¿POR QUÉ ruivaldivia.net?

Recientemente cambié el dominio de este blog que estás leyendo. Como sabes, ruivaldivia.net. Y me gustaría explicar la razón de esta decisión.

En el mes de mayo de 2012 colgué mi primera entrada, utilizando para ello el texto del primer relato que me publicaron en la revista Viento Sur, “Por última vez”. Mi primer objetivo consistió en ordenar todos los artículos que había publicado durante los últimos años, un primer paso antes de afrontar el verdadero reto, mantener una secuencia continua de reflexiones sobre los temas que me interesan.

Apenas conocía nada sobre tecnología de blog, de esa parte informática que está detrás del proceso de escribir, publicar y conversar en red. Lo que sí tenía claro era que deseaba utilizar un software de código abierto, y como recientemente había tenido una buena experiencia con WORDPRESS, al montar con éxito un portal de comunicación y debate en torno a la cooperación internacional en materia de recursos hídricos, pues me aventuré a montar mi blog utilizando este sistema.

Si pulsas la palabra wordpress en un buscador web, la primera dirección a la que te dirige es a www.wordpress.com, que con el tiempo he conseguido descubrir que se trata de una empresa que con el reclamo de distribuir gratuitamente wordpress (que cualquier persona alternativamente se lo puede descargar de la página real de este software  https://wordpress.org/), lo que realmente oferta es un servicio de hosting (servidor) y de dominio, es decir, un lugar donde colgar tu blog y un nombre que te identifique para que cualquier internauta pueda dirigirse a él.

Para entender mi decisión de abandonar wordpress.com (mi antigua dirección recuerda que era ruivaldivia.wordpress.com) resulta necesario comprender que eso que llamamos internet, la red mundial de comunicaciones digitales, consta de una parte que podríamos denominar como inmaterial (los datos que fluyen), y otra que se compone de la infraestructura (física, material) que sustenta la red y por la que se mueve la información.  Puede decirse que existen dos redes superpuestas y solidarias, la red virtual de la información que se fabrica en tiempo real según los bites que fluyen entre esas personas/dominios que generan y usan la información (la primera imagen que acompaña esta entrada), y la red fija (la siguiente imagen), compuesta principalmente de cables y servidores. La primera es fluida, y se pueden realizar grafos que muestran los principales flujos de datos, pero que hacen abstracción del movimiento real de esos bites, que lo hacen entre los servidores privados que realmente contienen la información, y a través de redes físicas que se han construido y que poseen propietarios.

Cuando pensamos en internet normalmente tenemos en consideración la primera de estas redes, la virtual, y desgraciadamente no contemplamos la existencia de la otra, la física, como si los datos, al igual que el agua o la electricidad que llegan a nuestra casa, lo hicieran “mágicamente” y sin una materialidad que se despliega en el territorio. Existe, por tanto, una red pública y libre de datos que se fabrica según las decisiones de los internautas a la hora de acceder a y disponer de la información. Pero existe por debajo una infraestructura que hace posible ese tráfico que no es pública, ni gratuita, ni libre, y que resulta imprescindible hacer patente, para poder comprender el fenómeno internet y las dinámicas de poder que a su alrededor de suscitan y que tanta importancia poseen para entender el conflicto que se da entre la libertad y el control en la red.

Mi blog lo concibo como un lugar de aprendizaje, ya que el hecho de colocarse delante de ese abismo que es una hoja en blanco, obliga a un esfuerzo intelectual especial que utilizo para intentar estructurar mi pensamiento. Como si ese orden que se vierte en el papel produjera también una ordenación de la propia mente, todavía más necesaria cuanto se sabe que a lo escrito va a tener acceso cualquier lector, lo que me acucia a tener que colocarme en la posición de aquel potencial internauta que por paradojas de la deriva acabe recalando en una de mis páginas. Creo que la obligación de hacerse entender se acaba convirtiendo en la pretensión más potente para poder aprender algo, porque siempre la operación de ponerse en el lugar del prójimo ayuda a saber muchas cosas a nivel de amistad, ciencia, lenguaje y ética.

El blog es un entorno de libertad, y ello produce una gran felicidad, aun cuando sean tan pocas las personas que realizan comentarios o que llegan a leer alguna de tus páginas. De pequeño me preguntaba por qué sólo poseía estos amigos concretos de mi barrio o de la escuela. Que si hubiera vivido en otro lugar, ciertamente habría tenido amigos diferentes. E imaginaba cómo hubieran sido esos otros amigos potenciales que por lugar, momento, idioma, etc. ya nunca jamás podría conocer. En cierto modo un blog te permite hablar con ellos, aunque la mayoría no te escuche, pero en la psicología del blogero este elemento está muy presente, el de imaginar una comunidad amiga de lectores para la que se escribe, con la que nos gustaría comunicarnos. No el mundo, tampoco poseer un ranking elevado de visitas, sino lograr reunir a esos amigos anónimos que quizás la red puede ayudar a reclamar.

Pero esa red en la que escribimos parte de nuestra vida posee, como antes decía, una materialidad que vehicula los bites que se lanzan a la blogosfera. Fundamentalmente un servidor (hosting) en el que reside el blog y al que acceden todos los internautas que teclean el nombre de mi dominio. Un blog es un faro por el que emitimos parte de nuestro ser, un código que deseamos que se mantenga público, libre, accesible y que nadie pueda utilizar para chantajearnos, o lucrarse, que no nos lo puedan cerrar, modificar o controlar según le convenga al propietario del servidor.  Por esta razón, por la de intentar mantener mi independencia e integridad, creí conveniente que debía alojar mi blog en un servidor que me ofreciera confianza.

El siguiente artículo de David de Ugarte, “Internet y comunidad”, me parece esencial al respecto, con claridad y concisión nos expone la idiosincrasia que preside el blog como un elemento indispensable para vertebrar pensamiento, relaciones, comunidades, aprendizaje e identidad. Y también sobre la necesidad de luchar por obtener el control no sólo de lo que se dice sino del medio en el que se escribe, la infraestructura material que es internet y que controlan unas pocas empresas muy poderosas. Comparto las siguientes palabras, razón por la cual cambié de servidor y de dominio:

Al final Internet como red distribuida se basa en algo tan sencillo como que cada cual, cada comunidad, tenga su propio servidor (…) Así que si hay algo que debería aprender toda comunidad es a controlar y manejar un pequeño servidor y hacer correr en él esas herramientas que permitirán la interconexión con otros como él (…) Manejar estas herramientas básicas es tan importante como podía serlo tener y manejar una imprenta para los protestantes y revolucionarios del siglo XVI. Para ellos era la forma de participar en el debate global alternativo de su época sin depender de la generosidad de la Inquisición y sus impresores. Hoy no tenemos Inquisición, pero la NSA que nos descubrió Snowden es tanto o más peligrosa.

Ahora he contratado un espacio en el servidor ponlenombre.com, gestionado localmente por una comunidad de personas que me ofrecen confianza. Allí tengo mi blog con el nuevo dominio ruivaldivia.net. La gestión del hosting, y dado que para ello todavía no poseo suficiente experiencia, la realizo con la colaboración de entramado.net.

