Obsesión ciclista

Traigo un hecho sorprendente sobre el poder evocador de la bicicleta. Quizás esté un tanto sensibilizado estos días que tantas presentaciones estoy realizando de mi “Ensayo sobre las dos ruedas“. Pero me ha parecido singular de la capacidad que la bicicleta también puede tener para imaginar mundos. En el post sobre Deadtown hablé sobre la influencia del cineasta Karel Zeman en la manera ilusionista de abordar esta obra teatral. Y quisiera incidir en el más evidente elemento de unión visual entre ambos mundos, que no es otro que la bicicleta. Me explico.

La obra de los hermanos Forman se abre con una especie de cabaret, un tanto grotesco, ambientado en el Lejano Oeste, y en el que se suceden escenas tópicas del género con sorna y un poco de sarcasmo.

Pero un elemento discordante de este sucedáneo de trama lo aporta la bicicleta de Jacques Laganache, que se cuela en el espectáculo con números de acrobacia y de sensibilidad, algo inaudito en el Far West. ¿Por qué? Quizás para usar el poder evocador del circo y de la bicicleta, para traer la ilusión y la libertad de la niñez y hacer posible ese truco de ilusionismo en el que va a consistir la segunda parte del espectáculo. No lo sé. Pero si se ven los vídeos de las películas de Karel Zeman, se aprecia la importancia de la bicicleta en algunas de sus representaciones un tanto oníricas ligadas a la tecnología. Por ejemplo, el globo aerostático traccionado por un ciclista que al dar pedales mueve la hélice que lo propulsa. O ese buzo que surca las profundidades marinas con un velocípedo cuyos pedales accionan las aletas.

Y es que incluso en Deadtown los caballos se mueven por pedales. Y una de las imágenes más evocadoras, y con la que acaba la obra, es precisamente la pareja protagonista alejándose y perdiéndose en un horizonte casi desértico, montados sobre estos caballos ciclistas.

En resumen. la bicicleta, siempre la bicicleta, y mi obsesión por ella.

 

La ciudad de la muerte

Realmente, ¿qué es lo que vi ayer en el teatro de las Naves del Matadero? Ciertamente una pura ilusión. Algo a lo que la actual sociedad del espectáculo nos tiene muy desacostumbrados. Por esta razón me costó ilusionarme. Porque la magnífica tecnología de la irrealidad, o de la realidad virtual, no puede ilusionarnos, reniega del juego y de ese ambiguo regusto que consiste en querer creer en lo inverosímil, ya que su objetivo consiste, realmente, en encandilarnos con la técnica de convertir en irreal la mera realidad que nos arrojan sus pantallas.

Lo comprendí hace un rato, cuando advertí que fue precisamente el corazón mecánico de la muñeca la que movió todo ese espectáculo de ilusión que la compañía nómada de los Hermanos Forman nos regaló ayer en un teatro que se convirtió en un centro de ilusión cinematográfica. Fue el dueño de la muñeca el que nos regaló la ilusión del cine, quien nos ofreció la oportunidad de “ver” cómo se fabricó el cine originalmente en el corazón de los espectadores.

Por fortuna, he estado viendo algunos vídeos de ese otro checo ilusionista que fue el cineasta Karel Zeman, y ya lo he comprendido y con afortunado retraso he vuelto a visionar en mi cabeza todo Deadtown como si hubiera recuperado cierta inocencia. Porque cuando se ve al antiguo director K. Zeman montando sus artilugios y lo compara con las mismas escenas de, por ejemplo, George Luckas organizando los efectos especiales de La Guerra de las Galaxias, se advierte la magnífica desilusión que progresivamente se ha adueñado de buena parte de las películas actuales. Porque para disfrutar con Deadtown resulta imprescindible recordar que antaño la salas de cine eran como las chisteras de los magos, esos lugares oscuros donde la ilusión estaba garantizada.

