EL SENTIDO Y LA VIDA

Casi por azar me ha llegado un libro duro, pero de enorme valor, del psiquiatra austríaco Viktor Frankl, titulado El hombre en busca de sentido, en el que narra su experiencia en los campos de concentración, y de la que extrae unas ideas alentadoras sobre el fin de la vida, su sentido, en relación con la ciencia de la logoterapia que ayudó a crear.

¿Qué es, en realidad, el hombre? Es el ser que siempre decide lo que es. Es el ser que ha inventado las cámaras de gas, pero asimismo es el ser que ha entrado en ellas con paso firme musitando una oración.

Un doctor criado en el ambiente de la alta burguesía vienesa, rodeado de cultura, ingresa en el inframundo, y su experiencia real, así como sus reacciones, su disposición ante la brutalidad, la arbitrariedad, la injusticia, me recuerdan la ficción que Jack London plasmó en su novela El lobo de mar.

¿Qué encuentro en común?  El desarraigo. Y cómo dos personas, una real, el psiquiatra V. Frankl, la otra ficticia, el crítico literario californiano Van Weiden, que hasta ese momento de ruptura habían vivido protegidos en un  entorno privilegiado que hacía fácil su moral pequeño-burguesa y el empleo racional de su libertad, al enfrentarse al encarcelamiento, a un ambiente claustrofóbico de lobos dirigido por seres abyectos y en el que el objetivo principal de la existencia acabará por reducirse a poder sobrevivir, se ven forzados a alterar sus valores ante el trato inhumano del que son objeto, a orientar de nuevo su libertad, a adaptar su ego, hasta entonces admirado y respetado, a un nuevo ámbito donde su nombre se reduce a un número, su persona al género puro de las víctimas anónimas. ¿Cómo ser digno en Auschwitz? ¿Cómo no pecar, cómo seguir siendo un ser humano cuando el mundo te trata como un auténtico animal? A ello responde, sobre eso tratan estos dos magníficos libros, desde las ópticas complementarias del ensayo autobiográfico y de la novela.

“Todos nosotros habíamos creído alguna vez que éramos ‘alguien’ o al menos lo habíamos imaginado. Pero ahora nos trataban como si no fuéramos nadie, como si no existiéramos”.

El Dr. Frankl, profesor en la Universidad de Viena, cuna del psicoanálisis, y creador de la Policlínica Neurológica de Viena, no contemporizaba con sus pacientes y les espetaba, como preámbulo, la siguiente pregunta: “¿Por qué no se suicida usted?”. Nada de compungida compasión, ausencia de medicación tranquilizante, algo muy diferente a lo que actualmente se preconiza en el tratamiento de las neurosis, las depresiones o las obsesiones compulsivas.

Reiteradamente me llama la atención las contradictorias interpretaciones a que se ve sometida la filosofía de Nietzsche. Unas veces, se le cita para justificar el nihilismo, la amoralidad y la supremacía de los fuertes, pero en otras ocasiones se recurre a sus ideas para defender consideraciones mucho más ilustradas y artísticas de un hondo sentido humano. Lobo Larsen, el ambiguo y demente capitán del Gohst (fanstasma), en la novela de J. London, recurre al filósofo alemán para defender su voluntad de poder, su ambición sacrílega, la tortura a la que somete a toda su tripulación, sin embargo, el psiquiatra austríaco basa gran parte de su argumentación a favor de hallarle un sentido al sufrimiento en la siguiente frase nietzscheana: “Quien posee un ‘porqué’ para vivir, encontrará casi siempre el ‘cómo’”.

Enlaza esta ambivalencia de Nietzsche con la última obra que deseo traer a colación en relación con el sufrimiento, el desarraigo, la ética y el sentido de la vida, la de Albert Camus, El hombre rebelde, donde, entre otras cosas, adquiere un significado especial su lucha contra el nihilismo, y en concreto, contra la falacia de considerar al autor de Más allá del bien y del mal como un precursor del exterminio y el totalitarismo, del relativismo en materia moral.

“El sentimiento del absurdo, cuando se pretende ante todo extraer de él una regla de acción, vuelve el asesinato por lo menos indiferente y, por consiguiente, posible. Si no se cree en nada, si nada tiene sentido y no podemos afirmar valor alguno, todo es posible y nada tiene importancia. Sin pros ni contras, el asesino no tiene ni deja de tener razón. Tanto cabe atizar los crematorios como dedicarse al cuidado de los leprosos. Maldad y virtud son azar o capricho”

Gran parte de la obra del autor francés encuentra aquí su justificación. En El Extranjero, por ejemplo, nos muestra al nihilista para el que el asesinato no posee ningún sentido, en La peste, el resurgir de la compasión y el altruismo tras una tragedia colectiva, y en Los justos, la violencia y el asesinato por razones revolucionarias.

Desde diferentes perspectivas Frankl y Camus ilustran la importancia de buscarle un sentido a la vida y al sufrimiento que ella conlleva:

“Cuando un hombre descubre que su destino es sufrir, ha de aceptar dicho sufrimiento, pues ésa es su sola y única tarea. Ha de reconocer el hecho de que incluso sufriendo, él es único y está solo en el universo. Nadie puede redimirle de su sufrimiento ni sufrir en su lugar. Su única oportunidad reside en la actitud que adopte al soportar su carga”.

Desconozco si ambos intelectuales llegaron a conocerse. Lo dudo. O si se leyeron mutuamente. Pero muchas de sus ideas resultan  coincidentes sobre cómo buscarle un sentido a la vida y su crítica al relativismo moral, a la autocompasión o al mito de la autorrealización. Sorprendentemente también el escritor francés se preguntará, en su ensayo El mito de Sísifo: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio”.

Ambos se toman al ser humano realmente en serio, sin contemplaciones, con un rigor rayano en la demencia, pero conscientes del sentido trascendente de la vida humana, del valor supremo de la libertad y de la obligación de buscarle un sentido tanto al dolor como al absurdo de vivir.

Para finalizar, me detendré en varias frases del doctor V. Frankl, que aportan elementos de reflexión y también de sospecha, sobre la práctica psiquiátrica habitual para atajar los principales problemas mentales en occidente.

“El sufrimiento no es siempre un fenómeno patológico; más que un síntoma neurótico, el sufrimiento puede muy bien ser un logro, sobre todo cuando nace de la frustración existencial (…) El interés del hombre, incluso su desesperación por lo que la vida tenga de valiosa es una angustia existencial, pero no es en modo alguno una enfermedad mental. Muy bien pudiera acaecer que al interpretar la primera como si fuera la segunda, el especialista se vea inducido a enterrar la desesperación existencial de su paciente bajo un cúmulo de drogas tranquilizantes. Su deber consiste, en cambio, en conducir a ese paciente a través de su crisis existencial de crecimiento y desarrollo”

“Puede verse, pues, que la salud se basa en un cierto grado de tensión, la tensión existente entre lo que ya se ha logrado y lo que todavía no se ha conseguido; o el vacío entre lo que es y lo que debería ser. Esta tensión es inherente al ser humano y por consiguiente es indispensable al bienestar mental. No debemos, pues, dudar en desafiar al hombre a que cumpla su sentido potencial. Sólo de este modo despertaremos del estado de latencia su voluntad de significación (…) Lo que el hombre realmente necesita no es vivir sin tensiones, sino esforzarse y luchar por una meta que le merezca la pena (…) El vacío existencial es un fenómeno muy extendido en el siglo XX (…) Este vacío existencial se manifiesta sobre todo en un estado de tedio (…) De hecho, el hastío es hoy la causa de más problemas que la tensión, y desde luego, lleva más casos a la consulta del psiquiatra”.

“Quiero subrayar que el verdadero sentido de la vida debe encontrarse en el mundo y no dentro del ser humano o de su propia psique, como si se tratara de un sistema cerrado. Por idéntica razón, la verdadera meta de la existencia humana no puede hallarse en lo que se denomina autorrealización (…) la autorrealización no puede alcanzarse cuando se la considera un fin en sí misma, sino cuando se la toma como efecto secundario de la propia trascendencia. No debe considerarse el mundo como simple expresión de uno mismo, ni tampoco como mero instrumento, o como medio para conseguir la autorrealización”.

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ORIENTACIONES EN EL UNIVERSO HIPSTER, HIPPIE, YIPPIE, HACKER, BEAT… Y DEMÁS TRIBUS MÁS O MENOS CONTEMPORÁNEAS

La jerga sociológica alrededor de las tribus o de las identidades resulta realmente compleja. Especialmente la anglosajona. En el siglo XIX las cosas estaban más claras. El concepto de clase política nos mostraba un mundo menos complicado, más diáfano, y caracterizado casi únicamente por tu papel de burgués o proletario, de lumpen o capitalista. Etiquetas, modas. Orientarse en el siglo XXI resulta más problemático. Pero las identidades también son más difusas. Las redes permiten una pertenencia múltiple, y poder desplegar la personalidad entre diferentes tribus o files. Porque se puede elegir para conformar nuestra original identidad. Surgen así dos visiones contrapuestas sobre lo que una tribu o un calificativo sociológico representa: la que considera que esas identidades electivas realmente existen, que algo sólido las sustenta, que representan realidades sociales defendidas por grupos definibles por características concretas. Y también la que cree que cada una de estas tribus sólo existe como imaginario, como símbolo o mito alrededor de los cuales tendemos a identificarnos y a sentir afinidades, estereotipos creados por el cine, la literatura y la música, pero sin materializaciones claras en grupos de sujetos reconocibles e identificados con un esquema o un dogma, unos atributos. Sea como fuere, esta nomenclatura tribal nos permite conversar, orientarnos, adoptar posiciones, cavar trincheras y establecer vínculos, por lo que resultan útiles de lucha y pensamiento apropiados para analizar lo contemporáneo y los antecedentes históricos sobre los que se sustenta.