Quizás seamos conscientes de la importancia que posee internet para la comunicación del conocimiento, para facilitar la colaboración y la interacción social. Su efecto multiplicador resulta asombroso. Pero también su potencial para crear una cibernética política y productiva. Este último aspecto resulta indispensable para entender el conflicto manifiesto que se da entre una comunidad que desea que internet mantenga el espíritu distribuido con que se creó y a duras penas mantiene, y unos grupos de poder que luchan por su centralización, por apropiarse de cada nuevo avance tecnológico en el camino de la libertad para transformarlo en un nueva arma de control y de generación artificial de escasez.

Terminaré con una experiencia personal en este ámbito. Hace unos años participé en la creación de una agrupación deportiva, la A.D. SAMBURIEL. Un elemento fundamental de interacción y de funcionamiento de nuestra comunidad deportiva consistió en la creación de un blog que manteníamos con mimo. Recuerdo que decíamos que una competición no acababa hasta que cada participante la narraba en nuestro blog. Actualmente la agrupación sigue manteniendo el blog, pero junto con la presencia en redes sociales, vía twitter y fundamentalmente facebook, y por medio de whatsapp, que ha acabado por convertirse en el lugar donde se vierten las narraciones ya mínimas de nuestras gestas deportivas. Pero claro está, de forma siempre un tanto frívola, sin la suficiente reflexión, apenas unas palabras de trámite para despachar eventos que resultan a veces realmente conmovedores y cuajados de emociones.

Si se consulta ahora el blog de la SAMBURIEL se advierte que la mayor parte de las entradas carecen de comentarios, cuando antes consistían en sagas enteras que nos entrelazaban a todos. Se ha transformado en un escaparate oficial de lo que se hace, rígido y muy poco dinámico. Ahora ese esfuerzo se dirige en otros foros más directos, frágiles y un tanto etéreos que poco aportan al debate y a la transmisión de sentimientos y pensamiento. Y sin embargo, todos estamos ahora más conectados, en tiempo real sabemos lo que hacemos todos porque basta con colgar una frasecita desde el móvil para que en ese mismo momento todos lo conozcan y devuelvan los correspondientes emoticonos o pulsen el me gusta. Pero desearía incidir en el hecho de que por el camino se han perdido elementos muy valiosos, y una cosa sobre la que quizás no somos todos igualmente conscientes, y es que estas herramientas son muy cerradas para que gente nueva nos pueda conocer y se integre en nuestras redes. El blog estaba abierto, cualquiera podía saber lo que hacíamos, conocernos y empezar a participar realizando comentarios o simplemente manifestando su interés por venirse a los entrenamientos o las quedadas. Pero al whatsapp, por ejemplo, se accede únicamente por invitación, lo que dificulta realmente que otras personas ajenas inicialmente a la agrupación se puedan unir.

Bueno, ya lo sabes, por qué ahora me llamo ruivaldivia.net

ENSAYO SOBRE LAS DOS RUEDAS (xlii)

…………continúa…

El trabajo sobre la bicicleta

No sé qué pensar. Tantos artilugios alrededor de un simple cuerpo, el sudor, la ambición, tantas veces el sacrificio y la alegría de haber podido estar allí. Helicópteros, motos, cámaras fijas transmitiendo en tiempo real el detalle, la situación general, los movimientos y gestos más significativos, el cambio de posiciones o las tentativas. Las licras tan prietas y brillantes, gafas y cascos aerodinámicos, un auténtico batallón de abejorros publicitarios atravesando un país detenido en la cuneta.

Arte a pesar de todo. Una emoción que surge de ese enlace precario, pero imprescindible, entre lo natural y lo social, la técnica que sin embargo no puede prescindir del esfuerzo y el sacrificio, de la alegría humana de poder mover un artilugio que evoluciona.

A diferencia de las Olimpiadas, que surgieron del afán de ayudar a la convivencia entre los Estados y  al ideal político de la confraternización universal, de mostrar en el escaparate mediático que la competición deportiva podría sustituir a las guerras; las pruebas ciclistas, en cambio, ni siquiera las grandes vueltas, giros y tours que hoy parecen también instrumentos nacionalistas, fueron creadas localmente por sus mismos protagonistas, clubs y revistas deportivas, ayuntamientos, grupos  comarcales, asociaciones de comerciantes, clubes de amigos del país, casinos, etc. Fue como un furor desatado que contagió a pueblos enteros y en el que se fraguaron las “clásicas” que hoy continúan emocionándonos. Auténticos hijos del pueblo que  compraban su bicicleta con ahorro y trabajo, que la utilizaban tanto para competir como para desplazarse cotidianamente, que se vestían con la publicidad que les regalaba la tienda de ultramarinos o la cooperativa de vinos del pueblo. Y se lanzaban por los caminos del país para ganar, convivir con los amigos del equipo, conocer nuevas chicas, descifrar otros paisajes. Obreros que no se avergonzaban de ganar dinero dando pedales, que consideraban el amateurismo del atletismo olímpico como un pasatiempo snob de niños bien que podían prescindir de remuneración y que competían por puro placer señorial.

El ciclismo siempre ha sido un deporte en equilibrio incierto. Porque hace patente y explícito el conflicto social. A diferencia del atletismo olímpico, que lo oculta tras las banderas y la asepsia del fair play, el ciclista, como el boxeador, ha expresado siempre la lucha del individuo por salir a flote, por abandonar la pobreza, contra la presión del régimen por seguir explotándolo y sacarle el máximo rendimiento mediático, económico y simbólico.

Un ejemplo. Se ha considerado que Vicente Blanco “el cojo”, natural de Deusto, fue en 1910 el primer competidor español en el Tour de Francia. Sólo pudo disputar la primera etapa. Porque la noche anterior había alcanzado la línea de salida en París tras haber recorrido, claro está, montado en su bicicleta y al borde del colapso, los mil kilómetros de distancia que separan a la capital francesa de Bilbao. Increíble. Vicente fue siderúrgico en La Basconia, donde una barra al rojo vivo le atravesó la planta del pie. Pero un año después otro accidente laboral, este en los astilleros de Euskalduna, le acabaron de destrozar la pierna, de aquí su apodo. A pesar de ello, era tal su pasión por la bicicleta que la desgracia le agigantó el ímpetu y los mayores triunfos y retos deportivos los acometió ya lisiado, una vez pudo comprarse una bicicleta con el dinero que le dieron por la indemnización.

La historia del ciclismo está plagada de historias parecidas. Trabajadores que sintieron que la bicicleta les podría hacer más libres, aun cuando muchos acabaran sus días tan pobres y deshechos como si hubieran continuado trabajando en la mina, en la siderurgia o en el campo como aparceros. Ese espíritu del ciclismo antiguo de luchar por la libertad dando pedales resulta muy necesario en el mundo de hoy, como el ejemplo de otros muchos espíritus libres que en otros campos y actividades convirtieron su vida también en epopeya.  Todo el que hoy se sube a una bicicleta se convierte en cierta manera en un heredero de aquel espíritu. Porque a través de la cadena que mueve el carrusel mecánico que representa una bicicleta, el ser humano que se transporta con él puede convertir el pelotón en parte de su comunidad, y al mundo en un compendio de millones de otros pelotones.

