LA INVOLUCIÓN DE LAS MASAS (2ª PARTE)

…………………..continúa….

Las masas de las que nos hablan Le Bon, Canetti, o Freud, cualquier antropólogo, son agrupaciones transitorias de personas guiadas por un objetivo y amalgamadas con una determinada técnica: hordas, manifestaciones, elecciones, jurados, huelgas, disturbios, asambleas, espectáculos, representaciones, ritos, linchamientos, etc. Resulta claro que en estas circunstancias el individuo dentro de la masa modifica su personalidad según los atributos que Freud nos definía. Pero el consumidor no compra en masa, va en solitario a la tienda y adquiere un producto sin la influencia directa de otros consumidores junto con los que no forma una masa ante la tienda o el supermercado. Sin embargo,  se afirma que el consumidor se comporta como un hombre-masa, influenciable, manipulado, fácil de sugestionar. Al extremo de afirmar incluso que el individuo, en las sociedades industrializadas se comporta siempre como tal hombre-masa en todos los aspectos de su vida social y política. Como si hubiera interiorizado la masa dentro de su ser, de modo que allí donde fuera, así como en su intimidad, actuara siempre de forma pasional, ingenua, excitable, irracional.

Afirmo que ni la sociedad-masa, ni el pueblo, han sido capaces de anular a las multitudes, a las gentes que desde su diversidad han creado, cooperado y resistido el embate de la homogeneización. Sino que la metáfora del pueblo o de la sociedad-masa ha servido para ocultar la persistencia obcecada de las multitudes por debajo de la propaganda y para apoyar las grandes narraciones sociales que desde el siglo XVII, la revolución francesa y el capitalismo rugiente del siglo XX han servido para contarnos la historia y el sentido de nuestra presencia social en este mundo, sobre todo, para crear un aura de inevitabilidad en torno a nuestro futuro, a la libertad humana para erigirse en protagonista en la construcción de su entorno inmediato y consolidar un sistema de opresión y jerarquía social oculto bajo el discurso de los pueblos y las masas.

Veamos un par de ejemplos.

Ortega comprueba que tanto él como la élite bien-pensante tradicional europea están perdiendo poder de influencia social, que la gran cultura occidental que él añora ni posee continuadores ni resulta suficientemente valorada por la sociedad que le rodea. Se ve sólo, aislado, desea República, pero no comprende la República que está ayudando a alumbrar. Incapaz de distinguir en la sociedad que le asedia algo más que una masa rebelde, antojadiza, irresponsable y desagradecida, carga contra ella no tanto para sobrevivir, cuanto por salvaguardar para sí y para la intelectualidad que representa el estatus del que se ve privado. No es que denigre de la incultura o de la ignorancia de las masas. Los plebeyos siempre lo han sido y le importan un bledo. Se queja de la falta de respeto, de que aparentemente los poderosos ahora no escuchen a los expertos-filósofos, sino únicamente a esa masa vociferante e inmoral para cuya satisfacción, como en el circo romano, se erigen todas las políticas y esfuerzos. Pero se niega a estudiar a la masa en sí. La observa desde afuera con una mirada, no diremos que torpe, pero sí interesada y muy reaccionaria, incapaz de distinguir los flujos, las densidades, las formas cambiantes, los reagrupamientos y creaciones que dentro de esa masa que es la sociedad, no lo olvidemos, se están produciendo. No exageremos, no desea que el obrero anarquista le lea, ni la prostituta ni el jornalero, ni  tan siquiera esa clase media que está empezando a  adquirir protagonismo y a la que mira con suspicacia. No escribe para la masa que él ha inventado como un monstruo voraz que arrasará la civilización, sino para la élite, para los poderosos, a los que no ataca directamente por puro vasallaje, pero a los que en el fondo reprocha que se hayan aparentemente rebajado no tanto a tratar con la masa, sino con esa nueva clase social que bajo el marchamo de ingenieros sociales incluiría a publicistas, periodistas, politólogos, sociólogos, en suma, la nueva secta de los encantadores sociales. A consecuencia de esta miopía interesada, Ortega no pudo ver ni el ascenso del fascismo, ni tampoco el anhelo de emancipación que latía en el seno de esas masas. Aunque si uno sondea un poco más en las entrañas de su concepto de masa, su crítica no va dirigida ciertamente contra ese pueblo reducido a masa revoltosa e irresponsable que  demanda bienestar como un niño llora por mamar, sino contra las minorías rectoras, especularmente convertidas también en masa por haber abandonado su tradicional espíritu aristocrático, distante, un tanto autista, y haber sustituido su autoridad de la sangre y del pensamiento por el pringue cotidiano en la caquita de ese hijo adoptivo que son las masas.