La historia de cada uno de estos movimientos o generaciones se haya repleta de tendencias, escisiones, particularidades, orientaciones, fusiones, traiciones, giros, herejías, rupturas. Dudo que la cultura o el movimiento HIPPIE, por ejemplo, pudiera definirse, solidificarse en unas características concretas y aceptadas por todos. Sin embargo, considero que ello tampoco resulta demasiado relevante a los efectos de entender las identidades y su impronta social y política. Lo realmente útil lo hallo en su historia, en las biografías de sus guardianes, en la relación conflictiva con su entorno y dentro de su mismo grupo. En el valor de la experiencia y de sus trayectorias. Muchos de ellos nos ofrecen formas de vida alternativas, revolucionarias, un intento de compatibilizar el pensamiento con la acción, de buscar algún tipo de santidad o heroicidad, en la medida en que el santo o el héroe se enfrentan conscientemente a un mundo que les niega, pero en el que a pesar de todo deben seguir viviendo; ese querer vivir según las propias reglas, pero en conflicto con las otras reglas, las injustas del mundo que se aspira cambiar, representa quizás la lección más feliz que todos estos movimientos y generaciones nos ofrecen. Otras tribus no, y tras fachadas underground o desafiantes esconden comportamientos de enorme conservadurismo y connivencia con el poder, como es el caso de los HIPSTER.

A través de un itinerario cultural compuesto principalmente de lecturas, pero también de mucha música y películas, documentales, he establecido ciertas orientaciones, encontrado genuinos acompañantes, salteadores de caminos, carismas y vómitos que deseo compartir de igual modo a cómo se comparten rutas GPS en portales abiertos y públicos como wikiloc.

Sobre los HIPSTER, el ameno y rompedor blog de Kiko Amat, afirma lo siguiente, en los comentarios que realiza del libro de la escritora alemana Meredith Haaf, “Dejad de lloriquear: sobre una generación y sus problemas superfluos”, publicado por la editorial Alpha Decay en 2012.

“(…) la Generación Perdida, o Generación Pragmática, como se la ha venido a llamar. Para aquellos de ustedes que no estén familiarizados con esta estirpe, los GP tienden a ser (a grandes rasgos): llorones, exhibicionistas, narcisistas (en su formato menos interesante o excéntrico), adaptables, emprendedores, empalagosamente simpáticos, apolíticos, apáticos, timoratos, fatalisto-egoístas y muy, pero que muy, pelmazos en Internet. Es suya la década de la cháchara, la banalidad, el consumismo bulímico y la diferenciación estéril (por tipos de peinados o zapatitos o clase de computadora); y, por añadidura, su generación engendró a los fidedignos hijos de Satán: los hipsters.”

Creo que fueron los BEAT una de las primeras tribus en poseer un nombre, allá por los años 50 del siglo XX, y un libro con el que identificarse, “En la carretera”, de Jack Kerouac, e incluso un modelo de vida, la del carismático Neal Cassady. De los BEAT surgieron los BEATNICKS, ya como adjetivo peyorativo lanzado por ciertos periodistas y sociólogos contra algunos de sus miembros o tendencias. A través del filósofo, poeta y activista Allen Gingsberg, los BEAT influyeron, según se dice, en los HIPPIES y en gran número de movimientos de protesta y generaciones vociferantes que proliferaron alrededor de la guerra de Vietnam y de mayo del 68. La película del chivato –en la caza de brujas del senador McCarthy-  Elia Kazan, “Rebelde sin causa”, de 1955, ejemplifica adecuadamente la campaña de desprestigio y tergiversación de la generación BEAT, tanto en Hollywood, como en la prensa y la academia.

En todos ellos existía un fuerte afán exhibicionista, y un posicionamiento claro y enfrentado a la tradicional relación con las drogas, el sexo, la educación, el dinero, la política y la guerra. Una lectura rupturista de los conceptos de libertad o emancipación. En suma, el deseo de transformar la realidad, y empezar a vivir el nuevo mundo aunque las estructuras antiguas aún estuvieran en pie. Sobre todo, un modo alegre, festivo, desinhibido de acercarse a la política, de expresarse públicamente, de fundir la música y el teatro en formas de protesta espontáneas.

El HIPPIE se nos muestra como el epítome de estas tribus o contra-culturas, por haber sido el espécimen más analizado y también utilizado por los medios de masa para ironizar o abiertamente ridiculizar las culturas rupturistas de los 60. El colgado de LSD o marihuana, sucio, disfrazado de indio, sin trabajo, un puro geta del día a día con su coche destartalado y pintado de flores, forma parte del imaginario publicitario y social. Los clásicos distintivos hippies ya no representan nada a nivel político, una simple estética sin ética, un puro maquillaje que utilizan en diferentes versiones los RASTAFARIS, GRUNGES, FRIKIS, JEBIS, FUNKS o las niñas y niños monos para significarse socialmente con ciertas dosis de ambigüedad. La frikipedia ofrece desternillantes definiciones al respecto.

Los estudios sociológicos sobre los HIPPIES resultan abundantes, también la literatura en la que de algún modo aparecen reflejados. El sistema ha fagocitado a los HIPPIES de un modo que resulta paradigmático a como la propaganda-publicidad, el poder establecido, ha intentado incorporar como imagen, logotipo y bandera despolitizada y conservadora, a otros movimientos de corte revolucionario, rupturista o contra-cultural, ya sean los okupas, indignados, el Che o los movimientos de desobediencia civil en torno a los derechos humanos, contra el racismo o la guerra.

El movimiento HIPPIE puso en marcha una fuerza inusitada hasta ese momento en Estados Unidos, justo en la fase de máximo éxito de su economía y política exterior, en plena cruzada anticomunista y de feliz expansión de su particular modo de vida consumista, de ética del trabajo y de ascenso social. El poder se movilizó en todos los frentes. El mundo grotesco y en apariencia absurdo que crea el novelista Thomas Pynchon en torno a “Vineland” me parece muy adecuado para comprender la guerra mediática y de pura infiltración policíaca que el poder, personificado en Nixon, utilizó para contrarrestar el avance de la revolución en casa.

Sobre cómo el movimiento degeneró en pura cosmética y en icono comercial, en puro supermercado alternativo de masajes, fetichismos, éticas orientales, narcisismo y pornografía, la novela del escritor francés Michel Houellebecq, “Las partículas elementales”, me parece muy apropiada. También con su humor ácido la última novela (2010) publicada en español, del escritor británico Martin Amis, “La viuda embarazada”, sobre la revolución sexual.

Pero el inusitado interés por los HIPPIES, y su consiguiente desprestigio y conversión en puro humo mediático, ha ocultado la existencia de otro movimiento, este sí, cargado de un mayor poder de subversión y sobre el que se ha extendido un halo de indiferencia y ocultamiento digno de ser analizado. Se trata del movimiento YIPPIE, que no se confunda, por favor, con los YUPPIES de los 80, esos niños bien recién salidos de las más prestigiosas universidades y que llevaron al aburrido capitalismo reagan-thatcheriano el espíritu neocon, la alegre frivolidad juvenil, una meditada apariencia progresista y una desinhibición ética acerca de las consecuencias nefastas que sus decisiones empresariales y económicas provocaron sobre el bienestar de la población.

Encomiable el trabajo que la editorial ACUARELA está realizando sobre el movimiento YIPPIE. Su blog le dedica numerosos recursos. Y su línea editorial está publicando y dando a conocer una serie de libros que ilustran con gran acierto lo que significó este movimiento político y cultural cuya experiencia debería resultar útil para acometer las luchas que se nos avecinan.

En este mapa conceptual desplegable elaborado por ACUARELA ediciones se muestran las relaciones político-culturales que conformaron el movimiento YIPPIE. Vinculado con el International Youth Party su coreografía política de corte libertario y antimilitarista merece ser rescatada, por su original sentido provocador, teatral y corrosivo. La citada  editorial acaba de publicar del conocido activista yippie Abbie Hoffman, “Yippie, una pasada de revolución”. Extraigo las siguientes palabras de introducción:

“Los yippies entienden la revolución como una lucha de símbolos y dedican la mayor parte de sus esfuerzos activistas a la creación de mitos, rumores y ficciones. Como distintas formas de comunicar la belleza exuberante de la cultura juvenil alternativa y perturbar a los espectadores con imágenes irresistibles de otro mundo. Muchas de sus prácticas (guerrilla de la comunicación, performance callejera, nombres colectivos, humor y absurdo) han sido retomadas por los movimientos políticos más creativos de los últimos años. ‘Yippie! Una pasada de revolución’ presenta por primera vez en castellano los mejores escritos de Abbie Hoffman, el líder yippie que conjugó las teorías de Marshall McLuhan, la sátira de Lenny Bruce, el ritmo de los Beatles y el teatro de Artaud en el desafío más radical y extravagante lanzado nunca contra la sociedad americana.”

