POR LOS CAMINOS DE LA DEMENCIA

Le arrojé el bote de isotónico, pero lamentablemente estaba vacío. Apenas le rocé la cabeza, un leve golpe, sin embargo el gesto fue suficiente para que iniciara una persecución que se desarrolló más allá de los montes de Santelo, por los valles de ese río que nunca lleva agua y que por tal razón, con gran sentido común y elocuencia, le llaman Seco, entre la región del Faciter, de donde era mi padre, y la menos conocida de Los Porletos. Carreteras estrechas, empinadas, reviradas, casi asfixiadas por el gres y la caliza, camufladas entre las gravas de las torrenteras, de un asfalto gris desleído y entreverado de grietas. Así es el paisaje indómito en el que me las tuve que ver con mi perseguidor. He aquí el relato de mi fuga en bicicleta.

Acababa de leer una líneas sobre cómo Suitiño había ascendido el Col de la Malisién dejándose el alma en la cuneta y cómo ésta había acabado disuelta en las aguas del río Testrona, el mismo que nace de las nieves perpetuas que visten aquel paso de la Malisién en el que decíamos que Suitiño se había abandonado al delirio, la victoria y la cabeza perdidas, por lo que ya nunca más sería reconocido como ese ciclista generoso y extrovertido que entusiasmó al público con sus galopadas alegres, con su esfuerzo generoso y un tanto temerario.

Me río yo de Suitiño. Cacho de bestia.

Alcanzo el pueblo de Mendaño, famoso por su sidra caliente y las habas churruscadas. A nadie encuentro en sus calles. El agua de la fuente, a pesar de ser finales del verano, fluye a carajo sacado y me tienta, pero no paro, sigo como una grulla enloquecida, acoplado, rozando las esquinas y los poyetes donde deberían haber estado descansado los viejos de aquel lugar curiosamente inhóspito a pesar del calor, del sol tan diáfano, y de las banderitas regionales que engalanan las calles. El del pinganillo me dijo que tuviera cuidado, que estaban en fiestas, y que los de Mendaño eran muy brutos. Pero salimos del pueblo indemnes, ni un aplauso, quizás nos vieran desde detrás de los visillos, entre las rendijas de las persianas echadas, tras las gateras o en sus televisores, comprobando que su pueblo seguía allí, tal y como era hacía unos minutos cuando salieron de la iglesia, a la misma hora en la que tantas veces habían visto cómo esos mismos ciclistas, al pasar por otras ciudades, eran ovacionados por sus calles atestadas. Nadie avisó a los de Mendaño, ninguno de ellos advirtió que ese día precisamente la Vuelta pasaba por la puerta de sus casas, y cuando salieron a la calle, sorprendidos de ver su callejero vacío por la tele, ya nos habíamos ido. De allí era Suitiño, y nadie salió a recibirlo, sólo un perro golfo que vio el pelotón como una santa compaña diurna, tan acostumbrado que estaba a lo sobrenatural.

Hasta aquel día todavía hubo respeto. Yo era el gregario de su máximo contrincante. Me llamo Rui Valdivia, me conocerán por la toña que me pegué en el Giro, un día de ventisca, bravo, y al doblar la esquina de uno de las revueltas del descenso del Montirolo un golpe de viento rastrero me lanzó contra el pretil, con tan buena fortuna que fui a caer sobre el techo del coche del director de la carrera, que promisoriamente circulaba en ese mismo segundo por la curva de un poco más abajo. Nada se rompió aquel día, pero desde entonces me llaman el polizón, será por el abordaje, y también con cierto recochineo, por las veces que otros chupan mi rueda, costumbre que se ha convertido en hábito, un tanto lacerante, de mi profesión. ¡Menudos gorrones!

Empecé en la mountain bike, y les confesaré  que uno de mis mayores retos lo acometí cuando suplanté la personalidad de mi misma novia en la prueba de descenso celebrada en la localidad ocilense de la Lastia Pelada, un macizo rocoso pelágico levantado en medio de la meseta bacense, y donde las torrenteras han erosionado cañones de una dimensión y espectacularidad tan bellacas que no podían dejar de llamar la atención de los descerebrados del descenso. Allí fui con mi novia. Y allí la suplanté, como ya he dicho. Cosa inaudita y hasta ahora desconocida. Pero lo cuento por sincerarme, por huir de mi mala conciencia, y porque el cabrito de Suitiño me la quitó. Lo que yo hice por ti en aquel descenso, Maribel, olvídate, nadie lo hará. Por supuesto que no ganaste, tampoco me despeñé, afortunadamente. Vestí tus protecciones, me puse tu casco, dejé que un mechón de tu pelo cobrizo asomara por entre los agujeritos de aireación, camuflado tras el plástico ahumado, me dirigí al box de salida donde falsifiqué tu firma, silencioso como un búho, y me lancé al vacío con el ánimo encogido sólo por tu amor, Maribel, por esa montaña rusa descarriada. El orujo todavía te tenía inconsciente cuando crucé la meta. A mi la cabeza me estuvo rebotando dislocada durante varios días. Ya por la tarde, al poco de despertar, te enteraste de tu pésima clasificación, de esa segunda manga desaprovechada en la que descendiste al inframundo de la clasificación. Nunca fui un crack de la bici ni de nada. No lo siento, porque lo compensé con otras habilidades, pero aquel día en aquellas oquedades sin alma, por  aquel pedregal movedizo de pendiente inverosímil, deseé parecerme a uno de los grandes, haberte podido ofrecer una victoria merecida y no dejar que tu fama de walkiria fuera pisoteada por tus contrincantes de aquel día.

Lo mío no era el descenso, sino el enduro, una modalidad en la que tampoco brillé especialmente, pero que logró quitarme el miedo cerval que le tenía al vacío y ofrecerme la seguridad suficiente para que unos años más tarde pudiera convertirme en el profesional de la ruta que ahora soy. Allí conocí a Perandones, unos años menor que yo, y del que ya nunca me he separado, en uno de esos episodios que marcan toda una vida, uno de esos cruces de caminos en los que siempre, los que acabaremos convertidos en gregarios, tomamos el equivocado. No iba primero, pero casi, una de mis mejores actuaciones. Maribel me gritaba y yo sentía que al fin el mundo se empezaba a poner a mis pies. Al culminar por penúltima vez la cuesta más dura del circuito, apenas unos segundos por detrás del trío delantero, un contrincante que creía en el culo me saluda según se sitúa a mi lado para comenzar el descenso, en paralelo los dos, como dos machotes, cada vez más rápido, escalofriante, un duelo a puro machetazo, hombro contra hombro, miradas fieras de inquina, un desafío en cada curva según nos acercábamos a un estrechamiento donde él o yo debíamos ceder el paso para evitar el choque múltiple y el acabose de nuestras posibilidades de triunfo. Pero ¿por qué tuve que ser yo el que frenara? El cabrito de Perandones luego me lo agradeció. Ganó aquella carrera, y luego otras muchas, y casi siempre allí estuve yo para cederle el paso en el momento oportuno, para cargar con el trabajo sucio, perder la novia y sufrir el ataque acervo del bruto de Suitiño.

He de alcanzar el pueblo de Lobradejos cuanto antes, porque a partir de este punto la carretera se revira como un escorpión y la ventaja sobre el fiero Suitiño será mía. Conozco esas curvas, esos repechos insanos desde que de niño mi padre me llevara a montar por aquella región montaraz del Faciter, donde las abejas se dedican a escarbar en la mugre y en los detritus de la muerte la materia prima de una miel cuyas propiedades afrodisiacas afortunadamente resultan desconocidas por las masas, en cuyos escondrijos de pétrea arenisca se esconde la única serpiente con orejas y vista cansada, en los mansos del río, un sapo cuyos pedos fétidos contienen suficiente metano como para caldear una casa durante un día entero, en fin, una tierra salvaje donde podré encelar a mi perseguidor, abrumarle con el despiste, jugar con su alma hasta acabar por convertirlo en un pelele sujeto al albur de mi voluntad.

Todo empezó de forma repentina, unos kilómetros después de Mendaño. Me dijo Perandones, ataca cabrón, ésta es la tuya. Diez días pedaleando, casi dos mil kilómetros machacados a fuerza de encono y repentinamente el jefe me dice que ataque. Imposible, tío, las piernas me van a estallar. Estábamos subiendo un puerto de los que yo llamo traicioneros, objetivamente no muy duro, tampoco muy largo, a mitad de jornada, después de haber encarado más de 100 kilómetros de llano ventoso tirando de Perandones como un perro, y ahora, a mitad de un puerto plagado de cambios de ritmo me dice que ataque. Y el miserable de Suitiño que lo oye, y que se mofa de mi respuesta. No, no ataqué, me comí la mala hostia hasta llegar arriba, mascullando el desquite.

¿Por qué me azuzaría Perandones? Yo era el único del equipo que aún estaba con él. Me lo dijo directamente, no el director a través del pinganillo, a él mismo se le ocurrió. ¿Qué pretendía? Cuando dos días después le lancé el inofensivo isotónico al bestia de Suitiño, ya lo había comprendido, pero en aquel momento me quedé perplejo.

Una vez has dejado Lobradejos, apenas pasada una curva contrapeada a la sombra de una olma centenaria, la carretera se bifurca y hay que optar o por la subida al Mendón y el consiguiente descenso hasta las Sabinas del Espigate, o continuar recto en pronunciada bajada hasta el paso del Endrigo, punto en que la casi imperceptible carretera se empina hasta alcanzar, esta vez por el lado del norte, el pueblo solariego antes mencionado de las Sabinas del Espigate, donde se decía que las hembras nacían con dos huevos que al poco se le agostaban como pasas. Nunca comprendí la razón de construir dos carreteras para llegar al mismo sitio, pero en aquellos momentos la decisión no resultaba baladí, ya que la primera opción casi doblaba en longitud a la otra, pero ésta, en cambio, tenía el inconveniente de sorprender al ingenuo, al final ya, con un repecho no muy corto y de sobrehumana pendiente. Me figuré al cabroncete del Suitiño llegando al cruce, alucinado por los dos carteles indicadores de la misma dirección, pero con dígitos bien diferentes. No hace falta ser un lince para intuir que ese simplón cogería la vía corta, desconocedor del perfil de los dos trazados alternativos, y también de la loca del pedernal. Por supuesto, que yo tomé el tramo largo y recé porque la loca estuviera apostada en su atalaya.

Los técnicos encorbatados de la agencia anti-doping me dieron el pésame con unos golpecitos en la espalda, aquella noche después del episodio de Mendaño. El hematocrito lo tenía por los suelos. Un ejemplo para el pelotón ciclista. Mejor que me quedara acostado y no tomara la salida al día siguiente. Eran las tres de la madrugada. El equipo entero soliviantado. Dejé a Perandones gritando, al director llorando en un taburete del cuarto de baño. Me fui a dar un paseo. Estaba cansado más allá de toda lógica. El fresco me sentó bien. El poco oxígeno que me quedaba en las venas fluyó al cerebro que inició un proceso obsesivo de recursividad, imparable, al que únicamente podría hacer frente tomando unas copas de coñac. Pero ¿dónde? Me interné por un parque denso de árboles, cada vez más oscuro, en el que mis pasos sobre la grava seca dejaban un eco mosqueante a mis espaldas. El ritmo de mis pasos entró entonces en resonancia con los ciclos cerebrales y un súbito mundo de traiciones, sutiles referencias, mala leche condensada empezó a rebelárseme en una especie de polifonía cubista en la que cada cristal roto me mostraba una imagen no por harto conocida, menos sospechosa de anunciarme una tragedia. A falta de coñac atisbé unas intermitencias verdes de una cruz que no pude dejar de perseguir. Una farmacia de guardia a cuyo timbre llamé buscando otras respuestas plausibles. Una boticaria desgreñada que terminaba de abotonarse la bata se acercó al otro lado del interfono. No sé lo que vio en mis ojos de huevo pasados por agua, en mi pijama, en mi tez morena jibarizada por el entrenamiento y la alta competición, pero me abrió la puerta y me dejó pasar a su mundo de aromas asépticos: sentado en una butaca le intenté relatar el absurdo de mis bucles mentales, la ínfima coherencia de unos pensamientos que habían aflorado en la anoxia.

Ahora lo sé. Le di pena. Antes incluso de que hubiera abierto la boca. Una lástima que lejos de cabrearme me dejó como narcotizado. Tenía puesta la radio, muy baja, y sobre la mesa descansaba una melita cargada de café. No recuerdo si me preguntó, si comentó algo al hilo de mis confesiones, por supuesto que no las interpretó, ni me ayudó a buscar alguna coherencia escondida, quizás fuera la voz de la radio la que me hizo hablar, contestar no sé qué preguntas lanzadas al espacio electromagnético en una noche enervante de verano y que por azar fueron a parar a la rebotica donde un gregario al borde de la anemia se confesaba ante una boticaria desvelada y la mar de generosa.

Me fui quedando dormido, pero percibí que se levantaba, que cambiaba la radio por un cd de una especie de jazz mórbido, que traía cajas y botes de potingues, que me dio un jarabe, unas pastillas disueltas en café, y que me quitó la ropa y me extendió, sobre todo por las piernas, varias cremas que no parecía que fueran hidratantes. Eso fue lo que aconteció aquella noche. No sé nada más. En menos de 48 horas mi vida cambiaría.

Cuando alcancé las Sabinas del Espigate el bueno de Suitiño ya había llegado, tal y como yo había anticipado. Me esperaba en la casa de socorro, descalabrado por las pedradas certeras de la loca del pedernal, que desde su refugio entre las breñas intentaba atizar a todo bicho que osara subir desde el paso del Endrigo, justo en las rampas más duras del repechón que asciende hasta el pueblo donde Suitiño penaba de sus heridas a pesar del casco, que sólo le protegió de las primeras pedernaladas. Deliraba, bañado en sudor y restos de sangre, gritaba asido a la virgen de los desamparados que colgaba siempre de su cuello, y me decía, entre dos guardias civiles que le asían de los sobacos, que le diera aguardiente de garrafón, que le perdonara, que no me había perseguido hasta este fin del mundo de pesadilla para atizarme con la bomba del aire, sino para prevenirme acerca del cerdo de Perandones. El muy pérfido.