…….continuará…

“Yo me enamoré de ti”

 

Algo así cantaban Los Chunguitos,

Yo me enamoré de ti,

Sin saber quién eras,

Ni de qué familia,

Ni de qué frontera.

Una rumba asertiva, de una claridad conceptual casi insultante, que no informa ni sobre el agente que se enamora, ni del objeto hacia que se dirige tal sentimiento, pero que con contundencia casi delirante realiza una afirmación absoluta de amor por encima de clases, géneros, razas, naciones, personalidad, ideología, en un impulso tan platónico y a la vez tan salvajemente instintivo, que lo uso como un canto que me recito cuando alguna menudencia que creía escollo se topa ante mí con insolencia.

Me atraen estos juicios que dejan abiertas tantas posibilidades, sobre los que podemos construir tantas historias, pero que a su vez declaran sin ambigüedad un deseo, sin titubeos una conducta. Ni sabemos qué es el yo, ni a quién se refiere con el tú. Tampoco conocemos si le está recriminando, y por tanto, poniendo en valor su antiguo enamoramiento desinteresado, o sin embargo, simplemente está reconociendo un hecho y ya a toro pasado un acierto electivo que proclama con alegría… o quizás también con el reproche del que se siente traicionado. Según se mire, el que canta parece que se estuviera enorgulleciendo, a la vez que despreciara, con cierta displicencia, al ser querido, al que no sabemos si sigue amando o le guarda algún tipo de rencor. Pero también podría interpretarse como un elogio, ya que más allá de sus atributos aparentes, de su nombre, familia, patria y condición, el cantante, en este caso, los cantantes gitanos, estuvieran alabando lisa y llanamente al objeto de su amor.

Algo muy distinto le ocurrió a Lohengrin, el protagonista de la ópera wagneriana, porque la tierna Elsa, que tan puramente ofreció su virgo al honesto teutón, no pudo soportar, sin embargo, lo que unos gitanillos de Badajoz nos cantaban con ritmo rumbero: el no saber ni el nombre, ni el cargo, ni tan siquiera el origen de su santo novio.

Elsa, si he de ser tu esposo

y defender tus tierras y tus gentes,

si nada debe separarme nunca de ti,

entonces tienes que hacer

un juramento:

nunca te preocuparás de saber,

ni nunca me preguntarás

de dónde vengo,

ni cuál es mi nombre o mi linaje.

Desconozco el final del amor Chunguito, pero el de Elsa sí, no supo contenerse, y preguntó nada menos que tres veces, porque no podía soportar la incertidumbre que la ligaba al ser anónimo sin historia, al apátrida, quizás al bastardo. Y perdió, claro, todos sucumbieron a su querer saber demasiado, sobre todo por intentar acceder a una información puramente administrativa que no hubiera debido afectar al amor.

Pero porque la memoria no permanece tallada en nuestra mente, ahora que acabo de construir todo este andamiaje en torno al paria que ama sinceramente, y a la noble cotilla que no soporta la incertidumbre, el flujo de mis neuronas me devuelve a la cruda realidad, y compruebo, para mi desespero, que allí donde yo creía que Los Chunguitos decían “ni de qué frontera”, en realidad afirmaban “yo moriré de pena”. Siete sílabas frente a ocho, pero en cambio, la misma acentuación y ritmo. Rabia. Deseaba yo incluir en esta línea argumental la necesidad de la humanidad globalizada y el hecho de que Lohengrin procediera de un sin lugar (In ferlem Land, dice en su aria de despedida), y me topo con una coletilla sentimentaloide que compruebo que no está a la altura de mi argumentación.

No importa. En el amor ensalzado al compás de la rumba los personajes resultan carnales, de tierra y esparto amasados en sangre impura. Pero Lohengrin con su armadura blanca, sus rizos dorados, el azul lagarto de sus ojos diáfanos, se nos muestra como una especie de fantasma, un espectro que surge con la misma magia que hace mutis montado en el cisne en el que se había metaforseado su cuñado asesinado cuando aún era niño. Si “el morir de pena” que trastoqué no deja de ser una simple metáfora que cierra el verso y que anima a un nuevo comienzo amoroso en los brazos de otra persona, en el Lohengrin de Wagner, Elsa realmente muere de pena y arrepentimiento, desplomada por enésima vez en un tercer acto interminable:

 ¡La tierra se abre a mis pies!.

¡Noche horrenda!.

¡Aire!, ¡aire para la desgraciada!

Pero hay un elemento en la confesión final de Lohengrin que continúa desconcertado a generaciones enteras de wagnerianos, un dato al que sin embargo ni a Los Chunguitos, ni a su larga cohorte de admiradores parece importar, y es que el caballero mágico afirme que su padre es Parsifal, y que además nada diga de su madre. Cualquier flamenco que se precie, y enfrentado a un trance similar, hubiera declarado con vehemencia y lágrimas en los ojos quién era su madre, pero el tedesco, en un alarde mariano invertido declamó que sólo era hijo de padre y no de madre, afirmación tanto más disparatada cuando se la enfrenta con el hecho de que Parsifal se mantuvo virgen toda su vida.

Un puro dislate. Quién sabe si no habré sido un afortunado por haber tenido la suerte de escuchar a Wagner antes que las rumbas gitanas y catalanas, porque si hubiera sido al revés, no duden de que hubiera arrojado a Lohengrin a la papelera de reciclaje.

LA CORRUPCIÓN

Creo que depende de la genética. Pero no sólo de ella. También de las circunstancias, que a veces lo ponen realmente difícil, o fácil, según se mire. Es una mezcla de predisposición y oportunidad, que por casualidad coloca a algunas personas cerca de la tentación. A veces son ellas mismas las que buscan por todos los medios ocupar ciertos puestos, estar cerca de las decisiones arbitrarias, de los cargos públicos. Y de las malas compañías, qué duda cabe.

Todo ello conforma algo estructural. Las personas adoptamos comportamientos que sintonizan nuestra predisposición genética y personalidad con el particular ambiente social en el que vivimos. Que en una comunidad nadie robe y se guarden ciertos compromisos, que se mantengan unos determinados comportamientos, no sólo depende de la voluntad individual, sino de cómo operan una serie de controles sociales que el ser humano ha ajustado a lo largo de su evolución en sociedad. Unos controles que se acoplan fácilmente cuando trabajamos y convivimos en comunidades pequeñas, pero que pierden fuerza a medida que nuestras decisiones se realizan en entornos tan gigantescos como los que generan los Estados modernos, donde las cadenas causales y los vínculos de afecto y de reciprocidad natural se diluyen. Como afirmaba Emma Goldman, “la corrupción de la política no tiene nada que ver con la moral, o la laxitud de la moral de diversas personalidades políticas. Su causa es meramente material”.

