DESAFÍO EN LA SIERRA DE GUADARRAMA

Quería participar en una carrera ciclista en ruta. Estar dentro de un pelotón, circular por una carretera “cerrada” en exclusividad para los ciclistas. Subir y bajar puertos, demarrar, ir a rueda, en una competición en la que poder tener la posibilidad de sentir lo que uno tantas veces ha leído o ha visto sobre las grandes competiciones ciclistas. A mi nivel, claro está, sin posibilidad de acceder a los puestos de honor, un ciclista anónimo entre otros más de 250 deportistas que tomamos la salida a las 8 de la mañana en la localidad madrileña de Colmenar Viejo, en la tercera edición del Desafío Puertos de Guadarrama, una marcha de 161,9 km y 5 puertos de montaña que organiza la Federación Madrileña de Ciclismo. Quizás debiera haber buscado otra competición menos dura y asequible, haber elegido otra prueba del calendario donde la dureza del perfil y el nivel de los contrincantes fuera menos elevado, pero a veces la ilusión, la vanidad o la confianza superan al sentido común y la mesura.

Me preparé duro para poder afrontar el reto. A pesar del invierno frío, y sobre todo, lluvioso, desde el mes de febrero que dejé de entrenar la carrera a pie, programé cuatro meses de entrenamiento exclusivo de bicicleta que creo que ha dado sus frutos. Han sido muchos kilómetros por las montañas de Guadarrama, ya fuera con la bicicleta de montaña o con la flaca (carretera), casi siempre acompañado de amigos con los que he compartido experiencia y sudor. Soy muy afortunado de poder vivir en este entorno natural de la Sierra de Guadarrama, y de poder entrenar por caminos y carreteras que discurren en soledad y por parajes de gran belleza. El entrenamiento me ha permitido también conocer nuevos lugares y rutas, lo que siempre supone un aliciente más cuando se pasan tantas horas montado sobre un sillín.

Resulta emocionante la espera bajo la pancarta, codearse con tanto “pro”, el altavoz, la guardia civil de tráfico dando vueltas e impartiendo las últimas instrucciones, los fotógrafos, los coches de asistencia, ambulancias, incluso una moto con cámara de TVE. Sólo faltaba Perico Delgado. Sin llegar a la profusión de medios y alboroto que se monta alrededor de una gran vuelta, la sensación resulta genuina y enervante, los músculos se tensan, el espíritu se expande, tan sólo deseando que todo se ponga en marcha y poder quemar la adrenalina que empieza a saturar el ambiente.

El primer tramo discurrió a gran velocidad, una media de 40 km/h durante los 32 km que separan la salida del comienzo de las rampas del Puerto de la Trampa, entre Torrelaguna y La Cabrera. El pelotón, compacto, se estiraba en las zonas descendentes, y como un acordeón, ocupábamos el ancho completo de la carretera cuando había que superar algún repecho, lo que provocaba el cabreo de la guardia civil, gritos, bocinazos, sonido de frenos, tensión, peligro de caída, y a veces, casi detención de las últimas formaciones del pelotón. Sobre todo en el descenso del Cerro de San Pedro, y antes de entrar en Guadalix de la Sierra, tomé mis precauciones. Era la primera vez que montaba con tanta gente a mi alrededor, así que a pesar de alcanzar los 65 km/h en algunos tramos, intenté mantener una prudencial distancia de seguridad, y realizar las trazadas de las curvas sin cruzarme en la carretera, en previsión de contactos. En verdad, la gente fue siempre muy respetuosa, y los extraños y la agresividad que he visto en algunos duatlones, triatlones y carreras de montaña, aquí no los presencié. Yo no vi ninguna caída, y afortunadamente, muy pocas averías o pinchazos.