Porque su enfrentamiento se remonta a las competiciones de juveniles. Aunque eran de diferentes regiones, bastaron dos marchas casi seguidas en los campeonatos nacionales para sentenciarlos como enemigos cerrunos, más allá de toda lógica. Yo llegué después, y Maribel, cuando ya estaban enfrentados. Y opté por la amistad de Perandones, quizás porque la vehemencia de Suitiño me amedrentaba un poco. Pero desde la Malisién, y como decía antes, Suitiño ya no fue ese niño grande y  espontáneo, pletórico de generoso derroche. Yo estuve allí, en la celada que le montamos a mitad de la ascensión. Su último gregario acababa de dejarse caer hasta el coche de asistencia, y ya subía cargado de agua y geles cuando atacamos, impidiendo que Suitiño se pudiera aprovisionar antes de encarar el tramo más duro del largo ascenso. Yo estuve a su lado cuando Perandones atacó y nos dejó solos, a él y a los últimos cinco locos que aquel día conseguimos llegar en solitario a ese monte de atractivo lunar arrasado de morrenas glaciales. Le vi perder la razón, consumirse como un pajarito. A pesar de la deshidratación, lloraba. Ninguno le dimos un relevo. A pesar de ello, nada nos recriminó, no nos gritó como hubiera hecho en otras ocasiones, sino que se pegó al manillar, se contrajo como un feto, e intentando aspirar todo el aire del mundo, fue subiendo cada vez más lento y más doliente el calvario del col de la Malisién. Yo ya sabía que Maribel me la estaba pegando. Que Suitiño se la beneficiaba. Pueden suponer que disfruté de lo lindo aquel día. Pues se confunden. No, no lo hice. Me quedé  frío y aturdido, y cuando Perandones me abrazó apenas pude sostenerle la mirada. No se lo creerán, pero sentí un poco de vergüenza.

Me gusta leer las historias que cuentan sobre las grandes gestas ciclistas. Me río yo de tanto farsante. Todo mentira. Sobre lo de la Malisién, ni les cuento. Disfruto porque sé la verdad de algunas de estas historias, porque las he vivido, estuve allí y sé que todas esas interpretaciones son falsas, inventadas o producto del engaño. Por lo que intuyo que también los cuentos que se escriben sobre otras en las que yo no estuve, también lo son. Pero todas estas lecturas aberrantes forman, junto con la verdad que ocultan, los escombros de mis sueños. Todavía no he conseguido leer nada de interés sobre el último Suitiño, tampoco acerca de aquella persecución que empecé a narrarles. Quizás nadie se enteró. Es cierto que no ha transcurrido mucho tiempo. Quizás ya no le importe a nadie. Fíjense que Perandones recién se despeñó ayer. Encaró de frente la curva, ni frenó ni intentó mover el manillar. Hoy todos los periódicos hablan de despiste. Mentiras.

Pero he de hablarles antes de Maribel. Dije que Suitiño me la quitó. Pero no es verdad. Ella se fue porque le dio la gana. Bueno, he de matizar que la tramposa no se fue para siempre, porque a pesar de haberse convertido en la chica oficial de ese crack seguimos viéndonos. Y no a escondidas. Pero creo que a Suitiño tampoco le importaba demasiado. En cambio, el que sí se enfadaba y rezumaba odio callado era Perandones. Yo entonces no lo supe. Suitiño me lo gritó aturdido todavía por la pedradas de la loca, llorando de rabia. Y entonces comprendí por qué el toro manso de Perandones me incitó a atacar, tras atravesar el pueblo fantasma de Mendaño, dos días antes, cuando ninguna lógica lo aconsejaba.

Daba gusto verla descender, con qué suavidad, apenas levantaba polvo tras de si, sobrevolando más que estrujando las piedras sueltas de las trialeras, saltando sutilmente los toboganes y aterrizando apenas con un gemido y un crujido leve de su montura. No recuerdo la vida sin Maribel. Coincidimos en la misma guardería, y juntos empezamos a andar y a montar en el triciclo. El mismo brazo nos lo rompimos casi a la vez, ella al chocar contra un árbol, yo al día siguiente por omisión. Olvidé que los columpios van, y que después regresan. Estaba empujando a mi hermana que me gritaba que deseaba darle una vuelta completa al eje y que la subiera bien alto, cuando omití apartarme. Aquello nos unió mucho. Un mes sin poder montar en bici, aprendimos a comernos juntos el cabreo y la impotencia. Para no perder la forma física montábamos en sendas bicis estáticas del gimnasio, hombro con hombro, sudando tanto que se nos acabó reblandeciendo la escayola hasta tal punto que no necesitamos ir al médico para que nos la quitaran. Las tiramos al contenedor. Teníamos catorce años. Ahora han pasado ya otros tantos.

Al día siguiente logré pasar el control de firmas por un pelo. Ya era de día cuando abandoné la farmacia. Un taxi me devolvió al hotel cuando ya no quedaba nadie. Entré por las cocinas, que estaban vacías, y subí a mi habitación, donde no habían dejado nada, sólo las camas deshechas. Salí al pasillo y vi que todavía no se habían llevado todas las maletas. Identifiqué la mía y me puse todo lo necesario para intentar tomar la salida. Perandones me guiñó un ojo y el director, todavía con ojeras, me dio un pescozón. Así me saludaron poco antes de comenzar el tramo controlado. Asombrosamente, me sentía fresco como una lechuga. Al salir de Lebrelos un hecho insólito, considerado de mal augurio por casi todos, me espoleó al fin a tomar las riendas de mi destino, una nube de saltamontes cruzaba la carretera a nuestro paso, chocando contra los radios de las bicis, espanzurrándose contra el asfalto, un suicidio colectivo que llenó de asco sobre todo a Suitiño, que paró y lo dejamos atrás vomitando en la cuneta. Pero Perandones tampoco tenía mejor cara, nervioso dándose golpes según notaba que algún bicho se le metía por el maillot o anidaba en el culotte. La marcha se ralentizó, los compañeros de Suitiño pararon a esperar a su jefe, los pinganillos enmudecieron, la carretera se oscureció como si un eclipse nos estuviera amenazando con un mal presagio, y entonces aproveché para lanzar un ataque despiadado. Nadie se dio cuenta, porque en esa nube animal todo el mundo estaba nervioso y aturdido, pendiente únicamente de sí mismo y del asco. Debí tardar casi media hora en dejar atrás a los saltamontes. Iba muy rápido. Así que el pelotón no debió advertir mi ausencia hasta pasada más de una hora, una vez recompuesto del susto. Nadie me encontraba. Me dijeron que Perandones se puso a gritar mi nombre. Suitiño, que a duras penas había logrado reincorporarse al grupo apuntó que quizás me hubieran devorado los insectos. Era el único que faltaba. Estaban ya buscándome por las cunetas cuando un helicóptero de la guardia civil dio el aviso de que circulaba con más de media hora de ventaja sobre el pelotón, por una zona de la carretera sin control de tráfico, ya que incluso había adelantado a las motos encargadas de abrirnos paso, sin que se hubiesen dado cuenta de tan cabreados que estaban los civiles aplastando bichos contra el parabrisas de sus motos.

Estaba fuera del alcance de las radios. Así que no pude oír los gritos enfurecidos del director, que me decía que me detuviera a pesar de haberme convertido en aquel momento en el líder de la Vuelta. Me sentía poseído por el diablo, un calor desconocido caldeaba mis entrañas, la musculatura se tensaba con un placer casi lúbrico, me había transmutado en puro arte, un pura sangre rebosando sudor a medida que los kilómetros iban cayendo a golpe de pedal.

De Sabinas del Espigate salen tres carreteras, las dos anteriormente aludidas y otra que se interna en los Porletos, una meseta expuesta al lóbrego viento del norte, y en verano a la fatal insolación inclemente de un sol que no encuentra sombra alguna en toda su extensión tan llana y yerma como un panel solar.  Allí busque a Perandones, en esa región donde nada puede esconderse, en la que el mejor escondrijo consiste en camuflarse, tras dejar a Suitiño ya más calmado y después de haber espiado su conciencia, al cuidado de una monjita arrugada que le acariciaba la mano y refrescaba la frente con una compresa de espliego. Por allí debía estar Perandones. Metamorfoseado quién sabe en qué inmunda apariencia. Me había engañado de varias formas, me había estado antidopando, había abusado de mi generosidad, el muy ruin no aguantó que le pudiera hacer sombra en el pelotón y me persiguió sin clemencia poniendo a todos en mi contra. No podía escapárseme.

Al cabo de un rato la carrera logró recomponerse del doble susto, el de los saltamontes y el que yo mismo con mi absurda galopada les di a todos, así que primero las motos de la guardia civil y después el coche de nuestro director deportivo, consiguieron al fin alcanzarme, unas con sus bocinas y sirenas, el otro con sus gritos destemplados. Pero no paré, ni ralenticé mi marcha. Aquel día no había ningún puerto, sólo un perfil nervioso de continuos cambios de gradiente, el clásico rompepiernas que hay que encarar con confianza y extrema frialdad con objeto de no perder la cabeza entre tanto cambio de ritmo, de rasante y de marchas. Que fue lo que le ocurrió a Suitiño, y para mi sorpresa, también a Perandones, cuando enloquecidos de rabia se lanzaron en mi persecución, alternando relevos con total impudicia para intentar alcanzar a un gregario que había sacado los pies del tiesto.

Después supe por qué me persiguió mi propio equipo. No podía entender que mi director me estorbara la galopada: se ponía delante entorpeciéndome la marcha, no me daban agua, se arrimaban tanto que pareciera que me quisiesen tirar contra la cuneta, me insultaban, llegaron a arrojarme alguna barrita energética retándome a que parara a recogerlas. Varias veces la propia benemérita, así como los jueces de la vuelta, le llamaron la atención, hasta que finalmente lo sancionaron y le obligaron a retroceder para dejarme en paz. Sé que los servicios jurídicos del equipo estudiaron mi contrato y el reglamento para encontrar alguna argucia legal con la que poder detenerme. No sé si la encontraron, pero al cabo de un par de horas de galopar en solitario, alcancé la meta. Y allí estaba Maribel, alucinada con un brillo flotando entre sus pupilas como sólo había visto antes en una ocasión, cuando hicimos nuestra primera comunión y me vio con mi uniforme de almirante. Dejé la bici apoyada en una de las vallas, me quité las zapatillas y salí corriendo mientras los flashes danzaban a mi alrededor y el ATS de la prueba me perseguía con un matraz, me monté detrás de Maribel en su vespa y antes de alcanzar su hotel ya estábamos follándonos en un soto de los montes de Santelo. Era un dios, nada podía detenerme, por primera vez en tantos años me veía como un demiurgo a punto de emerger de la nada, Urano a punto de ser emasculado por Afrodita, Zeus meando oro sobre los senos de Danae, un sátiro que sodomiza sus propios deseos onanistas, a la vera del manantial de las Espérmices en el que Maribel se estaba refrescando el chichi mientras me confesaba que ella era uno de los vértices de un cuadrilátero que había deseado perfecto, donde en las restantes esquinas estábamos Suitiño, Perandones y Valdivia. Pero en aquel momento ya nada me importaba, a pesar de la sorpresa al conocer los cuernos que mi propio jefe de filas me estaba poniendo. Salí corriendo, alcancé un camión de ajos que me acercó otra vez a la meta, donde ya sólo quedaban los últimos borrachos, los operarios de mudanzas y un par de azafatas aburridas nadando en champán. Allí estaba todavía mi bicicleta. A su lado mis zapatillas, y mientras me las ponía se me acercó Suitiño, desconozco de dónde salió, si me había estado esperando, pero allí se paró delante de mí y me dijo que Maribel y él se iban a casar, que la había dejado preñada y que a mí me habían descalificado por incomparecencia doble, y entonces fue cuando le arrojé el bote vacío de isotónico y salí pitando no tanto por el susto, sino por seguir sudando los mejunjes anfetamínicos y la testosterona que la boticaria me había aplicado  por vía oral, tópica y anal, y ahora dudo si también intravenosa.

Y ahora ya he regresado. Lúcido. Mi hematocrito estabilizado. Desconozco lo que harán esos dos. No les guardo rencor. Quizás el hijo que creen de Suitiño sea mío. Y si fuera de Perandones, ya a nadie le va a importar. Porque Perandones ya no existe.

No pudo ser de otro modo. Ahora lo sé. No es que todo esté muy claro, pero lo cierto es que fui engañado durante casi todo el tiempo que estuve de gregario. No crean que me arrepiento de lo que hice. Bastante conseguí a pesar de lo que me metían en el cuerpo. Ahora me conformo con pensar que Perandones me envidiaba, temía mi capacidad, mi posible habilidad para hacerle sombra y entre él y el director idearon todo esa falsa de mi indolencia, de mi falta de espíritu de sacrificio, la chispa que me faltaba para ser un as y dejar de ser el gregario perfecto de aquel buitre.

Habíamos desaparecido, el primero de la clasificación, que era yo, y también el segundo y el tercero, Perandones y Suitiño. Habría entendido al organizador si se hubiera abierto las venas. Todo el pódium huido. Las crónicas recuerdan que al día siguiente nadie logró alcanzar la meta. El pelotón se perdió en una tolvanera de limo sahariano, y la septuagésima edición de la Vuelta finalizó sin haber podido acabar. Mientras tanto, yo buscaba a mi jefe, bajo el cielo afiebrado.

Perandones estaba alojado en una casa rural en la meseta de los Porletos. Dos días enteros me estuvo esperando, hundido en una bañera de agua de azahar helada, bajo unos surtidores en forma de ménade de cuyos pechos rebosantes de esperma manaba un gel azul turquesa extraído de las huevas del manatí. Sobre la mesa quedaban los restos de la cocaína. Pero él parecía lúcido. Eso sí, tan arrugado como una oruga. Le dije que le daba una hora para huir. A la caída de la tarde del día siguiente me dijeron que había parado a tomarse una gaseosa y un helado de crocanti. Al final accedí a tomarme un sorbo de orujo helado, antes de continuar. Sabía que iba a alcanzarle antes de llegar a la bajada del Estiví, una cárcava excavada en puro yeso y  cuyos brillos espeluznantes asombran a todos los viajeros que se internan en estas soledades las noches con luna. Ya se veían las primeras estrellas cuando logré ponerme a su lado. Durante un rato pedaleamos juntos sin hablar, muy rápido, a plato, desplegando una potencia equina de visos sobrehumanos. Alcanzamos a ver el brillo de los yesos, allá donde la carretera parece que se despeña y se inicia la abrupta bajada hacia el precipicio del Estiví. Yo frené, le cedí el paso, como siempre, pero él continuó recto hacia la victoria.
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BIENESTAR SIN ESTADO (1ª PARTE)

El Estado del Bienestar se ha convertido en una línea clara de demarcación, y quizás de las más evidentes, entre la izquierda y la derecha. Entre quienes lo defienden a ultranza y lo han erigido en bandera de enganche electoral, y aquellos que siguen empeñados en su demolición. Para los primeros, el bienestar de la población depende inexorablemente de la acción del Estado, de su capacidad para regular la economía y transferir rentas entre clases sociales; para los segundos, el mejor bienestar se alcanza cuando el Estado mínimo se abstiene de intervenir y permite que sea el mercado el que lo reparta en el seno de la sociedad. Para la izquierda,  el bienestar sólo se da a través del Estado. La  derecha considera que el bienestar se alcanza a pesar del Estado.

