ENSAYO SOBRE LAS DOS RUEDAS (xli)

……continúa…

La Vuelta de 1958

Mi hijo me lee lo siguiente:

Enconada y difícil batalla hasta el vértice, en el que Bahamontes sale airoso con 25 segundos sobre Loroño y 1 minuto 26 segundos sobre Marigil. Y ahí finó todo. Ni Bahamontes ni Loroño tuvieron arrestos o voluntad suficientes para empalmar la renta adquirida en su espectacular subida a Pajares con una valiente escapada conjunta en tan aprovechable coyuntura, que podía haber sido anulada o no por los extranjeros, pero que debió de haberse puesto en práctica como recurso de acuerdo con la calidad que se atribuye a nuestra pareja de corredores punteros en carretera.

Ahora que las etapas se siguen hasta las milésimas y el milímetro, saborear una de las grandes etapas históricas únicamente con el recurso de la lectura, recordar que antes eran las radios, la pura voz y la prensa deportiva las que informaban de las gestas, me parece una experiencia creativa a la altura de los tiempos. No diré que no disfruto con mi hijo Miguel cuando nos sentamos ante la televisión durante los sesteos veraniegos para disfrutar del esfuerzo titánico de los ciclistas, pero este alarde de leerme, e imaginar juntos, toda una vuelta ciclista a España de 16 etapas resumidas en unos cuantos párrafos y un puñado de fotos grises, nos está produciendo un placer extraño que no resulta muy habitual.

Me pregunta como si yo lo supiera todo. Apenas sé que Loroño era vasco y que Bahamontes castellano, -el águila de Toledo contra el león de Larrabetzu– y que en aquella época de antagonismos, de todo tipo, que se pretendían neutralizar con el recurso al patrioterismo, ambos colosos nos ofrecieron escenas realmente bochornosas, aun cuando militaran en el mismo equipo. No fue ésta que recoge la crónica de 1958 la peor, sino la que les enfrentó el año anterior y en la que se montó todo un sainete de persecuciones, cruces de coche, insultos, rabia, peleas, tirones de maillot, amenazas, sobornos, etc. Puro ciclismo, le digo a Miguel, capaz de conmovernos con las más conspicuas gestas, y de avergonzarnos con peleas de parvulario.

Quiero entrar en su mente y poder ver qué imágenes se inventa, de qué color vestirá a los ciclistas, si en sus carreteras hay polvo y pavés, si el asfalto está roto, si será capaz de distinguir las bicicletas antiguas de las actuales, colegir que aquellas gorras protegían más que los actuales cascos, que los tubulares no se enrollaban al cuerpo por pura estética.  Ahora se aprecia la cara de los ciclistas con detalle de jugador de mus, cualquier impulso, titubeo o amenaza se retrata en varias tomas y se repiten a la vez en otras tantas cadenas, casi no existe margen para la invención, no aparecen lagunas que hubiera que colmar con imaginación y esfuerzo.

Comparo su mirada un tanto bovina cuando los ciclistas aparecen en la televisión, con la viveza de sus ojos de lince al leerme las crónicas poco antes de irnos a dormir. Entre cada palabra casi veo que la mente se le acelera, indagando sobre lo que debió ocurrir, asignando intenciones y maniobras, inventando varias historias posibles coherentes con los párrafos que va desmenuzando y que ofrecen tanta libertad interpretativa.

“Papá, ¿cómo pudo ganar Van Looy 5 etapas de las primeras diez disputadas?” Miro las fotos, casi todas ellas rodeado de señoritas ataviadas con los correspondientes trajes regionales, que le acaban de dar unos estupendos ramos de flores. En otra instantánea, el alcalde de Zaragoza le ofrece una copa, y en Madrid, la estupenda supervedette portuguesa, Virginia de Matos, le arroja una sonrisa exuberante. Le apodaron el Emperador de Herentals (una ciudad de Flandes), y consiguió más de 400 victorias a lo largo de su vida deportiva. Hasta ganó una vuelta ciclista a España, la de 1965, donde consiguió nada menos que 8 victorias de etapa. Para llorar de emoción.

Le digo que antes los ciclistas eran verdaderos obreros, y estaban obligados a competir casi todo el año. No podían permitirse, como ahora los grandes corredores, elegir unas pocas pruebas y prepararlas con esmero de artesano. En aquella época disputaban clásicas, critériums, grandes vueltas, pista, contrarreloj, a lo largo de una temporada que se parecía a un carrusel.

Tampoco entonces se hacían tantas entrevistas, pero resulta curioso que las respuestas de hoy sean todas tan anodinas y similares, como si todos hubieran aprendido a contestar casi con estulticia. Antaño la misma lucha que había sobre el manillar luego se cernía también sobre el micrófono. Los ciclistas eran menos cultos, qué duda cabe, pero la sangre se les subía a la cabeza con mayor vehemencia, y realmente las respuestas resultan sabrosas y cuajadas de valoraciones, interpretaciones y cabreos.

De todo ello hablamos cuando interrumpimos la lectura, porque los huecos de las palabras se tienen que rellenar con recuerdos y mucho debate en torno a un mundo que se ha ido y del que nos quedan unas cuantas imágenes y muchas crónicas.

Aquella vuelta de 1958 la ganó Stablinski, al que sólo pueden ya recordar los grandes amantes del ciclismo. Como resulta natural, le apodaron “el polaco”, y fue minero de un pueblo francés cercano al “infierno del norte”, Arenberg, donde están los famosos tramos de pavés de la París-Roubaix que gracias a él se incluyeron como habituales en las clásicas ciclistas de aquel septentrión húmedo y rocambolesco. Era acordeonista, y con el dinero que ganó en un concurso, se compró su primera bicicleta para ir a trabajar a la mina precisamente por esos caminos de pavés. Y así fue como se convirtió en leyenda. Como tantos otros obreros sobre las dos ruedas. Por eso el ciclismo profesional no pudo estar presente en las Olimpiadas, como aquel rugby de las 5 naciones que yo veía en la televisión de blanco y negro, y en el que el comentarista empleaba la mayor parte de su tiempo en contar las profesiones de los jugadores: fontaneros,
panaderos, curtidores, mineros, albañiles, etc. O el boxeo. Hoy que tanto esfuerzo se hace por estar en forma, y en que el deporte se consume más que se practica, hubo personas pobres que hicieron del deporte su profesión, y que fueron capaces de llevar la ilusión y la grandeza no sólo a los espectadores, sino también a sus propias vidas.

Una vez concluida la lectura de aquella vuelta en la que los extranjeros vencieron a las grandes glorias nacionales, leemos cómo se distribuyeron los premios en metálico de aquella vuelta entre los miembros del pelotón. El vencedor, Stablinski, ganó 297.424 pesetas. Cifra que contrasta con las míseras 224 pesetas que recibieron los últimos.

Y os dejo, porque ya me llama para seguir leyendo. Y es que el Tour de Francia de 1958 también está narrado en el libro del abuelo.

………continuará…

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