Sonatas atípicas

La sonata para violonchelo puede decirse que nace con Beethoven, testigo que retomaría Brahms en su memorable ciclo. Hasta entonces el violonchelo había sido un instrumento un tanto subsidiario que paulatinamente, tanto a nivel orquestal, como camerístico, fue cobrando creciente protagonismo. Ayer Adolfo Gutiérrez y C Park nos ofrecieron la integral de 5 sonatas para violonchelo de Beethoven. Las dos primeras tan juveniles y clasicistas, la tercera ya de madurez, y las dos últimas compuestas en sus últimos años de vida. Me sorprendió que hasta la última sonata, Beethoven no hubiera incluido un verdadero movimiento lento, y me confortó que el último movimiento de todo el ciclo fuese una fuga, género al que tan afín se mostró el compositor alemán durante su última etapa compositiva. La introducción del tema por el violonchelo fue mágica, así como todo el entramado contrapuntístico que se repartieron al alimón ambos instrumentos.

Frente a otros ciclos compositivos del autor, el de las sonatas para violonchelo no posee tanto renombre, ni son programadas con tanta asiduidad como otros, pero ayer asistimos a un verdadero tour de force en torno a las relaciones tímbricas y melódicas que se pueden establecer entre dos instrumentos tan dispares como un piano y un violonchelo.

Aquí Rostropovich y Richter, en una versión inolvidable de la última sonata.

Atención a la magia que se despliega a partir del minuto 15:15

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