Casi toda la reflexión de la Escuela de Fráncfort, en cambio, va a estar presidida por el siguiente interrogante, que planeó como un cuervo sobre todos sus pensadores: ¿cómo fue posible que el anhelo de libertad y de emancipación que parece inaugurar la Ilustración se transformara en esa pesadilla de la razón que fue tanto el fascismo, como la alianza vencedora del estalinismo y el capitalismo? Durante algún tiempo me he preguntado por el público de esta escuela filosófica, a quién hablan, a quién se dirigen Marcuse o Adorno, por poner un par de ejemplos, cuando también idealizan a esa masa de la moderna sociedad europea. No puedo dejar de valorar sus enormes contribuciones en la retórica del poder, en el desvelamiento de la razón instrumental, en la pervivencia de lo primitivo, casi lo salvaje, bajo las estructuras de la tecnología más moderna, la caracterización de la industria de la cultura y de la moda, o sus valiosas reflexiones en torno al sentido de la democracia, el arte o la política. No me estoy refiriendo a quién los lee. Como a Ortega, cualquier persona curiosa e inquieta por saber y actuar. Sino en quién deseaban influir estos pensadores.

Estoy convencido de que se dirigían a la juventud universitaria. Un actor social de primer orden tras la conflagración mundial. Ya no confían en los políticos, menos aún en los capitalistas, tampoco en los intelectuales, el proletariado vive postrado bajo los efluvios del nuevo Estado del Bienestar y qué decir de  la clase media, recién aupada al centro de la vida social y cultural. Había que buscar un nuevo sujeto revolucionario, y dónde mejor que esa juventud “ilustrada” para la que la escuela de Fráncfort creó la masa necesitada de liberación que vivía subyugada bajo la propaganda de los mass media, el espectáculo de la cultura de masas y las promesas de la sociedad de consumo. Era como si todos hubiéramos vivido bajo la influencia continuada de esos excitantes, a los que ya se refería Le Bon, que nos sumían en un estado de letargo consumista y fetichista del que nos iban a despertar una juventud liberada del pasado y dotada con nuevas herramientas de acción y análisis social, los universitarios.

La Escuela de Fráncfort definió muy acertadamente las estrategias de opresión, las herramientas para la manipulación, las características de esa psicología social que se proponía transformar a la sociedad en un consumidor-votante compulsivo y predecible. Pero nuevamente, como Ortega, cayó en la tentación de no saber o de no querer mirar dentro de la masa, por tanto, de confiar únicamente en su magnífica capacidad para imaginar un sujeto de liberación, la masa, y de designar, al margen de la misma, a la clase social de los jóvenes universitarios, como nuevo agente de cambio social.

El elemento más destacable que muestra que el hombre-masa no existe de continuo, es decir, que no vivimos sumidos en una sociedad masa, es el hecho de que los poderosos tengan que realizar continuamente estudios sociales, sondeos de opinión, encuestas, estudios de mercado, barómetros sociales, etc. para intentar conocer a esa masa que se supone vive subyugada por la propaganda y los cantos de sirena. Ese instinto másico tallado en nuestros genes y que como un interruptor acciona el estado de hombre-masa, realmente aflora periódicamente en el seno de la sociedad, en ámbitos para los que no estuvo inicialmente programado, pero que a consecuencia de ciertos excitantes aparece en el campo del comercio, el consumo, la política o la opinión pública. Los poderosos lo saben y lo usan de forma científica para alcanzar determinados objetivos sociales. Pero resulta ingenuo deducir que a pesar del enorme impacto que tales estrategias han tenido sobre nuestra historia reciente, la sociedad se reduzca a una masa hipnotizada y complaciente.