El primer puerto, decía, se denomina de la Trampa. Comienza al pasar por debajo de una gran tubería del Canal de Isabel II, que en esta zona posee numerosas  instalaciones de conducción de agua desde la cercana presa de El Atazar. Es un puerto duro que como su nombre indica rehúye el protagonismo, apenas se da a conocer, no aspira a la fama, sino que camuflado en esta carretera secundaria que parte de las inmediaciones de Torrelaguna asesta un mazazo de apenas 3 km y rampas que superan el 10% de pendiente, las más pronunciadas que hubimos de superar en toda la jornada. Suerte que todavía estaba fresco, que aún no hacía calor, y que por fortuna resulta corto, por lo que en apenas 13 minutos pude superarlo, no sin advertir que el corazón se me desbocaba más allá de lo prudencial al comienzo de una carrera de resistencia. Aquí, como claramente se comprende, el pelotón de deshizo en átomos, cada cual marcando su mejor ritmo. Cesaron las conversaciones, el ruido de los frenos y de los rodamientos cedió el protagonismo a la respiración intensa e incluso a los jadeos, el silencio, sólo roto por las sirenas de la benemérita o los pitidos de los coches de asistencia que avisan de su paso.

Yo creía que este primer puerto iba a hacerme más daño y dejarme ya descolgado del primer grupo para el resto de la carrera. Pero no fue así. Poco a poco, durante los kilómetros “rompepiernas” que separan la cima del citado puerto del pueblo  de Valdemanco, los átomos nos fuimos juntando primero en moléculas, luego en tejidos, y finalmente rehicimos otro pelotón bastante menos nutrido que el inicial. Hasta que alcanzamos la subida al Alto de la Fuente del Collado, que se inicia en Cabanillas de la Sierra y termina en la localidad de Bustarviejo, una ascensión continua de unos 12 km no muy pendiente, pero que empezaba a hacer mella en las piernas, sobre todo por el fuerte ritmo de ascenso, a 22 km/h.

En el descenso a Miraflores de la Sierra casi consigo conectar nuevamente con el pelotón delantero, a pesar de la velocidad vertiginosa que alcanzamos el grupo perseguidor, pero irremisiblemente los perdí de vista al poco de comenzar la ascensión al gran coloso de la jornada, el Puerto de La Morcuera, de 1.855 metros de altitud, y un desnivel de 660 metros en 9,4 km (6,5% de pendiente media con un par de kilómetros del 9% y pendiente máxima del 12%). Aunque en este punto mis expectativas estaban ya más que satisfechas, porque al llegar a Miraflores de la Sierra llevábamos 2h05m de prueba, lo que arrojaba una velocidad media de 33 km/h en los primeros 70 km. Yo había supuesto que a este punto llegaría a las 10h30m de la mañana, pero lo alcancé 30 minutos antes de lo previsto, lo que puede entenderse también en sentido negativo, ya que quizás me excedí un poco en ritmo, lo que quizás me perjudicara, como al final comentaré, en el tramo final de la prueba.

La ascensión a La Morcuera resultó realmente dura. Hasta los últimos 2 kilómetros en que desaparecen los árboles, sin excesivo calor. Una procesión de ciclistas interminable, tanto los que competíamos como otros que marchaban lúdicamente en esta mañana calurosa de domingo. Al ir ya en solitario, regulé bastante bien, me impuse un ritmo exigente alrededor de las 150 pulsaciones por minuto, evitando alcanzar mi umbral anaeróbico, lo que hizo que pudiera completar la ascensión a un ritmo medio de 14,5 km/h, en unos 37 minutos.

Tras detenerme unos instantes en el avituallamiento, ocurrió lo que me temía, no tanto tener que descender en solitario el puerto, sino sobre todo, encarar solo los cerca de 30 km hasta la base del Puerto de Canencia. A lo lejos veía un reducido grupo de ciclistas, pero no pude echarles mano hasta llegar al pueblo de Lozoya, a riesgo de haber sufrido un desgaste un tanto excesivo, que otros no padecieron al haber podido ir bien protegidos por el grupo. Éramos cuatro ciclistas que nos dimos relevos amistosamente hasta el cercano pueblo de Canencia, por lo que fuimos integrando en nuestra marcha a otras cuantas ovejas descarrilladas hasta alcanzar la cifra de unos 15 ciclistas. Esto me vino muy bien, porque marcaron un ritmo alegre que a duras penas pude seguir, pero cuyo estímulo y compañía me ayudaron a encarar este tramo difícil ya situado a 125 km de la salida.