Recomendaciones de Ruivaldivia para el sábado 27 de enero de 2018

  • El anarquismo como teoría de organización
    Recupero este texto magnífico del anarquista británico Collin Ward, escrito en 1966, pero absolutamente actual y muy orientativo para entender que existen otras formas posibles de organización alternativas a las únicas que se admiten.
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    Un buen ejemplo de las posibilidades tecnológicas en relación con la salubridad, seguridad y habitabilidad de nuestras ciudades, en cierto modo, sobre el control ciudadano de estas tecnologías
  • Conoce al consumidor coherente. Marcas Auténticas.
    Los estudios de la consultora Two Much siempre resultan atractivos y nos ayudan a visualizar las cosas desde vertientes insospechadas. En este caso nos hablan y nos caracterizan ese concepto tan extraño del consumidor coherente, y nos ofrecen un significado nada habitual sobre lo que significa una marca comercial en relación con la responsabilidad.
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    Es un magnífico portal que habla sobre la salud mental desde un punto de vista político y reivindativo. Ofrecen material de reflexión nada habitual y muy recomendable: " (aspiramos) a hacer accesibles textos que contribuyan a establecer puentes de unión entre la llamada salud mental y la revuelta. Tratamos simplemente de facilitar materiales con los que combatir la dominación a la que nos vemos sometidos en tanto que psiquiatrizados y antiautoritarios".
  • El genocidio de Bengala de Winston Churchill
    Comienza así este artículo: "Churchill llevó a cabo una estrategia económica y militar en Bengala, India, durante la Segunda Guerra Mundial, que provocó una hambruna que terminó matando a millones de personas. Este tema no es recurrente en los libros de historia ni es recordado como un hecho controversial." Ahora que en los cines se proyecta "El instante más oscuro" conviene también tener presente este lado oscuro de aquel Primer Ministro británico.

Una flauta, un violonchelo y un piano fríos

¿Qué es la frialdad? Pues ayer la sentí durante buena parte del concierto que nos ofrecieron estos tres virtuosos tan aclamados por la crítica: Pahud (flauta), Queyras (violonchelo) y Le Sage (piano). Quizás se dejaron influir por los “Sonidos del Leteo”, la obra que estrenaron del compositor japonés T. Hosokawa, por sus aguas frías que hacen desaparecer los recuerdos, pero lo cierto es que los tres solistas olvidaron el calor en el camerino y únicamente aportaron su envidiable pericia técnica. Exagero. Ya lo sé. O quizás yo fuera el frío. Lo dudo. Pero tampoco el público respondió como anticipaba la ocasión.

Los tríos de Haydn cosquillean el alma, pero dejan al violonchelista como un espectador de privilegio, y al flautista llenando los huecos que el piano deja al interpretar la sonata que realmente el compositor le regaló. El Schumann de la fantasía opus 88 tampoco deja las cosas fáciles para que los intérpretes ardan. Una obra de salón que hasta contiene una humoresque, una romanza un tanto anodina y un dúo un poco frío y distante entre la flauta y el violonchelo. Quizás en el final el trío podría haber encontrado alguna brasa.

La obra de Hosokawa realmente podría haber despertado a los intérpretes, pero ya estaba al final de una primera parte de más de 50 minutos de música, y ni lo que vino antes, ni lo que vendría durante la segunda parte eran obras que facilitaran ni la comprensión, ni la interpretación de la buena música del compositor japonés.

Con el trío de Carl Maria von Weber los intérpretes se dejaron influir, o mecer, por el estilo mitad cortesano, mitad pastoril que impregna la obra. Algún taconazo por aquí, alguna sonrisita por allá, miradas de complicidad que apenas intuidas desaparecían, cierta jocosidad contenida, etc. Pero todo impecable, cada nota en su sitio. Durante todo el concierto dejaron claro que allí delante no nos las veíamos con cualquiera, aunque más que un trío parecieran un tres por uno. Pero mereció la pena la experiencia, porque no todos los días se puede oír a un flautista tan excepcional, y porque el calor o la complicidad sincera apareció, o a mí me lo pareció, ya muy tarde, en la última obra, en la de ese magnífico compositor que es B. Martinú, en un trío lleno de encanto, gracia, profundidad, ritmo… y que el trío, esta vez sí, el trío acometió con el calor que se merece la música.

Improvisación libre

La improvisación o el juego que hace que lo cotidiano, lo normal o lo aprendido se transforme en algo nuevo. En el juego de la improvisación, que no es otro que el del acuerdo democrático, se busca, más que un objetivo concreto, un fluir común. El aprendizaje de la improvisación consiste en despojarse de prejuicios, en alcanzar una personalidad propia y diferente, en no temer el error o la equivocación, en dejar que la energía creativa del grupo fluya libremente.

Creo que la actividad de improvisar resulta esencial, tanto en el campo del arte, como aún más importante, en el de la vida y en la política. Ya escribí en su día sobre la improvisación en la música (y aquí), pero ahora querría ampliar el espectro.

