, proletarias y nacionalistas fueron dándole forma a un concepto de libertad que nunca ha permanecido fiel a sí mismo, pétreo como un faro, sino más bien como una energía y un anhelo que forma la sabia y la vitalidad de cada época y lugar. No se puede entender la emancipación, la liberación, y por tanto, el deseo de ser libre de una persona de nuestro tiempo, sin todo este bagaje que conformó el concepto moderno de libertad, y por tanto, los objetivos políticos de liberales, socialistas, comunistas y anarquistas, y también, cómo no, de sus contrapartes autoritarias en torno al nacionalismo, el fascismo o los capitalismos de Estado.

La libertad individual es el gran concepto político de los siglos XIX y XX, y espero que siga siéndolo de este siglo XXI, a pesar de los intentos tan potentes que siguen en liza por ocultarla bajo el palio del orden perfecto, la justicia universal, la seguridad infinita o la felicidad absoluta. Porque asombrosamente son los grandes discursos universales y maximalistas sobre la seguridad, el medio ambiente, la patria o la salud y la justicia, los que más atacan la libertad humana. Con el pretexto de que tanto los Estados, así como las grandes coaliciones internacionales, sigan manteniendo su poder sobre todos nosotros, organizan nuestra libertad con el objetivo de salvarnos, y por tanto, de repartir las ganancias de esa salvación de forma totalmente injusta y desigual.

La única libertad que existe realmente es la del individuo. No existe la libertad colectiva, de la nación o del Estado. Ninguna etnia o patria posee el derecho a autodeterminarse, únicamente cada uno de sus miembros como individuos autónomos. Si se habla de la libertad de los pueblos o del derecho de autodeterminación de las nacionalidades, se hace por pura perversión del lenguaje, una sinécdoque que utilizan los representantes del pueblo para usurpar en el todo la libertad de las partes. La emancipación económica, social y política sólo atañe a cada sujeto, que debe emanciparse individualmente y evidentemente con la ayuda de otros dentro de la comunidad de la que desea formar parte. Ningún representante o líder de un grupo otorga el derecho a la libertad o a la emancipación, sólo factible por la acción autónoma y concertada de cada uno de sus miembros. La libertad individual debería ser indelegable e inalienable, nadie ni nada puede erigirse en portavoz de la libertad de un individuo

La libertad individual se debe convertir en el gran objetivo político de este siglo porque nuestro instinto social moderno se ha fraguado en las grandes luchas de liberación en torno a la arbitrariedad monárquica, contra le esclavitud, a favor de la emancipación de los yugos coloniales e imperialistas, de las luchas en torno a la libertad religiosa y de opinión, a favor de la emancipación y la igualdad de la mujer o contra el racismo, de las revoluciones en contra de la explotación económica o la imposición cultural. En suma, nuestro concepto de libertad se ha construido en la lucha contra el privilegio, contra aquellos grupos sociales que deseaban consolidar un status quo que coartaba la libertad de sus semejantes, ya sea en el plano cultural, religioso, tecnológico, educativo, económico o político. Las denominadas libertades, a saber, la libertad de comercio, de credo, de opinión, de prensa, de conocimiento no entran en confrontación entre sí, sino únicamente con los privilegios o el poder que ciertas personas poseen en virtud de su posición social, su dinero, su capital o su educación. De aquí deviene el hecho de que en el actual siglo no pueda entenderse la búsqueda de la libertad sin el intento de que ésta se reparta equitativamente entre todas las personas y de que la cooperación social para alcanzar mayores cotas de libertad deba poseer el afán continuo de evitar que se consoliden nuevas situaciones de privilegio.

Por ello, resulta imprescindible reflexionar y valorar el papel que ha representado el surgimiento del Estado moderno en la consolidación de nuestro concepto de libertad. Porque es en el Estado moderno donde se ha ido fraguando nuestro actual deseo de libertad individual y porque ha sido en el marco de estos mismos Estados en los que se han generado tantas estructuras legales, económicas y tecnológicas que han orientado nuestra  libertad, pero que también han ido creando el marco actual en el que se debate nuestro real deseo de emancipación y liberación, precisamente de esos mismos Estados que asumen un papel cada vez más destacado en la lucha contra nuestra libertad individual y en apoyo del privilegio económico y legal.