Llegado a este punto advertí varias cosas. Primero, que estaba muy cansado muscularmente y que cualquier repecho un poco más inclinado me hacía sufrir y quedarme un poco descolgado. Afortunadamente, la ascensión a este puerto desde el valle del Lozoya no es tan fuerte como la vertiente contraria, pero así y todo existen algunos tramos duros, y el final se pega escandalosamente a las piernas, aunque la densa vegetación ayudase a soportar el calor y evitar el viento. En segundo lugar, empezó a dolerme la cabeza, y el estómago avisó con un poco de dolor. Estaba sediento, pero opté por beber a sorbos pequeños con objeto de proteger mi sistema digestivo. La ascensión al Puerto de Canencia, de 10,5 km, la hicimos a una velocidad media de 18,4 km/h, lo que no está nada mal habida cuenta de que jamás en mi vida deportiva había montado en bicicleta de carretera ni más de 130 km, ni más de 4 horas y media seguidas.

Al culminar el puerto cometí lo que considero fue un gran error. No me detuve en el avituallamiento a repostar. Tenía casi vacío el bote de isotónico y consideré, erróneamente, que podría aguantar hasta Colmenar Viejo únicamente tomando medio gel que me quedaba en el bolsillo trasero. No consideré que 35 km que restaban hasta meta, de los que 20 eran descendentes, pudieran hacerse tan difíciles. Sabía que el Cerro de San Pedro, último puerto de la jornada, y a menos de 10 km de la llegada, se iba a convertir en un auténtico coloso para mis piernas deshechas, por lo que agarré una buena pájara durante su ascenso, sobre todo en esas últimas curvas del  10% que junto con el viento lateral y el calor excesivo casi me tumban.

Tuve la suerte de que durante el descenso del Puerto de Canencia me adelantara un grupo de gente que iba realmente fuerte. No sólo físicamente, sino anímicamente estaba enormemente mermado, por lo que la motivación de ir acoplado en este grupo a cola de pelotón aguantando el tirón me sirvió de acicate para marcar un buen ritmo y no penar en solitario. De Canencia hasta Guadalix volamos a 46 km/h de media. Pero en las primeras rampas del Cerro de San Pedro me quedé descolgado. Y aún me adelantó otro grupito cuyo ritmo no fui capaz de seguir. Las piernas ya no iban, había agotado mis reservas de glucosa y estaba un poco deshidratado. En estos casos sólo resta aguantar, apretar los dientes e intentar imaginar pensamientos positivos que ocupen la mente.

Al final empleé 5 horas y 30 minutos en salvar los 2.200 metros de desnivel acumulado en 162 kilómetros, a casi 29,5 kilómetros por hora. Superé por un amplio margen mi objetivo, que consistía en no emplear más de 6 horas. Puesto 113 de más de 250 ciclistas que tomamos la salida. El primer clasificado tardó 4h44m, a una velocidad media de 34 km/h. Casi todos eran ciclistas federados que compiten habitualmente en este tipo de marchas, lo que me aporta un plus de autoestima. Estoy muy satisfecho, cansado todavía, pero muy contento del resultado. Disfruté del paisaje, de las emociones, capturé momentos deportivos que permanecerán conmigo toda mi vida, y lo que fueron mis expectativas atléticas y sensoriales las colmé sobradamente. Objetivo cumplido. Con casi 49 años todavía tengo la suerte y la osadía de seguir mejorando.

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Desafío Guadarrama by Rui Valdivia is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.

8 comentarios sobre “DESAFÍO EN LA SIERRA DE GUADARRAMA

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  1. Juan, vaya palizas te metes. Si miro hacia atrás, muy atrás, recuerdo muchas salidas en bici y para nada eres el mismo, es asombrosa tu transformación, a todos los niveles. Eres el vivo reflejo de la superación, del trabajo, del esfuerzo y de cómo se pueden alcanzar metas y objetivos absolutamente impensables hace años. Con tu ejemplo nos das un claro estímulo para buscar en la vida nuevos retos, nuevos caminos. Contigo lo tengo muy claro, querer es poder.
    Disfruta del momento, un abrazo.

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    1. Muchas gracias, Nublo. Realmente me lo he pasado estupendamente haciendo todo eso que comentas. He disfrutado mucho estos meses que se los he dedicado exclusivamente a la bici. Y afortunadamente he podido mejorar, sin lesiones. Un lujazo. Saludos.

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