Con independencia de lo que signifique el bienestar, materia que daría pie a una larga disquisición, ambos bandos coinciden en asumir como imprescindible el papel del Estado para alcanzar el objetivo del bienestar o de la riqueza social. En un caso, como Estado fuerte que asume el objetivo de la igualdad en el reparto, en el de la derecha, de la mano de un pretendido Estado mínimo que hace efectivo el funcionamiento del mercado en libertad. Sin embargo, existiría un tercer ámbito de acción política que a primera vista pudiera parecer absurdo, porque sus coordenadas se salen del mapa que derecha e izquierda intentan representar en su totalidad, que sería el de considerar la posibilidad de que el bienestar se pudiera dar sin Estado.

Si se analiza la historia, el Estado del Bienestar no ha sido patrimonio de la izquierda. Hasta que lo asumieron los socialdemócratas europeos, junto con la Democracia Cristiana, tras la Segunda Guerra Mundial, el Estado del Bienestar había sido sobre todo un invento de la derecha que fue visto siempre con recelo, si no claro antagonismo, por parte de los partidos de la izquierda. Lo sorprendente del caso consiste en que sin haber alterado su contenido durante su largo recorrido histórico, el mecanismo del Estado del Bienestar se haya transubstanciado de esta manera.

Sobre el Estado del Bienestar existen varias narrativas, relatos que dan cuenta de cómo se ha ido implantando y desarrollando desde sus comienzos en la Alemania de Bismark.  Historias que se cuentan de una u otra forma con el objetivo de posicionarse a favor o en contra y crear un terreno de juego donde no haya posibilidad de evadirse.

Pero me permito destacar un hecho importante que no siempre se tiene en cuenta cuando debatimos en torno al Estado del Bienestar, y que consiste en tener que admitir y tener siempre muy presente que ese constructo social sólo ha tenido sentido histórico y por tanto, que únicamente se ha dado bajo el capitalismo. Que se haya construido para evitar sus males consustanciales, o para darle mayor eficiencia, ya depende del tipo de narración histórica que cada uno considere oportuno aceptar, pero cualquier explicación de su génesis y desarrollo debe considerar que el Estado del Bienestar sólo tiene sentido en el marco de una economía de tipo capitalista. Por ello a la izquierda le costó tanto aceptarlo, y por esta razón puede sorprender que en esta época se hayan invertido los papeles de quienes lo defienden y lo atacan.

Empecemos por mostrar una ecuación simple y evidente del proceso económico: la aplicación de trabajo sobre el capital para transformar la naturaleza y obtener bienestar. La originalidad histórica del capitalismo consistió en que privatizó el capital, levantó un muro insalvable entre los trabajadores y los poseedores de los medios de producción. Así apareció el salario tal y como lo conocemos, el precio por la mano de obra, por el trabajo, que se establece en un mercado competitivo inexistente hasta entonces. El capitalista, el empresario compra trabajo,  que no deja de ser una capacidad para hacer algo, en concreto, para transformar objetos en mercancías utilizando el capital. Como tal capacidad, el sujeto que trabaja debe poseer una educación, una aptitud técnica, un dominio de la materia, una salud que le permita ofertar su capacidad transformadora en contraprestación al salario.

Este esquema ya nos permite resaltar un conflicto relevante que se concita en la figura del trabajador y que prefigura lo que será la herramienta del Estado del Bienestar. El proceso económico genera bienestar, y una parte lo recibe el trabajador como salario. Pero el trabajador debe alcanzar un mínimo nivel de bienestar compatible con el desempeño del puesto de trabajo que debe realizar para el empresario. Y si con el salario no pudiera procurárselo individualmente, el sistema capitalista saldría necesariamente perjudicado por la pérdida de productividad. El Estado aparecería así como garante de que la mano de obra alcance el bienestar adecuado a las tareas productivas que el capitalismo le exige. Ya sea reglamentando la actividad empresarial con objeto de elevar los salarios, y/o asumiendo tareas públicas en relación con la sanidad, la educación, etc. Queda así prefigurado el Estado del Bienestar.

Parece que la entrada de este actor que es el Estado en su papel de equilibrista, sería una necesidad que el sistema capitalista precisa para alcanzar un equilibrio razonable entre esas dos fuerzas antagónicas y destructivas que serían, la del empresario por reducir salarios para incrementar su beneficio, y el del sistema capitalista como un todo por disponer de mano de obra capaz y barata. La izquierda consideró durante mucho tiempo que resultaba injusta la intervención del Estado cuando asumía este papel homeostático del sistema social, ya que ello debilitaba al movimiento obrero radical. Su argumento principal residía en considerar que estas acciones benevolentes sólo poseían el objetivo de beneficiar al capitalista, que su límite se establecía no por una aspiración de justicia sino de eficiencia y que por muy ambiciosos que fueran los programas de bienestar, nunca alcanzarían para compensar el trabajo real que los trabajadores realizaban en las empresas capitalistas. El Estado de Bienestar, además de un instrumento económico, se convertía en un aparato ideológico que ocultaba la explotación tras las migajas que el sistema repartía no por compasión ni por justicia, sino por pura eficiencia económica y estabilidad social.

Tampoco las cosas fueron ni sencillas, ni simples, en el terreno conservador, ya que tuvo que ser su sector más pragmático y avanzado el que debió ganar la partida. Conviene recordar que las empresas más activas y exitosas, las de más envergadura, poseían importantes programas de protección social para sus trabajadores y familias. Antes de que el Estado aceptara este papel, fueron los capitalistas más poderosos e innovadores los que asumieron un papel paternalista en este campo del bienestar. Solo cabe entender el auge del Estado de Bienestar en el trasunto del siglo XIX al XX como resultado de las luchas internas que se dieron en el capitalismo entre por un lado los grandes monopolios y trust, contra todo un amplio sector de empresas pequeñas y desreguladas que accedían al mercado con precios más competitivos y que podían utilizar además los trabajadores formados a costa de otras empresas del sector.

Pero resulta imprescindible recordar que este conflicto no se constriñó al tema del bienestar y quién debía pagarlo, sino que derivó sobre todo como consecuencia de la competencia de precios en el mercado y del interés de los grandes oligopolios por controlarlo. Ello nos obliga a enfocar también nuestro análisis hacia el Estado, y el papel que jugó en el establecimiento y consolidación del sistema capitalista. Sólo así podremos empezar a entender el papel histórico que ha jugado el Estado del Bienestar.

Los grandes Estados absolutistas europeos fueron los que impulsaron y pusieron las condiciones para que el capitalismo pudiera expandirse. Dos hechos históricos principales se alían aquí. Por un lado, las luchas de los monarcas absolutistas contra las ciudades libres para imponer su autoridad unitaria sobre todo el territorio. Y por otro, la privatización de los bienes comunales (commons), ofertada por las monarquías como contrapartida del apoyo que en esas guerras civiles le estaban prestando las grandes familias aristocráticas. La tierra constituía el gran capital del momento, ya fuera la tierra comunal, la feudal o la no ocupada. La tierra no pertenecía a nadie. No existía propiedad sobre la tierra tal y como hoy la conocemos, sino que ésta servía para establecer unos hábitos y unas relaciones de explotación. Los herederos de los señores feudales no poseían títulos de propiedad sobre la tierra, sino que en sus dominios establecían unas relaciones judiciales, sociales y económicas con sus vasallos, que incluía el reparto desigual del usufructo.  La tierra no se podía vender.

Cuando Proudhon exclamó que la propiedad es un robo, se estaba refiriendo a este proceso de enajenación de la tierra que realizaron los Estados en favor de la aristocracia, y que desposeía a los vasallos de sus derechos sobre parte del usufructo. Esto los convirtió en proletarios, ya que fue esta desposesión, y no su deseo libre, la que los obligó a tener que trabajar en las fábricas por un salario. La monarquía, asimismo,  destruyó el tejido industrial existente en las ciudades rebeldes, y todos los pequeños mercados regionales que se habían establecido entre los agricultores y estos pequeños empresarios ciudadanos, aliados en su lucha contra el absolutismo. El capitalismo nace así como un privilegio estatal que se ofrece a unos aliados políticos.  Desde entonces, el Estado ha impulsado, primero a través del mercantilismo, y después con las políticas liberales, la expansión del capitalismo.

Pero no confundamos el capitalismo con el mercado libre, o con el desarrollo industrial. Porque el capitalismo, ante todo, nace del privilegio que los monarcas y los nuevos Estados nacionales le ofrecen a ciertas clases sociales sobre la propiedad del capital, de los medios de producción. No se puede entender la historia del capitalismo sin esta reiteración del privilegio real o estatal, ya sea con la legislación, las subvenciones al transporte o la energía, la construcción de infraestructuras, la policía y los ejércitos, las tarifas aduaneras, la política fiscal, la protección de las patentes, el control sobre el crédito bancario, etc., intervención que rompía la libertad de los mercados en favor de la clase capitalista.

En el año 1912 el escritor británico Hillaire Belloc detectó con clarividencia el nuevo perfil que empezaba a adoptar el capitalismo, y en The servile state (El Estado de servidumbre) analizó las consecuencias que tendría sobre la libertad de los trabajadores los primeros intentos legislativos de erigir un Estado del Bienestar en Inglaterra. Belloc consideraba que la legislación social que se estaba confeccionando en torno a los proletarios únicamente servía para consolidar un Estado de esclavitud, ya que su objetivo consistía en ofrecer estabilidad social al capitalismo y en perpetuar la dependencia del trabajador, al que se le negaba la propiedad sobre los medios de producción, y por tanto, a la autonomía y la libertad.

(En el capitalismo coexisten) dos elementos que combinados no pueden cooperar. Estos dos factores son 1) La propiedad de los medios de Producción por unos pocos; 2) La Libertad de todos. Para solucionarlo el Capitalismo debe superar la restricción sobre la propiedad o sobre la libertad, o sobre ambas. Hoy en día sólo hay una alternativa a la libertad, su negación. Un hombre puede ser libre de trabajar o no, según le plazca, o en cambio, ser obligado a trabajar por obligación legal, espoleado por la fuerza del Estado. En el primer caso tenemos un hombre libre; en el segundo estamos por definición ante un esclavo (…) Tal tipo de solución, el directo, inmediato, y consciente restablecimiento de la esclavitud ofrecería una solución al problema del Capitalismo. Garantizaría, bajo la regulación laboral, suficiencia y seguridad para los desposeídos.

Los mercados no los inventó el capitalismo. El laissez faire fue una ideología más que una realidad o una ambición ni del Estado, ni del capital, ya que siembre el mercado capitalista fue un coto de privilegios donde la libertad de los poderosos se ejercía con impunidad a través de oligopolios y donde la proclama “dejar hacer” realmente significaba liberalidad hacia el poderoso en lugar de igualdad en la competencia. Antonio Gramsci diría al respecto:

Las ideas del movimiento de libre comercio se basan en un error teórico cuyo origen práctico no es difícil de identificar; se basa en una diferenciación entre sociedad política y sociedad civil, que es interpretada y presentada como distinción orgánica, cuando de hecho es simplemente metodológica. Así, se afirma que la actividad económica pertenece a la sociedad civil, y que el Estado no debe intervenir para regularla. Pero en la medida en que, en la realidad actual, la sociedad civil y el Estado son uno y lo mismo, debe quedar claro que el laissez faire también es una forma de ‘regulación’ del Estado, introducida y mantenida por medios legislativos y coercitivos.

Conviene recordar que los economistas clásicos siempre se rebelaron contra la connivencia entre el Estado y los grandes capitalistas, porque consideraban que esta alianza atentaba contra la libertad de las personas y realmente estaba provocando la explotación de los asalariados. La teoría económica del valor-trabajo defendida por el liberalismo de Adam Smith o David Ricardo, y posteriormente asumida por los socialistas ricardianos (Hodgskin), el marxismo y los mutualistas (Proudhon), realmente fue revolucionaria en sus orígenes y anticapitalista, ya que afirmaba que la intervención del Estado en favor de los capitalistas provocaba, entre otros efectos dañinos sobre la economía y la justicia, que los trabajadores no fueran recompensados íntegramente por el esfuerzo empleado en las fábricas para producir mercancías. El liberalismo clásico, del que derivan las corrientes socialistas y el anarquismo, siempre defendió, hasta que el neoliberalismo lo traicionó, el mercado libre y que era el Estado el que, con su intervención dañina repartiendo privilegios y prebendas entre los capitalistas afines, provocaba que existieran monopolios, que se diera la explotación del trabajador y que los mercados funcionaran a plena satisfacción de los poderosos en contra del resto de los ciudadanos.

Como afirma el escritor francés Y. Moulier-Boutang, autor de La esclavitud del salario,

Para que funcione el mercado, es preciso que ofrezca la ocasión de emprender una marcha hacia la libertad. De tal suerte que el capitalismo que tiende al monopolio y no al mercado de los pequeños productores libres e independientes, no hace más que un uso táctico del mercado para establecer nuevos espacios de dominio con arreglo a instituciones poderosas: el Estado, la gran empresa.

El Estado del Bienestar representó, por tanto, un nuevo tipo de intervención estatal en la economía, y como veremos, realizada, como las restantes, para favorecer a las grandes industrias. No fue jamás una conquista de los trabajadores, ni tampoco, como algunos afirman, el más significante evento histórico de redistribución voluntaria del ingreso.