Enemigos de la libertad

Casi todas las justificaciones del poder y de la autoridad que han esclavizado a los seres humanos, se basan en considerar que el ser humano es sagrado y posee libre albedrío, a pesar de lo cual, defienden la minoría de edad eterna de las personas, su incapacidad para elegir por si mismos el tipo de vida que desean vivir y a la que legítimamente deberíamos aspirar.

La libertad resulta consustancial al ser humano. Nunca podremos desprendernos de ella. Sin embargo, la amplitud que la libertad alcanza en cada individuo, el potencial de ejecución, el nivel que desarrolla, dependen de las condiciones objetivas que le rodean, y de su propia aptitud y voluntad para ejercerla. En función del deseo, del tipo de cooperación que establece con sus vecinos, del grado de desarrollo tecnológico, de las relaciones que mantiene con el medio natural y social, de la particular estructura política en la que decide y participa, cada ser humano se ha ubicado, en cada momento histórico y lugar, en una determinada praxis de la libertad.

Por estas razones, la libertad no es un concepto abstracto, universal, sino que su grado de desarrollo, su aplicación práctica, se adecúa a cada situación e historia, a unas condiciones materiales que ofrecen el marco máximo de ejecución y que permiten considerar y valorar cómo ha vivido la libertad cada sociedad y cómo ha sido su evolución histórica, y también, cómo se ha verificado la distribución de la libertad entre sus miembros.

La libertad resulta algo muy concreto que se define y se explica al margen de lo que proclaman de forma abstracta las constituciones y las leyes, de lo que afirman los derechos, porque cada persona y sociedad ejerce su libertad de una forma única que puede ser valorada y comparada, ya que la libertad, en cierto modo, cuantifica cómo se materializa nuestro deseo.

No existe el individuo prístino y aislado que posee la máxima libertad, y que acto seguido la tiene que dilapidar y ceder al Estado con el objetivo de protegerse y ayudar a crear un orden político que le aporte seguridad, en virtud de la libertad que sus guardianes y planificadores empezaron a usar desde entonces por todos nosotros. Esta abstracción, que ni sus apóstoles liberales (o mejor antiliberales) se han creído, sirve para legitimar un orden político que se irroga el privilegio de distribuir la libertad de forma desigual, y que hace comprensible, a ojos de la gran mayoría, la injusticia y la explotación, porque éstas se conciben como el precio que hemos de pagar por tener servicios, obtener bienestar y poseer seguridad, en suma, por ser felices.

Una explotación que se considera justa porque parece que no es arbitraria, porque el grado de libertad al que cada individuo aspira depende de cómo sabe jugar el juego de la democracia y del mercado, con unas normas iguales para todos y que justifican el lugar que cada cual ocupa por propios merecimientos, ya sea en la cúspide o en el albañal de la sociedad.

Sin embargo, el libre albedrío no existe, es una falacia inventada por el idealismo y las religiones, y que consistió en haber construido la dignidad humana sobre la idea de que nuestra mente se ubica al margen de la materialidad del mundo y de que existe un reducto o una esencia humana que no puede ser afectada por el acontecer de la realidad. O visto de otra forma, por creer que el ser humano puede elevarse sobre su propia materialidad y contemplar el mundo y percibir las relaciones humanas como si él mismo fuese un dios objetivo y extraordinario que valora e interpreta los hechos al margen de los propios hechos, como si fuésemos poseedores de un microchip inalterable y eterno que nos permite en cualquier momento histórico y lugar valorar siempre las percepciones y las acciones del mismo modo.

