INTROITO

Incluyo un fragmento de la biografía apócrifa y espuria de Rui Valdivia.

 

Introito

Mis dos bisabuelos murieron de rabia en la cárcel. Uno, el abuelo de mi madre, acababa de atravesar con un cuchillo la mano del sargento furrier, mientras apostaban quién sería más hombre. No soportó la deshonra del consejo de guerra. La vergüenza, la congestión y alguna cabezada contra los barrotes le sumieron en espasmos y finalmente en la inconsciencia.

Al abuelo de mi padre le mordió un perrito mientras volvía de trabajar en el campo, y dos semanas más tarde tendrían que encerrarlo en el calabozo del pueblo. Como su pariente político, murió también dando cabezadas y echando espuma por la boca.

De esta fractura social y posterior caída, sufrida por mi familia hace ahora 75 años, aún no me he repuesto: soy bajo, cetrino y de carácter mordaz, díscolo, traicionero y taimado, y sobre todo, heredé la rabia de mis dos antepasados, cuyas savias, mezcladas en mí, y en sinergia, me provocan tales accesos de mala hostia que si no fuera por mis estudios superiores, la buena crianza y el ambiente edulcorado y meloso donde medro social y económicamente, hace tiempo que habría acabado de igual forma arrojado en una cárcel y muerto de rabia y de golpes funestos en la cabeza.

Gracias al progreso me he salvado. Y a la autoridad de mis mayores. La disciplina social, ingrata con los perdedores, insoportable para los orgullosos de su libre albedrío y autónoma conciencia, resulta, sin embargo, de alto valor pedagógico para encauzar el árbol chiquito que desea hacerse grande entre sus mayores. Quien anhele triunfar no desespere en el orgullo o en la rebeldía, pliéguese a la corriente y no vuele contra natura. He aquí mi divisa resumida. Pero me gustaría matizarla, expandirla en sus múltiples relaciones, incluir algunas excepciones, y ciertos casos originales sin cuyo desenlace la mentada máxima no cumpliría su objetivo.

Mi historia revela la certeza del pensamiento liberal en sentido directo e inverso. El conocido dicho atribuido a nuestro antepasado Adam S. y descubierto por observación paciente de las abejas en sus melifluos juegos, de que la insania y el egoísmo más desaforado e irracional conmueven hasta tal punto los fundamentos de la sociedad que ésta, forzada por tan deletéreas fuerzas, ascenderá infinitamente en virtud y lozanía, se cumple sin escrúpulo en mi caso y en las relaciones que mis vicios ocultos establecen con el bienestar evidente de mis conciudadanos.

Pero también se cumple el teorema inverso, considerado espurio y apócrifo en su tiempo, y sin embargo, confirmado por múltiples evidencias empíricas, entre cuya muestra me incluyo con orgullo. ¿Quién no ha detectado la maldad en sí? Si quieren, yo confesaré primero: admito que todavía me encuentro tentado por ella. Pero de entre todas las oportunidades que la sociedad ofrece para ejercer la injusticia y la perversión, esta comunidad virtuosa fomenta, también indeleblemente y sin apenas notarse, la expresión de aquellos vicios más útiles para el éxito privado, y acalla, con guante invisible, los más inútiles e ineficientes. De tal modo opera sobre mí esta ley inversa que sin ella habría acabado, como planeta ingrávido, en el fondo de un albañal, infectado en mi propio hedonismo vacuo e insustancial, improductivo.

Véase lo que ocurre también con las abejas y analícese el panal en su globalidad. Observado el enjambre en sucesivos actos, ya con la lupa, ora con el telescopio, y siendo capaces de integrar toda la información de modo coherente, apreciaríamos un sistema complejo donde a la vez se expresaría la acción de la masa social sobre el individuo, como su reacción en el colectivo: la ociosidad, incontinencia y apetito voraz de cada zángano; el trabajo impenitente de cada obrera aportando néctar; la reina pariendo, comiendo y soportando la lubricidad de cada zángano. En fin, un universo de múltiples acciones y reacciones donde las perspectivas micro y macro se solaparían armónicamente. En suma, un círculo virtuoso donde la obrera da de comer a todos los que follan y huelgan a destajo. Pero se equivocan si piensan que ser reina o zángano resulta deseable. Las obreras no sólo traen la comida y limpian la casa, sino que al final de cada verano asesinan a todos los zánganos, y cada cierto tiempo, cuando la reina ha envejecido lo suficiente, la destronan por asfixia, tras lo cual, convertidas en nuevas garantes de la ley y del orden, elegirán, legítimamente, a una nueva reina.