La etología ha estudiado multitud de estas paradojas. Por ejemplo, la de las palomas, animales que simbolizan la paz, pero que resultan enormemente crueles y despiadadas con sus congéneres derrotados en sus luchas territoriales o sexuales. Pero tan sólo cuando se encuentran en cautividad, ya que la especie no posee los mecanismos genéticos adecuados al aplacamiento de la violencia, que nunca han necesitado en un entorno natural donde el perdedor simplemente huía volando. Nos lo cuenta, junto a otros casos, el premio Nobel K. Lorenz, en un libro cuyo pésimo título engaña sobre su real contenido, “Sobre la agresión, el pretendido mal”.

Una conclusión similar se alcanza respecto al conocido y devastador experimento de Milgram, en el que casi todos los individuos, con independencia de los estudios, cultura, extracción social o nivel económico, aplicaban unas descargas eléctricas a las víctimas incompatibles con la vida, a pesar de la visión del dolor manifiesto que ellos creían que estaban provocando. La obediencia a la autoridad parece muy fácil de lograr, en contra de la propia libertad y del dolor ajeno, cuando las condiciones ambientales-sociales resultan las apropiadas. Se ha justificado la reacción tan “inhumana” de la mayor parte de los humanos por la teoría de la cosificación, en la que el individuo se transforma en un objeto que transfiere su responsabilidad al sujeto que manda o al ambiente social que le empuja. Por ello, cuando en posteriores experimentos se incrementaba la cercanía material de la víctima, e incluso el daño se producía casi en el roce, disminuyó enormemente las tendencias sádicas de los sujetos.

Como nos recuerda Hannah Arendt en Eichmann en Jerusalén y refiriéndose a los torturadores y asesinos nazis:

No fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terrible y terroríficamente normales. Desde el punto de vista de nuestras instituciones jurídicas y de nuestros criterios morales, esta normalidad resultaba mucho más terrorífica que todas las atrocidades juntas, por cuanto implicaba que este nuevo tipo de delincuente […] que, en realidad, merece la calificación de hostis generis humani, comete sus delitos en circunstancias que casi le impiden saber o intuir que realiza actos de maldad.

Esto demuestra que todas las personas –o las palomas- somos realmente asesinos en potencia, y que absolutamente todos podemos alcanzar unos niveles muy elevados de crueldad cuando la estructura social y material que nos rodea nos predispone a ello. Y por supuesto, también espléndidas personas repletas de bondad, si las circunstancias fueran diferentes. Konrad Lorentz solía afirmar que el ser humano no distaba demasiado de ser un simio al que se le hubiera dado la posibilidad de manipular un botón dotado para lanzar un ataque nuclear. Porque en el ser humano, al igual que en el mono, resulta fundamental que la libertad, y la responsabilidad de hacer, estén en conexión afectiva con las consecuencias que el sujeto puede advertir en personas a las que considera iguales, o sea, de su propia tribu o comunidad, y no anónimas o inferiores.

El debate sobre la responsabilidad social o individual de la delincuencia debería resultar irrelevante. No lo es en nuestra sociedad, que entre otras cosas ha creado la figura del delincuente para justificar la ley (léase a Foucault y su sociedad disciplinaria en “Vigilar y castigar”), y al que se considera un oportunista o un demente al que el Estado debe ingresar en prisión o en un psiquiátrico. La ley, por tanto, se legitima con objeto de evitar que aparezca ese oportunista-delincuente que la derecha considera que opera por propia voluntad, y la izquierda por necesidad, en fin, para justificar un Estado que debe respectivamente perseguir, o cambiar el ambiente social.

Creo que en este tema estamos demasiado influidos por el trauma de la tentación. Cuarenta días pasó Jesús en el desierto sufriendo las oportunidades de negocio que el diablo le ofrecía, y al final, no sucumbió al ambiente social, porque era una ser libre y se sacrificó para ser bueno y ser fiel a su esencia sagrada. Los malos no hubieran necesitado al diablo para urdir mil catástrofes sociales en aquella soledad cósmica. Pero el ser humano no es un dios, y nuestra libertad no es la del creador, sino la del productor, que se fabrica a sí mismo y a su mundo con lo que encuentra a mano. Nuestro deseos afloran de un rincón desconocido de nuestro ser, imposible observarlos en perspectiva desde la atalaya de nuestra conciencia; y nuestras decisiones proceden de la maquinación electroquímica con la que nuestro cuerpo responde al entorno social con el que nos acoplamos. Preguntarse por quién roba, la sociedad o la persona, carece de sentido. La única respuesta es que roban ambos.

El caso resulta similar al del sujeto que desgraciadamente padece una lesión cerebral en su lóbulo frontal. Anteriormente su comportamiento siempre fue exquisito, pero ahora no podrá reprimir todos los pensamientos que nacen en su mente, transformado así en un sátiro deslenguado (véase Damasio, “El error de Descartes”). ¿Tiene sentido utilizar, en este caso, los conceptos tradicionales de libertad o responsabilidad? A la luz de la neurobiología, el caso contrario resulta plausible e igualmente justificado, es decir, que la lesión no estuviera en la cabeza del individuo sino en el ambiente que lo rodea.

Por esta razón, la corrupción resulta inherente, estructural al Estado moderno, sea democrático o no, aunque posea estrictos controles –que no dejan de ser humanos- o una prensa agresiva y denunciante. Los Estados son estructuras donde se alojan los lugares que las personas ocupamos, sillones que incorporan funciones, categoría social, poder, etc., posiciones artificiales que cuanto más elevados estén menos controles etológicos van a poseer en cuanto a las condiciones biológicas adecuadas para apoyar un comportamiento “ético”, por la distancia cada vez mayor que separa los cargos de las consecuencias sociales de las decisiones.

En el barroco se pusieron de moda ciertas novelitas y obras teatrales en las que se ponía a prueba la moral de las mujeres más fieles y honradas, por el propio marido o un amigo cercano que disfrazado tentaba a la hembra para hacerla caer en el pecado de la deshonra y así demostrar que las más altas torres siempre podían caer. El Cosi fan tute (Así son todas) de Mozart lleva estas situaciones, y por tanto, las dobles tintas, los engaños y los enredos, los malentendidos, a la cumbre del humor, la ironía y la sutileza. Todo para demostrar, sobre el sexo más vigilado y expuesto a la maledicencia, el género sometido y a la vez elevado a modelo de virtud, que la moral sólo podía observarse en un ambiente propicio.

Como decía Weber, la corrupción resulta muy diferente en una democracia, en la que el poder público debe responder ante unas leyes, un parlamento y unos jueces, sobre todo, ante unos ciudadanos de los que se supone deriva la soberanía; que en el Antiguo Régimen, en el que el ejercicio del poder poseía un marcado sentido patrimonialista, y en donde sus decisiones se ejercían sobre su propia propiedad –que éramos todos-, de forma arbitraria y justificada siempre por designio divino. Por ello el sociólogo alemán incidiría en la necesidad de poseer una burocracia racional e incorruptible como fundamento del Estado moderno.