Considero que estos materiales y experiencias, entre los que podríamos incluir el “Tratado para radicales: manual para revolucionarios pragmáticos”, que Saul Alinsky publicó en 1971 (y que Traficantes de sueños nos ofrece gentilmente), pueden ayudar a construir una biblioteca magnífica de recursos revolucionarios, experiencias organizativas, inspiraciones alucinadas y provocadoras, un recital de cultura y performance que convenientemente adaptadas a las posibilidades que nos abren las TIC, la era digital y la red auguran un nuevo ciclo de protestas prolíficas y realmente destructivas del orden establecido.

La figura del HACKER, de la que tan lúcidamente nos habló en 2002 el muy divulgado libro La ética del hacker, de Pekka Himanen, constituye una adaptación de ese espíritu ácrata de los años 70, y su lucha por conseguir que la red informática, como parte de la humana, se convierta en un entorno de libertad donde se comparte el saber y el conocimiento, donde la cooperación y una nueva forma autónoma y espontánea de concebir el trabajo y las relaciones sociales se desarrollen sin las cortapisas de los derechos tradicionales de propiedad intelectual, sin la censura ni el poder omnívoro de los grandes medios de comunicación y de poder. Nuevamente Traficantes de sueños nos ofrece un libro indispensable sobre cómo el CIBERPUNK, ANONYMOUS y otros grupos políticos utilizan la red para comunicarse, organizarse, emprender campañas y realizar acciones revolucionarias y de protesta de gran alcance, de Margarita Padilla, El kit de lucha en internet.

Breve cartografía orientativa que aquí termino y a partir de la cual espero podáis encontrar puntos de fuga, nuevas panorámicas, hallazgos inusitados que incorporar a vuestra propia guía de caminos y senderos.

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OTRA EDUCACIÓN

Quería buscar una imagen opuesta que expresara una visión más libre, emocional y autodidacta de lo que debería significar la educación. Algo muy diferente a la formación, el adiestramiento o la manipulación.

Mafalda expresa acertadamente y con su habitual ironía y cierta sorna, una crítica adecuada del modelo tradicional y desgraciadamente también contemporáneo, de lo que significa la educación alienante, controladora y dirigida a formar ciudadanos-consumidores-trabajadores disciplinados.

Pero he encontrado una película, un documental, una joya llamada La educación prohibida, un producto público, libre, gratuito, financiado por crowdfunding y que nos ofrece un montón de materiales imprescindibles sobre lo que debería ser la educación, un aprendizaje en la libertad, la sociabilidad y la razón. Como decía una pintada que durante muchos años vistió un muro de ladrillo del parque de El Retiro, y que desgraciadamente destruyeron en una de sus reformas: “Por una educación racionalista y libertaria.”

¿LAS MÁQUINAS AUTO-REPLICANTES DESTRUIRÁN EL CAPITALISMO?

La era industrial que se inicia en el siglo XIX se puede entender como del automatismo de la réplica. Se abría un período histórico donde la eficiencia, el incremento del rendimiento, procedía de dos factores, la estandarización de las cosas, y su producción en masa (réplica) por procedimientos cada vez más mecanizados (automatizados).

El dueño, el capitalista, poseía los medios de producción, y contrataba los factores de producción (materias primas y trabajo) al menor precio de mercado. El trabajador, o asalariado, trabajaba junto con las máquinas, al servicio de la tecnología y del capital, y asumía el doble papel de ofertante de trabajo (proletariado) y demandante de mercancías (consumidor).

Las redes de conocimiento p2p, las impresoras 3-d de código abierto y las nuevas generaciones de máquinas auto-replicantes parece que están empezando a quebrar las nociones tradicionales de producción, o incluso de propiedad, y abriendo nuevos campos de experimentación social en torno a la cooperación, la autogestión, el cooperativismo y la autonomía, al margen de lo que ha sido la anquilosada relación patrón y proletario, trabajo y salario, durante casi 2 siglos de capitalismo industrial.

El capitalismo arruinó a los productores locales, ya sea por la vía del precio, de la competencia, o por la de la guerra, dos procesos enlazados que fue conocido como de la política de los cercados (los commons o bienes comunales), de las cañoneras (colonialismo), etc. y que caracteriza el período de expansión internacional más floreciente del capitalismo occidental. Por esta razón, durante casi 200 años, ha sido posible la explotación del trabajador por el capital, a consecuencia de la casi nula capacidad del trabajador para poseer medios propios de subsistencia. Porque el trabajador no ha poseído la libertad propia del productor, porque los medios de producción eran caros, porque las tecnologías (patentes) tenían derechos de propiedad excluyentes, el trabajador ha carecido de la libertad amparada formalmente por las declaraciones de derechos humanos y las constituciones liberales.

No existe libertad sin autonomía, tampoco sin cooperación, por ello, sin medios propios de subsistencia-producción, y sin la posibilidad de cooperar eficazmente entre sí y más allá del sindicalismo tradicional, hasta ahora el exiguo reducto marginal de libertad que hemos poseído los trabajadores ha derivado de ser o no contratados por unos o por otros, de la mayor o menor capacidad de elección según la remuneración del factor trabajo, y del tamaño de ese ejército de reserva que conforma el batallón de los parados.

Creíamos que el maquinismo iba a inaugurar la sociedad del ocio, que las incrementales dosis de eficiencia de la tecnología y que las menguantes necesidades de trabajo por unidad de producción nos iban a regalar cada vez menores jornadas de trabajo, menos intensas, y con mayores dosis de tiempo libre y bienestar. Ingenuos. El que la propiedad del conocimiento y de la tecnología, de las máquinas y de los procesos, continúe siendo privada y sobre todo, concentrada en pocas manos ha impedido este paraíso terrenal, porque los excedentes derivados del mayor rendimiento y de las menores necesidades de mano de obra poco cualificada se han concentrado en un reducido número de personas e instituciones, a despecho de los trabajadores.

Esta exposición tan simplificada del proceso de acumulación capitalista olvida otros factores esenciales del cambio, la evolución y el conflicto, lo que Marx denominó las contradicciones del sistema, de todo sistema, sea capitalista o no, y que podrían explicarse metafóricamente por el hecho de que todo éxito también genera las semillas de la discordia. Toda nueva tecnología posee una doble faz, y el hecho de que históricamente haya provocado una u otra consecuencia, mejorado o empeorado la situación de diferentes grupos sociales, dependió de cómo se hubieran resuelto esas contradicciones del progreso o del desarrollo en cada sociedad o momento histórico.

En la actualidad, una de las fuentes principales de contradicción del sistema deviene del conocimiento, del saber que sustenta el sistema capitalista imperante. La tecnología, que durante la mayor parte del siglo XX había sido producida y dominada por los mismos sujetos que controlaban los medios de producción, en alianza con la gran finanza y cooptando al poder político, ahora se encuentra cada vez más difusa en la red, en posesión de un colectivo anónimo de personas, muchos de ellos asalariados, otros no, que actúan con independencia, que comparten libre y gratuitamente el conocimiento, y que consiguen economías de escala positivas gracias al efecto red. Todo el conflicto actual alrededor de los derechos de propiedad intelectual, del libre acceso a la cultura y el arte, de las patentes sobre diferentes tecnologías, y el propio genoma humano, se da entre unos grupos de poder tradicionales que se nutren del saber colectivo y desean encapsularlo en nuevos derechos de propiedad, y una sociedad global, conectada en redes distribuidas, que se han dado cuenta de que la creación, la innovación, el desarrollo, el nuevo conocimiento científico y tecnológico debe ser libre, y que esa misma libertad y por tanto, gratuidad, ofrece el mejor incentivo para alcanzar la máxima riqueza colectiva.

Internet está abriendo espacios de cooperación. Aunque dentro de las lógicas de contradicción inherentes a la historia, también podría provocar espeluznantes escenarios de opresión y control. Las economías en red, en redes distribuidas sin centros ni jerarquías (p2p), están abriendo la posibilidad de conseguir una sociedad libre de productores autónomos que cooperan entre sí: el sueño de los anarquistas, como lo define en un reciente trabajo J.C. Scott. Pero si bien a nivel de conocimiento, de tecnología, de pro-común, los avances de las TIC y de los nuevos modos de cooperación en red permiten atisbar desde hace tiempo nuevas formas de organización social, no ha ocurrido lo mismo en el campo de la producción, porque para hacer factible esa sociedad de iguales no sólo resulta imprescindible el conocimiento, sino también poseer medios de producción autónomos y también distribuidos donde hacer posible la producción de los bienes materiales.

En el terreno de juego tenemos a un equipo que desea seguir ganando batallas, pero cuyo conocimiento y estrategia depende de lo que libremente ejecute el contrario, y de su capacidad para arrebatárselo por medio de derechos de copyright. Por ello el gran capital “consiente” esas estructuras distribuidas de poder y de creación, por ello los grandes emporios subcontratan cada vez más el conocimiento, la innovación, por esta razón el equipo históricamente campeón deja hacer y tejer en aparente libertad, amparado hasta ahora en lo que ha sido su gran arma, la de la producción, porque ellos eran los propietarios de las máquinas, de los medios de transformar el saber en materia, en bienes y mercancías. Sólo ellos eran capaces de introducir el balón en la portería contraria.

Pero ¿podrán las impresoras en tres dimensiones (3-D) alterar este equilibrio de fuerzas? En el mundo de las dos dimensiones, o sea, del papel, lo consiguieron, ya que las primeras luchas en contra del copyright tradicional se empezaron a producir alrededor de los derechos de reproducción y de copia de libros, conflicto que más adelante se extendió, una vez el mundo digital se expandió por internet y todo el “soft” o conocimiento, o creación literaria, científica, musical o visual, pudo compartirse con muy recudidos costes de transferencia.