Todo lo que ocurre en torno a los debates sobre el Estado del Bienestar se asemeja a un carnaval donde cada actor parece asumir el papel del oponente, en que las máscaras y los guiones parecen haberse repartido por azar. La comedia gira alrededor del protagonista principal, el Estado, al que unos desean asesinar y otros transformar en un santo patrón. Un fantasma, el de la intervención pública sobre los actores, un espectro cuyo carácter benevolente o maligno resulta incierto. Y todos, sin excepción, desearían casarse con ese sujeto un tanto ambiguo al que todos denominan bienestar.

La izquierda clama por un Estado fuerte que regule el mercado capitalista, ya que considera que el capitalismo sólo puede ser eficiente y producir el máximo bienestar si el Estado interviene en la economía. La derecha afirma, sin embargo, que esta intervención distorsiona el correcto funcionamiento de los mercados y la libertad de los actores. Pero resulta sorprendente que los padres ideológicos de la izquierda hubieran clamado contra el Estado, y que los de la derecha siempre lo hayan alabado en su papel de garante de la propiedad sobre el capital y promotor del desarrollo.  El capitalismo ha dejado de ser un ogro para la izquierda, que considera que adecuadamente controlado generará bienestar. Pero la derecha parece que ha olvidado que el capitalismo sólo puede mantenerse por la acción del Estado. Los que piden la intervención para mantener la gallina de los huevos de oro, se contentan con que al final les toque algún huevo, pero los que realmente se lucran de su posesión, parecen denostar al padre que les regaló la gallina y que se la protege. En resumen, ya nadie disputa sobre si se debe cuidar o no a esta gallina estatal dispensadora de bienestar, porque el conflicto político se ha reducido a la disputa sobre el reparto de los huevos. Y la sutileza del asunto reside en que los que menos huevos comen son los que más defienden a un Estado que agasaja a sus hijos menos agradecidos.

Hasta los nombres con los que se autodenominan parecen sacados de la chistera de un mago. La socialdemocracia y el neoliberalismo. Ni los unos pretenden ya cambiar las condiciones de explotación en las que se desarrolla la producción de bienestar, ni los otros defender el mercado libre e igualitario como la forma óptima de repartir con justicia los frutos del trabajo. Una coalición que nos usurpa el verdadero debate democrático tras un juego de velos y papeles fingidos que constituye el falso terreno de juego ideológico en el que se desarrollan las elecciones democráticas.

De este modo, se considera que son los trabajadores los más beneficiados del Estado del Bienestar y de la intervención estatal en la economía, cuando realmente los que extraen mayores rentas son los que tanto lo denigran por estar usurpándoles un ingreso que legítimamente les pertenecería. Por ello son los trabajadores los que parecen realmente asumir la tarea de defender al Estado, como el mejor garante de su liberación, buscando continuamente su apoyo en el papel de regulador y de protector, olvidando que el Estado lo que realmente garantiza es la existencia misma de los grandes oligopolios, sin cuyo apoyo jamás hubieran existido. Y es que realmente, el arma más poderosa del opresor es la mente del oprimido.

Cuando se analizan en detalle todos los flujos monetarios que directa o indirectamente regula y controla el Estado, se advierte que realmente el Estado no está redistribuyendo hacia los más necesitados, compensando a los explotados por las deficiencias del mercado capitalista, sino que los principales agraciados por la intervención estatal son los propios capitalistas, las grandes empresas, que gracias a este apoyo pueden sobrevivir y crecer, explotar a los trabajadores y extraer rentas injustas, y que precisamente es en este entorno distorsionado por la injusticia donde el Estado del Bienestar de los pobres actúa, sobre la base de otro Estado del Bienestar de los ricos que el ciudadano no es capaz de advertir, ofuscado por los discursos demagógicos de la izquierda y de la derecha en su comedia electoral.

Existe además otro elemento clave que sirve para entender este proceso ideológico y económico, que también, como el concepto de valor-trabajo, apareció en los pensadores clásicos de la economía liberal, y que es el de la reducción paulatina de la tasa de ganancia del capital, ley inexorable del mercado libre contra la que los grandes capitalistas han luchado gracias, también en este caso, al apoyo del Estado. A groso modo, esta ley afirma que en un mercado totalmente competitivo la plusvalía (o renta del empresario capitalista) tenderá a reducirse en relación con el capital empleado en la producción. La consecuencia fundamental de este aserto consistirá en que, de no mediar intervención estatal sobre el mercado, los beneficios de los poseedores del capital (la rentabilidad) irán menguando, en paralelo con el tipo de interés, lo que impedirá la concentración de los medios de producción (capital) en unas pocas manos (monopolios)  y  favorecerá la innovación tecnológica, único elemento capaz de producir rentas extraordinarias. Por tanto, el capitalismo, actuando en contra de la libre competencia y de los mercados libres, pone en marcha una serie de instrumentos de intervención sobre la economía tendentes a asegurar la rentabilidad del capital en contra del resto de los actores de la economía. Como afirmaba Marx en el libro III de El Capital:

(…) la dificultad que se nos presenta no es ya la que ha ocupado a los economistas hasta el día de hoy, la de explicar el descenso de la tasa de ganancia, sino la inversa: explicar por qué esa baja no es mayor o más rápida. Deben actuar influencias contrarrestantes que interfieren la acción de la ley general y la anulan, dándole solamente el carácter de una tendencia.

Este ha sido uno de los frentes fundamentales en los que ha trabajado el Estado del Bienestar de los ricos, y que ha provocado la gran concentración de la propiedad industrial que históricamente ha caracterizado al capitalismo. Lo que nos decían los economistas liberales y posteriormente el mutualismo, era que el mercado libre impedía la aparición de monopolios y que favorecía una distribución de la propiedad más equitativa, sin embrago, la propaganda asume que resulta necesaria la intervención del Estado sobre el mercado para impedir la aparición de monopolios, cuando realmente dicha regulación los hace surgir efectivamente.

El mutualista Kevin A. Carson afirma en El puño de hierro tras de la mano invisible,

La estructura actual de propiedad sobre el capital y sobre la organización de la producción en nuestra así llamada economía ‘de mercado’, refleja la intervención coercitiva del Estado previa y exógena al mercado. Desde el principio de la revolución industrial, lo que nostálgicamente se denomina ‘laissez faire’ fue, de hecho, un sistema de permanente intervención estatal para subvencionar la acumulación, garantizar el privilegio y mantener la disciplina en el trabajo. La mayor parte de esta intervención resulta tácitamente asumida por la corriente principal de los libertarios de la derecha (neoliberales) como parte de un sistema ‘de mercado’ (…) la Escuela de Chicago y los randroides consideran las relaciones existentes de propiedad y de poder de clase como dadas. Su ideal de ‘mercado libre’ consiste, meramente, del actual sistema menos la regulación progresista y el Estado del Bienestar –es decir, el capitalismo de barones ladrones el siglo XIX (…) El capitalismo –un sistema en el que la propiedad y el control están divorciados del trabajo- no podría sobrevivir en un mercado libre.

El Estado asume un doble papel bajo el capitalismo, en primer lugar, como garante del proceso de acumulación, y en segundo término, como legitimador del proceso. El pensador norteamericano J. O’Connor lo expresó de forma clara y precisa en los años setenta del pasado siglo en una obra que no ha perdido un ápice de actualidad, La crisis fiscal del Estado, en el que detalla este doble carácter del Estado, como promotor del desarrollo capitalista y de la concentración de poder económico en una serie de monopolios estratégicos, y por otro lado, la necesidad que tiene el Estado de ser aceptado por los perdedores y de hacer soportable este proceso de desposesión ciudadana, a través de su actividad como armonizador social. Muy al contrario de lo que pregona el neoliberalismo, el sector público no crece a expensas del sector privado de la economía, sino que el crecimiento del sector público resulta indispensable para que así lo haga el sector privado, y en especial, los monopolios: La socialización de los costes de capital se convierte en condición necesaria para la acumulación privada de capital.

Según O’Connor, el esfuerzo económico del Estado para mantener el capitalismo se pueden dividir en gastos de capital social y en gastos sociales. Los primeros (social capital) se realizan para hacer más rentable la actividad de las grandes industrias, en la doble vertiente de incrementar la productividad del capital y de su acumulación (infraestructuras, patentes, subvenciones, exenciones fiscales, aduanas, etc.) y de reducir también los costes de reproducción de la fuerza de trabajo (educación, sanidad, etc.). Los social expenses constituyen en sí mismo las actividades propias del Estado del Bienestar y como decíamos consisten en proyectos y servicios que se requieren para mantener la armonía social, para satisfacer la función legitimadora del Estado (…) las cuales son diseñadas principalmente para asegurar la paz social entre los trabajadores sin empleo.

Por tanto, estos gastos sociales sirven para contrarrestar la tendencia descendente de la tasa de ganancia, ya que los monopolios protegidos por el Estado consiguen externalizar una parte considerable de sus costes de operación a expensas de la política fiscal estatal. En síntesis, el estado del Bienestar fue una herramienta al servicio de los capitalistas con el objetivo de reducir al mínimo el coste que debía asumir el empresario en la reproducción de la fuerza de trabajo, a través de una serie de gastos asumidos por el Estado y repercutidos fiscalmente sobre las clases medias.

La producción capitalista se ha convertido más interdependiente –más dependiente de la ciencia y de la tecnología, de funciones laborales cada vez más especializadas, y de una división del trabajo muy extensiva. Consecuentemente, el sector monopolista (y en mucha menor medida el sector competitivo) requiere un mayor número de trabajadores de tipo técnico y administrativo. Y también precisa crecientes cantidades de infraestructura (capital físico)-transporte, comunicación, investigación, educación y otras instalaciones. Cada vez el sector monopolista requiere más y más inversión social en relación al capital privado (…) Los costes de inversión social (o capital social fijo) no son soportados por el capital monopolista sino que son socializados y recaen sobre el Estado.

Ello provoca la continua crisis fiscal del Estado, agudizada en determinados períodos históricos como el actual, debido a que cada vez el sector privado de la economía exige más apoyo estatal para el bienestar de los ricos, lo que provoca un incremento de las desigualdades sociales que el Estado, en su papel de garante de la paz social, debe también atender, desequilibrio que puede convertirse en insostenible si a ello se le suma el descenso de los ingresos fiscales, ya sea por la externalización de la actividad industrial y la consiguiente huida fiscal de los grandes capitales, como por la imposibilidad de las clases medias de asumir tales déficits.

Porque apenas ha existido efecto redistribución de rentas, y las transferencias en sanidad o en educación hacia las clases medias se ha hecho casi exclusivamente con sus mismos impuestos. Realmente, eliminar el Estado del Bienestar sería una pérdida, en la medida en que el robo de las clases poderosas se incrementaría, pero no podemos esperar que la máxima ambición por la libertad y la igualdad consista en volver a levantar un Estado del Bienestar que consolida una permanente situación de humillación y desigualdad.

Como decía Baudrillard en La sociedad de consumo,

Todas estas instituciones se caracterizan por utilizar un léxico maternal y proteccionista: Seguridad Social, seguros, protección de la infancia, de la vejez, subsidio por desempleo. Esta «caridad» burocrática, estos mecanismos de «solidaridad colectiva» —todos ellos, además, «conquistas sociales»— funcionan así, a través de la operación ideológica de redistribución, como mecanismos de control social. Es como si se sacrificara cierta parte de la plusvalía para preservar la otra, es decir, el sistema global de poder se sostiene en virtud de esta ideología de la munificencia cuyo beneficio se oculta detrás de la «dádiva». Se matan dos pájaros de un tiro: el asalariado está contento de recibir, bajo pretexto de don o de prestación «gratuita», una parte de lo que ya se le ha despojado anteriormente.

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LA INVOLUCIÓN DE LAS MASAS (y 4ª PARTE)

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La soberanía nacional reside en el pueblo. Frase escueta, contundente, que extraigo de la Constitución española. Advierto, no se dice soberanía estatal. Tampoco que esta soberanía resida en el individuo. Los individuos somos reales, existimos. Los Estados también. En cambio, las naciones y los pueblos son creaciones humanas, sueños o mitos que los individuos reales soñamos. La soberanía que propugna ésta y otras constituciones similares resulta falaz, se basa en quimeras. En este caso, en una tautología, porque el pueblo forma la nación. Podría haber afirmado que la soberanía reside en la soberanía. No otra cosa significa este artículo de la constitución.

La soberanía significa poder absoluto. Y esta capacidad de decidir, la nación, el pueblo, la delega en unos representantes. La representación política. En cierto modo, la representación funciona como el mercado, un método de elección entre la oferta parlamentaria. La representación, por tanto, pretende solucionar un problema de escala, el de transformar, en grandes Estados, esa soberanía abstracta que reside en el pueblo en decisiones políticas concretas. Transformar un sistema pretendidamente considerado caótico en una sociedad ordenada.

La masa no es el caos. Porque la masa posee una psicología que se deja manipular fácilmente por sus líderes. Tampoco el pueblo, cuya unidad indisoluble se expresa en una soberanía nacional que sus representantes interpretan y ejecutan. La realidad de las masas y de las naciones se intenta traducir en un mundo de orden que se expresa a través de una jerarquía política y económica, de una cultura y de una comunicación de masas. En cambio, el mundo de la multitud se percibe como algo caótico que resulta necesario evitar. Orden y caos.

Sobre este binomio se podrían afirmar muchas cosas, tanto a nivel económico, como social, científico, político o ético. El orden se suele definir por su carácter predecible, ya sea por la costumbre o por la ley. Aunque no deja de poseer cierta subjetividad esta distinción, tanto en la ciencia como en la sociedad. Unos piensan que el caos de ayer se transformará, por el conocimiento, en el orden del mañana. Otros, que el aparente caos que percibimos en algunos fenómenos esconde un orden desconocido o no evidente a primera vista. O que el orden podría consistir en una cierta originalidad del caos. Orden y caos no son conceptos antagónicos, ni opuestos. Existe una dialéctica del orden y del caos de la que afloran todos los fenómenos de nuestra existencia social, biológica y física.

El orden pone a cada uno en su sitio. Por ello, la opinión que cada individuo posee del orden en el que vive dependerá del lugar que ocupa dentro de la estructura social estable, conocida y predecible. El orden social le parecerá magnífico e indispensable al afortunado, pero horripilante al que le oprime y lo siente como algo que intenta suprimir su libertad. El orden puede parecer justo o injusto. El caos, sin embargo, resulta amoral.