Ahora denominen de otro modo a cada una de las partes. Por ejemplo, a los zánganos, llámenlos prostitutas; a las obreras, empresarios; y a la reina, por ejemplo, capital, tecnología. Bueno, la historia cambia. Podríamos afirmar, sin riesgo a equivocarnos, que en tal panal la renovación del capital se produce gracias a la comida que los empresarios dan a las prostitutas con el oscuro deseo de regenerarse el capital. Pero, yo les pregunto ahora, ¿qué clase social haría las revoluciones en esta colmena?

Bueno, no se asusten, estos son los riesgos propios del nominalismo y de la hermenéutica. ¡Jueguen, jueguen a nombrar!

Para concluir este esbozo teórico en el que he demostrado la pertinencia del teorema directo e inverso del liberalismo económico, hagamos un breve resumen en tono aporético: por la directa me beneficio beneficiando, y por la inversa, me benefician mientras beneficio: hijo del beneficio, me honro de ser parte del progreso social a pesar de mis enrabietados orígenes, pues: me convierto en zángano o en obrera, según las circunstancias, y nunca dejo de ser capital.

¿Qué corolario cabe deducir de ambos aspectos del teorema? Pues que la sociedad posmoderna resulta demasiado compleja, y para ser entendida se impone, primero, dejar de fumar, después, recoger la mesa, y tras mucho pensar y deliberar, ahogarse en un barreño de frambuesa.

Tras este ejercicio académico, necesario para rehuir el absurdo y la banal interpretación de mi persona, les ofrezco una anécdota.

Al comienzo de mi vida soporté graves problemas económicos. Unos amigos me decían que no gastase tanto, otros que ahorrase más, pero era tan escasa la beca que recibía y tan elevado el nivel de vida en el extranjero, que todavía hoy me pregunto ¿cómo pude superar el circulo vicioso de mi indigencia? Pues no se sorprendan, aquí reside la gracia de esta aventura o anécdota, me convertí en perro, como mi bisabuelo paterno. No de repente, claro, sino tras un largo proceso de maduración.

Por supuesto, todos los días iba al supermercado. El hambre y no sólo la sed, devoraban mi discernimiento. Como el burro de Buridán, apenas podía pensar, ni aprehender la realidad, y por ello, tardé mucho tiempo en advertir que el precio de la misma cosa no siempre fuera el mismo. No teman, no descubrí tan pronto el misterio de la inflación. De lo que en verdad me percaté fue que, por ejemplo, galletas o latas de carne aparentemente iguales, estuvieran, simultáneamente, marcadas con distinto precio, en virtud de no sé qué ocultas leyes del mercado. ¡Oh, cielos! Podría ahorrar. Besé a la cajera y el dinero que no gasté ni en compras ni en invitarla a cenar, lo empecé a acumular como excedente, proceso que me ayudó a salir del barro y de la indigencia.

Debía poseer ya todo un capital ahorrado cuando empecé a notar una pertinaz y molesta erupción de pelo por toda la superficie de mi cuerpo. Al principio, la transferencia tecnológica vino en mi ayuda, de manos de la cajera, con la que ya había entablado una relación harto solidaria, y que me prestó su propia cera depilatoria en frío. Más tarde me sorprendí olisqueando a la propia cajera, no besándola, ni chupándola o mordisqueándola, sino olfateando todas las rótulas y pliegues donde su sudor pudiera acumularse y conservarse. Mi fina pituitaria pudo llegar a detectar cualquier movimiento en el edificio donde vivía: la floración de las petunias de la vecina del sexto, el cambio de pañales del bebé del primero, lo que hubiera comido el antepenúltimo usuario del ascensor, la exudación del ajo, los aditivos de la coca-cola y hasta anticipar la rotura de una tubería de aguas negras cuya fuga no logró evitarse y acabó por inundar toda una planta del edificio.

Perfeccioné el giro y orientación de mis orejas, la vibración del rabo y hasta a levantar la pata durante mis micciones todavía en el inodoro. Me disponía ya a reconocerme como un gran gateador, cuando un hecho inaudito, pero no por ello menos conocido, me devolvió la realidad de mi precario y penoso estado, a pesar de los ahorros acumulados durante todo el tiempo que duró mi metamorfosis.