Las impresoras 3-D consiguen replicar, a nivel casero, una serie de objetos que previamente han sido digitalizados o escaneados, es decir, traducidos a un formato digital (CAD, por ejemplo). Lo realmente interesante de este proceso consiste en que tanto los diseños, como el software que soportan las impresoras 3-D y que permite la transformación del código digital de los objetos en instrucciones de fabricación, son públicos, están en la red, y son compartidos por cualquier internauta que desee utilizarlos. Estamos por tanto, ante un proceso tecnológico iniciado y desarrollado en la red por personas que aportan su conocimiento, y que resulta compartido por todos de forma libre y gratuita.

En este momento, por tanto, existe la posibilidad, todavía a pequeña escala, con no muchos materiales y con un reducido número de objetos, de reproducir autónomamente, es decir, producir a nivel local e individual, objetos/mercancías útiles, por lo que ese sueño de poder no sólo crear y compartir conocimiento, se está haciendo extensivo a la libertad de producir, y por tanto, de ir ganando autonomía respecto a la gran fábrica o industria tradicional que vía salario explotaba a los trabajadores.

Todavía no deseo soñar, pero imaginen conmigo que en nuestra casa tuviéramos una impresora 3-D capaz de confeccionar muchos de los objetos que necesitamos en nuestra vida diaria, utilizando diseños que libremente (y gratuitamente) obtenemos en la red y que continuamente se ven perfeccionados por el trabajo anónimo de todos nosotros. ¿Quizás se está avanzando ya hacia esa sociedad de individuos libres y autónomos que cooperan entre sí? ¿Hacia esa anarquía que las redes distribuidas de conocimiento y producción podrían augurar como un gran espacio de libertad para todos?

En el blog de Correo de las Indias se puede consultar abundante información sobre cómo se está materializando el proyecto de producción p2p (y aquí). Resulta de gran interés, por ejemplo, darse un paseo por internet y comprobar la enorme cantidad de iniciativas que existen al respecto, grupos de investigadores y productores que están abordando el reto de autoconstruirse con impresoras 3-D los objetos cotidianos, el coche, el móvil, la bicicleta, el arte, cooperación para el desarrollo, prótesis médicas, materiales de construcción, etc. ¡E incluso las propias impresoras 3-D! Haciendo realidad la construcción “utópica” de un entorno productivo auto-replicante donde los medios de producción se pueden construir a sí mismos.

Existen ya varios proyectos que han conseguido versiones auto-replicantes de impresoras 3-D, de tal modo que ya es posible que la propia máquina fabrique las piezas que servirán para, en principio, realizar infinitas réplicas de sí mismas. El proyecto RepRap de la Universidad de Bath resulta pionero al respecto. Al que le han seguido, dentro de la comunidad hispana, las fantásticas iniciativas de ReprapBCN (Universidad Politécnica de Catalunya) o Clone Wars.

Este prolífico campo de experimentación que avanza con una celeridad apabullante, puede alterar los conceptos tradicionales relativos a la producción, y por tanto, al papel que el ser humano asume en el proceso de creación social. Se abre un campo que ofrece auténticas perspectivas revolucionarias, una tecnología abierta, común y pública, que permitiría sondear espacios de libertad amplios e igualitarios. Pero el conflicto también está servido, precisamente por el interés de las grandes corporaciones, de la gran industria de evitar este promisorio marco de autonomía y libre cooperación entre personas, a pesar de que estas nuevas tecnologías hayan nacido y se estén desarrollando al margen del copyright y de las patentes, y lo que parece impensable, de los incentivos económicos relacionados con el uso privativo y excluyente del saber científico y tecnológico.

A la par que las nuevas posibilidades que se abren, afloran las dudas, y nuevos retos que afrontar. Por ejemplo, el relativo a los materiales y energías utilizadas por estas impresoras, cómo el reto ambiental de conseguir una economía de ciclos cerrados, de reciclado total, sin residuos, resulta alcanzable a través de unos dispositivos que no sólo utilizan conocimiento y saber compartido para trabajar, sino también, materiales plásticos, cerámicos, etc. que hay que extraer del medio ambiente y cuyo mismo proceso de fabricación habrá que considerar en el análisis de los nuevos sistemas de producción anárquicos, distribuidos, libres y cooperativos, hacia los que parece que nos encaminamos si superamos las barreras que el gran capital y los poderosos están intentando levantar.
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REBELDE SOLEDAD

Hace unos años LA DISCRETA publicó una magnífica selección de la obra de la poetisa puertorriqueña Julia de Burgos (1914-1953). Ya entonces se presentaron los libros musicando algunos de sus poemas, en unas representaciones en vivo de gran originalidad, pureza y sensibilidad. Desde que la rescataron, Julia tiene enamorados a dos de los discretos académicos, a Juan Varela y a Pedro Mariné, que han puesto en marcha una iniciativa a la que me he sumado y en la que pido vuestra colaboración. Se trata de una propuesta de crowdfunding, en la que se ofrecen varias posibilidades de apoyo, con objeto de financiar la edición de un doble CD en el que están participando músicos de gran talla, que con gran amor y dedicación están trasladando a música el sentimiento y la pasión de esta poetisa que desgraciadamente nos abandonó tan temprano y en tan trágicas circunstancias. Como se dice en el blog de Traficantes de Sueños: “El disco es fundamentalmente un nuevo homenaje a la gran poeta de cara al próximo Centenario de su nacimiento en febrero de 2014. Nuestra ambición, nuestro sueño, es para esa fecha poder presentar el disco en Puerto Rico, como humilde pero muy cariñoso regalo de cumpleaños a todo el pueblo puertorriqueño”. Su último poema nos dice:

Todos los pájaros cantores entonan
himnos eternos de libertad
hacia mi tierra de silencio,
y mi alma responde:
¡Soledad!

Apoyemos, leamos y escuchemos, La Rebelde soledad que nos proponen los amigos de La Discreta.

ELOGIO DEL LACTATO

Cuando era niño me advirtieron que las agujetas se producían por culpa del lactato, de sus cristales puntiagudos, y que debía tomar mucho azúcar para evitarlas. Desde hace algunos años esta idea está desacreditada. Pero el lactato sigue asumiendo el papel protagonista en la fatiga. Se considera al lactato una sustancia venenosa que produce acidez muscular y que impide que el organismo pueda rendir a pleno rendimiento. Estamos ante un nuevo error, que me gustaría reparar aportando información científica sobre el papel real que desempeña el lactato en el rendimiento deportivo y en la fatiga, una sustancia esencial para el correcto funcionamiento de nuestro organismo y a la que resulta necesario reintegrarle su inocencia.

La respiración humana y por tanto, nuestra forma de acceder a la energía, es un calco inverso de la fotosíntesis. La principal molécula energética del reino animal es la glucosa, que sólo las plantas pueden producir gracias a la energía solar. A través de la glucosa el ser humano acaba utilizando para su metabolismo la energía solar que las plantas procesaron. Si ellas tomaron dióxido de carbono y agua y lo mezclaron para producir glucosa,  nosotros la separaremos gracias al oxígeno, para producir la energía que necesitamos para vivir.

 GLUCOSA + 6 O2 = 6 CO2 + 6 H2O + ENERGÍA

La oxidación de un mol de glucosa (180 gramos) genera unas 689 kcal (unas 4 kcal por cada gramo de glucosa), una pequeña parte de las cuales se utilizan para formar moléculas de ATP (la moneda energética del ser humano, a razón de 32 moléculas de ATP por cada molécula de glucosa), y el resto, se disipará en forma de calor (66%). Tan sólo 233 kcal (34%) podrán ser utilizadas como energía libre, por el ser humano, por cada mol de glucosa oxidada.

Esta reacción oxidativa tan simple, el organismo humano no la realiza de una vez, sino a través de gran número de reacciones químicas intermedias (en cascada), con gran presencia de enzimas, y fundamentalmente desarrolladas en el citoplasma celular y sobre todo dentro de las mitocondrias. A través de esta cascada de reacciones intermedias el ser humano va extrayendo poco a poco la energía contenida originalmente en la glucosa, produciéndose una gran variedad de productos intermedios.

Este largo proceso de conversión de la glucosa en energía (y anhídrido carbónico y agua) se puede desarrollar, además, siguiendo dos caminos complementarios, las llamadas vías aeróbicas y anaeróbicas. Que se siga una u otra no depende de la presencia o ausencia de oxígeno, sino del ritmo al que se requiere generar energía y de la mayor o menor concentración, en los músculos solicitados, tanto de mitocondrias, como de las correspondientes enzimas de cada una de estas vías alternativas, que finalmente concluyen en el  resultado reflejado en la ecuación anterior. El organismo nunca opta entre una u otra vía, sino que siempre utiliza las dos a la vez, eso sí, en diferente proporción según los músculos implicados y la intensidad del esfuerzo desarrollado.

Conviene resaltar que el oxígeno lo utiliza tanto la vía aeróbica como la anaeróbica, pero que en ambos casos el oxígeno sólo participa al final de todas las reacciones, y que hasta ese momento final en el que el oxígeno recoge los electrones contenidos en los iones hidrógeno (H+) generados, todas las reacciones químicas se realizan en ausencia de oxígeno, tanto en la vía aeróbica como en la anaeróbica. Por estas razones, creo que resulta más apropiado denominar a estas vías alternativas y complementarias, como de lácticas (anaeróbica) y alácticas (aeróbica), también por la razón que a continuación explicaremos.