Pero el funcionario se parece demasiado al sujeto que acciona la corriente eléctrica en el experimento de Milgram. No porque sea funcionario, sino porque el burócrata no deja de ser una persona similar al resto de los mortales, pero al que se le coloca en una situación realmente difícil y profundamente amoral, en un contexto fingido de objetividad, racionalidad y asepsia que en nada facilita ni las decisiones eficientes, ni éticas. Por ello, el código napoleónico, que construiría  el prototipo del burócrata moderno, definía en unos términos absolutamente puros la singularidad casi celestial de esa rara avis que debía ser el funcionario público bajo el Imperio, y que, por ejemplo, la ley española recoge de esta forma tan clara: objetividad, integridad, neutralidad, responsabilidad,  imparcialidad, confidencialidad, dedicación al servicio público, transparencia, ejemplaridad, austeridad, accesibilidad, eficacia, honradez, promoción del entorno cultural y medioambiental, y respeto a la igualdad entre mujeres y hombres. Unos santos, casi héroes, y en los tiempos que corren, auténticos titanes de la moral. Si pudiéramos asistir a sus deliberaciones alrededor de la mesa, percibiríamos sus aureolas místicas.

No puedo dejar de reconocer que el concepto de corrupción que nos expone Maquiavelo, y que tomó de pensadores clásicos como Platón, Aristóteles y sobre todo, Tucídides, posee mucho más sentido, fuerza explicativa y capacidad de respuesta que el actual, que descansa sobre todo en la calidad moral del individuo. Para Maquiavelo, la corrupción es un fenómeno social, es la república la corrupta, la que impide que la virtú  la puedan expresar sus habitantes, la que genera una estructura en la que resulta inadecuado no ser un corrupto. La corrupción, por tanto, no sería tanto un delito personal, un acto ilícito de un ciudadano inmoral que no ha podido vencer la tentación, cuanto un sistema social incoherente con la virtú. En contraste, el sistema democrático se basa en considerarse árbitro de intereses, la burocracia en juzgarse como la mantenedora de las normas del juego legal y de la competencia económica, en suma, un entramado que conforma el campo de juego donde una serie de grupos de poder van a competir en supuestas condiciones de igualdad. Y como esta imagen que posee de sí misma la democracia resulta tan racional e idílica, el hecho de que a diario sea desvirtuada por la corrupción no puede provenir de ella misma, de su propia definición de Estado democrático garante, sino de unos individuos libres que han decidido pecar y que por tal razón deben ser juzgados individualmente para seguir asegurando la legitimidad de todo este andamiaje.

Como afirmaba con anterioridad, la clave interpretativa consiste en tener en cuenta la situación en la que el sistema coloca a las personas, del mismo modo a cómo el experimentador pone en cautividad a las palomas, el matrimonio tradicional recluía a las mujeres, Milgram ofrecía un interruptor y colocaba un cristal o el Estado moderno reparte puestos y poder dentro de la pirámide. Recuerdo una situación que E. Galeano nos contaba, en que unos campesinos de un pueblo retirado se convirtieron por unas semanas en actores de una película, donde se los dividió en actores a caballo y de a pie, y cómo a los pocos días se empezaron a dar situaciones de prepotencia y abuso por parte de los primeros, que acabaron corrompiendo su comunidad real, por el sólo hecho de haber sido elegidos y distinguidos para un puesto de poder –a caballo-, aun cuando éste se ocupara en el puro juego del rodaje de una película.

Los seres humanos no poseemos ninguna esencia, al estilo de cómo se consideraba lo original, lo puro y lo digno en la filosofía humanista e ilustrada, y por tanto, ni somos buenos ni malos por definición. Los datos que testimonian los estudios históricos, antropológicos y sociales sobre las relaciones entre la estructura política y los comportamientos individuales, nos dicen que la respuesta humana se asemeja a una distribución probabilística, con mayor o menor frecuencia de corrupción no como consecuencia de la suma de respuestas individuales, sino como una derivación directa de la estructura social en la que los individuos estamos insertos. Y como toda campana de Gauss, sea esta más apuntada o más tendida, existirán tanto sus extremos y outsiders, como sus medias y modas bien establecidas. Que todos creamos estar en el extremo de los incorruptos no deja de ser fruto de la disonancia cognitiva que caracteriza a lo humano y su indulgencia ética con comportamientos e ideas contradictorios, y que toda persona tiende a justificar ya sea por apelar a principios supremos o a ideas imaginadas que generan complacencia y apaciguamiento.

Como en una sociedad masacrada por la desigualdad, la delincuencia nunca va a ser extirpada por las cárceles, del mismo modo, el temor a la justicia o a la prensa no va a eliminar la corrupción. Se apela, desde los organismos internacionales, y desde multitud de bienintencionados comentaristas de la política de todos los días, que la lucha contra la corrupción por medios judiciales resulta imprescindible, que la prensa libre que denuncia resulta crucial para eliminarla. Pero no importa que tengamos un sistema que delata estos casos, seguirán produciéndose. Congraciarse con ello, sería como hacerlo por el hecho de tener las prisiones llenas, de poseer un sistema tan eficaz para encerrar a gente  en la cárcel como para producir delincuentes o corruptos.

Comparto, por tanto, la reflexión del antropólogo alemán Dieter Haller cuando sostiene que la corrupción se convierte en materia de escándalo público únicamente cuando el sistema hegemónico y las redes que lo sostienen entran en crisis. Por ello cabe concluir que las denuncias por corrupción más que significar el éxito de la democracia resulta una consecuencia de la debilidad del Estado, de su incapacidad para equilibrar las diferentes redes clientelares y que estas funcionen no sólo extrayendo rentas ilícitamente o extralegalmente, sino también dando la sensación de que realizan un trabajo social eficiente construyendo infraestructuras o gestionando servicios públicos.

La corrupción resulta consustancial al Estado moderno. En las sociedades del Antiguo Régimen, o más tradicionales o autoritarias, existían robos, injusticias, abusos, pero no la corrupción como se da en la actualidad. Si se consultan los datos que aporta, por ejemplo, el Banco Mundial o la ONU a través del Índice de Transparencia Internacional se observa que el fenómeno crece en consonancia con la extensión de la democracia representativa y clientelar en el mundo. Porque para que exista corrupción, como afirma Apel, se debe dar “la existencia de un sistema legal de signo universalista y una estructura de poder racional igualitaria en la que la corrupción –incompatibilidad razón y eficacia- se transforma en motivo de progreso, y también en elemento de adiestramiento social a través de las luchas contra la corrupción”.

Es decir, la corrupción, lejos de ser un fenómeno propio del subdesarrollo, de las repúblicas bananeras y de los Estados primitivos o de las sociedades atrasadas, resulta crucial en la conformación del Estado moderno bajo la égida de la democracia entendida como sistema para la cooptación de élites. Por ello el sociólogo R. Merton y su escuela revisionista afirmarían, a mediados del siglo pasado, que la corrupción sería de utilidad para el desarrollo, y que esta se daba como una consecuencia inevitable de la modernización. La corrupción, o el crimen, resultan normales –por no provenir de ninguna anomalía patológica- y funcionales –eficaz para la estabilidad y el progreso- al sistema capitalista. Recordemos la famosa frase de Samuel Huntington al respecto:

En términos de crecimiento económico, lo único peor que una sociedad con una burocracia rígida, muy centralizada y deshonesta es una sociedad con una burocracia rígida, muy centralizada y honesta.