Dada mi situación, no se sorprenderán si les digo que a la cajera la montaba por detrás. Ella me buscaba las cosquillas y pretendía girarse con el pretexto de bucear en mis ojos, pero yo insistía y la sujetaba férreamente con mis patas delanteras. Pues bien, tampoco les debería asombrar el modo cómo ambos acabamos en el dispensario de la seguridad social. Así anudados, giré mi cuerpo sobre mi patita izquierda para enfrentar nuestros culos con la intención de empujar hacia fuera y desacoplar nuestra recién culminada fusión, y hete aquí que la dilatación de algún nuevo mecanismo de mi renovado pene impidióme sacarlo, a pesar del lubricante, nuestros esfuerzos y al cabo, nuestros gritos de dolor. Me había convertido finalmente, y como era de esperar, en un perro no sólo en lo físico, sino también en lo ético.

La medicina no salía de su asombro. Me aislaron, me uncieron a un gotero de una solución salina y poco a poco, antes de que finalizaran dos tesis doctorales y una mención en el Nature, regresé a mi ser original. Pero no fue la ciencia la que supo explicar lo acaecido con el cambio de aspecto de mi persona, sino que fue la cajera la que, como luego verán, vino de nuevo en mi ayuda.

Yo había estudiado en el colegio los atributos del régimen monárquico: una transmisión seminal de poder legitimada por la misma práctica que llevó a los agricultores y ganaderos neolíticos a mejorar progresivamente las especies con mayor valor económico por selección genética de los linajes más productivos del trigo, la cebada, el mijo, los bóvidos o el cerdo. Pero antes de aplicar las artes de la mejora filogenética a las monarquías, éstas habían sido en sus orígenes aleatorias, y más tarde, electivas, dos prácticas reverenciadas por su respeto al principio de igualdad. La selección vendría mucho después.

Ya les comenté la relevancia del panal y la colmena para comprender la historia del pensamiento económico, su importancia experimental para demostrar las leyes del mercado liberal. La deuda contraída por la humanidad con la abeja resulta abisal y nunca nos recataremos en el elogio y la gratitud. Sin embargo, olvidé decirles algo sobre esta particular monarquía de signo matriarcal, la monarquía apícola. Recuerden, las obreras habían ejecutado a los zánganos, acababan de asfixiar a la reina envejecida. ¿De dónde extraer la nueva monarca? ¿De una obrera? Pero, ¿cuál? ¿Acaso la reina aún insepulta, antes de expiar eligió con su antena a una de entre sus asesinas? ¡No! ¿Acaso dotó a alguno de sus huevos de tal excelencia genética que de él acabaría brotando otra reina? ¡No! ¿Quedó un último zángano aguerrido y montaraz que exánime antes de morir alcanzó en su postrera inseminación a la reina moribunda, cuyo supremo gesto consistió en parir un último huevo monárquico? ¡No!

De nuevo la naturaleza demostró su sabiduría, y así como se renueva la monarquía y se hace perenne su reinado, del mismo modo mi ser, devastado por la metamorfosis, regresó a su estado cuasi original tras cambiar mi dieta, una vez reconocido mi error. Estaba en país extraño, todavía no conocía bien el idioma, el alfabeto cirílico aún resulta demasiado complejo para un occidental, y confundí, mejor, no advertí, el contenido real de esas latas tan baratas que yo tomaba por carne. De hecho contenían carne, junto con otras muchas sustancias, pero carne de no sé qué animales para alimentar a cánidos domésticos. Sí, perros, sabuesos. Y entonces comprendí, acerté a conectar el mecanismo del mercado con mi reciente transformación, la jalea real de las abejas y el funcionamiento del sistema liberal, el excedente acumulado de la explotación, el amor de la cajera, y por supuesto, el cambio hormonal operado en mí por tanta comida para perro ingerida en el ahorro, la avaricia y la austeridad.

Este sucesivo tránsito de ida hacia la animalidad y de vuelta, otra vez, hacia la humanidad, me despejó muchas incógnitas. Porque cuando fui perro no olvidé mi historia de hombre, recordada con la memoria parca y simple propia de los perros. Pero tampoco, recobrado mi aspecto original, olvidé mi vida de perro, cuyas vivencias y desacatos a la virtud aún perduran en mi memoria. El recuerdo que ahora poseo de los recuerdos vividos por un perro que fuera hombre me acompaña hasta en los más insignificantes actos o actitudes de mi vida. No deseo volver a ser un perro. Pero les sugiero que hagan la prueba, resulta tan fácil y barato, y reporta tanto conocimiento y bondad ética.

