ENSAYO SOBRE LAS DOS RUEDAS (xxv)

…………..continúa…

El Sr. Kellogg contra el Dr. Darwin

En materia tecnológica existe una clara alianza entre el Estado, en su papel de regulador y guía, y los grandes sectores industriales. No olvidemos que uno de los impulsos más destacados que sufrió el capitalismo allá por el siglo XIX fue el ofrecido por la industria de la guerra, entre unos Estados cada vez más belicosos y la necesidad, que suplió la industria, de estandarizar armas, uniformes, alimentaciones, etc., para hacer más eficiente y barato el aprovisionamiento de las cada vez más nutridas glebas, y sin las que resulta imposible comprender la historia de continuas guerras comerciales y coloniales que jalonan este período de consolidación del capitalismo. No hay que olvidar que el primer cliente de la industria capitalista fue el Estado, y que siempre el sector empresarial ha buscado su protección de las más variadas formas. ¿Alguien podría entender el crecimiento del sector automovilístico como motor de la economía durante casi 100 años sin la actividad constructora del Estado llenando de carreteras y autopistas todo el territorio y apoyando a las grandes petroleras?

Y se preguntarán qué tiene que ver esto con la alimentación. Pues bien, hay un punto en la historia en la que los Estados, además de mandar y penalizar empiezan aconsejar a sus ciudadanos para que alteren sus costumbres con objeto de alcanzar determinadas metas sociales en salud, bienestar, higiene, alimentación, educación, etc. Como afirmaba Foucault, al primer objetivo estatal de salvaguardar el orden, se le agregaría durante el nacimiento del capitalismo el de fomentar la riqueza, y finalmente, en su fase de máximo desarrollo, el de asegurar la salud de la población, lo que el autor francés denominaba la bio-política: “(…) la consideración de la vida por parte del poder; (…) un ejercicio del poder sobre el hombre en cuanto ser viviente, una especie de estatización-de-lo-biológico o al menos una tendencia conducente a lo que podría denominarse estatización-de-lo-biológico”. Bio-política o bio-poder que durante la segunda mitad del siglo XX se expresa a nivel planetario gracias a la aparición de la ONU y sus agencias especializadas en dar recomendaciones universales en relación con la vida: la FAO y la alimentación, la OMS y la salud, UNESCO, OMC, etc. Y dentro de este contexto, en la segunda mitad del siglo XX aparecen las llamadas guías de nutrición que fomenta en primer lugar Estados Unidos, y posteriormente la FAO y las Administraciones de otros países.

Asumimos como algo normal, consustancial al Estado moderno, que realice políticas de salud, y recientemente que desarrolle cada vez más campañas para la prevención de enfermedades, que publique y exhorte a la población a que siga determinadas recomendaciones que en ocasiones alteran las costumbres, tradiciones o incluso influya sobre la libertad de los individuos. Sin entrar a valorar ninguna de ellas, ejemplos de estas guías, consejos o recomendaciones, algunas de ellas incluso con marchamos de prohibición y mandamiento, podrían ser las siguientes: no fumar, vacunación, cuidado con el alcohol, drogas, mamografías, alimentos a evitar, preservativos, limpiar los dientes, etc.

Muchas de estas recomendaciones, casi sin necesidad de manifestar explícitamente el poder coactivo del Estado, suelen seguirse y cumplirse con bastante generalidad, a consecuencia del carácter oficial que poseen y puesto que casi todo el mundo asume que el Estado o la ONU sólo publican tales consejos cuando la ciencia, o sea, la verdad, los respalda, y porque consideramos que esta función está orientada por el bien general y no en defensa de intereses lucrativos particulares. Pero puede resultar orientador recordar lo que ocurrió hace un par de años cuando se cernió la amenaza de la gripe aviar, y consultar las guías que se adoptaron y cómo hubieron voces disonantes, confusión y mezcla de intereses particulares muy poderosos de algunas industrias. Quizás sea la excepción, pero yo más bien creo que esa mezcla de intereses y verdades a medias no es tan poco habitual, y que si escarbáramos en otras políticas de salud o de alimentación podríamos llevarnos algunas sorpresas.