Un factor fundamental de la improvisación consiste en hacer lo que a uno le dé la gana. En la improvisación existe un elemento de libertad salvaje que es el factor que hace tan atractivo el jazz, por ejemplo, o todas aquellas manifestaciones en las que unos actores, artistas o un orador se colocan ante el auditorio desnudos, sin partitura, sin red ni guion. A veces la cosa funciona, y otras no. Porque no todo vale para convertir una improvisación en algo útil, valioso, conmovedor, emotivo. No es que existan unas reglas estrictas, sino más bien un modo de hacer, una conexión lúdica que liga a los improvisadores entre si, a la vez que con el público que escucha activamente, también comprometido en el juego de la improvisación.

Recientemente asistí a un taller de improvisación impartido por Chefa Alonso, y en uno de sus libros sobre el tema incide en que la improvisación posee dos elementos que nunca pueden darse por separado: por un lado, la esencial autarquía de cada uno de los participantes, y por otro, la obligación de cada improvisador de escuchar a su entorno y obrar en consecuencia, o sea, de forma coordinada para lograr el fin o el objetivo “ad hoc” de ese acto único y original que es la improvisación.

En la improvisación cada artista expresa su individualidad, su virtuosismo, y lo hace de forma rabiosa. Pero lo que convierte a la improvisación en un arte para la política, es el hecho de que todo juego improvisatorio se realiza en comunidad, y que cada participante asume que únicamente cooperando con los otros improvisadores va a poder expresar lo que desea. Que es el juego en que consiste toda improvisación el que nos abre la posibilidad única de expresarnos libremente y por tanto, de caminar hacia el objetivo de construir sociedades democráticas.

Según se mire, lo de improvisar en la vida adquiere a la vez connotaciones estimulantes o peyorativas. A veces se alaba la capacidad de improvisar y otras se la denosta como un vicio casi nacional. En la improvisación nos colocamos ante lo inesperado, abrimos un entorno de incertidumbre que es precisamente el que posibilita la libertad. Pero existen una serie de errores arraigados sobre el alcance y el contenido de la improvisación. Quizás el más generalizado sea la idea que se tiene del improvisador como alguien que no ha preparado lo que va a ejecutar, que el mejor improvisador es el que no conoce profundamente la técnica del instrumento o de la materia en la que está improvisando, y que va a adquirir, durante la improvisación y por ciencia infusa, el don de la pericia técnica. Otro error consiste en considerar que para improvisar no hay que preparar nada, que no hay que ensayar la misma improvisación que se va a ejecutar sobre un escenario o en una reunión para decidir sobre una materia común, que con la experiencia sobra y que sólo sirve la espontaneidad y la intuición. O que la improvisación provoca siempre resultados artísticos o políticos o económicos siempre mucho menos eficientes que la ordenación planificada de todos los detalles escritos en un plan de actuación, en un guion o en una partitura.

Recojo las siguiente palabras de Chefa Alonso.

(la improvisación) representa la utopía que muchos deseamos: la existencia de un mundo solidario y no jerárquico, donde se ha disuelto cualquier sistema de control o subordinación.

Antes de abordar este tema, o sea, el uso de la improvisación en la política o en el trabajo, conviene matizar algo. Parece que el improvisador tuviera que eludir el pensamiento sobre el futuro, que la previsión no cupiera entre sus objetivos. Que el improvisador fuera un especie de cigarra que evita no sólo la anticipación de la hormiga, sino que incluso prefiere el caos al orden, que se obliga a ser irresponsable. Pero la improvisación no es un antónimo de la organización. Sí, en cambio, de la planificación ordenancista y burocrática. Porque el improvisador desea realizar una obra junto con otros improvisadores, no puede decirse que el improvisador no busque el orden, una organización, ni que no use de la experiencia para lograr cada vez resultados más valiosos. Pero lo que diferencia el orden improvisatorio del planificado es precisamente la espontaneidad y la libertad, el hecho de que todos los improvisadores, en pie de estricta igualdad, confeccionan, sin un fin concreto que los aúne, un orden dinámico siempre provisorio, pero solidario, consensuado espontáneamente y en el que siempre cada individuo posee la última palabra sobre cómo se va a comprometer en la ejecución final de la obra. En la improvisación, los constantes azares de la vida y del mundo, lo inesperado, se integran como oportunidad e inspiración, no como una amenaza que hubiera que controlar a través de la planificación centralizada.