En ese libre albedrío se basa la responsabilidad absoluta –que establecen los monoteísmos y el Estado- de todo ser humano en el cumplimiento de los preceptos morales, y asombrosamente, por defendernos de los posibles errores del libre albedrío, los Estados y las religiones erigieron el principio de autoridad, la necesidad de crear una élite de guardianes, un cuerpo de normas, encargadas de encauzar a cada ser humano por la senda del bien. En suma, que a pesar del libre albedrío, resulta imprescindible fabricar una autoridad que defienda al hombre de sí mismo. Tanto los monoteísmos como los Estados basan en este falso libre albedrío buena parte de sus dogmas y normas para proteger a las almas temerosas en su camino hacia la salvación.

La salvación y el progreso social, por tanto, entendidos como una senda tortuosa de desprecio progresivo de la libertad con el objetivo de acabar comulgando con un ideal humano abstracto: usar la libertad para obedecer. Resulta sorprendente que todos estas justificaciones del poder y de la autoridad que han esclavizado a los seres humanos, se basen en el hecho de que el ser humano es sagrado y posee libre albedrío, a pesar de lo cual, defienden la minoría de edad eterna de las personas, su incapacidad para elegir por si mismos el tipo de vida que desean vivir y a la que legítimamente deberíamos aspirar.

Puede decirse que el Estado siempre pretende convertir a los explotados y súbditos en menores de edad, a hacer de las personas seres huidizos y cobardes, irresponsables en relación a nuestra capacidad para protegernos y darnos a nosotros mismos servicios de salud, ocio, bienestar, educación, trabajo, etc. El Estado divulga la idea de que cada individuo depende del orden estatal y que éste, como un buen padre de familia, reparte trabajo y bienestar según se comporte cada uno de sus hijos. Quien no llora no mama, y por tanto, extiende entre la población la creencia de que realmente no sabemos utilizar nuestra libertad y por tanto, que somos dependientes, que nuestra vida y aspiraciones proceden exclusivamente de lo que el Estado protector y previsor nos dé, de lo que seamos capaces de sacarle o de lo que él bondadosamente nos regale, ya sea en compensación por los impuestos que pagamos, por el voto que cedo, por la corrupción a la que me someto o por la influencia que ejerzo.

Que haya opciones políticas de corte neoliberal que defienden el deseo de eliminar el Estado, no cambia los términos de la ecuación, porque los defensores de estas opciones “libertarias de derecha” lo hacen siempre en el marco del Estado, garante de los acuerdos, defensor de su riqueza y propiedades, protector de sus monopolios, garantizador de sus rentas, y servidor abusivo de un orden y de una organización que tiene por fin último protegerles a ellos y perpetuar la explotación y las desigualdades. Plantean, por tanto, una organización social que desatiende a las víctimas que genera, y por tanto, un orden que distribuye la libertad de forma totalmente injusta y desigual.

Pero no resulta menos inmoral la opción de la socialdemocracia, de las élites y burócratas de lo público con su defensa a ultranza de los rescoldos del Estado del Bienestar, por su deseo de redistribuir y paliar los destrozos de un sistema capitalista del que se lucran y al que desean mantener con vida e incluso perfeccionar, otorgando cuidados paliativos a una población a la que se la convence para seguir soportando lo intolerable, convirtiendo en razonable su explotación y precariedad.

Tanto unos como otros desprecian nuestra libertad, porque aun cuando la proclaman como el bien más valioso que poseemos, menosprecian nuestra capacidad de diálogo, acuerdo y cooperación, porque nos atemorizan con los terrores sociales que acaecerían si quisiéramos ser realmente autónomos para gestionar nuestras vidas según nuestro deseo, y sobre todo, porque legitiman su propia libertad basada en la autoridad y el poder, en que hubo un momento histórico en el cual cada uno de nosotros cedió libremente su libertad para que una élite nos organizara con el objetivo de sacarnos del caos y de la violencia, única forma que posee el género humano, según ellos, de poder aspirar a una felicidad que sin embargo, nunca se nos acaba de otorgar.

Hacia la libertad

Unas personas creen que los abusos de la libertad resultan más temibles que los de la autoridad. Otras, que el poder que coarta nuestras libertad resulta mucho más temible que el desbocado de la pura libertad. Tememos y anhelamos la libertad en función de si estamos pisoteando o de si somos pisoteados.