Abeja se parece a oveja. No se rían. No es un juego. Apenas una tontería que nos permitirá dejar la anécdota pasada e internarnos en otra faceta de mi vida. Ambos animales son peludos, o mejor, lanudos. Más allá de esta banal comparación, nada les asemeja. Las ovejas resultan bobas y gregarias, y las abejas disciplinadas. Objetarán que la disciplina no es más que una variante del gregarismo y de la obediencia ciega. Pero la diferencia resulta palmaria. Comparen un cuerpo de ejército durante la batalla de Austerlitz con una desbandada de ovejas al olor del lobo.

Las ovejas tampoco vuelan. Y como todo el mundo sabe, las abejas pueden volar por sus propios medios. Particularmente, yo siento debilidad por las ovejas. No tanto por ellas o por sus concretas virtudes y vicios, sino gracias a uno de esos cortocircuitos mentales tan habituales en los seres humanos y que tan originales nos hacen. Yo no puedo resistirme a conectar, de forma absurda y carente de razón, a la oveja con la pelota de golf. Cada vez que veo una de estas pelotitas pienso que una oveja enroscada sobre sí misma está esperando a que la golpeen con el bastón de metal. Cierro los ojos y casi puedo verla alejarse hacia el green balando desesperada a más de 200 kilómetros por hora: beeeee, beeeeee, beeeee.

Como ven, cada cual posee sus manías. Pero las ovejas, tanto o más que las abejas, han sido animales muy útiles y beneficiosos a la ciencia política. El pastor, el lobo, el cordero o el rebaño nos ofrecen las imágenes arquetípicas con las que todavía razona nuestra mente neolítica y ganadera el juego de la política. Que las ovejas sea merinas o churras, el perro, mastín o lobo, y el pastor, propietario o contratado, nada altera el uso de estos modelos en el discurso simbólico de la política.

Pero yo no identificaría tan fácilmente el rebaño con el Estado. Si el pastor naciera de oveja sería apropiada la comparación. Pero los pastores poseen sus propias manías reproductivas. Existen demasiadas especies distintas en este teatrillo de la política y a mí siempre me ha parecido un poco abusivo explicar el comportamiento humano en sociedad recurriendo a este ecosistema variado y artificial, cuya existencia deriva de la actividad industrial del ser humano a través de la subespecie del pastor y de la pastora: el ideólogo se compra unas ovejas, contrata a un pastor, amaestra a unos perros y finge el aullido de un lobo, tras lo cual observa las reacciones del redil. Pero el rebaño también le observa a través del vidrio del tubo de ensayo. Este político observador y observado creará, o a mí me lo parece, una ciencia especular, un juego de frontón contra una pared de azogue.

Quizás mi error fuera confiar demasiado en la teoría, dar demasiado valor a los principios, perder demasiado tiempo imaginando cómo una sociedad de ovejas indefensas y de lobos aguerridos podían llegar a un acuerdo pacífico en torno al reparto del excedente de corderos: equivoqué mis primeros pasos en la política por exceso de celo en la interpretación de los principios.

Carente de originalidad, empecé por el individuo. Compuse mi sujeto. El Yo. No yo, sino el ser  humano, el yo indiviso, esa mónada ideal autocomplaciente y calentita. Convenzan a la oveja, a esa oveja, a una oveja concreta, de su originalidad: “¡tú, eh!, tú, oveja, la de la conciencia”. Dótenla, o mejor aún, háganla creerse su historia individual, confiar en sus propias creencias y apetitos: “¡Qué patita más mona tienes, oveja! ¡Qué lana tan mullida! ¡Bonito balido!” Ya la tienen ahí, ufana entre la manada y mirando condescendiente: “¡rebaño de siervos!”. Pues así me comportaba yo. Jamás habréis visto un becario más fatuo e insolente.

Me importa, ahora, detener la redacción en estos momentos estelares de mi despertar político. A ver si logramos desvelar, o al menos, entender, el desorden vital que una persona puede alcanzar a consecuencia de la ingenuidad, y como antes decía, del excesivo rigor interpretativo de la teoría política.

La libertad resulta un ente demasiado colosal para ser aquí ni definida ni defendida. Tan sólo recordaré a mi tío Nicolás un día ante un cepo recién abierto en el que por inadvertencia, despiste, simples ganas de fastidiar o de llamar la atención, una oveja acababa de meter la pata. Según la soltaba y tras darle dos terribles empellones en el lomo le gritó, “¡alé, alé, que ya estás libre, tontorrona!” A ninguna otra oveja le dijo jamás tal cosa. Y a mí siempre me extrañó que la única oveja coja del redil estuviera dotada del atributo de la libertad.