No existen representantes del grupo o de la comunidad, porque cada improvisador se representa únicamente a sí mismo, se involucra y expone al común de forma totalmente personal. Es más, la riqueza de la improvisación va a depender de la diversidad de sus miembros, de la capacidad de cada célula de ser diferente, de encontrar un lenguaje propio y exponerlo al grupo de forma sincera y responsable. Para entrar en un grupo de improvisación hay que ganarse el puesto a pulso, pero cada participante es libre de salir cuando lo desee.

Sólo existe una preconcepción que concita a todos los improvisadores y sin la que la improvisación no puede obtener resultados valiosos, y es que todos asuman que la esencia de la improvisación es el juego, que durante la improvisación se abre un entorno lúdico, casi mágico, en el que los participantes se exponen, diríamos imaginariamente, y por tanto, sin vergüenza ni miedo, a un juego que va a establecer un orden o una operativa “provisional” y “ad hoc” para el futuro. Por ello no resulta tan importante el resultado concreto de la improvisación, sino la propia continuidad del juego, el que los artífices de la improvisación encuentren un vínculo estable, útil, confiado, estimulante, emotivo y racional en el que crear jugando. No se busca que el resultado sea evaluable de forma objetiva, dada la infinidad de factores y cualidades con que cada persona puede valorarlo, sino que el proceso de improvisación que se abre en cada ocasión permita la interacción igualitaria de los participantes.

El verbo que mejor caracteriza la improvisación es el de fluir. En el juego de la improvisación, que no es otro que el del acuerdo democrático, se busca, más que un objetivo concreto, un fluir común. El aprendizaje de la improvisación consiste en despojarse de prejuicios, en alcanzar una personalidad propia y diferente, en no temer el error o la equivocación, en dejar que la energía creativa del grupo fluya libremente, y en la capacidad de ir recogiendo ideas, como si el grupo fuera fabricando un racimo, o sea, un orden, reutilizando sólo algunas de esas ideas-uvas que se han ido exponiendo al común sin miedo y con ingenuidad, pero que el propio grupo recoge y fabrica para dotarse de un orden, de una organización,  para crear su obra o su trabajo.

En el arte de la improvisación se pueden integrar otros conceptos políticos que pretenden explicar cómo los individuos deben actuar, interactuar y transformar el mundo cambiante, acelerado y precario en el que nos ha tocado sobrevivir y al que algunos autores denominan como de capitalismo cognitivo. Uno de ellos es el “adhoquismo”, o las aglomeraciones espontáneas y descentralizadas que se forman para solucionar problemas concretos (ad hoc), y en las que las partes interactúan libremente para conseguir solucionar un problema singular o construir una técnica, un método o un software, sin derechos de autor, ni bajo direcciones limitantes y coactivas. Puede entenderse la improvisación como una de las posibilidades que ofrece la inteligencia colectiva, o la capacidad de las masas o de los grupos de crear conocimiento más allá de los saberes individuales de sus componentes y a través de la interacción libre e igualitaria.

O el concepto de deriva (de los situacionistas), como una actividad alternativa al itinerario, y que sustituye la necesidad de moverse con un fin comercial, laboral o social, por una actividad libre que se realiza por si misma, sin un fin externo a ella misma, que se ejecuta por la propia satisfacción de realizarla, y por tanto, que ofrece la posibilidad de apreciar la misma ciudad de todos los días de un modo totalmente diferente. La improvisación es una deriva, que con similitud a la psicogeografía que genera la deriva sobre el espacio urbano, fabrica un espíritu de comunidad que se crea a si misma a través de la libertad plena de los individuos que la componen. No una comunidad o un itinerario prefijado por una cultura o una religión o un objetivo, sino un grupo autoconstituido y que de forma dinámica improvisa sus propias normas, que se da a sí mismo y de forma improvisada su propia organización o deriva (autopoiesis).

También el virtuosismo del que habla P. Virno, un concepto extraído del mundo del espectáculo, pero con el que el politólogo italiano intenta explicar las claves del trabajo en el actual sistema posfordista en el que la fuerza de trabajo aporta cada vez mayor valor agregado a la producción, más en función de la aportación mental y cognitiva y lingüística (“el lenguaje se pone a trabajar”) que de su energía mecánica. En el capitalismo cognitivo adquiere mayor relevancia todas las actividades relacionadas con el diseño, identidad, configuración social, publicidad, imagen, etc. del producto, muy por encima de lo que representa su producción material. No significa esto que la sociedad se desmaterialice, sino que progresivamente se incrementa el porcentaje de valor cognitivo que se integra en el valor total del producto. La explotación moderna en el trabajo adquiere cada vez tintes más mentales, emotivos, cognitivos, en detrimento de la clásica explotación laboral como simple fuerza de trabajo bruta, que lejos de desaparecer, cada vez representa menor porcentaje económico respecto al total.