La libertad biológica, ese azar o emergencia de la que surge lo sorprendente, lo casual, lo nuevo y lo original, esa norma de lo vital que aspira a convertir en autónomos a todos los seres vivos, se traduce en ese animal tan particular que es el hombre, en una serie de características más o menos propias, casi todas ellas emparentadas con el uso del lenguaje y la manera original que tenemos los humanos de construir la realidad a través de las palabras. Y la libertad no deja de ser también una palabra en manos de la inmensa capacidad creativa y combinatoria de los seres humanos.

La libertad surge allí donde existe la vida. Pero los seres humanos hemos interiorizado, a través de nuestra historia, otros deseos y otras aspiraciones que, en consonancia o enfrentamiento con el deseo de libertad, han ido configurando el estilo de vida y los objetivos vitales y políticos de las diferentes sociedades. Me refiero a la felicidad, el orden, la paz, la seguridad, la riqueza, el placer, el bienestar, la justicia, etc. La libertad se relaciona con todas estas ideas.

¿Qué cosa es la libertad? Pues algo así como un impulso vital acerca del cual los hombres llevamos hablando desde el comienzo de la humanidad. Toda asociación humana involucra un cierto concepto de libertad, una forma particular de gestionarla a través de la costumbre, el acuerdo, las normas, las leyes y los tribunales. Lo que sea la libertad está muy influido por esa deriva histórica y geográfica. No deseo penetrar en ese terreno ni como erudito, ni como ideólogo, sino que más bien deseo ofrecer una idea de la libertad a partir de las vidas actuales y reales, y en consecuencia, sobre lo que en coherencia con ellas, podrían ser los anhelos e imágenes de la libertad con las que opera nuestra mente contemporánea.

Hace un tiempo publique un artículo que me parece pertinente recordar aquí, porque imaginaba el siguiente ensayo sociológico: entrar en un sitio público gritando ¡libertad! Y a continuación,  comprobar científicamente la reacción de los presentes. Afirmaba entonces, y lo sigo creyendo hoy, que el total de reacciones, y por tanto de personas, se podría categorizar en dos grupos en atención a su gesto o respuesta emocional: los que lo tuercen como si les hubieran mentado a la madre, como si debieran defenderse de un insulto o de una agresión que no va a tardar en llegar; o los que sonríen, los que aprietan el puño y tienden a mirar al cielo con la esperanza puesta en un futuro mejor.

No creo que exagere al respecto, la palabra libertad continúa desatando pasiones extremas, a pesar de la tinta derramada en torno a su definición, y del hecho de que todos los credos políticos, ya estén un uno u otro extremo, han encontrado una descripción de libertad al gusto de sus ideales e intereses. Pero existen únicamente dos tipos de reacciones viscerales, instintivas, sobre las que quizás algún taxónomo pudiera avanzar una clasificación más prolija y variada de la humanidad y sus ideologías. Al grito de libertad sólo se puede reaccionar con temor o con algazara. No caben las sutilezas, las ambigüedades. A unas personas les asaltarán imágenes de desórdenes, asesinatos, de puro descontrol. Atemorizados por la idea de que existe demasiada libertad, tenderán a huir o a pedir ayuda a algún tipo de ángel tutelar. Nadie reniega, evidentemente, de la libertad individual, nadie desea ponerse grilletes o que se los pongan, pero a estas personas el instinto les lleva a querer proteger a la sociedad de tanta libertad, porque piensan que gran parte de los problemas derivan del mal uso de la libertad, y por tanto, que alguna autoridad debería ordenar y distribuir la libertad por el bien de la humanidad.

Otras, sin embargo, creemos que el principal problema social reside precisamente en la falta de libertad, y que un mayor y mejor ejercicio de la libertad resultaría imprescindible para avanzar en el camino de la justicia. Cuando oyen el grito, lejos de atemorizarse por el desorden, se les encienden los ojos soñando con cadenas rotas, con la explotación desaparecida, en el poder deshecho y la opresión reventada. Como ahogados a los que se les enciende una luz en la superficie del mar, estas personas creerán que los grandes escollos para la creatividad, para la cooperación y la eficacia derivan de la actual falta de libertad.