Pero tampoco caigamos en la tentación de pensar que la solución debería pasar por reducir el Estado, en la idea que defienden los “libertarios” capitalistas de derechas, que opinan que con el adelgazamiento del Estado se reduciría la corrupción, sin considerar que el hecho mismo de la acumulación en pocas manos de los medios de producción, del capital productivo y del poder mediático y económico también representa en sí mismo una corrupción.

Lo que resulta imprescindible destacar es que la corrupción surge en la misma entraña de la distinción público y privado. No aparece sólo como algo propio del sector público, ni tampoco como inherente a la búsqueda del lucro privado, sino que se da en la unión de ambos ámbitos, cuando a la par que se busca la racionalidad legal y administrativa a través de procedimientos reglados universales, se persigue también la eficacia y la arbitrariedad inherente a la libre  iniciativa individual. Según Cartier-Bresson, las prácticas corruptas no se dan de forma ocasional y sin organización, sino que se atienen a procesos psudo-institucionalizados, a la existencia de redes estructuradas de forma clandestina que son capaces de “movilizar múltiples ‘recursos’ tales como intereses financieros, obediencia a jerarquías, solidaridad, familia, amigos, violencia”.

Al capitalismo –como a la democracia moderna, de la que va de la mano- le resulta imprescindible el Estado, considerado a la par como botín y como mediador, tanto como el órgano legítimo para declarar el bien público, como en calidad de árbitro legal, político, judicial y administrativo. En un caso como objetivo a saquear, y en el otro, a cooptar. Por ello las dos soluciones que se proponen contra la corrupción, la de las derechas por reducir el poder del Estado, y de las izquierdas por aumentarlo, la de unos por evitar
el poder abusivo de los funcionarios públicos, y de otros por evitar la capacidad de influencia de los intereses privados, tan sólo sirven para remover las fichas, pero no para atajar el problema estructural de la corrupción.

En el fondo se da lo que los economistas Tullock y Krueger definieron como la teoría de la búsqueda de rentas (rent-seeking), lo que Juan Urrutia denomina “el capitalismo de amigotes” como modo de producción (crony capitalism), el mercado manipulado (rigged markets)  de Chartier y Johnson en Markets not capitalism, las élites delincuentes de P. Lascoumes o las élites extractivas de Acemoglu y Robinson; fenómenos todos ellos que delatan la esencia del capitalismo y de su Estado benefactor, de ese nudo público-privado en el que la eficiencia económica de los intereses privados se cifra en capturar rentas del sector público, un juego al que asistimos como espectadores en un puro teatro mediático y judicial de denuncias, saqueos, testimonios, declaraciones y grandes titulares que deja incólume tras su circo la tramoya real y estructural de la corrupción.

La planificación de la economía desde el Estado, o la exhaustiva racionalidad legal y procedimental, no pueden ofrecer estabilidad al sistema económico, tecnológico y productivo de una sociedad compleja. La corrupción, por tanto, le ofrece la estabilidad al capitalismo y a la democracia representativa de partidos políticos. Ese azar, la imprevisibilidad, esa compulsión y voluntarismo sobre la que descansan la institución de la corrupción ofrece la información cibernética imprescindible para que el capitalismo y el Estado de derecho encuentren el equilibrio, en suma, para que funcione más o menos eficientemente dentro de las normas que él mismo se ha impuesto. Los corruptos que caen en las redes de la justicia no dejan de ser los bobos, los ineficientes, los traidores o las simples cabezas de turco que periódicamente hay que cortar para ofrecer legitimidad.

Porque no debemos olvidar una cosa muy importante. Que el corrupto debe ser eficaz al sistema. Una cuestión ésta que pasa inadvertida, ya que la prensa, y nosotros mismos, tendemos a destacar que el corrupto es una persona mala que posee bajos designios y que sólo es un delincuente al que le pusieron cerca el botín. De ahí las respuestas habituales contra la corrupción: educación cívica, sistema de selección de funcionarios, control judicial y transparencia. Pero hemos de considerar que el corrupto está desempeñando una función económica de forma extralegal, por cuyo trabajo se le retribuye también ilegalmente, pero todo en aras de la eficiencia, y por tanto, del buen funcionamiento de la maquinaria. Si el corrupto sólo robara, sería un ladrón. Pero estamos ante un corrupto, una figura delictiva un tanto diferente, una persona que forma parte de una red clientelar que realiza un trabajo de extracción de rentas públicas no sólo en contra, sino también a favor de los ciudadanos.

Sin el concepto de bien público, sin la mediación de un parlamento que declara lo que es el interés general y sin una administración que lo deberá ejecutar según procedimientos reglados, no existiría la corrupción. La corrupción está detrás de todas estas decisiones, y tras el funcionamiento que se desencadena para darle cumplimiento, y por esta razón, el corrupto, como parte consustancial al sistema, debe ser eficaz, porque el pueblo que asiste como espectador y consumidor debe creer que el sistema provee y funciona, y porque las personas que aportamos nuestro trabajo, ya sea dentro de la función pública como fuera, se nos debe contentar con servicios públicos, mercancías, bienestar y salud. La corrupción se convierte en un problema no porque se dé, sino porque se transforme en un puro robo, porque los que debían sumarle a su condición de ladrones la de ser trabajadores diligentes de una red productiva, han olvidado lo último y se han transformado en un problema para el propio sistema, en un elemento de desestabilización, y por tanto, en un engranaje defectuoso que hay que extirpar, eso sí, de forma ejemplarizante.

La definición que nuestra sociedad ofrece de la corrupción está corrompida. Fundamentalmente por el contraste tan enorme que se da entre aquello que queremos ser, que aspiramos a construir, y la realidad social que nos convierte en engranajes de una máquina de la que muchos desearíamos huir. La corrupción proviene de esta perversión del deseo, del contraste entre lo que se piensa y lo que finalmente se hace en una sociedad que impone una estratificación jerárquica y unas desigualdades que legítimamente se fundan en  normas de validez universal. El funcionamiento de esta sociedad anómica (según terminología de Merton) o esquizofrénica (postestructuralista) sólo puede realizarse recurriendo a la corrupción, que cada persona en su vida cotidiana asume como una fractura aceptada en aras del progreso y de la estabilidad social. Aquí reside el origen de la corrupción, en el tránsito desde la comunidad hacia la humanidad, desde la contingencia de las relaciones consensuadas hacia la entelequia de una sociedad regida por la voluntad general y la universalidad de las normas.

Como diría Bertolt Brecht en Madre Coraje y sus hijos:

Gracias a Dios, se les puede corromper. No son lobos sino seres humanos, y les tira el dinero. La corrupción es para esos hombres lo que la misericordia es para Dios. La corrupción es nuestra única esperanza. Mientras exista, habrá una justicia indulgente, y hasta los inocentes podrán salir bien parados de un tribunal.