Al trabajador actual se le exige virtuosismo, es decir, debe ser creativo y emplear sus habilidades mentales, lingüísticas, digamos artísticas,  no tanto para fabricar materialmente el producto, como para dotarlo de esa atmósfera identitaria y experiencial que caracteriza el capitalismo actual y su peculiar forma de consumo cultural y casi espectacular. Y es aquí, por tanto, donde acaece su mayor contradicción. En el hecho de que el dueño del capital esté comprando, a través del tiempo de trabajo concreto de cada persona, también y de forma gratuita, el tiempo de trabajo social acumulado en capital cognitivo que el nuevo trabajador “virtuoso” incorpora como lenguaje y saber. El núcleo actual de las luchas emancipadoras en el trabajo reside aquí, en el intento del capitalista de privatizar, a través de la experiencia del consumo, el aporte de capital social que trae consigo el trabajador, en convertir en privado y por tanto en algo apropiable, la actividad de improvisación de los trabajadores con objeto de poder solidificarla en productos vendibles.

A pesar de los intentos empresariales por reglamentar y controlar todos los detalles del trabajo de las personas, las diferentes comunidades de trabajo, y esto cada vez ocurre con más frecuencia, han creado formas de organización espontáneas sin las que la producción industrial y ahora cognitiva, jamás se hubiera podido verificar, al margen de ingenieros y burócratas (véase James Scott).  Estas dinámicas resultan similares a las de la improvisación, porque cada vez recurren con más fuerza a la individualidad o al virtuosismo del operario y también a su capacidad de escuchar a los compañeros, de crear en común un producto que cada vez se parece más a una actuación escénica, a una obra musical o a un discurso improvisado, que a una mercancía en el sentido tradicional o decimonónico del término.

La improvisación crea y construye sobre lo ya conocido. Tanto el pintor como el escritor, el trabajador cognitivo o el compositor, se sientan delante de su hoja en blanco, del escenario o de la pantalla del ordenador, y le transmiten a ese vacío lo que ya saben, pero cocinado o rediseñado de algún modo diferente. Eso es la improvisación, ese juego que hace que lo cotidiano o lo normal o lo aprendido se transforme en algo nuevo. Y si improvisamos dentro de un grupo, si el grupo en sí improvisa con nuestra presencia, es el diálogo mismo de las ideas sabidas, consigo mismas, el que puede crear el momento para que surja la emoción, el desatino, el conocimiento o la solución. Porque si nos damos cuenta, lo que realmente nos está diciendo la improvisación es que nosotros, los improvisadores, los actores y los trabajadores, somos realmente los dueños del sistema, y que todas aquellas estructuras de poder que nos rodean realmente son superfluas y sólo sirven para enajenarnos el tiempo y controlar el resultado.

Acúmulo

Recupero algunas experiencias de las últimas semanas, a mogollón. Algunas ya las comenté en este blog, a las restantes les dedico estas líneas. Han sido actividades muy diversas, realizadas durante diciembre y enero, y en las que la buena compañía casi siempre ha jugado un papel relevante. Como el ballet “Alicia en el País de las Maravillas”, que fui a ver con mi hija Ángela. Ya recomendé en su día la posibilidad de asistir a magníficos espectáculos operísticos transmitidos desde grandes teatros internacionales, en algunas salas cinematográficas y por un precio muy asequible. En esta ocasión eché de menos que tanto la música (compuesta para la ocasión) como la coreografía no hubiesen sido más “contemporáneas”, que todo el entramado visual y corporal no hubiese buscado imágenes y movimientos más arriesgados. Pero que no hubiera tutús y que los personajes hubieran estado tan bien delineados, fue suficiente para disfrutar del espectáculo que nos propuso la Royal Opera House de Londres.