Unos creen que los abusos de la libertad resultan más temibles que los de la autoridad. Otros, que el poder que coarta libertades resulta mucho más temible que el desbocado de la pura libertad. El dueño temerá que el esclavo pueda utilizar la libertad para rebanarle el cuello. ¿Pero cuál sería, en cambio, el verdadero sueño de libertad del esclavizado? Tememos y anhelamos en función de si estamos pisoteando o de si somos pisoteados.  Pero más allá de nuestra posición particular en el escalafón social, el escalofrío que a todos nos recorre el cuerpo, cuando oímos esta palabra mágica de la libertad, dependerá también de cómo idealizamos a la sociedad, del concepto que tenemos de nuestros semejantes, del mayor o menor aprecio que sintamos por su capacidad para cooperar, confiar y vivir en comunidad.

Desde que la libertad forma parte del tríptico revolucionario, junto con la igualdad y la fraternidad, se la ha incluido en todas las Constituciones modernas, pero ninguna la define, a pesar de que todas la defiendan, sobre todo, a través del sufragio universal, la libertad de credo y de opinión, y de la libertad económica en el mercado capitalista. Sin embargo, en los Estados liberales y de derecho, existen más bien las libertades, una serie de regulaciones sectoriales a nivel de prensa, economía, religión, trabajo, movimientos, etc. que establecen límites y oportunidades que los ciudadanos legales de cada país deben obedecer para ejercer su libertad en cada uno de estos ámbitos. Puede afirmarse, por consiguiente, que existen dos tipos de libertad. Una consistiría en el grupo de las libertades legales en las que el Estado se proclama como autoridad garante, y cuya definición establecen las constituciones, los textos legales y las sentencias judiciales. Y otra, el concepto de libertad y la libertad real que poseen las personas y que opera a la sombra, y a la luz, de aquellas otras libertades reglamentarias.

Si bien las primeras resultan más o menos claras y explícitas, y bien conocidas por la mayor parte de los ciudadanos, no tan evidente resulta el conocimiento acerca de la definición de libertad, la idea de la libertad o las aspiraciones de libertad que poseen los individuos. Para aclarar un poco las cosas recurro a otro artículo en el que aconsejaba usar una serie de recursos conceptuales para entender con mayor precisión lo que queremos decir cuando hablamos de esos grandes conceptos de la cultura, el arte, la nación, la justicia o la libertad. Por ejemplo, aconsejaba verbalizar, como una manera de penetrar con más facilidad en las imágenes e ideas que manejamos interiormente a la hora de referirnos al concepto o a la idea de libertad. Por consiguiente, en lugar de pensar tanto en el sustantivo libertad, hacerlo con sus verbos, por ejemplo, liberar o libertar, o con el sustantivo liberación, en la medida en que hace referencia al movimiento o a la acción de liberar.

Si le damos movimiento a los conceptos podemos encontrar perspectivas y sentidos quizás más claros, y sobre todo, menos teóricos y asépticos, más ligados a la práctica de la vida y de la acción social. Imagínese, por ejemplo, un perro encadenado a la puerta de un garaje y sufriendo porque no puede alcanzar el cubo de agua.  ¿En qué consiste la libertad de un perro? Pregunta compleja. Pero resulta más transparente la acción-reflexión de liberar, digamos a un perro, una clase o un pueblo concreto. Creo que la perspectiva que nos ofrece la verbalización del concepto nos puede aportar más claridad. El verbo, además, nos tienta a tener que considerar las fuerzas que lo mueven, las reacciones, a incluir voluntades, a contemplar todo un campo dinámico de energías que lejos de confundir, nos hace más claro el razonamiento y la posición ética a adoptar, alejada del conceptismo y la rigidez de esas grandes palabras que tendemos a erigir en tótems lingüísticos.

Más libertad

Nos educan para autolimitar nuestra libertad. Aquel primer acto de desobediencia bíblico ante el árbol del bien y del mal -seamos o no cristianos- lo llevamos marcado a fuego en nuestro corazón. Sin embargo, la libertad no tendríamos que limitarla, sino únicamente coordinarla con la de nuestros semejantes con el objetivo de que la suma de todas nuestras libertades fuera haciéndose cada vez mayor.