ENSAYO SOBRE LAS DOS RUEDAS (xli)

……continúa…

La Vuelta de 1958

Mi hijo me lee lo siguiente:

Enconada y difícil batalla hasta el vértice, en el que Bahamontes sale airoso con 25 segundos sobre Loroño y 1 minuto 26 segundos sobre Marigil. Y ahí finó todo. Ni Bahamontes ni Loroño tuvieron arrestos o voluntad suficientes para empalmar la renta adquirida en su espectacular subida a Pajares con una valiente escapada conjunta en tan aprovechable coyuntura, que podía haber sido anulada o no por los extranjeros, pero que debió de haberse puesto en práctica como recurso de acuerdo con la calidad que se atribuye a nuestra pareja de corredores punteros en carretera.

Ahora que las etapas se siguen hasta las milésimas y el milímetro, saborear una de las grandes etapas históricas únicamente con el recurso de la lectura, recordar que antes eran las radios, la pura voz y la prensa deportiva las que informaban de las gestas, me parece una experiencia creativa a la altura de los tiempos. No diré que no disfruto con mi hijo Miguel cuando nos sentamos ante la televisión durante los sesteos veraniegos para disfrutar del esfuerzo titánico de los ciclistas, pero este alarde de leerme, e imaginar juntos, toda una vuelta ciclista a España de 16 etapas resumidas en unos cuantos párrafos y un puñado de fotos grises, nos está produciendo un placer extraño que no resulta muy habitual.

Me pregunta como si yo lo supiera todo. Apenas sé que Loroño era vasco y que Bahamontes castellano, -el águila de Toledo contra el león de Larrabetzu– y que en aquella época de antagonismos, de todo tipo, que se pretendían neutralizar con el recurso al patrioterismo, ambos colosos nos ofrecieron escenas realmente bochornosas, aun cuando militaran en el mismo equipo. No fue ésta que recoge la crónica de 1958 la peor, sino la que les enfrentó el año anterior y en la que se montó todo un sainete de persecuciones, cruces de coche, insultos, rabia, peleas, tirones de maillot, amenazas, sobornos, etc. Puro ciclismo, le digo a Miguel, capaz de conmovernos con las más conspicuas gestas, y de avergonzarnos con peleas de parvulario.

Quiero entrar en su mente y poder ver qué imágenes se inventa, de qué color vestirá a los ciclistas, si en sus carreteras hay polvo y pavés, si el asfalto está roto, si será capaz de distinguir las bicicletas antiguas de las actuales, colegir que aquellas gorras protegían más que los actuales cascos, que los tubulares no se enrollaban al cuerpo por pura estética.  Ahora se aprecia la cara de los ciclistas con detalle de jugador de mus, cualquier impulso, titubeo o amenaza se retrata en varias tomas y se repiten a la vez en otras tantas cadenas, casi no existe margen para la invención, no aparecen lagunas que hubiera que colmar con imaginación y esfuerzo.

Comparo su mirada un tanto bovina cuando los ciclistas aparecen en la televisión, con la viveza de sus ojos de lince al leerme las crónicas poco antes de irnos a dormir. Entre cada palabra casi veo que la mente se le acelera, indagando sobre lo que debió ocurrir, asignando intenciones y maniobras, inventando varias historias posibles coherentes con los párrafos que va desmenuzando y que ofrecen tanta libertad interpretativa.

“Papá, ¿cómo pudo ganar Van Looy 5 etapas de las primeras diez disputadas?” Miro las fotos, casi todas ellas rodeado de señoritas ataviadas con los correspondientes trajes regionales, que le acaban de dar unos estupendos ramos de flores. En otra instantánea, el alcalde de Zaragoza le ofrece una copa, y en Madrid, la estupenda supervedette portuguesa, Virginia de Matos, le arroja una sonrisa exuberante. Le apodaron el Emperador de Herentals (una ciudad de Flandes), y consiguió más de 400 victorias a lo largo de su vida deportiva. Hasta ganó una vuelta ciclista a España, la de 1965, donde consiguió nada menos que 8 victorias de etapa. Para llorar de emoción.

Le digo que antes los ciclistas eran verdaderos obreros, y estaban obligados a competir casi todo el año. No podían permitirse, como ahora los grandes corredores, elegir unas pocas pruebas y prepararlas con esmero de artesano. En aquella época disputaban clásicas, critériums, grandes vueltas, pista, contrarreloj, a lo largo de una temporada que se parecía a un carrusel.

Tampoco entonces se hacían tantas entrevistas, pero resulta curioso que las respuestas de hoy sean todas tan anodinas y similares, como si todos hubieran aprendido a contestar casi con estulticia. Antaño la misma lucha que había sobre el manillar luego se cernía también sobre el micrófono. Los ciclistas eran menos cultos, qué duda cabe, pero la sangre se les subía a la cabeza con mayor vehemencia, y realmente las respuestas resultan sabrosas y cuajadas de valoraciones, interpretaciones y cabreos.

De todo ello hablamos cuando interrumpimos la lectura, porque los huecos de las palabras se tienen que rellenar con recuerdos y mucho debate en torno a un mundo que se ha ido y del que nos quedan unas cuantas imágenes y muchas crónicas.

Aquella vuelta de 1958 la ganó Stablinski, al que sólo pueden ya recordar los grandes amantes del ciclismo. Como resulta natural, le apodaron “el polaco”, y fue minero de un pueblo francés cercano al “infierno del norte”, Arenberg, donde están los famosos tramos de pavés de la París-Roubaix que gracias a él se incluyeron como habituales en las clásicas ciclistas de aquel septentrión húmedo y rocambolesco. Era acordeonista, y con el dinero que ganó en un concurso, se compró su primera bicicleta para ir a trabajar a la mina precisamente por esos caminos de pavés. Y así fue como se convirtió en leyenda. Como tantos otros obreros sobre las dos ruedas. Por eso el ciclismo profesional no pudo estar presente en las Olimpiadas, como aquel rugby de las 5 naciones que yo veía en la televisión de blanco y negro, y en el que el comentarista empleaba la mayor parte de su tiempo en contar las profesiones de los jugadores: fontaneros,
panaderos, curtidores, mineros, albañiles, etc. O el boxeo. Hoy que tanto esfuerzo se hace por estar en forma, y en que el deporte se consume más que se practica, hubo personas pobres que hicieron del deporte su profesión, y que fueron capaces de llevar la ilusión y la grandeza no sólo a los espectadores, sino también a sus propias vidas.

Una vez concluida la lectura de aquella vuelta en la que los extranjeros vencieron a las grandes glorias nacionales, leemos cómo se distribuyeron los premios en metálico de aquella vuelta entre los miembros del pelotón. El vencedor, Stablinski, ganó 297.424 pesetas. Cifra que contrasta con las míseras 224 pesetas que recibieron los últimos.

Y os dejo, porque ya me llama para seguir leyendo. Y es que el Tour de Francia de 1958 también está narrado en el libro del abuelo.

………continuará…

Inquietante lucidez

Hay ciertos autores que resulta de mal gusto que se los nombre, no digamos que se los cite, en determinados círculos. Estamos demasiado acostumbrados a que en la mochila de nuestras ideologías sólo quepa un número limitado de manuales y autores de referencia a los que casi se idolatra, y que otros, considerados del otro bando, se les satanice. El pensamiento de cada cual parece que tiene que adherirse a unos autores por despegarse de otros. Pero al igual que en materia musical está bien visto que los melómanos compartan estilos con total libertad, asimismo en materia de pensamiento político deberíamos también tener la suficiente curiosidad, valentía y madurez para leer cualquier cosa sin miedos ni prejuicios, y saber extraer  conclusiones propias de este auténtico ejercicio de rebeldía.