En fin, la libertad resulta indispensable para definir al individuo: “¡Soy libre y hago lo que me da la gana!” Esto se lo escuché un día en la televisión a una señora medio en bolas, muy acalorada y encendida mientras aporreaba la puerta del despacho de su marido y sentenciaba: “¡Y si no te gusta, se lo dices a tu madre, rico!”

Otro elemento indispensable para definir la libertad y construir al individuo: la voluntad. A mí me sorprende que yendo siempre juntas, la libertad sea algo golfa y la voluntad, en cambio, mantenga más a menudo su apariencia de virtud. Si en ocasiones la voluntad se hace voluptuosa o cae en la veleidad, halla oportuna disculpa en su amiga la libertad, esa golfa que la emborracha o la droga y la aparta así de la senda recta de la razón.

Ya les advertí del desorden magistral de mi formación política. A estas alturas no debería ya sorprenderles mi complejo mundo conceptual. Les he hablado del despertar de mi yoidad y de mi alegría al descubrir mi dignidad de ser racional protegida por la coraza de mi voluntad: en suma, un robot listillo y liberado ante las tentaciones del mundo y de la vida. Tal concepto, tal definición de lo humano sólo admite dos respuestas vitales, y ambas las apuré hasta las heces, es decir, hasta el momento en que desesperado de tanta teoría y contubernio conceptual me lancé a la praxis de una vida en principio no regida por principios:

O sucumbía al placer o lo hacía al terror. He aquí las dos únicas salidas acordes con el suicidio colectivo en la colectividad. Tardé tiempo en darme cuenta de las amplias y nunca sanas conexiones existentes entre vías que en apariencia resultaban tan distintas y excluyentes. Al fin, y si sobre ello recapacitan un poco, se darán cuenta de que con independencia del camino o del atajo que escojan el Estado les aguarda en la meta: un Estado que les dé placer o les quite el miedo. En suma, un Estado que nos aterroriza con el placer que nos puede quitar.

Pero la lección imperecedera la recibí mi último día en la universidad. Y me la ofreció gratuitamente mi profesora de ética parasitaria. Había logrado superar los últimos exámenes y dejé el de esta asignatura para mis habilidades orales. Razonablemente, la profesora se dejaría manosear por un joven en el esplendor de su postadolescencia. Habíamos previsto esta posibilidad gracias a una serie de inequívocos signos: hoyuelos en las mejillas, pelo alborotado, suspiros sin causa, risas atolondradas y contoneos al ritmo de la tiza y al gusto del respetable. Lo habitual, lo ya consignado en los manuales de la materia. Además, era la profesora más odiada por nuestras más odiadas compañeras, una razón más para vengar en la solicitud de aquélla los desprecios de éstas.

Dos golpecitos certeros y escuetos proclamaron mi presencia. Penetré lentamente y sin demasiado aplomo, pero con dignidad. Buscó mi examen y tras hojearlo apenas unos segundos, lo puso en la mesa entre nuestras cabezas, y juntos nos aventuramos por las sutilizas de mi ignorancia. Ella recorría la hoja con su dedo medio, insistiendo en los errores más aparatosos, los olvidos más imperdonables, y yo la seguía con mi dedo índice justificando mis despistes o excusando mis carencias.