Siempre más libertad, la máxima libertad, el mayor grado de autonomía, la total autodeterminación, la emancipación plena.

Los conservadores, los temerosos, denominan esta ansia de libertad como libertinaje, pero realmente el libertinaje es la perversión de la libertad, que por definición anhela expandirse sin límites. El peligro de la libertad no reside en querer hacerla cada vez más grande, sino en querer fundamentarla en la desigualdad, en ampararla bajo la filosofía individualista.

Más libertad. A los que así deseamos nos llaman libertarios, o amantes de la libertad. El liberal, y no digamos el neoliberal, también ama la libertad, sobre todo su libertad, que también desea hacer máxima, aun a costa de la de los demás, a pesar de que ese deseo cumplido aminore el total de libertad de cuantos le rodean. Pero los libertarios deseamos que sea para todos, porque siendo para todos por igual, la libertad de todos será máxima. El programa maximalista de la libertad que posee el anarquismo supera a todos, no sólo por desear este máximo alcance, sino también porque la medida de la libertad no la basa en entelequias, derechos, espíritus o esencias, sino en el más puro materialismo, en cómo se reparte la riqueza social, en cómo se va consiguiendo ese objetivo de libertad máximo que significaría poder vivir en un mundo de abundancia.

Porque vivimos en un mundo de escasez artificial, porque el control de la escasez se ha convertido en el objetivo de la ciencia política y de la interpretación que el capitalismo nos ofrece de la libertad, el deseo de abundancia configura un programa político y comunitario esencial en la búsqueda de la máxima libertad. Dar y tomar con libertad, ese sería el objetivo, la más pura liberalidad. Y recuperar la voz “libertino” que originalmente y antes de que la Iglesia la deformara, significaba el amante de la libertad, el individuo que sin ataduras divinas aspira a darse su propia ley moral.

Nos educan para autolimitar nuestra libertad. Aquel primer acto de desobediencia bíblico ante el árbol del bien y del mal -seamos o no cristianos- lo llevamos marcado a fuego en nuestro corazón. Sin embargo, la libertad no tendríamos que limitarla, sino únicamente coordinarla con la de nuestros semejantes con el objetivo de que la suma de todas nuestras libertades fuera haciéndose cada vez mayor. Tampoco me estimula ese rondó de que “mi libertad acaba donde comienza la de mi semejante”. Prefiero imaginar la libertad menos como un acto de limitación y censura, y más como un ámbito para acordar cómo, en comunidad, vamos a convertirnos progresivamente en personas más autónomas. No olvidemos que el anterior tópico liberal acerca de la libertad se ha transmutado en este otro, de que “tu libertad acaba donde el prójimo la limita”, una interpretación que se ha legitimado por ese dictum tan socorrido acerca del bien común.

Este programa maximalista de la libertad, no debería entrar en contradicción ni con la igualdad, ni con la fraternidad. Este misterio revolucionario todavía no ha podido resolverlo la democracia liberal, un enredo de interpretaciones y explicaciones que emparenta esta tríada democrática con el misterio de la santísima trinidad, una compatibilidad que nunca se demuestra y en la que se cree por pura fe, y que ha dado lugar a esos fatuos enfrentamientos entre unas izquierdas y unas derechas, con el auxilio del nacionalismo, que se definen según den más peso a uno u otro miembro: la libertad, la igualdad o la fraternidad (las fratias de los nuestros).

Maximalista, sí, hasta el punto de convertir la libertad en universal: la máxima libertad para todos y en todas partes, sin distinciones de sexos, naciones, credos, razas, etc. Este es el objetivo que hace compatible la libertad con las aspiraciones a la igualdad y a la fraternidad. ¿Una utopía? Pues claro.