Llama la atención que hayamos desterrado la idea de dios para comprender el orden de la naturaleza o del universo, y que sin embargo, para encontrar un orden social no hayamos podido todavía extirpar la necesidad de tener que concebirlo como la emanación de un soberano o de una soberanía popular. Creemos todavía que la única manera de alcanzar un cierto orden social consiste en que alguien sea capaz de pensarlo, y que en consonancia con esa estructura mental, planifique unas decisiones concretas de las que inexorablemente debería depender el orden social. La democracia representativa considera que el ejercicio libre de la voluntad de cada individuo nunca va a poder producir orden social, y que la única manera de alcanzar una sociedad ordenada consistiría en confiar en que unos representantes elegidos expresen su propia voluntad, a través de acciones concretas de administración que, si son racionales, producirán el orden deseado.

Para que una red ferroviaria funcione debe haber un orden social del que emanen unas decisiones concretas sobre estructura, gestión, planificación, horarios, energía, tecnología, etc. Percibimos el orden porque los trenes circulan, los semáforos se accionan, las tiendas tienen productos y sale agua por el grifo de nuestra casa. Hemos logrado disminuir la entropía de nuestra sociedad incrementando el caos que nos rodea. Pura física. Pero esa predictibilidad del grifo o del tren creemos que únicamente puede darse si un experto, un gestor con conocimiento, ha concebido en su cabeza la estructura del problema y le ha dado una correcta solución técnica y organizativa. Es decir, si la voluntad delegada que le hemos otorgado la ha empleado con racionalidad. Nuestro concepto del orden resulta jerárquico, piramidal, porque concebimos que las cosas, los mecanismos, las organizaciones, las fábricas sólo pueden funcionar bajo un esquema de órdenes y obediencias estructurados en un sistema decidido por un experto, un político, un funcionario o un empresario.

¿Tenemos miedo a las multitudes? ¿Preferimos a las masas y a los pueblos? Cada cual contestará según le vaya en el orden que las masas y los pueblos imponen en cada momento histórico. Si para que el tren llegue a su hora a la estación, el orden imperante le impone un salario de hambre y una precariedad absoluta al ferroviario que limpia la vía, su opinión no será la misma que la del ingeniero que planifica el tráfico o del usuario que se monta en el tren. Quizás el primero prefiera el caos, u otro orden distinto, quizás una racionalidad menos jerárquica y más justa.

Pensemos en las leyes, esos textos que reparten deberes y derechos, que nos dictan cómo tenemos que realizar las cosas, cómo estructurarnos. Todas están diseñadas con un esquema piramidal e incluyen siempre unos apartados dedicados a cómo una autoridad, que puede ser la policía, los funcionarios, un juez, debe supervisar su cumplimiento e imponer penas, condenas, multas a los infractores. ¿Y es que sólo resulta adecuado el recurso último a la fuerza, a la expresión de la soberanía y de la autoridad para que los pactos y los acuerdos se cumplan? Nos han educado en un sistema de fortalecimiento de las conductas adecuadas, exclusivamente fundado en el drama de los castigos y de las recompensas, que nos impide ver otras posibilidades, otras formas de fortalecer el cumplimiento de los acuerdos y evitar que los farsantes o los aprovechados se lucren injustamente.

Hay que escribirlo todo, codificar todos los detalles de la vida, prever todas las posibilidades y plasmar toda la casuística universal en papel timbrado con el sello del Estado, estar seguro que nada queda al margen de la ley y de la reglamentación, que la propia vida y nuestra biología y mente y salud también resultan codificadas para tener la certeza de que vamos a ser justos, racionales, de que la eficacia va a caracterizar el orden que deseamos crear a nuestro alrededor. Como si la sociedad fuera un mecanismo artificial, todos los resortes que lo van a formar deberían, previamente a su construcción, haber sido plasmados en un plano de diseño concebido por un ser inteligente y previsor. Así concebimos el orden social del que depende nuestro bienestar. Unos representantes, y representantes de los representados que cada uno en su ámbito realiza un diseño racional de una parte de la realidad. Pero invito a que nos preguntemos un par de cosas: ¿La integración de todos esos fragmentos racionales compone un todo armonioso y racional? ¿El último representante del que deriva toda la jerarquía de la representación posee realmente en su mente el esquema completo del mecanismo?

Todos los sistemas naturales funcionan sin un jefe, sin autoridad, sin una delegación de soberanía. ¿Por qué la sociedad humana debería funcionar de otra manera? Los ecosistemas funcionan así, y encuentran siempre el equilibrio, el orden. Pero lamentablemente le tememos demasiado a nuestra animalidad. Hemos de defendernos del ladrón, del asesino, del gorrón, del mentiroso, del farsante. No lo dudo. Pero el problema reside en la forma, si la manera tradicional de decidir sobre lo común, las estructuras de convivencia basadas en la jerarquía y el conocimiento centralizado resultan las más adecuadas a tal fin.

Las sociedades democráticas funcionan con contrapesos. Ya lo defendió Montesquieu, recogiendo una larga tradición, y de este modo nos hemos querido proteger del poder excesivo acumulado en la jerarquía, repartiéndolo entre muchas cabezas cuyas decisiones no resultan autónomas del todo, porque deben contar con la aquiescencia de algunas de las restantes. Pero, ¿por qué no ampliar progresivamente este sistema de contrapesos hasta llegar al individuo? Se me antoja que somos demasiadas las personas aprisionadas entre  estos engranajes tan poderosos que dialogan entre sí con tan poca racionalidad. Sin embargo, creo que gracias a este sistema descentralizado de decisión se alcanzan mejores decisiones y más justas que del derivado de una sola cabeza o centro de poder. Pero ¿por qué le tememos tanto al hecho de multiplicar las cabezas hasta hacer que coincidan con la de cada uno de los individuos de la sociedad? ¿Por qué tememos a las multitudes?

Creo que las experiencias recientes alrededor del crowd (multitud), o los desarrollos científicos sobre sistemas complejos empiezan a mostrarnos que resulta posible alcanzar equilibrios y orden sin recurrir ni a la jerarquía, ni a la delegación de la soberanía individual, a través de las dinámicas libres de esos átomos sociales que somos los individuos. Que sin convertir a la sociedad en una máquina, sin necesidad de asimilarla a un organismo regido por uno o varios cerebros delegados, sus infinitas partes acordando libremente podrían alcanzar un funcionamiento estable, sostenible ¿y justo?

Recomiendo consultar en Wikipedia el concepto de collective intelligence (inteligencia colectiva). La propia Wikipedia es un ejemplo ilustrativo de la inteligencia de las multitudes, de su capacidad de cooperar y crear conocimiento colectivo sin estructuras jerárquicas. Siempre nos han sorprendido las colonias de insectos, los corales, los hongos, los rizomas, cómo el comportamiento aparentemente errático, no previamente codificado en unos genes de seres que apenas poseen inteligencia, pueden crear estructuras tan ordenadas. De cómo es posible que del caos de millones de organismos interactuando, comunicándose con precarias inteligencias, sin una jerarquía de mando y obediencia, sin una inteligencia superior ordenancista, sea capaz de aflorar estructuras eficaces. Y los científicos sociales, los psicólogos y los neurólogos, los filósofos, multitud de disciplinas científicas  se vienen preguntando durante ya más de cien años si algo parecido podría también ocurrir en las sociedades humanas.

Téngase en cuenta que hasta los sistemas de inteligencia militar están utilizando esta sabiduría de la multitud (o colectiva) para analizar escenarios de riesgos futuros, para anticipar eventos en la política internacional, utilizando la mejor capacidad de los grupos para trabajar de forma distribuida y sin jerarquías para solucionar problemas complejos.

La investigación académica sugiere que en el intento de anticipar eventos futuros los expertos lo hacen escasamente mejor que un chimpancé tirando dardos a una diana.

Por un lado, los herederos de Hobbes, del miedo y del recurso a la autoridad, los defensores del pueblo, los propagandistas de las masas, del orden como jerarquía donde unos elegidos desde la cúspide del sistema lanzan instrucciones a las masas que soportan la base de estas mega-estructuras rígidas y ya anticuadas. Por otro lado, los herederos de Spinoza, los que hemos ido acumulando evidencias sobre la capacidad de la multitud para gobernarse a sí misma sin representantes, de producir orden y estructuras complejas que funcionan con racionalidad y eficacia sin necesidad de que nadie tenga que comprender, ni compendiar en su mente las relaciones, las instrucciones, las leyes, sino que por pura comunicación y sinergia entre pares, entre individuos que poseen sólo un conocimiento muy parcial de la realidad, al final, de la capacidad de interactuar surgirá una inteligencia colectiva mucho más potente que la tradicional que se basaba en la jerarquía.

La política del pueblo y de las masas ya resulta aburrida. No sólo provoca ya indignación, sino sobre todo hastío. Creo que al final será el aburrimiento que nos provoca el espectáculo de la democracia de masas y la curiosidad por encontrar nuevas y más divertidas formas de vida, la que irá derrocando este sistema serio, adusto de autoridad, jerarquía y soberanía popular. Como afirma Mario Perniola en su libro sobre los situacionistas:

 Las viejas nociones de pobreza y riqueza, fundamentadas exclusivamente en el proceso económico, deberán sustituirse por un concepto nuevo que haga referencia a la plenitud y a la satisfacción del deseo. Las energías de la nueva revolución provienen del rechazo del aburrimiento y de la insignificancia en que la inmensa mayoría de la gente se ve obligada a vivir.

Debemos ser capaces de torcer el perfil lacerante que destila el desarraigo y la precariedad, la destrucción de los sistemas estatales de protección social, el desmoronamiento de la propiedad pública, la corrupción política y económica, la presión fiscal abusiva sobre las clases medias, los privilegios hacia los poderosos y el gran capital, la austeridad en connivencia con los rescates multimillonarios. Hemos de reescribir la historia de la sociedad capitalista. A pesar de la política de masas, las multitudes han sido capaces de sobrevivir como náufragos rodeados de tempestades: la enajenación de lo público y de los bienes comunes por el capital, la supeditación del individuo al puesto de trabajo y al salario, la mutilación del saber experto de la mente del trabajador, el adiestramiento en la división del trabajo, la aniquilación de los movimientos sociales y de las asociaciones de ayuda mutua, etc. En suma, los intentos de transformar a la persona libre y autosuficiente en un borrego que depende de un capitalista y de la burocracia para poder vivir con algo de bienestar. En lugar de ciudadanos libres, el intento exitoso de habernos casi convertido en clientes del mercado laboral y multinacional, de las jerarquías funcionariales del Estado del Bienestar.

No hace falta lanzarse al vacío. Empecemos a cooperar, a crear redes de iguales, a comunicarnos, a poner en acción nuestra capacidad lingüística para poner en marcha proyectos en común, compartamos el conocimiento, convirtámonos en transistores, en condensadores de un nuevo circuito caótico de vínculos. Iremos advirtiendo progresivamente el frenesí, la emoción que nos asaltará según vayamos comprobando cómo va surgiendo esa inteligencia colectiva de la que somos parte. Que sin entender la complejidad de muchos problemas, seamos capaces de encontrar juntos una solución que no es de nadie y sí de todos, pero que quizás ninguno de nosotros somos capaces de definir y compendiar en nuestra mente, pero que sorprendentemente funciona.

Si recordamos a Le Bon y su psicología de las masas, podemos extraer una idea fuerza que recogía de la tradición y que proyecta modernizada hacia las generaciones futuras, la aseveración de que las masas son irracionales, que la inteligencia del grupo resulta muy inferior que la de los individuos que lo componen, y  que la verdadera inteligencia se expresa en ciertos individuos dotados cuando trabajan en soledad aislados de la influencia perturbadora de las masas. En cambio, las experiencias alrededor de la lógica distribuida y los nuevos sistemas de empoderamiento de la ciudadanía, la holacracy, los estudios sobre dinámicas de sistemas sociales de N. Luhmann alrededor del concepto de autopoiesis, los algoritmos de tipo adaptativo y genético, la estigmergia aplicada a las sociedades humanas, las experiencias en sistemas expertos y en cibernética, las modernas teorías de la comunicación social, la creación de lenguajes abiertos y libres, la cultura hacker y el éxito del software libre, la economía compartida (sharing economy), bitcoin y otras monedas comunitarias, bitgov, los movimientos políticos basados en la inteligencia del swarm (enjambre), la financiación compartida (crowd-funding), la ciencia compartida (crowd-sourcing), la fabricación de impresoras 3D auto-replicantes, la internet de las cosas (Internet of Things), los espacios de co-working, los laboratorios ciudadanos de producción, viveros de emprendedores, las empresas sin jerarquías, etc.; conforman un legado vivo, experimental, útil, propositivo de enorme calado que expresa con fuerza la idea contraria a la habitual y tradicional sobre sistemas sociales, que las multitudes son inteligentes y que del caos social que parece formar la red distribuida de relaciones libres entre nudos-individuos iguales, surgirá un orden más estable, resistente, eficaz y quizás justo que el derivado de las jerarquías y de la soberanía popular.

Las evidencias se acumulan, valga de ejemplo el siguiente artículo Evidence for a Collective Intelligence Factor in the Performance of Human Groups, publicado en la revista Science en 2010, en el que los investigadores evalúan un factor de inteligencia colectivo similar al coeficiente intelectual y demuestran la capacidad de los grupos humanos para expresarse racionalmente con mejor puntuación que la de sus miembros.

No sólo estamos ante nuevas tecnologías de la información y de la comunicación, sino ante nuevos paradigmas, experiencias, necesidades sociales, idearios de revuelta, propuestas políticas, ambiciones económicas que cuestionan la fabricación capitalista y soberana de la realidad tal y como la hemos conocido hasta ahora. Conflictos en los que las tecnologías, como siempre, podrán adoptar, en función del resultado de estas luchas, muy diferentes papeles, ya sea en apoyo de la libertad de las personas, o como instrumentos de opresión y vigilancia en una nueva cultura y política de masas aún más injusta. Las nuevas tecnologías pueden hacer efectivo el “reinado” de las multitudes, pero también solaparse con las estructuras de poder y de soberanía ya existentes y frenar su promesa liberadora. Lewis Mumford, en Técnica y Civilización, ya nos expuso un ejemplo histórico de tal tipo de perversión, cuando la nueva tecnología de los motores eléctricos parecía inaugurar un mundo industrial distribuido de pequeñas instalaciones locales, del que se hicieron eco los anarquistas, y en concreto, Kropotkin, pero que desgraciadamente se aplicó según las mega-estructuras centralizadas de la antigua industria hidráulica y de máquinas de vapor. Algo similar podría ocurrir en la actualidad: espionaje masivo en internet y en las redes sociales, centralización abusiva y control de las comunicaciones por las actuales jerarquías, utilización de nuevas técnicas de control social y de manipulación política, privatización del conocimiento social y de la cultura, etc.