Durante el puente de la Constitución me fui a la Sierra de Guara, en Huesca, a conocer sus magníficos cañones, esos paisajes tan especiales en los que la erosión hídrica ha modelado entornos sin parangón. Realicé tres marchas, que no son suficientes para conocer la riqueza que atesora, pero pude visitar pueblos recovecos y parajes que todavía guardan salvajismo y aislamiento. Eso sí, en invierno, porque parece que durante la temporada estival, y al ser un lugar tan especial para practicar barranquismo, la sierra se colapsa de deportistas y excursionistas. Fue un viaje organizado, por lo que tuve que superar las clásicas prevenciones que muchos tenemos hacia este tipo de excursiones o “aventuras”. Pero tuve la fortuna de conocer a dos magníficos acompañantes con los que sigo manteniendo una feliz comunicación.

Los fastos navideños comenzaron con un concierto realmente divertido de la Zambomba jerezana, un espectáculo flamenco alegre y distendido, y en el que los cantaores Ezequiel Guerrero y Fernando Soto, acompañados por tres excelentes cantaoras y palmeros nos deleitaron con los cantes más festivos del flamenco. Y a la mañana siguiente un concierto de órgano interpretado por ese genio del teclado que es Javier de la Rubia, tocando el magnífico instrumento del Auditorio Nacional de Música, un concierto en el que consiguió enhebrar la tradición y la modernidad.

Al día siguiente logre asistir a la última representación de “Troyanas” de Eurípides, en el Teatro Español. A pesar de estar en la última fila del gallinero la experiencia mereció la pena, sobre todo porque me acompañaron dos amigas con las que compartí la opinión de que la actualización histórica y el dramatismo de la obra estuvieron muy logrados, gracias, cómo no, a los grandes actores que le dieron vida.

Como he ido informando, durante este último mes también he estado presentando mi “Ensayo sobre las dos ruedas” en diferentes lugares. Un periplo realmente gratificante, poder compartir con amigos este proyecto y a su vez conocer a nuevas personas y entablar conversaciones sobre tantos temas que giran alrededor de una bicicleta.

Asimismo, aproveché las vacaciones navideñas para visitar algunas exposiciones: de Chirico, Mucha, Dzama, el espacio Tabacalera, Kentridge, el Reina Sofía, etc. Cada vez me siento más cerca del arte de nuestros días. No es que lo clásico o la tradición me motiven poco. Pero cada vez encuentro más estimulante compartir las experiencias artísticas que se suscitan en nuestro tiempo, y sentirme tentado por lo desconocido, por la incertidumbre acerca del sentido de lo que se nos ofrece, o sobre el mismo contenido material de la propuesta. Frente a la seguridad que nos da la traición conocida y que solemos degustar como un plato exquisito avalado por la continuidad y la reiteración, algunas obras nuevas realmente pueden disgustarnos o dejarnos indiferentes, pero la deriva por el arte contemporáneo ya supone de por sí un acicate, una aventura que merece la pena emprender por sí misma, y también porque realmente se encuentran joyas y hallazgos afortunados.

El día de los Santos Inocentes fui a Segovia, ya que en su Catedral se celebró un entrañable concierto de polifonía renacentista española (Vivanco, Victoria, Lobo y Guerrero) a cargo de ese grupo tan especial que dirige con mimo y ambición Alicia Lázaro, la Capilla Jerónimo de Carrión. La ciudad en sí misma, la cariñosa compañía, la comida en La Almuzara, los paseos por sus calles humedecidas y frías, la calidez de sus cafés y de la librería Ícaro donde dejé en depósito varios “Ensayos sobre las dos ruedas”, todo ello, y otras cosas entrañables que no os cuento, me reportaron una alegría realmente placentera.

El sábado 13 de enero fue otro día muy especial e intenso. Porque por la mañana tocaban juntos en el ANM el organista Daniel Oyarzabal y el trompetista Manuel Blanco, una combinación instrumental realmente atractiva y que nos emocionó con un buen racimo de obras variadas. Fue un concierto amable, cálido y virtuoso, ambientado a la salida con música de jazz y abundantes viandas, unos prolegómenos muy adecuados al concierto al que asistí ya por la noche, la maravillosa “escenografía” flamenca que nos propuso la pianista Rosa Torres-Pardo alrededor de sus amigos músicos: las cantaoras Rocío Márquez, María Toledo y Arcángel; y los compositores afincados en Nueva York, Ricardo Llorca, William Kingswood y Sonia Mejías. Un concierto fronterizo en el que también aparecieron Falla, Granados y Albéniz, en fin, un arrebato musical que nos ofreció Rosa con calor y entusiasmo.