Ambas vías comparten unas reacciones comunes en el tramo inicial de oxidación de la glucosa, las llamadas reacciones de glicólisis, que transforman la glucosa en energía (2 moléculas de ATP) y en un compuesto denominado piruvirato, que contiene el resto de la energía no extraída y originalmente contenida en la glucosa. La glicólisis se desarrolla en el citoplasma, fuera de las mitocondrias, sin presencia de oxígeno, y los biólogos consideran que esta reacción química es un arcaísmo que todavía utilizan, por ejemplo, reptiles, peces y mamíferos marinos para procurarse energía rápidamente.

Una vez producido, el piruvirato penetra en la mitocondria, y es aquí donde empieza la vía láctica o aláctica, según el piruvirato se transforme en lactato o penetre en el llamado ciclo del ácido cítrico (ciclo de Krebs). A la vía láctica también se la denomina rápida, ya que a través de menos reacciones ofrece energía con más celeridad, aunque en menor cantidad. Y a la aeróbica, lenta, porque obtiene más energía tras un proceso más largo. Pero téngase en cuenta que en un músculo el piruvirato que se va generando tras la glicólisis, en unos puntos se estará transformando en lactato, y en otros será asimilado por la respiración aeróbica (alaáctica), dos vías que necesariamente hay que considerar como complementarias, y no como alternativas o excluyentes.

Conviene también aclarar y resaltar el hecho de que la llamada vía rápida o láctica comparte con la lenta o aláctica, el tramo final de reacciones químicas. Es decir, que el organismo humano lo que hace con la vía láctica (rápida) es obtener poca energía, pero muy rápido, para responder a una demanda muscular intensa, pero que el resto de la energía no extraída en primera instancia de la glucosa, se extraerá finalmente en la vía aláctica previa conversión del lactato otra vez en piruvirato. Por ello, la vía láctica celular no aporta energía neta, ya que la energía liberada al transformarse el piruvirato en lactato, tiene que ser utilizada de nuevo para convertirlo más tarde otra vez en piruvirato. Lo útil de este proceso neutro a nivel energético, es la liberación rápida de energía, que más tarde, cuando el organismo reduzca el ritmo de ejercicio, será empleada nuevamente para comenzar el ciclo aláctico. Los períodos de relajación entre series intensas poseen esta finalidad. El ciclo láctico, por tanto, posee la única utilidad de ayudar a coordinar necesidad energética con producción, pero el resultado final siempre será el mismo. Ambas vías, por lo que se ve, se dan siempre juntas, y lo que cambia, según los músculos, la intensidad y las características fisiológicas del atleta, es la particular coordinación y peso relativo de cada vía en la producción de energía.

En resumen, el ser humano extraerá 32 moléculas de ATP desde una de glucosa, en un solo proceso lento (la vía aláctica) y directo, o a través de un desvío muy rápido que pasa por la generación de lactato y pequeñas dosis de energía (2 ATP), pero que finalmente converge en la vía aláctica, con una ganancia energética neta similar en ambos procesos, pero con distintas velocidades de obtención.


Como se aprecia en la figura, casi toda la energía se produce en el ciclo del ácido cítrico (24 ATP), y el oxígeno sólo aparece al final del proceso, en el mismo punto, ya sea a través de la vía láctica o aláctica. Luego el que se opte por el desvío rápido (láctica) o por la vía directa más lenta (aláctica) dependerá no de la falta de oxígeno (que nunca se produce) sino del ritmo al que los músculos demandan energía y del cóctel enzimático que posea cada individuo. Pero aclaremos este último punto un poco más.

Un individuo que posea una proporción elevada de fibras musculares de contracción rápida, y por tanto, que tenga, en principio, un complejo enzimático adaptado a la generación de gran potencia muscular, sus mitocondrias elegirán predominantemente la vía láctica para generar energía. Puede decirse, que incluso a ritmos relativamente bajos, generará elevadas dosis de lactato respecto a un individuo dotado de un mayor porcentaje de fibras de contracción lenta.  El que el individuo rápido y potente pueda hacerse también resistente dependerá de su capacidad para introducir lactato (previamente convertido en piruvirato) dentro del ciclo del ácido cítrico (vía lenta o aláctica), o sea, de que el entrenamiento sea capaz de incrementarle las enzimas y mitocondrias que participan en las reacciones de esta última vía metabólica. El que el individuo lento y resistente se haga también potente, dependerá de su capacidad para incrementar su metabolismo láctico en conjunción, sobre todo, con el aumento de las enzimas y las mitocondrias que servirán para quemar ese incremento de lactato.

Pero las dos afirmaciones anteriores conviene interpretarlas a la luz del siguiente razonamiento. Que cada reacción individual de la vía aláctica sea más lenta, no quiere decir que también lo sea la suma de todas las reacciones alácticas que se desarrollen en un determinado músculo. Si el músculo posee una concentración de mitocondrias y enzimas “alácticas” muy elevada, su funcionamiento en cascada podrá producir un flujo de energía también muy rápido. Por esta razón un corredor resistente dotado de un elevado porcentaje de fibras de contracción lenta puede correr a una velocidad de crucero también muy elevada, porque muchas mitocondrias lentas, debidamente coordinadas pueden generar un flujo constante y potente de energía. Sin embargo, esta elevada concentración no le dará la facultad de cambiar el ritmo con rapidez. Esto es lo que ocurre, por ejemplo, con el miocardio, que sólo tiene capacidad para usar la vía aláctica, y que posee una concentración elevadísima de mitocondrias. ¿Quién duda de su capacidad para generar altas dosis de energía? Pero su ritmo, en cambio, posee más inercias que las de un músculo de contracción rápida. Su capacidad tanto de incrementar su ritmo (respuesta) como de disminuirlo (recuperación) dependerá de la mejor o peor coordinación de sus mitocondrias a la hora de modular su flujo de producción de energía con las demandas de los músculos esqueléticos.

Estamos acostumbrados a considerar al oxígeno en su papel de activador de la combustión, y por tanto, solemos entender que el proceso de generación de energía desde la glucosa se produce también por combustión, como si la glucosa ardiera en el oxígeno. Pero resulta más apropiado interpretar el papel del oxígeno en la respiración humana en su extraordinaria capacidad para captar electrones (oxidar). Recordemos que la glucosa se formaba en ese laboratorio químico que son las hojas de las plantas, gracias a que la clorofila es capaz de extraer la energía del sol “robándole” los electrones con los que construirá la glucosa. Todo el proceso que hemos explicado de obtención de energía desde esta glucosa se realiza liberando esos electrones que la planta le quitó a la energía solar, en forma de iones hidrógeno (H+). Si no existiera un método de evacuación o de neutralización de esos iones, el ph de las células musculares se haría cada vez más ácido, imposibilitando las contracciones musculares, e incluso sus mínimas funciones vitales.  Y aquí es precisamente cuando aparece el oxígeno, en el tramo final tanto de las vías lácticas y alácticas, para llevarse estos iones en forma de agua (O- + 2 H+ = H2O), y que expiramos junto con el CO2 formado previamente en el ciclo respiratorio.

El motor humano es muy distinto al de combustión de un coche, aunque el símil se utilice en muchas ocasiones. En ambos el oxígeno resulta esencial, pero por diferentes motivos. El automóvil necesita llevar consigo todo el combustible que va a quemar, los más de 50 litros del depósito los introducirá en los cilindros para recorrer, digamos 500 kilómetros. Si del mismo modo el ser humano debiera llevar todo el combustible consigo, tendría que acarrear más de 80 kilogramos de ATP para correr, por ejemplo, una maratón, cuando de hecho el cuerpo humano sólo almacena 85 gramos de ATP.  Tan sólo acarreamos glucógeno y grasas, de las que consumiremos menos de un kilogramo. Nuestro metabolismo, en cambio, se parece más al de una pila eléctrica, ya que no son reacciones de combustión sino de tipo redox (reducción-oxidación) las que se producen a nivel celular para generar energía y movimiento: los electrones de la glucosa circulan como la corriente eléctrica, desde zonas de mayor potencial (glucosa) hasta el vapor de agua que sale de los pulmones. Y es en este camino en el que se interponen las moléculas de ATP, que transfieren esta energía del flujo de electrones a los procesos vitales que hacen posible el movimiento y la vida. Las células no pueden consumir ni calor ni electricidad, únicamente pueden utilizar la energía química contenida en los enlaces fosfóricos del ATP, que se erige así en el gran trasbordador energético del  mundo celular. Lo asombroso de nuestro metabolismo reside en que existe muy poco ATP en las células, ya que el ATP según se produce se consume, tan sólo es un intermediario que no se acumula en ningún depósito, sino que como la moneda, circula a mayor o menor velocidad según el ritmo de la actividad económica o muscular. Y la adecuación de la oferta energética con la demanda muscular se logra gracias al acoplamiento de las dos vías metabólicas láctica (lenta) y aláctica (rápida), que en ambos casos generan una acidez (iones H+) que habrá que evacuar finalmente gracias a la enorme capacidad oxidativa del oxígeno.