Somos los actores de un período histórico de gran importancia en el que la ciencia, las experiencias sociales, tecnológicas y económicas nos permiten atisbar una realidad política al margen de la soberanía y fundada sobre el poder y la inteligencia de las multitudes. La figura tenebrosa de Hobbes y de su Leviatán opresivo podrá quizás al fin ser extirpada de la experiencia política. Las herramientas necesarias y la voluntad de la multitud se han puesto en marcha para conseguirlo. No será un camino fácil, ni libre de conflictos ni de luchas. El posicionamiento político de los demócratas de la representación, del gran capital, resulta clara, y utilizarán todos sus recursos para que la política de las masas, y sus correlatos del consumo y la producción de masas, sigan caracterizando el futuro de la humanidad. Está en nuestras manos, en los individuos y en las multitudes inteligentes que formamos, la capacidad de frenar esta atroz involución de las masas.
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LA PREGUNTA

Estaba almorzando, y me he conectado con la portada de un periódico de alcance nacional. Y la he visto, la pregunta, hace apenas media hora:

¿Quiere que Cataluña sea un Estado? ¿E independiente?

Y no me he atragantado, no teman, pero me ha subido como una fiebre. No porque España corra peligro. Tampoco porque sea Cataluña la amenazada. Ambas cosas me importan poco. Sino porque creía que era a mí, un españolito censado en Chamberí (Madrid), al que le iban a hacer esa pregunta por sufragio libre y secreto, y que tenía un año por delante para deliberar si quería o no seguir teniendo a Cataluña por Comunidad Autónoma hermana.

Cuando un niño abandona el hogar puede hacerlo por varios motivos, que en resumen se traducen en que se va porque él mismo lo desea, porque le echan sus padres o porque alcanzan un acuerdo amistoso. En este caso, y durante los primeros minutos, dudé si era Cataluña la que se iba a ir por su propia voluntad o era España la que la iba a expulsar. Ahora me queda claro que el acuerdo no cabe en los planes de nadie.

No soporto a los patriotas. A los nacionalistas los aguanto si tienen buena conversación. De los racistas ni hablo. De lo que son las naciones, de lo que ha significado el nacionalismo en la historia del mundo y cómo los grandes Estados nacionales se han formado a partir de una lectura unitaria del concepto de pueblo, discriminatoria de otras minorías y enfrentada siempre a enemigos caseros o extranjeros, prefiero no debatir ahora, porque no es el caso traer abundante bibliografía ni datos, prefiero ser muy escueto e incidir en las pocas cosas que ahora me soliviantan.

PRIMERO: ¡Que la consulta sea dentro de un año! Porque tendremos que soportar durante doce meses jotas y sardanas, himnos y soflamas, el odio visceral, la vieja cantinela alrededor del amor a la patria y el desagradecimiento, la traición, las mil y una quejas e interpretaciones diversas del desequilibrio fiscal, la historia, en suma, los trastos que el matrimonio mal avenido se arrojará delante del juez, en este caso, de la urna. Preferiría que fuera ya, lo antes posible para no tener que soportar tanta podredumbre.

SEGUNDO: Que algunos de mis amigos, y mucha otra gente, me vayan a pedir que me decante sobre ello, que opine, no tanto que conteste a esas preguntas, que ya sé que no me las hacen a mí, sino sobre si resulta pertinente hacerlas y si me parece correcto que se prohíba la consulta. Y como no deseo que me pregunten, pues me anticipo con la respuesta: que pregunten, que pregunten lo que quieran.

TERCERO: No me gusta que la consulta la lancen partidos nacionalistas, y que la lidere un partido que además es conservador. Tampoco, claro está, que la previsible réplica que va a obtener desde el Estado español, y dentro de la propia Cataluña, sea mayoritariamente españolista, patriotera y reaccionaria.

CUARTO: Tampoco me agrada que la pretensión sea reproducir otra España en pequeñito, es decir, hacer otro parlamento, elegir una lengua como oficial, quizás pedir prestado a otra monarquía europea o africana, lo desconozco, un rey constitucional, fabricar un ejército, construir una diplomacia, rehacer una historia, sacralizar a unos personajes, designar a unos enemigos, definir una cultura, etc.

QUINTO: Me disgusta que sean los ricos los que pidan irse de casa. No entro a valorar si se van porque no les han dejado ser más ricos, o si son tan ricos porque se han aprovechado de la casa común, pero lo cierto es que son los ricos los que desertan de eso que se ha denominado “España, un proyecto común”. Tanto me desagrada que echen a un hijo con lo puesto, como que este se vaya con toda la casa a cuestas. Pero los divorcios a malas tienen estas cosas.

SEXTO: Que se proclame el derecho a la autodeterminación me parece mal y también bien. Mal porque tal derecho yo siempre lo he visto como un instrumento de liberación, entre otros, ante una situación de ocupación y explotación en la que la víctima, que además han dejado pobre, tal es el caso de Palestina, Sahara occidental o Tíbet, pide por favor que se vote para salir de una situación lacerante y a todas luces injusta. Y bien por lo siguiente:

Porque aun cuando me disgustan tantas cosas de esta absurda y aburrida pregunta-consulta, la que menos me preocupa es la continuidad de eso que hemos venido en llamar España-Estado nacional. Por ello, deseo que los catalanes a los que se les va a hacer esa pregunta, contesten mayoritariamente que Sí a los dos interrogantes. Aunque me daría enorme placer que dijeran No a lo de ser un Estado y Sí a lo de independizarse. Pero no lo deseo por demócrata, ni por creer que tienen ese derecho y se lo merecen, o porque le pudiera tener más manía a España que a Cataluña. No. Lo deseo porque acto seguido me gustaría comprobar cómo otras regiones o comunidades solicitan el mismo derecho. Y sobre todo, oír que Tarrasa, Olot o Reus exigen igual derecho de configurar su independencia, en este caso, al margen de Cataluña. Porque este proceso constituyente llevado hasta el paroxismo, hasta sus últimas consecuencias, nos avocaría a tener que preguntar a cada individuo qué desea, dónde quiere ir, cómo le gustaría vivir. Y lo que me agrada, de esta inmersión en la multitud que podría iniciarse gracias a esta simple pregunta que ahora se proclama, sería que nos obligaría a enfrentarnos con el individuo que todos somos, a afrontar nuestra libertad junto con la de nuestros vecinos, solos tú y yo, él y aquel, ejercitando la inteligencia, el sentido común, el diálogo, en suma, nuestra humanidad para decidir en común qué queremos pactar, qué acordar, qué acuerdos adoptar, cómo deseamos construir efectivamente la comunidad en la que deseamos convivir.

LA INVOLUCIÓN DE LAS MASAS (3ª PARTE)

…………………..continúa….

Hasta hace poco tiempo las grandes empresas encontraban una amplia y sostenida legitimación social en virtud del indispensable papel que jugaban, a ojos de las masas, en la estabilización social vía salarios, en su capacidad de compra, en su estatus social, derechos económicos y sociales, y en el mantenimiento de la democracia liberal y de mercado. Se aceptaba que las empresas y el gran capital económico y financiero estaban trabajando en sintonía con el Estado y que gracias a esta colaboración podía generarse un bienestar para repartir. Había un acuerdo tácito en que la maquinaria Estado-capital debía funcionar y que beneficio y bienestar, ganancia y reparto, formaban parte del mismo proceso de legitimación social del capitalismo bajo el marchamo del Estado de Bienestar.

Esta legitimación ha entrado en bancarrota. Y hoy en día resulta usual, por diversos motivos en los que no voy a abundar, pero que todos tenemos en mente, que las personas hayamos perdido la confianza en las grandes empresas y en la banca, a las que ya no se ve en el papel de benefactores, sino en el de activos culpables de la extensión de una crisis que pone en peligro ya no sólo el bienestar, sino también el ejercicio de los derechos humanos o el mantenimiento de los mínimos equilibrios ecológicos precisos para nuestra supervivencia. A pesar del maquillaje que las grandes empresas han pretendido realizar a través de la responsabilidad corporativa, la colaboración público-privada y los acuerdos con las agencias de desarrollo de la ONU, la legitimidad de los grandes empresarios y de los banqueros continúa por los suelos.

Tanto la configuración de las decisiones políticas del Estado, como las económicas dentro del mercado capitalista, se han establecido hasta ahora preferentemente en redes o niveles de decisión centralizadas o descentralizadas, nunca distribuidas. Estas redes se superponían sobre la sociedad real, y como las infraestructuras materiales de transporte o energía, tendían a canalizar las energías y el trabajo de las personas, su comunicación, dificultando el diálogo y el acuerdo directamente entre pares, entre iguales. Los nudos de decisión a nivel de grandes empresas, o administraciones públicas actuaban como grandes sumideros (centros-atractores) de información y de acción, de forma tal que para acordar o negociar con algún actor social o económico cercano, resultaba más difícil e informacionalmente más oneroso, a veces imposible, que hacerlo a través de los correspondientes nodos centralizados.

En un momento en que las infraestructuras físicas y los servicios públicos asistenciales empiezan a deteriorarse como consecuencia de la crisis fiscal de los Estados, en bancarrota por las subvenciones masivas en favor de los monopolios y a la reducción de recaudación fiscal, y cuando empieza a destacar una red como internet que permite acercar a las gentes y compartir la información sin apenas costes de transacción ni de información, el reinado de los pueblos y de las masas, tal y como lo conocíamos, comienza a dejar al aire ese cimiento de multitudes que ahora destacan como un actor fundamental de la nueva economía y política que se nos avecinan.

A tal respecto resulta muy interesante comparar la literatura que sobre la sociedad de masas, el consumo de masas o  la política de masas, se publicó tras la Segunda Guerra Mundial, de la que hemos dado cuenta con algunas breves pinceladas, con por ejemplo, el siguiente artículo publicado en 2011 en el Harvard Business Review, y titulado The big idea: creating shared value, por M. Porter y M. Kramer, y cuyo subtítulo orienta sobre los cambios que se avecinan en el nuevo capitalismo: cómo reinventar el capitalismo y desencadenar una ola de innovación y crecimiento.

Lo que dice suena añejo, pero visto a través de una lente novedosa, tanto a la luz de los recientes episodios financieros y crisis fiscales, como de la nueva competencia económica que se le avecina al gran capitalismo y que proviene de esa atomización creciente (multitud) en la producción material de mercancías y en los sistemas tecnológicos empleados para fabricarlas y distribuirlas. Los autores definen un nuevo término, el de ‘valor compartido’, “que no significa ‘compartir’ el valor ya creado por la empresa –estrategia de redistribución-, sino expandir el monto total de valor económico y social” que es capaz de crear la empresa. Se trataría de volver a inventar el Estado del Bienestar, con la novedad de que ahora serían las empresas directamente las que proveerían los servicios de salud o educación, evitando redistribuir el beneficio, y por tanto, dotando a las mercancías de un valor social compartido que se vendería en el mercado. Valor social o compartido de la producción significa eso, crear un entramado industrial al que podría definirse ahora como capitalismo del bienestar.

La motivación que soporta esta nueva lógica coincide con la que existía en los años de la posguerra europea cuando se creó tal sistema de ‘redistribución’ fiscal conocido como Estado del Bienestar. El capitalismo necesitaba una masa de trabajadores educada y sana, precisaba innovar, cooptar a los sindicatos y vincular estrechamente el conocimiento técnico profesional y obrero como un activo de la empresa, por lo que acordaron que fuera el Estado el encargado de invertir y regular, de realizar una inversión colectiva que ningún capitalista iba a adoptar a título individual, pero que a todos como colectivo beneficiaba (externalidades positivas).

Este mundo ha acabado. Porque en sintonía con la progresiva financiarización del capitalismo productivo, y las estrategias de out-sourcing (subcontratación) y off-shore (internacionalización), de externalización y atomización en una gran cadena de montaje mundial de la actividad industrial –con la imprescindible participación de las nuevas tecnologías de la información e internet para asegurar el ensamblado y la logística- que busca el máximo beneficio a corto plazo, se ha ido produciendo el progresivo desmontaje de aquel instrumento capitalista que era el Estado del Bienestar, por inútil para la gran empresa, e inviable financieramente para el Estado (crisis fiscal). Pero ¿por qué ahora este nuevo resurgir de los aspectos sociales del trabajador, a la luz de aquel paternalismo tan propio de ciertos industriales románticos de comienzos de siglo, y que ahora se le renombra con el calificativo de capitalismo de valor compartido? ¿Qué tiene que ver esto con las masas?

Un elemento fundamental, para entenderlo, se relaciona con el conocimiento, el saber tecnológico, la innovación. Acabamos de describir escuetamente cómo se ha ido desmantelando el Estado del Bienestar, que ha quedado reducido a la expresión mínima compatible con lo que los pocos asalariados con nómina pueden contribuir fiscalmente, ya que la gran empresa ha huido en virtud de la confianza que atesoraba en la posibilidad de encapsular el conocimiento obrero, las actividades de I+D en el nuevo soporte de las nuevas tecnologías de la información. Pero toda esa atomización y externalización de su actividad ha sido posible a que confiaba en que esa descentralización de decisiones tecnológicas y productivas podría amalgamarse bajo el control de un centro directivo y gestor que imponía objetivos y recogía beneficios. Y también en que creía que la innovación necesaria para competir y mejorar los procesos podría comprarla en el mercado de la tecnología o crearla ella misma con alianzas estratégicas con universidades y centros de investigación soportados financieramente por el Estado. Una gran cabeza que ordenaba y que se desplegaba en el territorio al albur de la máxima rentabilidad a corto plazo, de su capacidad política y mercantil para acumular rentas.

Afortunadamente sus cálculos han errado, por varias razones, todas ellas relacionadas con la emergencia de las multitudes como actor social de primer orden en el proceso económico y tecnológico. Las masas toscas e irracionales se están convirtiendo en multitudes inteligentes.