La noche del día siguiente, en cambio, fui a un espectáculo nada convencional, al concierto de improvisación libre que nos ofreció la Orquesta en Tránsito que dirige Chefa Alonso en el centro ocupado de El Vaciador. Para apreciar una experiencia tan radical como ésta resulta imprescindible asistir con el ánimo adecuado, y con los ojos y las orejas muy atentos, con el cerebro dispuesto para un reto que me resultó estimulante, emotivo y sorprendente. Sobre todo, necesitaba prepararme vitalmente para el taller de improvisación libre que inicié al día siguiente, un curso intensivo de una semana del que hablaré en otra ocasión.

El lunes siguiente actuaba en el Auditorio 400 del Museo Reina Sofía, el grupo de música contemporánea Modus Novus, que nos acercó un programa que giraba en torno a la música de Stockhausen, con dos estrenos, las obras de Enrique Igoa y de Óscar Colomina. Un concierto nada convencional, ni por la formación orquestal, ni por la dimensión y estilo de las obras. Una experiencia a la par que conceptual, emotiva, una música que fue compuesta como reto y provocación, y que el paso de los años ha convertido en un clásico del estilo serial.

El viernes podría haber asistido al concierto que ofrecía el Jorge Pardo Quartet, pero después de 20 horas de improvisación en el taller que Chefa dirigió en el Teatro de Barrio, no me encontraba con el ánimo dispuesto para el jazz. Así que me fui al campo para derivar en bicicleta de montaña por la sierra de Madrid. Porque la noche del sábado me esperaba “Óscar o la felicidad de existir”, la obra de teatro que Yolanda Ulloa interpretó en solitario en la sala Arapiles 16 de la UNIR. Este teatro se va a convertir en un referente para mí, tanto por la calidad escénica de sus propuestas, como por el ambiente tranquilo y tan adecuado que ofrece su espacio escénico y su reducido patio de butacas, también porque siempre me acompaña una amiga con la que me gusta compartir este tipo de espectáculos. El trabajo de Yolanda resultó magnífico, no sólo porque supiera dar vida a 13 personajes alrededor del niño protagonista, Óscar, que asimismo encarnaba ella, sino por el difícil equilibrio que plantea la obra en torno a la vida y a la muerte, al sufrimiento y a la alegría, y sobre todo, al papel que el autor (E. M. Schmitt) le asigna a la figura de Dios en este juego medio panteísta y  cristiano, y que a mí me recordó, por similitud, la logoterapia del psiquiatra V. Frakl, y por contraste, ese duro relato de Cortázar que se llama “La señorita Cora”.

Y para finalizar este acúmulo de actividades, el concierto que el domingo nos ofreció la Orquesta Barroca de Sevilla, y en el que dos mezzosopranos monumentales nos representaron uno de esos duelos vocales a los que tan asiduo era el público del barroco. Entre memorables arias de Haendel y Vivaldi, Ann Hallenberg y Vivica Genaux, nos emocionaron, yo diría que totalmente arrebatados, más que por el duelo en sí, por la oportunidad de oír dos voces tan diferentes interpretando un mismo repertorio de forma tan contrastada y a la vez compatible. Estos barrocos de Sevilla tocan cada vez mejor, gracias, entre otras razones, a su espléndida gestión artística, y a la capacidad que poseen de integrar a los mejores solistas y directores del barroco. Después nos fuimos a celebrarlo. Porque el arte sin humanidad no es nada, porque la contemplación necesita de la imbricación del cuerpo y de la carne.

Recuerdo que estas arias las cantaban castrados. Por ello incluyo dos versiones de la famosa aria de Rinaldo, por una mujer, y por un hombre.

https://youtu.be/_wE06bBMl9c

El bien público

La institución del bien común o del interés general se erige como un fetiche al que otorgamos nuestra confianza, en la idea de que no de otra forma los individuos vamos a poder darnos bienestar, salud, educación o infraestructuras. Cedemos así nuestra libertad a priori, a una organización de expertos que deciden por nosotros, en unos representantes que distribuyen la coacción en la sociedad con el objetivo ampuloso y mezquino, de que así logran maximizar nuestra libertad y nuestro bienestar. Sin esta máscara de utilidad pública el Estado no podría existir, sin esta falacia de conciliador y mediador entre los intereses enfrentados de la sociedad, el Estado sucumbiría.

