ENSAYO SOBRE LAS DOS RUEDAS (xlii)

…………continúa…

El trabajo sobre la bicicleta

No sé qué pensar. Tantos artilugios alrededor de un simple cuerpo, el sudor, la ambición, tantas veces el sacrificio y la alegría de haber podido estar allí. Helicópteros, motos, cámaras fijas transmitiendo en tiempo real el detalle, la situación general, los movimientos y gestos más significativos, el cambio de posiciones o las tentativas. Las licras tan prietas y brillantes, gafas y cascos aerodinámicos, un auténtico batallón de abejorros publicitarios atravesando un país detenido en la cuneta.

Arte a pesar de todo. Una emoción que surge de ese enlace precario, pero imprescindible, entre lo natural y lo social, la técnica que sin embargo no puede prescindir del esfuerzo y el sacrificio, de la alegría humana de poder mover un artilugio que evoluciona.

A diferencia de las Olimpiadas, que surgieron del afán de ayudar a la convivencia entre los Estados y  al ideal político de la confraternización universal, de mostrar en el escaparate mediático que la competición deportiva podría sustituir a las guerras; las pruebas ciclistas, en cambio, ni siquiera las grandes vueltas, giros y tours que hoy parecen también instrumentos nacionalistas, fueron creadas localmente por sus mismos protagonistas, clubs y revistas deportivas, ayuntamientos, grupos  comarcales, asociaciones de comerciantes, clubes de amigos del país, casinos, etc. Fue como un furor desatado que contagió a pueblos enteros y en el que se fraguaron las “clásicas” que hoy continúan emocionándonos. Auténticos hijos del pueblo que  compraban su bicicleta con ahorro y trabajo, que la utilizaban tanto para competir como para desplazarse cotidianamente, que se vestían con la publicidad que les regalaba la tienda de ultramarinos o la cooperativa de vinos del pueblo. Y se lanzaban por los caminos del país para ganar, convivir con los amigos del equipo, conocer nuevas chicas, descifrar otros paisajes. Obreros que no se avergonzaban de ganar dinero dando pedales, que consideraban el amateurismo del atletismo olímpico como un pasatiempo snob de niños bien que podían prescindir de remuneración y que competían por puro placer señorial.

El ciclismo siempre ha sido un deporte en equilibrio incierto. Porque hace patente y explícito el conflicto social. A diferencia del atletismo olímpico, que lo oculta tras las banderas y la asepsia del fair play, el ciclista, como el boxeador, ha expresado siempre la lucha del individuo por salir a flote, por abandonar la pobreza, contra la presión del régimen por seguir explotándolo y sacarle el máximo rendimiento mediático, económico y simbólico.

Un ejemplo. Se ha considerado que Vicente Blanco “el cojo”, natural de Deusto, fue en 1910 el primer competidor español en el Tour de Francia. Sólo pudo disputar la primera etapa. Porque la noche anterior había alcanzado la línea de salida en París tras haber recorrido, claro está, montado en su bicicleta y al borde del colapso, los mil kilómetros de distancia que separan a la capital francesa de Bilbao. Increíble. Vicente fue siderúrgico en La Basconia, donde una barra al rojo vivo le atravesó la planta del pie. Pero un año después otro accidente laboral, este en los astilleros de Euskalduna, le acabaron de destrozar la pierna, de aquí su apodo. A pesar de ello, era tal su pasión por la bicicleta que la desgracia le agigantó el ímpetu y los mayores triunfos y retos deportivos los acometió ya lisiado, una vez pudo comprarse una bicicleta con el dinero que le dieron por la indemnización.

La historia del ciclismo está plagada de historias parecidas. Trabajadores que sintieron que la bicicleta les podría hacer más libres, aun cuando muchos acabaran sus días tan pobres y deshechos como si hubieran continuado trabajando en la mina, en la siderurgia o en el campo como aparceros. Ese espíritu del ciclismo antiguo de luchar por la libertad dando pedales resulta muy necesario en el mundo de hoy, como el ejemplo de otros muchos espíritus libres que en otros campos y actividades convirtieron su vida también en epopeya.  Todo el que hoy se sube a una bicicleta se convierte en cierta manera en un heredero de aquel espíritu. Porque a través de la cadena que mueve el carrusel mecánico que representa una bicicleta, el ser humano que se transporta con él puede convertir el pelotón en parte de su comunidad, y al mundo en un compendio de millones de otros pelotones.

…….continuará…

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