En el desvío de la vía láctica ocurre que para acelerar el ritmo de obtención de energía a partir del piruvirato, las mitocondrias utilizan reacciones y enzimas diferentes a las de la respiración aláctica y generan un subproducto llamado ácido láctico, que atesora todavía mucha de la energía original de la molécula de glucosa y que tiene encomendada una doble misión: la primera, unirse a los iones H+, convertirse en lactato e impedir la acidez muscular, y en segundo lugar, ya como lactato, acabar convirtiéndose otra vez en piruvirato para culminar su proceso de oxidación y por tanto, de extracción de energía, en el que los H+ momentáneamente unidos al lactato ahora se liberan y se evacuan finalmente por medio del oxígeno. El lactato así producido lo consumen los propios músculos, y también el corazón, al que le llega por el fluido sanguíneo, ya que el miocardio consume mayoritariamente lactato cuando trabaja intensamente. Y el hígado, que transformará el lactato en glucógeno (ciclo de Cori) que almacenará o que enviará otra vez a los músculos. Incluso músculos ociosos o poco requeridos, transformarán su glucógeno en lactato para transferirlo vía sanguínea a los músculos más solicitados, ya sea directamente como lactato, o como glucosa tras pasar por el hígado (transbordador de lactato).

El lactato producido no provoca ningún efecto negativo en el funcionamiento muscular. Si el ejercicio se hace muy intenso y la velocidad de síntesis de lactato a partir del ácido láctico y de los iones H+ liberados, no fuera tan rápida, entonces el lactato no tendría capacidad para evacuar toda la acidez muscular y serían los iones H+ y no el lactato el responsable de la disminución del rendimiento. Ocurre que este fenómeno se inicia cuando ya la concentración de lactato en sangre es realmente elevada, y se tiende a identificar lactato con disminución de la capacidad física, pero en realidad ha sido la incapacidad del organismo para producir más lactato la causante de la acidosis muscular.

En este momento ocurren dos fenómenos de gran interés. En primer lugar, y como mecanismo defensivo, el organismo, con el objetivo de reducir la acidez, empieza a derivar carbonato sódico (suplemento que utilizan los atletas de media distancia) a los músculos con objeto de que reaccione con los iones H+ y así reducir la acidez (reacciones tampón o buffer). Esto provoca la liberación extra de CO2, que se une al anhídrido carbónico y al vapor de agua propios de la respiración celular, provocando que el atleta deba hiperventilar para sacar de los pulmones ese exceso de CO2. A este punto en que empieza el estrés respiratorio se le ha llamado en ocasiones el segundo umbral ventilatorio, pero no coincide exactamente, como suele afirmarse, con el umbral anaeróbico, ni con el umbral láctico.

En segundo lugar, y cuando la intensidad del ejercicio se relaja, la concentración de  lactato seguirá creciendo inicialmente, en un intento de incrementar la evacuación de iones H+ vía oxidación del ácido láctico. Hasta que el consumo de lactato acabe superando al de producción y finalmente se reestablezca el equilibrio. Durante la recuperación, por tanto, el organismo consumirá oxígeno extra a media que utiliza lactato como combustible, con objeto de limpiar al organismo de los iones H+ liberados por el lactato al convertirse en piruvirato y entrar en el ciclo de Krebs. A este oxígeno suplementario que introducimos en el cuerpo cuando disminuimos el ejercicio y nos recuperamos se le ha denominado “déficit de oxígeno”, porque en cierta manera su inspiración compensaba el oxígeno que habíamos dejado de consumir cuando la intensidad del ejercicio nos obligó a utilizar la vía láctica (anaeróbica). Por tanto, la medición o estimación de este déficit que se compensa posteriormente al ejercicio se utiliza con cierta frecuencia para estimar su intensidad. Con este uso encontraremos que se le denomina EPOC (Excess post oxygen consumption), o exceso de consumo de oxígeno posterior al ejercicio.

En fin, que el lactato ni provoca agujetas, ni fatiga, que estamos ante una sustancia esencial para el correcto funcionamiento del cuerpo humano, y que ya es hora de que empecemos a nombrar a los procesos fisiológicos que ocurren durante el ejercicio con propiedad y corrección, en honor de la verdad y de la correcta planificación del entrenamiento.

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EPIGENÉTICA

Lamarck creía en la herencia de los caracteres adquiridos. Tras los trabajos de Darwin y de Mendel aquella primera teoría de la evolución quedó desacreditada y ridiculizada. En la escuela hemos aprendido las diferencias entre el genotipo (heredable) y el fenotipo (su expresión concreta en un individuo). Como un dogma hemos aprendido que sólo el genotipo se hereda, nunca el fenotipo. Sin embargo, cada vez son más los trabajos que reportan alteraciones heredables del fenotipo, lo que conforma la nueva rama de la EPIGENÉTICA. La expresión génica depende de las condiciones ambientales a las que se enfrenta un organismo. Y cada vez parece más patente que las diferentes expresiones de un mismo genotipo (secuencia de ADN) según el entorno, no sólo alteran cómo se van a expresar los genes en el presente, sino también en el futuro a través de la descendencia. Nos referimos a una especie de apagado y encendido de genes que se puede regular a través de las condiciones ambientales (alimentación, contaminación, entrenamiento deportivo, medicación y drogas, etc.) y que afectarían no sólo al organismo concreto que las sufre sino también a su descendencia.

RECUPERANDO EL PLACER

Epicuro o la escuela del Jardín. Frente al Liceo, la Stoa y la Academia, la praxis del placer, la filosofía del cuerpo. El epicureísmo fue la gran corriente filosófica perdida, olvidada, más bien, sepultada, porque no ha dejado una tradición tan influyente como la del estoicismo, Platón o Aristóteles, de tanta influencia en la filosofía occidental, en el cristianismo, en la praxis política y la moral. Por desgracia. Sin embargo, no empezaron mal las cosas para el epicureísmo. Recuérdese que Demócrito influyó profundamente en esta corriente filosófica, y por tanto, el atomismo, junto con otras teorías científicas epicúreas, que desafortunadamente no tuvieron continuidad y que el tiempo les ha dado en cierto modo gran parte de razón, como se advierte en el magnífico libro de S. Sambursky “El mundo físico de los griegos”. Recuérdese el gran poema científico de Lucrecio “De rerum natura”, primer texto filosófico de entidad en lengua latina, enmarcado en la corriente epicúrea. Los textos de Epicuro fueron perseguidos, destruidos y escondidos. Una de las fuentes modernas de más valor al respecto precisamente los tuvo bajo llave la Iglesia durante muchos siglos, los escritos vaticanos. Necesitamos a Epicuro, su filosofía del placer, su mundo sin dioses, su praxis libertaria. Recomiendo dos libros de Carlos García Gual, “Epicuro” y “La secta del perro y vidas de filósofos cínicos”, y otro de Emilio Lledó “El epicureísmo”, escritos por dos destacados estudiosos del mundo griego. Confío en la luz que arroja el hedonismo ateo, materialista y anarquista de Epicuro, apuesto por su magisterio para un mundo futuro más justo y placentero.

UN POCO DE ANARQUISMO

Realmente interesante el artículo de Julián Casanova “La vigencia del anarquismo”, donde realiza la recensión del libro del profesor de Yale J.C. Scott “Elogio del anarquismo”. Casanova editó en 2012 un magnífico libro sobre el anarquismo español “Tierra y libertad”, que se suma a los trabajos que el historiador aragonés ha realizado sobre este importante movimiento histórico que tantas enseñanzas nos ofrece para el futuro. Desde otra perspectiva, pero complementario, el libro de M. Bookchin “Los anarquistas españoles”, ofrece una panorámica inusual y reveladora de la revolución anarquista en España.

ENZIMAS

RUI VALDIVIA

El doctor japonés Hiromi Shinya acaba de publicar el libro La enzima prodigiosa, que se ha convertido en un auténtico éxito de ventas. La tesis fundamental de su trabajo consiste en destacar la importancia que poseen los hábitos alimenticios y sociales para mantener un buen estado de salud. Considera que la genética humana, a menos que posea algún tipo de deterioro hereditario, posee la capacidad suficiente para reportar salud al ser humano y que los procesos relacionados con la prevención de la enfermedad y la recuperación de la salud se encuentran fundamentalmente regidos por esa capacidad innata del cuerpo humano para protegerse. Y que los medicamentos y las técnicas quirúrgicas no curan por sí solos, sino que únicamente ayudan a que los procesos naturales de curación se realicen adecuadamente.

Hasta ahora, nada original. Pero claro está, escrito por un profesional de la medicina que acumula numerosos años de práctica exitosa e incluso de innovación en técnicas quirúrgicas de gran impacto, como la cirugía colonoscópica, y que casi siempre habla desde su experiencia profesional con pacientes, a partir de su respuesta personal a la propia dieta que defiende y de su experiencia familiar en relación con la enfermedad de su mujer e hijos cuando, recién llegados a Estados Unidos, tuvieron que enfrentarse a graves problemas de salud relacionados con el consumo de leche.

Sobre todo, su libro destaca, y de ahí el nombre, la importancia de las enzimas para alcanzar la salud, conclusión que sin duda se relaciona con su propia especialidad médica, la digestiva, por el papel imprescindible que dichas sustancias poseen en la adecuada descomposición e integración de los alimentos en las estructuras orgánicas de los seres vivos.

Sin embargo, el escritor japonés define con excesiva vaguedad el papel que desempeñan las enzimas en el proceso digestivo, habida cuenta de la importancia que adquieren en la argumentación de todo su trabajo. No destaca convenientemente que las enzimas son catalizadores, y que por tanto, que no participan estructuralmente en las reacciones químicas, sino que únicamente están presentes para facilitarlas y acelerarlas, y en consecuencia, un hecho esencial, que las enzimas no se consumen en las reacciones químicas en las que participan.