Estados Unidos fue un país pionero en la publicación de guías nutricionales. Durante el siglo XIX éstas consistían fundamentalmente en recomendaciones ligadas a la desnutrición y la necesidad de superar determinadas carencias. Pero en 1894 la USDA (Departamento de Agricultura), asume la responsabilidad (hasta ahora y durante más de 100 años) de guiar a los americanos en su alimentación y publica la primera guía, denominada “Farmers’ Bulletin”. No deja de sorprender que desde entonces haya sido el organismo encargado de proteger a la agricultura el que aconseje a los consumidores sobre lo que deben comer.  20 años después la nutricionista Carolin Hunt redactó para este organismo gubernamental la “Food Young children” (1916) y “How to select foods” (1917), e inició la carrera ininterrumpida por incrementar la participación de los hidratos de carbono y específicamente los cereales, en cada nueva guía nutricional. Recordemos que en 1898 el Sr. Kellogs inventó su original método de tratar el maíz y en 1906 su primera empresa, y que a la sombra de estas recomendaciones su negocio creció enormemente. Si se observan los principales hitos que jalonan el éxito empresarial de Kellogs con las principales decisiones políticas en relación con la nutrición, se comprueban curiosas coincidencias: por ejemplo, la creación en 1923 del departamento de dietética en Kellogs para elaborar recomendaciones en la materia, o en plena recesión económica el plan de alimentación y producción agrícola que lanzó la USDA y en el que los cereales poseían un fuerte peso, lo que hizo declarar al Sr. Kellogs “yo también invertiré en la gente”; o el contrato en exclusividad para alimentar a las tropas americanas en campaña durante la II Guerra Mundial que coincidió con la creación de la National Nutrition Conference for Defense que elaboró las primeras RDA’s, o cantidades mínimas recomendadas de ciertos alimentos. Más allá de lo que manifiesta su actual propaganda (“Kellogg is proud that our brands help ensure the health of our military”), no parece que esta gran empresa iba a contentarse con sólo alimentar a los militares americanos.

Hasta ese momento los cereales en la dieta no suponían un porcentaje muy representativo del total de calorías ingeridas. Sin embargo, en la primera guía nutricional de la USDA de 1894 ya se aconsejaba incrementar el consumo de cereales al menos hasta un 20%, sobre todo en el desayuno, junto con la leche, que recientemente había logrado pasteurizarse. Esta tradición de tomar cereales, eludiendo las grasas y tomar escasas proteínas procedía de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, una corriente salvífica y milenarista del protestantismo que oficialmente se estableció en Michigan, en el municipio de Battle Creek. Allí construyeron en 1866 el Sanitarium, un centro terapéutico cuya misión consistía en desarrollar y aplicar las medidas higiénicas, sanitarias y dietéticas que propugnaban los seguidores de esta iglesia con objeto de llevar a la práctica lo más fielmente posible las enseñanzas de las Sagradas Escrituras en espera de la nueva llegada del Salvador. Diez años después de su fundación fue nombrado superintendente J.H. Kellogg, hermano de W.K. Kellogg (bibliotecario de la institución y futuro empresario de la industria alimenticia), que extendió la práctica del desayuno con cereales, que finalmente se popularizó gracias a su hermano, que creó la famosa multinacional a partir del invento de los corn flakes. Hay que pensar que este movimiento de renovación dietética estuvo muy ligado al intento de varias iglesias (por ejemplo el presbiteriano Graham, ¿les suena?) de fomentar una dieta más “cristiana”, basada en el cereal de la última Cena como alternativa a la carne y la grasa. Además de la patente sobre varios productos, Kellogg aplicó novedosas ideas a su comercialización, además de intentar fundar el vegetarianismo de su desayuno en la ciencia, para lo que creó una fundación que supo granjearse la confianza del Gobierno americano. Recordemos que las instalaciones de Kellogg se utilizaron para desarrollar el proyecto Manhattan que acabaría produciendo las primeras bombas atómicas de la historia.

………..continuará…

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