La izquierda, por ejemplo, demoniza a Hayek, el premio Nobel de economía que se erigió durante la posguerra en adalid del neoliberalismo, y que en “Camino de servidumbre” atacó con maestría y sabias palabras a las economías planificadas y al socialismo totalitario. Realmente no suscribo el  posicionamiento del pensador austriaco en todo lo que escribió, ni comparto su conservadurismo, pero el nervio de su escritura y la contundencia de algunos de sus argumentos cuando, por ejemplo, analiza la planificación económica o el estado del bienestar, resultan realmente útiles aun cuando el personaje pueda no caer bien o algunos le involucren en la corriente de pensamiento económico que se opuso al Keynesianismo y de la que creen que procede la enorme desigualdad económica que arrastra el mundo.  Consejo, no nombren a Hayek en una reunión de progres si no es para demonizarlo, no le den la razón, ni le pongan de ejemplo para defender una idea en una revista de la bienintencionada socialdemocracia.

La magia del idealismo me atrae tanto, como denuesto sus consecuencias. Siempre cedo al encantamiento de Platón y su afán por dramatizar la filosofía. Qué me dicen de la humanidad distante de sus arquetipos, de la entrañable amistad con Sócrates en su celda de muerte, de la alquimia lingüística con la que buscó  nuevos horizontes conceptuales, y finalmente de la transmutación de su filosofía en teología de la mano de los padres fundadores de la iglesia cristiana. Lo combato, sí, tanto como lo amo, al igual que a Kant, ese ser enanoide y contrahecho que en la lejanía de Konigsberg construyó un puro Walhalla de racionalidad trascendente, y cuyas salas esconden muchos de los dragones y fantasmas que  asuelan el mundo erigido sobre la modernidad y los valores universales de la democracia representativa. Sus textos están repletos de ingenio, pensamientos profundos, proposiciones inteligentes, que con independencia de ser compartidas nos ofrecen un campo fértil para la especulación y el debate, a pesar de que hayan sido los filósofos de referencia de ideologías universalistas y esencialistas, ya sea el humanismo cristiano o el ilustrado.

Ahora recuerdo una magnífica carpeta de la ya desaparecida revista Archipiélago, y titulada “La inquietante lucidez del pensamiento reaccionario”, donde se daban cita una serie de pensadores incorrectos en determinados círculos democráticos y modernos, pero que esconden auténticas perlas de pensamiento. Nada más gratificante y tentador que enfrentar las propias certidumbres contra pensadores de talla centáurea, salir por momentos de nuestra zona de confort ideológico y cuestionar las inercias demasiado frívolas sobre las que a veces levantamos nuestras convicciones.

“El Manifiesto Comunista” de Marx y de Engels lo considero una obra cumbre de la literatura, con independencia de que se sintonice o no con el pensamiento que allí se expresa. El esquema con en el que se estructuran las ideas, la narración llena de fuerza y de imágenes inolvidables, la sucesión meditada y coherente de motivos, la capacidad para llamar a la acción, de enervarnos con la injusticia. Toda la literatura panfletaria posterior, fuera de izquierdas o fascista tomó buena nota de su agilidad narrativa, de una expresividad que nunca deja indiferente.

Incluso los pensadores más exquisitos con la lógica y la deducción, piénsese en Kant, Hobbes, Spinoza o Husserl, poseen fisuras, grietas por las que se les escapan frases, ideas, conceptos. Los edificios ideológicos o filosóficos no son tan firmes como parecen, no todo está demostrado con lógica aplastante, no todas las frases se deducen unas de otras con coherencia total, sino que aquí y allí aparecen sutilezas, ideas fugaces, ocurrencias, hipótesis que escapan a la rigidez de los análisis y en las que un buscador curioso puede hallar material de interés para armar su propio pensamiento.

No nos importe, por tanto, fundir una frase de un pensador neoliberal con la de un marxista, de un cristiano con la de un ateo o un budista, a Nietzsche con Santo Tomás, a Fukuyama con Giddens, a Foucault con de Chardin. Resulta indispensable que seamos capaces de contemplar todos los discursos como potencialmente útiles, con independencia de su procedencia, o de la personalidad y la actitud del autor. Claro está, no el conjunto, no la totalidad, sino retazos, ideas, algunos conceptos, perspectivas, frases, determinados razonamientos, como elementos de un collage que cada cual debe construirse, un producto propio compuesto de trozos ajenos amalgamados de forma creativa por cada persona: con espíritu abierto integrar todo aquello que pueda ser útil para sostener unos principios de acción en el camino común por transformar el mundo.

ENSAYO SOBRE LAS DOS RUEDAS (xl)

……..continúa…

¿Cambiando de marcha?

Y ahora quisiera poner en cuestión una parte de lo que he afirmado en capítulos precedentes, porque a pesar de los esfuerzos que realizo continuamente por encontrar un camino más o menos seguro, la sensación de deriva persiste como un agudo acicate para perseverar en la búsqueda y los encuentros afortunados.

Intento ser holista. Una pretensión que puede parecer insolente y un tanto desquiciada en esta sociedad líquida, precaria, relativista y posmoderna en la que vivo. Por ello estudio las relaciones que guardan entre sí todas las cosas que realizo, con objeto de componer una narrativa a su alrededor, que sea racional, coherente y ética. Nada menos. Aunque mi narración acabe necesariamente convertida en una deriva en la que los encuentros del camino resultan más significativos que la meta o la ruta óptima hacia una Ítaca concreta.

Como han podido observar a lo largo de toda esta serie de escritos, he tomado como pretexto las dos ruedas de mi bicicleta para componer a su alrededor un pequeño mundo. Como holista, hubiera alcanzado el mismo resultado tomando otros elementos de mi vida, como la música, los libros o el Camino de Santiago. Por algún sitio había que empezar a tirar del hilo, aun cuando la madeja esté enredada en numerosos nudos.

Como he repetido a lo largo de este texto, siempre he intentado asumir una actitud precavida hacia los alimentos que no han participado en la evolución humana y para los cuales, a menos que se demuestre lo contrario, no estamos suficientemente adaptados, por carecer de los complejos enzimáticos necesarios para digerirlos adecuadamente. Pero la complejidad del tema resulta a veces extenuante, y siempre bajo la sospecha de no estar acertando, de haber elegido un camino erróneo, de malinterpretar los estudios o haber olvidado investigaciones de interés y sobre las que quizás se podría haber construido otro tipo de dieta o alimentación para dar pedales eficaz y saludablemente.

Pero para ser coherente con lo que recientemente manifesté en relación con la epistemología, el método científico y el relativismo, estas mismas opiniones que he ido aportando sobre la alimentación del ciclista no debería asumirlas como una verdad absoluta,  por lo que también sobre este tema he intentado mantener una actitud abierta hacia todo aquello que pueda ser de utilidad, aunque signifique alterar o cuestionar mis actuales convicciones al respecto.

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