Tampoco precisa otra característica, que también posee gran importancia en lo que a continuación va a explicar, y que podría definirse como la especificidad enzimática, en un doble sentido, en que cada enzima sirve únicamente para un tipo de reacción, y que cada célula solamente puede crear un cierto conjunto de enzimas. En síntesis, cada especie animal posee su juego específico de enzimas adaptada a sus concretas condiciones ambientales y, en especial, en relación con el tipo de alimentos de los que se nutre. De tal forma que si un individuo ingieriera un alimento no contemplado en su programación enzimática específica, no podrá digerirlo, o lo que sería más grave, en el caso de las proteínas, que podrían atravesar la pared intestinal sin descomponer en sus aminoácidos correspondientes, como luego veremos. Esta doble especificidad que asombrosamente no destaca H. Shinya posee enorme relevancia en relación a uno de los temas sobre los que descansa gran parte de su argumentación: las alergias e intolerancias alimentarias, como a continuación analizaremos, así como las enfermedades de tipo autoinmune.

Afirma Shinya que “la medicina moderna se practica como si el cuerpo fuera una máquina hecha de partes independientes” y aboga, en consecuencia, por un tratamiento de la ciencia de la salud más interdisciplinar, donde cada médico fuera capaz de superar su especialización y analizar las enfermedades con globalidad. Sin embargo, él mismo un especialista en cirugía gastrointestinal, cuando alude a otras disciplinas para crear su corpus argumental, no cita ni integra esos otros saberes en pie de igualdad con los propios, sino con excesiva vaguedad, y en ocasiones, arrojando hipótesis con escaso aval científico y con exageradas dosis de intuición. En concreto, el fundamento central de su libro recae en una de estas conjeturas:

“Tengo una teoría que pudiera arrojar alguna luz en ese proceso. Pienso que hay una enzima madre, una enzima prototipo, sin especialización. Hasta que esta enzima madre se convierte en una enzima específica como respuesta a una necesidad particular, tiene el potencial de convertirse en cualquier enzima. Mi teoría, desarrollada durante los años de mi práctica clínica y mi observación, es la siguiente: tu salud depende de lo bien que mantengas —en lugar de agotar— las enzimas madre de tu cuerpo. Uso el término enzimas «madre» para nombrar a estos catalizadores, dado que son, pienso, enzimas no especializadas que dan origen a más de 5.000 enzimas especializadas que desempeñan diferentes actividades en el cuerpo humano. También las llamo enzimas «prodigiosas» porque desempeñan un papel fundamental en la capacidad de curación del cuerpo”.

Dice Shinya, en resumen, que cada persona posee de nacimiento una dotación de estas enzimas madres o seminales de otras más específicas, y que la sabiduría de mantenerse sanos se relaciona con la capacidad de cada ser humano para conservar este regalo, porque la curación depende fundamentalmente del correcto uso de estas enzimas. Por tanto, de evitar nutrientes, drogas, actividades, entornos ambientales que destruyan enzimas, las verdaderas medicinas de los organismos vivos.

Conviene recordar, en contra de los que acaba de afirmar el autor, que las enzimas se fabrican en cada célula, que las enzimas no dejan de ser unas proteínas especiales y que son elaboradas usando la codificación del ADN celular, a partir de los aminoácidos correspondientes. Lo destacable consiste en que cada enzima posee una secuencia de aminoácidos única y específica que adquiere propiedades originales e individuales diferentes al resto. Otra cosa es que tanto el proceso de fabricación celular de enzimas como su posible desnaturalización por factores ambientales, pueda acarrear la aminoración de sus efectos y el deterioro de sus propiedades, a veces, incluso, de forma irreversible. Pero no como afirma el autor, que de forma similar a los óvulos, por ejemplo, que haya una dotación de enzimas madre originalmente asignada.

Y otra puntualización. Que las enzimas no son las que directamente curan las enfermedades, o como los antibióticos, atacan a los organismos extraños, sino que la enfermedad se puede producir, entre otras causas, por el deterioro de la capacidad de producir enzimas, por el deterioro de las propias enzimas producidas y/o por intentar nutrirnos con alimentos no apropiados a las enzimas concretas que posee nuestra especie para sintetizar los nutrientes. Eso sí, en estos casos, la salud será recuperada por la reversión de aquellos factores. Por tanto, que las enzimas no curan, sino que es su mal funcionamiento el que nos puede enfermar.

El envejecimiento, por ejemplo, o el estrés, pueden disminuir la producción de ciertas enzimas, y algunos alimentos, sobre todo verduras crudas o casquería, poseen muchas enzimas útiles, algunas no producibles por el ser humano, pero cuyo uso ayuda a la digestión.

Creo que estas objeciones resultan pertinentes para acercarnos a un libro que a pesar de ello resulta interesante, porque contiene buenos razonamientos, sabios consejos y recomendaciones de valor, pero que resulta preciso leer con cuidado y algunas reservas.

El libro se abre con un anuncio excesivo y que reprimió mi primer acercamiento a él: “Una forma de vida sin enfermar: la dieta del futuro que evitará las enfermedades cardíacas, curará el cáncer, detendrá la diabetes tipo 2, combatirá la obesidad y prevendrá padecimientos crónico degenerativos”. Aludo a esta introducción con objeto de que no huyan de su lectura temperamentos ecuánimes y mesurados, porque los excesos del editor a veces pervierten el contenido real de algunos libros, como es el caso que nos ocupa. Aunque bien es verdad que el autor afirma en varios lugares que absolutamente ninguno de sus pacientes diagnosticados de cáncer, y que siguieron sus consejos dietéticos, volvieron a padecer esta enfermedad. Verdaderamente esta afirmación la realiza sin traer pruebas, sin citar ningún estudio científico, y sin aclarar qué sucedió con aquellos que no siguieron a rajatabla sus consejos. Simplemente desafía al lector a que confíe en él, en su palabra de médico con muchísimos años de práctica, experiencia y reconocido prestigio.

Sus opiniones sobre la calidad que debe poseer el tracto digestivo para conseguir salud, y sus reflexiones desmitificando algunos alimentos como el té verde, la leche o el yogurt, me parecen de gran interés. También sus aportaciones sobre la importancia del ph, el equilibrio calcio-magnesio, la utilidad de la fibra dietética, el peligro de las grasas trans o la importancia de los antioxidantes naturales, las vitaminas y los oligoelementos en el correcto equilibrio metabólico del ser humano. Sus alertas contra la comida frita, el consumo de alimentos industriales y preparados o el uso de aceites obtenidos químicamente resultan muy claros y acordes con similares recomendaciones realizadas por otros autores e incluso en instancias oficiales. También su apuesta por el ejercicio físico moderado, el amor, el descanso, etc., y sobre la necesidad de beber abundante agua sana, es decir, no contaminada, obtenida de fuentes seguras.

Una de sus recomendaciones fuertes sería la siguiente:

“La dieta y el estilo de vida de la enzima prodigiosa aconseja que la relación entre frutas, verduras, legumbres y granos y carne en tu dieta debe ser 85 por ciento contra 15 por ciento, respectivamente. Me preguntan con frecuencia: «si disminuyo tanto la proteína en mi dieta, ¿no voy a tener una deficiencia?». Yo le digo a la gente que me pregunta esto que no se preocupe. Aun con una dieta vegetariana, uno puede obtener suficientes proteínas.”

En este tema el autor adolece de escasa precisión, porque se refiere al 15% de porcentaje de carne, y en cambio, debería haber especificado que dicho porcentaje se refiere realmente a la cantidad total de proteínas ingeridas en la dieta. Ya que la proteína también procede de los vegetales, y que la carne posee grasa, la recomendación no resulta apropiada, ni clara. Por tanto, correcto el deber de ser moderados con el consumo de proteína en torno al 15% del total de calorías ingeridas, y no, por supuesto, que el consumo de carne deba de ser inferior al 15% (¿de peso, de calorías, de volumen?, tampoco sobre ello dice nada el autor).

Pero me asombra su afirmación en torno a la toxicidad intrínseca de la carne, sobre todo cuando la pone en relación con las excelencias del vegetarianismo (aunque él parezca no serlo), y para ello utiliza un símil erróneo que denota su desconocimiento de la genética y de lo que ha sido la evolución animal en relación con cada tipo de nutrición. Afirma que el ser humano no precisa consumir proteína animal para tener músculos sanos y poderosos, y avala este juicio en el hecho de que los herbívoros consiguen tener unos músculos incluso más resistentes que los carnívoros absteniéndose de consumir carne. Olvida que los seres humanos, y otros carnívoros, debemos incorporar de fuentes exógenas 8 aminoácidos esenciales, que si bien algunos se encuentran en alimentos vegetales, no lo hacen en las cantidades y con la disponibilidad y accesibilidad requeridas a nuestras necesidades vitales, y sobre todo, que las necesidad de aminoácidos esenciales por parte de los herbívoros es muy inferior, porque poseen aparatos digestivos mucho más desarrollados y sobre todo, y de aquí mi sorpresa, porque poseen complejos enzimáticos mejor adaptados que los carnívoros, para extraer de las plantas todo lo que necesitan para su supervivencia, objetivo que el ser humano únicamente podría lograr con gran dificultad, riesgo carencial y complementos dietéticos artificiales.