En primer lugar, para que el conocimiento pudiera ser encapsulado y por tanto, privatizado, deberían haberse podido hacer efectivos reales derechos de propiedad (patentes) sobre las tecnologías. Pero el conocimiento cada vez fluye por la red con mayor libertad y gratuidad, por la propia esencia de internet, que reduce los costes de réplica y transferencia, y porque la innovación se realiza en un proceso de cooperación, de relaciones, de compartición de experiencias y saberes que dificulta extraordinariamente la delimitación clara de derechos de propiedad intelectual independientes. Por lo que el proceso de externalización de la actividad, en contra de lo que fue su objetivo primigenio, crear dependencia e incrementar los beneficios, se ha transformado en un semillero universal de pequeñas empresas que poseen capacidad para independizarse de las multinacionales nodriza y operar con libertad en el mercado. Y lo están haciendo.

En segundo lugar, la creación de demanda por parte de las multinacionales y su correlato del consumo y de la producción de masas, que pudo operar en un mundo donde los medios de comunicación y la publicidad estaban también monopolizados. Pero ahora ya no pueden manipular con aquella liberalidad, porque los actores sociales no sólo se han multiplicado, sino que proliferan como la marabunta en una red que no conoce de centros y que progresivamente se ha hecho distribuida. Las personas, aún influidas por la televisión y otros medios masivos, sin embargo, cada vez orientamos más nuestra individualidad y deseos por canales informativos alternativos, con mayor control personal, y por tanto, los nuevos consumidores exigen unos productos que los grandes monopolios están teniendo graves dificultades para ofrecer. En esta nueva tesitura, están siendo los pequeños productores los que con poco capital y gran cercanía a los consumidores, utilizando la información procedente de las redes sociales, los que están teniendo la flexibilidad adecuada para ofrecer estas nuevas mercancías cada vez más individualizadas y menos sujetas a estandarización. Es lo que se denomina la economía directa y de alcance.

Por último, los procesos de producción se han ido haciendo cada vez más inmateriales, en el sentido de incorporar progresivamente más tecnología y cooperación laboral, elementos estos que a diferencia del pasado, no se integran en el mismo capital (en las máquinas o la planta de producción) sino en las propias relaciones laborales, en la cooperación entre técnicos, expertos y trabajadores, y por tanto, imposible de privatizar y encapsular. Estos tres elementos, entre otros, han ido facilitando la emergencia de las multitudes y que las masas estén quedando relegadas, ya que son los propios individuos los que ahora empiezan a tomar conciencia de su poder tanto como consumidores diferenciados, como trabajadores cualificados, de la capacidad que entre todos atesoramos, como multitud, en la creación y mantenimiento de un saber común y compartido que está fluyendo con gran libertad por ese tejido nervioso que es la red.

Como se comprueba a diario, cada vez en más facetas de nuestra vida, el conocimiento es vivo y se niega al encapsulamiento. Hubiera sido posible si la sociedad se hubiera dejado domeñar convertida en masa. Pero la multitud que actualmente presenciamos resulta diversa y dinámica, y los monopolios encuentran enormes dificultades para adaptarse a las demandas sociales recurriendo a un conocimiento que según almacenan queda anquilosado. Es aquí donde los trabajadores y los emprendedores, en este nuevo marco de la multitud, vuelven a tomar la delantera frente al gran capital, por su mayor capacidad de innovación y de adaptación, porque no lo olvidemos, la gente sigue siendo inteligente, las personas que a pesar de la inutilidad a la que el capital las desea arrojar, continúan teniendo aptitud técnica y capacidad tecnológica que ahora empiezan a poder aplicar a espaldas de los monopolios y sus Estados serviles.

Pero la historia continúa, aunque algunos no se hayan dado cuenta. Todavía no ha acabado el derrumbe de los Estados de Bienestar creado para domeñar a las masas, aún los partidos políticos de nuestra fraudulenta democracia siguen anquilosados en la añeja política de masas, y ya el capitalismo les está volviendo a tomar la delantera mudando de piel. El artículo de Porter y Kramer al que entes aludíamos ya nos muestra algunos indicios del nuevo disfraz de la hidra.

El concepto de valor compartido reubica las fronteras del capitalismo (…) Necesitamos una forma de capitalismo más sofisticada, imbuido de un propósito social. Pero este propósito no debería aparecer por caridad, sino gracias a un más profundo entendimiento de la competencia y de la creación de valor económico (…) No es filantropía sino interés propio para crear valor económico creando valor social.

Hasta ahora el capitalismo había servido para fabricar necesidades en relación con mercancías, y la parte relacionada con lo que Foucault denominaba el biopoder o la bipolítica, los elementos que contribuyen a reproducir la vida y las capacidades físicas y mentales de la fuerza de trabajo, quedaban al margen (por ejemplo, Estado de Bienestar, o las instituciones de la caridad o la beneficencia).  Los pobres (sin poder de compra) también quedaban fuera, tan sólo se contemplaban como ‘ejército de reserva’, o recientemente, como una externalidad o daño colateral imprescindible que hay que manejar al menor coste.

Ahora el capitalismo ampliará sus fronteras incorporando estos dos elementos sociales contradictorios.

Existen tres maneras diferenciadas de realizar esto: reconsiderando los productos y los mercados, redefiniendo la productividad en la cadena de valor y construyendo un entramado industrial de apoyo en las cercanías de la compañía.

Es decir, en lugar de producir comida, vender nutrición, en lugar de gastar en protección ambiental, vender servicios ambientales. Volver a fijar a los trabajadores en la factoría incorporando servicios sociales relacionados con la salud o la educación. Anticiparse a las amenazas ecológicas o de salud innovando con productos novedosos: “Solucionando problemas sociales que habían sido cedidos a las ONGs y a los Gobiernos”. No se trataría sólo de privatizar la salud o los servicios públicos, sino incorporar la salud y lo público en la cadena de valor de las empresas.

También incorporar a los pobres, ¿por filantropía?, por supuesto que no. Por dos motivos, nos dicen: porque los pobres poseen necesidades, ¿qué curioso que no se hubieran dado cuenta antes?; y porque los pobres son útiles, ¡realmente lo habían olvidado! Y los pobres así vuelven a entrar en la agenda del capitalismo, porque al margen de los monopolios y de las grandes multinacionales, y a la sombra de aquella externalización productiva a la que aludíamos, se ha ido generando una red prolífica de pequeñas empresas regentadas por los mismos pobres de ayer y dirigidas a satisfacer las necesidades de los pobres de hoy, a las que el capitalismo ve con recelo, y sobre todo, en competencia. Por ello, el nuevo capitalismo recomienda que las grandes empresas diseñen mercancías para pobres, que aunque baratas, al ser tan enorme la demanda, reportarán pingües beneficios. Y que las empresas de pobres, a las que hasta ahora explotaban en las cadenas de montaje externalizadas en el Tercer Mundo, sean tratadas con más condescendencia, porque se están independizando del gran capital, ya que en la actualidad son capaces de tejer sus propias redes de suministros y de venta al margen de las multinacionales.

Por último, destacar que la innovación se da cada vez de forma más distribuida y que las estrategias centralizadas de decisión tradicionalmente establecidas por las multinacionales y los Gobiernos progresivamente han ido cediendo el protagonismo a la capacidad de la multitud para inventar e imaginar nuevos productos y procedimientos, diseños y estructuras de producción. Mientras el gran capital consiguió ejercer derechos de propiedad sobre la innovación externalizada (comprada a terceros), la maquinaria de extracción de rentas de los monopolios capitalistas pudo seguir funcionando. Pero la liberación efectiva de conocimiento en la red les obligó a cambiar de estrategia, y en lugar de comprar investigación y desarrollo tecnológico, directamente empezaron a incorporaron a las mismas empresas de innovación en su propia estructura productiva. Fue el conocido período reciente de compras masivas de pequeñas empresas innovadoras. Sin embargo, lejos de incrementar la innovación, las grandes empresas comprobaron que las start-ups recién incorporadas en la gran estructura del capital se agostaban y cedían protagonismo a nuevas empresas y emprendedores situados al margen del sistema, lo que demostraba que las nuevas tecnologías y procesos en redes abiertas de cooperación están siendo capaces de crear mejor y más rápido que los esquemas tradicionales de comando, planificación y control bajo el esquema de las patentes. De ahí el objetivo de ir “construyendo un entramado industrial de apoyo en las cercanías de la empresa”.

En resumen, las condiciones en las que se desarrollaba el gran juego económico (y político) están cambiando. Frente a la competencia de los pequeños, el gran capital debe recurrir a nuevas estrategias. Acostumbrado a concebir a la sociedad como una gran masa, debe enfrentarse ahora a una multitud diversa y cada vez más inteligente que está dispuesta a producir ella misma, a innovar y a tejer redes distribuidas (no centralizadas) de comunicación,  conocimiento, suministro, fabricación y venta de productos. Las grandes empresas continuarán luchando por conservar los privilegios gubernamentales a nivel de fiscalidad, legislación, regulación, crédito, concesiones públicas, subvenciones, etc., pero ya están empezando a cambiar la estrategia cortoplacista que en apenas 20 años casi ha arruinado los Estados de Bienestar europeos, y que ahora intentan recuperar internalizando su valor social en las propias cadenas de valor de las grandes empresas: capitalismo de bienestar. Como se afirma en The big idea,

No toda la ganancia es igual. Los beneficios que involucran un propósito social representan una forma más elevada de capitalismo, que es capaz de crear un ciclo positivo de prosperidad empresarial y comunitaria.

En conclusión, ya que la multitud se mueve y está ofreciendo muestras de saber organizarse al margen del gran tejido empresarial, cooptar a la sociedad bajo una estructura nueva de empresa clientelar y paternalista que sea capaz de iniciar otro nuevo ciclo de acumulación a  costa de las personas y de las promisorias perspectivas de democratización e igualdad, de bienestar, que parecen abrir las tecnologías de la comunicación.

Pero esta nueva dimensión capitalista resultaría inoperante sin el apoyo de los Gobiernos. Nada nuevo. Por ello los autores preconizan un nuevo esquema de relación Estado-capital, en una dimensión un tanto diferente a al tradicional. Aunque como siempre, incidiendo en su papel de regulador, o sea, de garante de unas nuevas condiciones de competencia que elimine competidores incómodos y que también permita internalizar como beneficio la incorporación de valor social en las nuevas mercancías y servicios comercializados.

Como se comprende, este nuevo posicionamiento de la gran empresa se realiza en contra de la sociedad en su conjunto, contra esa multitud de individuos cada vez más diferenciados que empiezan a retomar de forma efectiva las riendas de su destino. Las estrategias tradicionales de conversión de esta multitud en masa o en pueblo se muestran cada vez más inútiles, aunque no hayan dejado de operar y mantengan su potencial capacidad de homogeneización y manipulación, pero en un escenario tan distinto, que está obligando a trastocar las estrategias productivas del capitalismo, aun cuando las políticas de los Gobiernos apenas se hayan percatado de ello.

Hablo de la democracia y de la figura que la representación, como instrumento de conformación de la voluntad general, continúa poseyendo en la actualidad, una herramienta similar a la del consumo de masa en relación con la demanda de mercancías, porque hasta ahora, elegir a quién votar no se diferenciaba apenas del proceso de conformación de la voluntad del consumidor para gastar su presupuesto.

El mercado económico satisface el objetivo de conformar una decisión social sobre los que se produce y se consume. Hasta ahora, un mercado oligopólico donde tenían sentido todas esas estrategias que hemos presenciado durante el siglo XX en relación con el consumo y la política de masas, y que se correlacionaba exactamente con el sistema político que lo sustentaba referido a las elecciones democráticas y con la dificultad, por evidentes problemas de escala, de conformar una voluntad política general más allá de la representación, es decir, de la selección periódica de unos políticos que suplantaban a la soberanía de los individuos en la toma de decisiones. Poseíamos una democracia oligopólica de mercado tanto a nivel económico como político. Y hemos comprobado cómo el nuevo panorama tecnológico está sirviendo para que las multitudes afloren en el mercado económico, y cómo los privilegiados del sistema empiezan a maniobrar para continuar dominando y explotando. Pero ¿cómo esta involución de las masas puede afectar al sistema político, y en concreto, a la figura de la representación, sobre la que se sustentan nuestras democracias de mercado? ¿Qué democracia exigen las multitudes?

…………………..continuará….
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LA INVOLUCIÓN DE LAS MASAS (2ª PARTE)

…………………..continúa….

Las masas de las que nos hablan Le Bon, Canetti, o Freud, cualquier antropólogo, son agrupaciones transitorias de personas guiadas por un objetivo y amalgamadas con una determinada técnica: hordas, manifestaciones, elecciones, jurados, huelgas, disturbios, asambleas, espectáculos, representaciones, ritos, linchamientos, etc. Resulta claro que en estas circunstancias el individuo dentro de la masa modifica su personalidad según los atributos que Freud nos definía. Pero el consumidor no compra en masa, va en solitario a la tienda y adquiere un producto sin la influencia directa de otros consumidores junto con los que no forma una masa ante la tienda o el supermercado. Sin embargo,  se afirma que el consumidor se comporta como un hombre-masa, influenciable, manipulado, fácil de sugestionar. Al extremo de afirmar incluso que el individuo, en las sociedades industrializadas se comporta siempre como tal hombre-masa en todos los aspectos de su vida social y política. Como si hubiera interiorizado la masa dentro de su ser, de modo que allí donde fuera, así como en su intimidad, actuara siempre de forma pasional, ingenua, excitable, irracional.

Afirmo que ni la sociedad-masa, ni el pueblo, han sido capaces de anular a las multitudes, a las gentes que desde su diversidad han creado, cooperado y resistido el embate de la homogeneización. Sino que la metáfora del pueblo o de la sociedad-masa ha servido para ocultar la persistencia obcecada de las multitudes por debajo de la propaganda y para apoyar las grandes narraciones sociales que desde el siglo XVII, la revolución francesa y el capitalismo rugiente del siglo XX han servido para contarnos la historia y el sentido de nuestra presencia social en este mundo, sobre todo, para crear un aura de inevitabilidad en torno a nuestro futuro, a la libertad humana para erigirse en protagonista en la construcción de su entorno inmediato y consolidar un sistema de opresión y jerarquía social oculto bajo el discurso de los pueblos y las masas.