Ese no-lugar (u-topía) que es hoy la anarquía, a saber, la máxima libertad, la total autodeterminación, o la autonomía plena, podría hacerse realidad, porque existen muchas personas que la hemos imaginado, que hemos construido en nuestras mentes un mundo ficticio de imágenes, un sueño que tenemos la obligación de confrontar con lo real y con lo tangible, con una realidad de hecho que sin embargo se mueve, evoluciona, entra en crisis y nunca permanece ni está predeterminada, a pesar del falso realismo de los que detentan el poder, una realidad flotante o líquida que siempre se ha construido con la materia de los sueños, o de las quimeras y las pesadillas.

El ser humano es un animal flexible que posee una enorme plasticidad cerebral. El cerebro humano se desarrolla, sobre todo, fuera del útero, y las redes neuronales y equilibrios hormonales que en él se generan, se construyen en el tiempo de acuerdo al tipo de percepciones y acciones que cada individuo realiza. Decíamos que el ser humano es el animal que se construye. Todos los seres vivos lo hacen. Pero el ser humano resulta especialmente desestructurado, como un diamante en bruto que admite muchos tipos de pulimentos, estructuras diversas que afectan al pensamiento, a los valores, al comportamiento y a la ética. Nuestro trabajo, la música, los libros, el ocio, la cultura, el sexo, en suma, todos los materiales que entran y salen de cada cerebro lo van reconstruyendo y conformando, y qué duda cabe, los sueños, los anhelos, las acciones, los conflictos, también. Un individuo no es libertario o anarquista, se va convirtiendo en anarquista a través de su pensamiento, pero también y sobre todo, a través de sus acciones, estímulos, vivencias, experimentos, percepciones, etc.

Todo ser humano es una utopía en sí mismo. Un ser desubicado que vive ubicándose continuamente según las circunstancias que le rodean, según las percibe y las asimila en cada nueva ubicación. No vivimos, por definición, en equilibrio precario, pero nuestra estructura es dinámica y evoluciona según fue nuestra historia y según nos vamos enfrentando a nuevas acciones y estímulos. Incluso nuestro sistema locomotriz funciona así de absurdamente, andamos cayéndonos, no digamos cuando corremos, usando la gravedad que tira de nosotros hacia abajo para desplazarnos horizontalmente, a través de una serie de palancas que transforman la caída en avance.

Estas dos utopías que son el ser humano y su ambiente social están en continuo conflicto, y en la necesidad de acordar encuentros, una paradoja que sólo los inmovilistas y los poderosos nos desalientan a desvelar. Por ello, no deberíamos ahuyentar de nuestros sueños la imagen de la anarquía, de la máxima libertad, por creer erróneamente en el tópico de que los seres humanos no estamos construidos ni preparados para la libertad, en la creencia absurda de que esa materia moldeable y autónoma que es un ser humano se debe contentar con ser lo que hoy es, y que por estar ya construidos de una determinada forma, según la estructura en la que el capitalismo y la democracia liberal nos ha querido diseñar, hemos de olvidar los sueños y los deseos que no resultan coherentes con el ser humano que hoy existe.

Nadie nos da la libertad, ni como un don, ni como un derecho. La libertad preexiste a cualquier ordenamiento jurídico, a los Estados y a la ostentación del poder. La libertad es consustancial a la vida, a la membrana a la que en esencia se resume todo ser vivo. Y se realiza en la cooperación con el entorno físico y social, de las mil y una formas que puede adoptar la tecnología, el acuerdo humano y la convivencia. Se puede y se debe elegir no hacer alguna cosa, pero no se puede renunciar a la libertad de hacerla o no hacerla. La libertad no se puede pesar, pero sí algunas de sus consecuencias, que son las que nos orientan sobre cómo se reparte la libertad, sobre las desigualdades y sobre cómo se expresan los poderes, esos vórtices que acumulan la libertad robada a su entorno a través, fundamentalmente, del trabajo y del reparto de la riqueza social. Si podemos hablar de progreso, cabría hacerlo en relación a cómo ha evolucionado la capacidad humana para ser libres, sobre cómo los acuerdos sociales, la tecnología y nuestra voluntad ha ido configurando entornos más o menos libres en función del reparto material de la riqueza y la distribución del trabajo.