Bajo nuestra coraza de formalismos, tras la semiótica que envuelve nuestra discurso social, enfrentada al intento de modelar masivamente nuestras conciencias, yace latente la libertad del individuo, que realmente enloquece o se deja mecer periódicamente por la propaganda, la publicidad, y las imágenes y los símbolos de la fabricación social del hombre-masa consumidor y votante, pero que en los intermedios en los que el interruptor se apaga, en la soledad de su conciencia, en comunión con otros, comprende que ha estado obnubilado, que está siendo cegado, que durante demasiado tiempo ha estado viviendo drogado por un estado de excitación e irracionalidad del que le resulta muy difícil salir. Porque las multitudes siguen existiendo y tras la narración interesada del hombre-masa se esconde la oportunidad siempre al acecho de que las multitudes acaben tomando la calle.

El arsenal mediático que tanto el capitalismo como su Estado benefactor ha utilizado para  convertirnos en trabajadores asalariados –fuerza de trabajo-, consumidores predecibles, votantes convencibles  y ciudadanos complacientes, ha sido explicado, definido y desvelado en multitud de libros. Desde el momento en que Marx relacionó los conceptos de la ideología y de la alienación con el lugar que cada sujeto ocupa en el sistema de producción social, vital y material, ya puso los cimientos de lo que sería el fértil campo de estudios sociales que han desvelado las estrategias del capital y del Estado para manipular y construir conciencias.

El hecho de que sea tan difícil responder socialmente a este intento de dominación reside en que no sólo la presión es mediática, diríamos que virtual a través de imágenes, códigos, símbolos, sino en que existe toda una infraestructura material ligada a nuestra supervivencia como seres humanos, que ha sido construida por el poder y a través de la cual necesariamente debemos encauzar nuestra vida para seguir estando en el mundo. Alimentación, transporte, salud, educación, cultura, los elementos básicos de  nuestra supervivencia y bienestar como seres humanos, los materiales que utilizamos para formar nuestra individualidad y conciencia, nuestro propio cuerpo, deben ser consumidos a través de una infraestructura rígida, dominada por el monopolio y sobre cuya creación apenas tenemos ningún tipo de influencia. Las ciudades, las autopistas, los trenes de alta velocidad, la televisión, los supermercados, la agricultura intensiva, la producción masiva y centralizada de electricidad, la energía nuclear, los organismos genéticamente modificados, la gran industria farmacéutica, en suma, una enorme infraestructura masiva controlada jerárquicamente y que se nos impone como medio preferente para ejercer nuestra libertad. Sin embargo, en los resquicios, por las grietas, entre las suturas de estos monstruos la libre conciencia de los individuos que se resisten a ser masificados continúa aflorando como la mala hierba.

Existe una ciencia de la dominación, sí, pero también una actitud rebelde que hace indispensable que los científicos sociales que han elaborado estrategias de dominación y consumo deban confeccionar sondeos de opinión, como las catas que los geólogos realizan bajo la tierra-masa para reconocer corrientes, estratos, singularidades. Es aquí, bajo tierra todavía, aflorando aquí y allá en estratigrafías que la erosión ha desvelado, donde aparecen revueltas, misterios, novedades, ámbitos de acción, cooperación y rebeldía que anuncian que siempre han existido las multitudes, y que estas aprovecharán cualquier medio para destacarse sobre el paisaje monolítico de la masa que los poderosos desean configurar.

Un ejemplo reciente de infraestructura tecnológica en la que ha anidado la revuelta se trata de internet, inicialmente diseñada en el marco de la inteligencia militar y que se intentó que expansión universal se realizara como un coto monopolista sujeto a precio y control, y que sin embargo la comunidad hacker y ciberactivista ha conseguido convertir en lugar de conflicto como herramienta de nuevas experiencias y rebeldías.