Destaca el autor la importancia de las alergias y de las intolerancias alimenticias. Pero me sorprende que no cite nunca la intolerancia al gluten, una de las más extendidas y graves. El gluten, junto con otras proteínas presentes en los cereales, posee una importante capacidad alergénica, que consiste en la dificultad que poseen los tractos digestivos de las especies no adaptadas a su consumo para romperlas en sus cadenas de aminoácidos, lo que puede provocar que en el intestino delgado las proteínas puedan integrarse en el torrente sanguíneo. Lo que podría incidir en la aparición de dos reacciones de parecido cariz, una directa defensiva y de tipo inflamatorio provocada por la activación del sistema inmunológico, y otra similar a la anterior, pero aún más grave, derivada del carácter mimético que pueden adoptar algunas de estas proteínas alóctonas respecto a las propias, lo que hace que nuestros anticuerpos no sólo ataquen a las moléculas exógenas, sino a las propias, acciones que estarían en la base de una parte de las enfermedades de tipo autoinmune, entre ellas, la celiaquía.

Destaca el autor, con razón, las intolerancias y alergias a la lactosa o las grasas artificiales con las que actualmente se fabrican muchos productos lácteos pretendidamente naturales, pero tan sólo incide en los peligros de las proteínas en los casos de la carne y los huevos, cuando resulta bien sabido que nuestras enzimas están plenamente adaptadas por evolución genética a la síntesis de la proteína animal y no así a la de los cereales. Las alergias a las proteínas de la carne resultan de todo punto insignificantes respecto a las procedentes de la leche, de los cereales y de las legumbres, por ejemplo. Recuérdese que el ser humano se alimenta de cereales sólo desde la invención de la agricultura, un hecho que tuvo lugar hace poco tiempo, sólo 10.000 años, y que en período tan corto no se ha podido producir ninguna adaptación genética que creara los complejos enzimáticos necesarios para integrar durante la digestión las proteínas del cereal de forma eficaz y del todo segura. En cambio, el autor japonés recomienda fervientemente los cereales, algo totalmente absurdo en relación con las principales líneas argumentales de su libro.

Otro elemento poco claro se refiere a la grasa, un nutriente imprescindible para la salud, indispensable para fabricar hormonas, entre otras cosas, y al que el médico japonés casi siempre se refiere peyorativamente. Tan sólo en el caso de las grasas vegetales sin tratar químicamente, el autor no digamos que las alabe, pero las consiente, un poco a regañadientes. Y el famoso omega 3, al que el científico no alude explícitamente, pero que recomienda fervientemente en forma de aceites procedentes del pescado, pero al que jamás pone en conexión con el consumo de omega 6 (procedente del aceite vegetal), y cuya relación resulta tan importante en la regulación de los procesos de inflamación o en la química cerebral, que no olvidemos, se compone fundamentalmente de grasa. Porque la importancia del ácido graso omega 3 no reside en él mismo, sino en su relación con el de tipo 6. Si en occidente se recomienda tanto el pescado azul, es porque el consumo de omega 6 resulta elevadísimo (aceites vegetales y comida basura), pero si éste fuera menor, evitando aceites vegetales, el de omega 3, para que fuera saludable, no debería ser tan elevado.

Resulta elocuente al respecto que cuando se habla de proteína, aparezcan imágenes de cuerpos esbeltos muy musculados, cuando de los hidratos de carbono, chicas jóvenes tomando cereales integrales, y que en cambio, cuando se habla de la grasa, en casi cualquier libro de dietética o divulgación científica, aparezca siempre ligado a fotografías de grandes barrigas, enormes pliegues cutáneos e inmensas celulitis, y no al de grandes cerebros saludables cuya integridad y adecuado funcionamiento sólo puede asegurarse tras un correcto abastecimiento de grasas.

Destaca muy acertadamente la importancia de los hábitos, de los modos de vida para alcanzar la salud. Al respecto alude al famoso informe de la comisión McGovern, que basándose en el estudio liderado por el bioquímico Keys en 1953, pusieron las bases, durante los años 70 del pasado siglo, de las recomendaciones alimenticias oficiales que actualmente padecemos (la pirámide alimentaria) y que desgraciadamente todavía no nos han procurado la salud, habida cuenta de que como oportunamente nos recuerda Shinya, la mayor parte de las enfermedades degenerativas, autoinmunes, cardiacas y cancerígenas que padecemos los occidentales, poseen una elevada relación con la dieta y con las rutinas sociales.

El senador norteamericano McGovern recibió el encargo de redactar unas recomendaciones dietéticas con el objeto de reducir la incidencia de enfermedades en la sociedad estadounidense, y por tanto de disminuir el presupuesto destinado a la salud, que a pesar de su magnitud, no conseguía atajar la extensión de enfermedades muy graves. Como reflejan los trabajos de Marion Nestle, “Food politics” y de Rusell Smith, “The cholesterol conspiracy”, y la magnífica conferencia reciente del doctor Noakes, “Cholesterol is not an important risk factor for heart disease and current dietary recommendations do more harm than good”, el lobby de la industria agroalimentaria ligada a las subvenciones sobre el maíz y la soja, fundamentalmente, pero también al de otros cereales, consiguió extender la idea, respaldada por el trabajo poco escrupuloso de Keys que pretendidamente ligaba colesterol, consumo de carne y enfermedades cardiacas, de que la grasa animal resultaba peligrosa, y que por tanto había que incrementar el consumo de aceites vegetales, cereales y glucosa con el objetivo de lograr un adecuada alimentación.

Las recomendaciones dietéticas de la comisión McGovern fueron confeccionadas por un vegano sin experiencia médica, y en su día ya fueron duramente criticadas por una parte importante del cuerpo médico y científico del país. Phillip Handler, entonces presidente de la US National Academy of Science, afirmó lo siguiente: “What right has the federal government to propose that the American people conduct a vast nutritional experiment, with themselves as subjects, on the strength of so very little evidence?”. O el doctor Ahrens, que publicó en la prestigiosa revista Lancet, en 1979: “(…) a trial of the low fat diet recommended by the McGovern Committee and the American Heart Association has never been carried out. It seems that the proponents of this dietary change are willing to advocate an untested diet to the nation on the basis of suggestive evidence obtained in tests of a different diet. This illogic is presumably justified by the belief than benefits will be obtained, vis-à-vis CHD prevention, by any diet that causes a reduction in plasma lipid levels”. Son algunos ejemplos, que se suman al esfuerzo del Secretario de Agricultura Earl Butz, que en 1971 alcanzó un gran acuerdo con las grandes multinacionales agrícolas del sector cerealístico con el objetivo de reducir el precio de los alimentos vía enormes subvenciones, política que se alió magistralmente con las recomendaciones dietéticas de la comisión McGovern.

Pero como las estadísticas demuestran tozudamente, la reducción de las cardiopatías a partir de los años 70, se debió fundamentalmente a la reducción del consumo de tabaco, y lo que realmente ha estado provocando la progresiva sustitución de grasas animales por vegetales y sobre todo fructosa (refrescos sobre todo), ha sido la proliferación de la arterioesclerosis, la obesidad y la diabetes de tipo 2. Al respecto, puede consultarse mi blog sobre “Salud y nutrición”.

Las figuras adjuntas demuestran estos hechos. En primer lugar, la correlación perfecta entre las muertes por enfermedades del corazón y el consumo de tabaco. Esta relación mutua parece incuestionable, sobre todo por el hecho de que durante estos primeros años de ascenso del consumo de cigarrillos el consumo de carne se mantiene constante en la sociedad norteamericana, y sin embargo, las muertes por enfermedades del corazón ascienden.  También el hecho sorprendente de que a partir de los años 50 se produzca el declinar del consumo de carne, a consecuencia de las campañas de prensa asociadas al informe Keys y que sin embargo, el descenso de las cardiopatías no sea tan elevado como cabría esperar de esta auténtica fobia a las grasas. Es decir, que el descenso de las cardiopatías asociada a la disminución del consumo de tabaco no fue tan elevada por culpa del paralelo cambio dietético que sustituyó la carne por el consumo de cereales y de elevadas cantidades de fructosa.

Sobre este particular, creo que el doctor japonés utiliza información antigua y no ha sido capaz de entrar en el debate científico tan interesante que se está produciendo al respecto y que creo que tantas cosas va a modificar sobre las recomendaciones alimentarias en el futuro.

Sin embargo, y tal como demuestra la práctica cotidiana de este doctor, sus recomendaciones provocan salud. Y no lo pongo en duda, porque sin incidir en todo, sin embargo, sí apuesta por una serie de cambios drásticos y profundos que aunque parciales, de hecho han provocado alteraciones muy positivas en la salud de sus pacientes. Destaco su consejo de evitar el consumo de lácteos, de abstenerse de fumar, de moderar el consumo de alcohol, de realizar cotidianamente actividad física moderada, de tomar alimentos sanos y no contaminados, de beber agua en buenas condiciones, de realizar una alimentación muy variada, de poner énfasis en los alimentos y las vitaminas, de evitar toda medicación, droga o exposición que ponga en peligro el equilibrio enzimático, de abstenerse de consumir alimentos pre-elaborados e industriales, de destacar la importancia de moderar el consumo de proteínas, etc.

Pero insisto y destaco como conclusión, si además el doctor H. Shinya hubiera incluido en sus recomendaciones evitar el consumo de cereales y de legumbres, limitar al máximo la ingestión de glucosa y resaltar la importancia de las grasas animales, creo que la salud de sus pacientes hubiera mejorado todavía en mayor cuantía. Si bien el doctor japonés, autor del citado libro, no va a hacer el propuesto experimento, en cambio, el lector interesado en estos temas podrá encontrar abundante bibliografía al respecto. Por ejemplo en Gary Taubes “Good calories and bad calories” o en “Salud y nutrición”.

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