Veamos un par de ejemplos.

Ortega comprueba que tanto él como la élite bien-pensante tradicional europea están perdiendo poder de influencia social, que la gran cultura occidental que él añora ni posee continuadores ni resulta suficientemente valorada por la sociedad que le rodea. Se ve sólo, aislado, desea República, pero no comprende la República que está ayudando a alumbrar. Incapaz de distinguir en la sociedad que le asedia algo más que una masa rebelde, antojadiza, irresponsable y desagradecida, carga contra ella no tanto para sobrevivir, cuanto por salvaguardar para sí y para la intelectualidad que representa el estatus del que se ve privado. No es que denigre de la incultura o de la ignorancia de las masas. Los plebeyos siempre lo han sido y le importan un bledo. Se queja de la falta de respeto, de que aparentemente los poderosos ahora no escuchen a los expertos-filósofos, sino únicamente a esa masa vociferante e inmoral para cuya satisfacción, como en el circo romano, se erigen todas las políticas y esfuerzos. Pero se niega a estudiar a la masa en sí. La observa desde afuera con una mirada, no diremos que torpe, pero sí interesada y muy reaccionaria, incapaz de distinguir los flujos, las densidades, las formas cambiantes, los reagrupamientos y creaciones que dentro de esa masa que es la sociedad, no lo olvidemos, se están produciendo. No exageremos, no desea que el obrero anarquista le lea, ni la prostituta ni el jornalero, ni  tan siquiera esa clase media que está empezando a  adquirir protagonismo y a la que mira con suspicacia. No escribe para la masa que él ha inventado como un monstruo voraz que arrasará la civilización, sino para la élite, para los poderosos, a los que no ataca directamente por puro vasallaje, pero a los que en el fondo reprocha que se hayan aparentemente rebajado no tanto a tratar con la masa, sino con esa nueva clase social que bajo el marchamo de ingenieros sociales incluiría a publicistas, periodistas, politólogos, sociólogos, en suma, la nueva secta de los encantadores sociales. A consecuencia de esta miopía interesada, Ortega no pudo ver ni el ascenso del fascismo, ni tampoco el anhelo de emancipación que latía en el seno de esas masas. Aunque si uno sondea un poco más en las entrañas de su concepto de masa, su crítica no va dirigida ciertamente contra ese pueblo reducido a masa revoltosa e irresponsable que  demanda bienestar como un niño llora por mamar, sino contra las minorías rectoras, especularmente convertidas también en masa por haber abandonado su tradicional espíritu aristocrático, distante, un tanto autista, y haber sustituido su autoridad de la sangre y del pensamiento por el pringue cotidiano en la caquita de ese hijo adoptivo que son las masas.

Casi toda la reflexión de la Escuela de Fráncfort, en cambio, va a estar presidida por el siguiente interrogante, que planeó como un cuervo sobre todos sus pensadores: ¿cómo fue posible que el anhelo de libertad y de emancipación que parece inaugurar la Ilustración se transformara en esa pesadilla de la razón que fue tanto el fascismo, como la alianza vencedora del estalinismo y el capitalismo? Durante algún tiempo me he preguntado por el público de esta escuela filosófica, a quién hablan, a quién se dirigen Marcuse o Adorno, por poner un par de ejemplos, cuando también idealizan a esa masa de la moderna sociedad europea. No puedo dejar de valorar sus enormes contribuciones en la retórica del poder, en el desvelamiento de la razón instrumental, en la pervivencia de lo primitivo, casi lo salvaje, bajo las estructuras de la tecnología más moderna, la caracterización de la industria de la cultura y de la moda, o sus valiosas reflexiones en torno al sentido de la democracia, el arte o la política. No me estoy refiriendo a quién los lee. Como a Ortega, cualquier persona curiosa e inquieta por saber y actuar. Sino en quién deseaban influir estos pensadores.

Estoy convencido de que se dirigían a la juventud universitaria. Un actor social de primer orden tras la conflagración mundial. Ya no confían en los políticos, menos aún en los capitalistas, tampoco en los intelectuales, el proletariado vive postrado bajo los efluvios del nuevo Estado del Bienestar y qué decir de  la clase media, recién aupada al centro de la vida social y cultural. Había que buscar un nuevo sujeto revolucionario, y dónde mejor que esa juventud “ilustrada” para la que la escuela de Fráncfort creó la masa necesitada de liberación que vivía subyugada bajo la propaganda de los mass media, el espectáculo de la cultura de masas y las promesas de la sociedad de consumo. Era como si todos hubiéramos vivido bajo la influencia continuada de esos excitantes, a los que ya se refería Le Bon, que nos sumían en un estado de letargo consumista y fetichista del que nos iban a despertar una juventud liberada del pasado y dotada con nuevas herramientas de acción y análisis social, los universitarios.

La Escuela de Fráncfort definió muy acertadamente las estrategias de opresión, las herramientas para la manipulación, las características de esa psicología social que se proponía transformar a la sociedad en un consumidor-votante compulsivo y predecible. Pero nuevamente, como Ortega, cayó en la tentación de no saber o de no querer mirar dentro de la masa, por tanto, de confiar únicamente en su magnífica capacidad para imaginar un sujeto de liberación, la masa, y de designar, al margen de la misma, a la clase social de los jóvenes universitarios, como nuevo agente de cambio social.

El elemento más destacable que muestra que el hombre-masa no existe de continuo, es decir, que no vivimos sumidos en una sociedad masa, es el hecho de que los poderosos tengan que realizar continuamente estudios sociales, sondeos de opinión, encuestas, estudios de mercado, barómetros sociales, etc. para intentar conocer a esa masa que se supone vive subyugada por la propaganda y los cantos de sirena. Ese instinto másico tallado en nuestros genes y que como un interruptor acciona el estado de hombre-masa, realmente aflora periódicamente en el seno de la sociedad, en ámbitos para los que no estuvo inicialmente programado, pero que a consecuencia de ciertos excitantes aparece en el campo del comercio, el consumo, la política o la opinión pública. Los poderosos lo saben y lo usan de forma científica para alcanzar determinados objetivos sociales. Pero resulta ingenuo deducir que a pesar del enorme impacto que tales estrategias han tenido sobre nuestra historia reciente, la sociedad se reduzca a una masa hipnotizada y complaciente.

Bajo nuestra coraza de formalismos, tras la semiótica que envuelve nuestra discurso social, enfrentada al intento de modelar masivamente nuestras conciencias, yace latente la libertad del individuo, que realmente enloquece o se deja mecer periódicamente por la propaganda, la publicidad, y las imágenes y los símbolos de la fabricación social del hombre-masa consumidor y votante, pero que en los intermedios en los que el interruptor se apaga, en la soledad de su conciencia, en comunión con otros, comprende que ha estado obnubilado, que está siendo cegado, que durante demasiado tiempo ha estado viviendo drogado por un estado de excitación e irracionalidad del que le resulta muy difícil salir. Porque las multitudes siguen existiendo y tras la narración interesada del hombre-masa se esconde la oportunidad siempre al acecho de que las multitudes acaben tomando la calle.

El arsenal mediático que tanto el capitalismo como su Estado benefactor ha utilizado para  convertirnos en trabajadores asalariados –fuerza de trabajo-, consumidores predecibles, votantes convencibles  y ciudadanos complacientes, ha sido explicado, definido y desvelado en multitud de libros. Desde el momento en que Marx relacionó los conceptos de la ideología y de la alienación con el lugar que cada sujeto ocupa en el sistema de producción social, vital y material, ya puso los cimientos de lo que sería el fértil campo de estudios sociales que han desvelado las estrategias del capital y del Estado para manipular y construir conciencias.

El hecho de que sea tan difícil responder socialmente a este intento de dominación reside en que no sólo la presión es mediática, diríamos que virtual a través de imágenes, códigos, símbolos, sino en que existe toda una infraestructura material ligada a nuestra supervivencia como seres humanos, que ha sido construida por el poder y a través de la cual necesariamente debemos encauzar nuestra vida para seguir estando en el mundo. Alimentación, transporte, salud, educación, cultura, los elementos básicos de  nuestra supervivencia y bienestar como seres humanos, los materiales que utilizamos para formar nuestra individualidad y conciencia, nuestro propio cuerpo, deben ser consumidos a través de una infraestructura rígida, dominada por el monopolio y sobre cuya creación apenas tenemos ningún tipo de influencia. Las ciudades, las autopistas, los trenes de alta velocidad, la televisión, los supermercados, la agricultura intensiva, la producción masiva y centralizada de electricidad, la energía nuclear, los organismos genéticamente modificados, la gran industria farmacéutica, en suma, una enorme infraestructura masiva controlada jerárquicamente y que se nos impone como medio preferente para ejercer nuestra libertad. Sin embargo, en los resquicios, por las grietas, entre las suturas de estos monstruos la libre conciencia de los individuos que se resisten a ser masificados continúa aflorando como la mala hierba.

Existe una ciencia de la dominación, sí, pero también una actitud rebelde que hace indispensable que los científicos sociales que han elaborado estrategias de dominación y consumo deban confeccionar sondeos de opinión, como las catas que los geólogos realizan bajo la tierra-masa para reconocer corrientes, estratos, singularidades. Es aquí, bajo tierra todavía, aflorando aquí y allá en estratigrafías que la erosión ha desvelado, donde aparecen revueltas, misterios, novedades, ámbitos de acción, cooperación y rebeldía que anuncian que siempre han existido las multitudes, y que estas aprovecharán cualquier medio para destacarse sobre el paisaje monolítico de la masa que los poderosos desean configurar.

Un ejemplo reciente de infraestructura tecnológica en la que ha anidado la revuelta se trata de internet, inicialmente diseñada en el marco de la inteligencia militar y que se intentó que expansión universal se realizara como un coto monopolista sujeto a precio y control, y que sin embargo la comunidad hacker y ciberactivista ha conseguido convertir en lugar de conflicto como herramienta de nuevas experiencias y rebeldías.

Los intentos de masificación y la progresiva mercantilización de la vida. He aquí dos procesos estrechamente relacionados. Por mercantilización se entiende el intento de convertir todo elemento de la vida en mercancía y que el acceso no sólo a los alimentos, la ropa o los coches, sino también al deporte, la cultura, el arte, la educación o el ocio deba hacerse a través del consumo y por tanto, pagando un precio en papel moneda. No sólo la extensión del mercado a todos los ámbitos de la reproducción social, sino que el intercambio deba realizarse por mutuas contraprestaciones monetarias. Diseñar un modelo donde la demanda de bienes sea predecible, y por tanto, que los monopolios sean también capaces de anticipar la demanda, proceso que ha sido definido como de la creación artificial de necesidades, y donde las técnicas de manipulación se basan, con un grado de sofisticación ya muy elevado, en aquellas de las que nos hablaban Le Bon o Freud sobre la formación de masas y la transformación psicológica de los hombre-masa-consumidor, el denominado consumismo.

Pero no nos dejemos ofuscar por el término masificación. No concluyamos erróneamente que el capitalismo, a través de la publicidad, la propaganda y los medios de comunicación de masas, esté pretendiendo crear una sociedad-masa homogénea, sin clases, de consumidores obedientes al mismo esquema de consumo. Como afirmaba Baudrillard en La sociedad de consumo, el sistema, a través del sistema monopolístico de producción realiza también

Una concentración monopolística de la producción de las diferencias. Fórmula absurda: monopolio y diferencia son lógicamente incompatibles. Si pueden ser conjugados es precisamente porque las diferencias no son reales y porque en lugar de marcar a un ser singularmente, señalan, por el contrario, su obediencia a un código, su integración a una escala móvil de valores.

Es decir, bajo la apariencia de la masificación, el sistema trabaja según una ‘lógica de la distinción’, de tal modo que ‘todas estas diferencias marginales esconden la más rigurosa discriminación social’.

Todos somos iguales ante los objetos en cuanto a su valor de uso, pero no lo somos ante los objetos en cuanto a los signos y las diferencias que representan, los cuales están profundamente jerarquizados.

La utopía de la igualdad en el mercado, de la libertad en el consumo, esconde un sistema de producción masificado de diferencias y jerarquías sociales. Ese fetichismo (según Marx) de la mercancía se erige en un sistema de signos, en un lenguaje de  estratificación social, de forma tal que el sujeto no accede al consumo en cuanto maximizador de utilidad, sino en cuanto representante de un determinado estatus social (al estilo de Veblen), sistema que ha servido para camuflar la desigualdad social y la injusticia tras la cortina del consumismo:

Pero el sistema se apoya mucho más eficazmente en un dispositivo inconsciente de integración y de regulación. Y éste consiste, a diferencia de la igualdad, en implicar a los individuos en un sistema de diferencias, en un código de signos. Eso es la cultura, eso es el lenguaje y eso es el consumo en el sentido más profundo del término. (…) El consumo desarma la virulencia social, no ahogando a los individuos en el confort, las satisfacciones y el nivel de vida, sino, por el contrario, adiestrándolos en la disciplina inconsciente de un código y de una cooperación competitiva en el nivel de ese código (…) así es como el consumo puede sustituir por sí solo todas las ideologías y, a la larga, asumir por sí solo la integración de toda una sociedad.

Mientras el Estado del Bienestar y la socialización por el trabajo permitieron que el consumo se erigiera en el principal elemento de diferenciación social, y que por tanto los ‘excitantes sociales’ alcanzaran el objetivo de la masificación y el consumismo, la revolución o la transformación de la realidad por la política quedó ninguneada por la competencia económica en el marco simbólico impuesto por el consumo de masas. A pesar de la enorme capacidad del capitalismo de la posguerra para controlar científicamente el discurrir social, unas veces en la penumbra y otras de forma abierta y diáfana, las multitudes han aflorado, poniendo en cuestión la homogeneidad de esa masa jerarquizada y plegada al simbolismo de la mercancía y del consumo que ha sido la principal arma de adiestramiento que el Estado, y el capital, han empleado para desactivar la capacidad política de cambio de las multitudes. Los acontecimientos alrededor de mayo del 68, pero también todos los movimientos de protesta y rebeldía que han jalonado la historia reciente del mundo, testimonian la vitalidad de las multitudes, pero también la capacidad del capital y de los mass media para fagocitar los símbolos externos de la rebeldía y convertir los signos de la revolución en mercancías, en estilos de vida y consumo desactivados políticamente.

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