Los intentos de masificación y la progresiva mercantilización de la vida. He aquí dos procesos estrechamente relacionados. Por mercantilización se entiende el intento de convertir todo elemento de la vida en mercancía y que el acceso no sólo a los alimentos, la ropa o los coches, sino también al deporte, la cultura, el arte, la educación o el ocio deba hacerse a través del consumo y por tanto, pagando un precio en papel moneda. No sólo la extensión del mercado a todos los ámbitos de la reproducción social, sino que el intercambio deba realizarse por mutuas contraprestaciones monetarias. Diseñar un modelo donde la demanda de bienes sea predecible, y por tanto, que los monopolios sean también capaces de anticipar la demanda, proceso que ha sido definido como de la creación artificial de necesidades, y donde las técnicas de manipulación se basan, con un grado de sofisticación ya muy elevado, en aquellas de las que nos hablaban Le Bon o Freud sobre la formación de masas y la transformación psicológica de los hombre-masa-consumidor, el denominado consumismo.

Pero no nos dejemos ofuscar por el término masificación. No concluyamos erróneamente que el capitalismo, a través de la publicidad, la propaganda y los medios de comunicación de masas, esté pretendiendo crear una sociedad-masa homogénea, sin clases, de consumidores obedientes al mismo esquema de consumo. Como afirmaba Baudrillard en La sociedad de consumo, el sistema, a través del sistema monopolístico de producción realiza también

Una concentración monopolística de la producción de las diferencias. Fórmula absurda: monopolio y diferencia son lógicamente incompatibles. Si pueden ser conjugados es precisamente porque las diferencias no son reales y porque en lugar de marcar a un ser singularmente, señalan, por el contrario, su obediencia a un código, su integración a una escala móvil de valores.

Es decir, bajo la apariencia de la masificación, el sistema trabaja según una ‘lógica de la distinción’, de tal modo que ‘todas estas diferencias marginales esconden la más rigurosa discriminación social’.

Todos somos iguales ante los objetos en cuanto a su valor de uso, pero no lo somos ante los objetos en cuanto a los signos y las diferencias que representan, los cuales están profundamente jerarquizados.

La utopía de la igualdad en el mercado, de la libertad en el consumo, esconde un sistema de producción masificado de diferencias y jerarquías sociales. Ese fetichismo (según Marx) de la mercancía se erige en un sistema de signos, en un lenguaje de  estratificación social, de forma tal que el sujeto no accede al consumo en cuanto maximizador de utilidad, sino en cuanto representante de un determinado estatus social (al estilo de Veblen), sistema que ha servido para camuflar la desigualdad social y la injusticia tras la cortina del consumismo:

Pero el sistema se apoya mucho más eficazmente en un dispositivo inconsciente de integración y de regulación. Y éste consiste, a diferencia de la igualdad, en implicar a los individuos en un sistema de diferencias, en un código de signos. Eso es la cultura, eso es el lenguaje y eso es el consumo en el sentido más profundo del término. (…) El consumo desarma la virulencia social, no ahogando a los individuos en el confort, las satisfacciones y el nivel de vida, sino, por el contrario, adiestrándolos en la disciplina inconsciente de un código y de una cooperación competitiva en el nivel de ese código (…) así es como el consumo puede sustituir por sí solo todas las ideologías y, a la larga, asumir por sí solo la integración de toda una sociedad.

Mientras el Estado del Bienestar y la socialización por el trabajo permitieron que el consumo se erigiera en el principal elemento de diferenciación social, y que por tanto los ‘excitantes sociales’ alcanzaran el objetivo de la masificación y el consumismo, la revolución o la transformación de la realidad por la política quedó ninguneada por la competencia económica en el marco simbólico impuesto por el consumo de masas. A pesar de la enorme capacidad del capitalismo de la posguerra para controlar científicamente el discurrir social, unas veces en la penumbra y otras de forma abierta y diáfana, las multitudes han aflorado, poniendo en cuestión la homogeneidad de esa masa jerarquizada y plegada al simbolismo de la mercancía y del consumo que ha sido la principal arma de adiestramiento que el Estado, y el capital, han empleado para desactivar la capacidad política de cambio de las multitudes. Los acontecimientos alrededor de mayo del 68, pero también todos los movimientos de protesta y rebeldía que han jalonado la historia reciente del mundo, testimonian la vitalidad de las multitudes, pero también la capacidad del capital y de los mass media para fagocitar los símbolos externos de la rebeldía y convertir los signos de la revolución en mercancías, en estilos de vida y consumo desactivados políticamente.

…………………..continuará….
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