  • Vea que resulta incomprensible.
  • ¿Mi letra, señorita?
  • Deje ya lo de señorita y llámeme profesora.
  • Aurora
  • Vale, profesora Aurora, pero prefiero profesora del Pozo.
  • ¿Y por qué del pozo?
  • Porque es mi apellido y usted es muy tonto y no va a aprender nunca. A ver, ¿no le da vergüenza saber tan poco? ¿Es que pretende que le dé clases particulares? Porque usted no sabe nada de la vida, señorito. Mire, mire aquí, acerque la cabezota al papel y mire cómo responde a la pregunta ¿Cómo se le ocurre afirmar que Sócrates era una mosca cojonera? ¿Qué sabe usted de Sócrates?
  • Que era feo y no se comía una rosca.
  • No diga insensateces. Sócrates se amancebó con Diótima.
  • Pero era feo y nunca llegó a tirársela.
  • ¿Cómo sabe usted eso?
  • Si me deja llamarla Aurora se lo cuento.
  • Se lo está inventando. No me haga perder el tiempo, eso no viene en el libro.
  • No, no lo invento, lo deduzco de las circunstancias. Si la hubiera tocado, Diótima se habría deshecho en humo.
  • No me lo creo.
  • Sí, mujer, mire el …
  • ¡Oiga! ¡Oiga!
  • Hágame caso, Aurora, Diótima era una idea, una aspiración, y Sócrates lo sabía, pero sólo se lo contó a Platón para contener sus celos, pero con la condición de no contárselo a nadie y de elaborar una teoría al respecto. ¿Sabes? Tú también eres una idea.
  • ¿Cómo dice?
  • Una obsesión de mi mente y por eso no pude estudiar, profesora, porque prefería estudiarla a usted, sus ojos, sus labios, los hoyuelos, estas manos tan sabias que cogen tan bien el bolígrafo y la tiza. Los demás estudian la asignatura, pero yo la estudié a usted, examíneme y comprobará lo que sé.
  • No voy a aprobarle y se va a ir por esa puerta por la que nunca debió entrar.
  • Pero Aurora.
  • ¡Profesora del Pozo!
  • Pero no diga palabras tan feas.
  • Mi apellido no es feo, Sócrates de mierda, sátiro, salga de aquí ahora mismo.

Las cosas no iban muy bien. En algún momento fallé ¿No debí haberla llamado Aurora tan pronto? ¿Debí dejar el tuteo para después del manoseo? ¿Por qué insistí en la fealdad de su apellido? Todos los pozos no son feos y ella poseía un lindo brocal. En fin, simulé no haber oído lo que ella debió decir sin darse cuenta, y creyendo que tan hirientes palabras ocultaban sutilezas de dama, arrojé mi zarpa de perro contra su nalga y apreté poseído por la verdad y la inmanencia, a pesar de que lo prudente hubiera sido correr y agachar la cabeza, porque tan rápido como mis dedos se hundían en sus pliegues opalinos, ella agarró la grapadora y sin enunciar claros conceptos ni elevar nuevas fronteras, me golpeó repetidas veces en la cabeza, con tal acierto y maestría que según me abría la ceja me la sellaba con la tenaza de las grapas; hasta que éstas se agotaron y fue tal ya la efusión de sangre que ella misma se asustó y me abrazó cuando ya rendido caía en sus brazos.

  • Es usted una bestia, señorito.
  • Dígame, profesora.
  • ¡Pero cómo se le ha podido pasar por la cabeza!
  • ¿El qué tengo en la cabeza?
  • Hijo, pero qué bruto es usted. No le da vergüenza, cómo lo la puesto todo, madre mía.
  • Fue sin querer, si quiere lo recojo, pero no me pegue más, por favor.
  • Pero cómo le voy a pegar más, mi niño, cómo se le ocurrió proponer esas cosas tan sucias y tan rastreras. Usted vale mucho más que un examen. No puede prostituirse de ese modo, por algo que vale tan poco.
  • Entonces, ¿por qué me pegó tanto?
  • Legítima defensa, tema cinco.
  • Pero yo no deseaba hacerle daño.
  • Pero me lo hizo, señorito, no tanto en el culo como en el corazón. Apretaste demasiado fuerte. Te enseñaré algo, las más de las veces con una simple palmadita basta.
  • ¡No puede ser!
  • ¡Si hubieses ido más a menudo a clase! Tú eres un chico inteligente y no necesitas entrar en este comercio carnal tan poco ético para aprobar la asignatura. ¿No ves que tu dignidad se resquebraja y te conviertes en un animal del apetito y de las bajas pasiones? ¡Cuántas veces no os he dicho en clase que el ser humano atesora en su alma o en su corazón parte del hálito divino! No puedes mancillarlo y ponerle un precio como a cualquier mercancía. Que te sirva de lección lo que hoy ha ocurrido en este despacho por obra de la divina providencia: no vendas nunca tan barato y cuando puedas, roba sin preguntar el precio. He aquí mi enseñanza. Yo te apruebo, hijo mío, porque tu sangre revela tu eficaz conversión. Levántate, dame un beso y cuando salgas busca a la señora de la limpieza.

Jamás la he olvidado. Cuando dudo o reflexiono, acaricio mi ceja derecha y al tacto de la cicatriz renuevo mi pacto y el recuerdo de aquel imperativo que la profesora Aurora del Pozo con tan vehementes y lúcidas palabras me enseñó.

 

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