El bien común o el interés general por el que debe velar el Estado se ha erigido, desde tiempos de la Ilustración, y sobre todo del emperador Napoleón y su legislación autocrática -el código napoleónico en el que se miran todas las leyes liberales-, en uno de los sumideros en el que se pierde nuestra libertad. Había que establecer alguna justificación sobre la acción benévola del Estado, sobre todo, construir algún mito en el que fundar la actividad económica y legislativa del gobierno, y que permitiera convencer a la mayoría de los ciudadanos de que los sacrificios y las renuncias personales tenían por objeto un fin por encima de ellos, un bien sagrado al que merecía la pena arrojar buena parte de nuestra libertad individual: el interés general.

Realmente, la única forma que poseemos los individuos de alcanzar el bienestar o conseguir algo útil, es mediante la acción concertada de la sociedad. Ninguna persona aisladamente puede lograr algo meritorio, todos necesitamos coordinarnos y cooperar con otros para incrementar nuestra libertad, nuestro placer y nuestro interés individual. El concepto liberal de bien público, o interés general, se basa en esta obviedad, en la necesidad de que las personas establezcamos una organización, nos impongamos un orden, con el objetivo de incrementar nuestra libertad y alcanzar objetivos sociales valiosos. Pero eso sí, en el caso del Estado, interponiendo una jerarquía, una autoridad entre los individuos libres y el orden imprescindible para organizarnos socialmente en la empresa de conseguir resultados sociales útiles.

La institución del bien público o del interés general se erige así como un fetiche al que adoramos y respetamos, y al que otorgamos nuestra confianza, en la idea de que no de otra forma los individuos vamos a poder darnos bienestar, salud, educación o infraestructuras. Cedemos así nuestra libertad a priori, a una organización de expertos que deciden por nosotros, en unos representantes que distribuyen la coacción en la sociedad con el objetivo ampuloso y mezquino, de que así logran maximizar nuestra libertad y nuestro bienestar, de que ellos son los únicos que pueden interpretar los deseos del pueblo, que ellos son los únicos que realmente pueden definir de forma clara, justa y universal el interés común de toda la sociedad.

Por esta razón, la mayor parte de la actividad política que ejercemos los ciudadanos, la despilfarramos pidiendo continuamente que el Estado atienda nuestras demandas, coaligándonos junto con otros para presionar a los gobiernos para que acepten nuestro interés particular con objeto de que nuestros representantes lo declaren como general, y a través de esta decisión, así poder canalizar las energías sociales y la policía (la violencia legítima) para su plasmación real. Se establece así un juego diabólico de intereses en liza, en el que evidentemente no es únicamente el voto de las elecciones generales, sino sobre todo la capacidad económica e ideológica de influencia, la que establece hegemónicamente la agenda política, la acción de gobierno del Estado y la declaración de ese interés general que en rigor sólo define el que los poderosos han pactado en ese conflicto desigual de intereses en el que en suma se reduce la acción de los Estados en su aparente papel de conciliador justo de intereses.

No existe tal interés general, sino únicamente una serie de acciones de gobierno que se legitiman en este sucedáneo de libertad y soberanía popular y del que las personas, cada cual según su actividad y capacidad y poder, extraemos beneficios y herramientas para plasmar de la mejor forma posible, y en un marco pactado a nuestras espaldas, nuestra libertad individual. En cierto modo, el interés general o el bien público, se reduce a definir el campo de juego desigual en el que los ciudadanos dirimimos controversias y establecemos coaliciones y pactos y contratos con objeto de poder desarrollar al máximo nuestra libertad. Por tanto, un terreno de juego que posee unas normas nada igualitarias, pero que se aceptan con esa mezcla de obligación y devoción que  caracteriza todo lo que emana del bien público y que legitima la servidumbre voluntaria en la que arrojamos buena parte de nuestra libertad, y específicamente, nuestra capacidad de dotarnos a nosotros mismos de servicios sociales, educación, trabajo, etc.

Si asumimos el símil del mecanismo para entender el funcionamiento de la sociedad y de su capacidad para producir bienestar y para crear el marco adecuado para expresar nuestra libertad, el motor del interés general sería como su cabeza rectora, un chip programado por unos expertos y unos burócratas que sutilmente transforman las demandas, las necesidades y los deseos de cada persona en una integral común y universal a la que denominan interés general o bien público, entendido, según reza la propaganda, como aquellas políticas y decisiones que, según su criterio, maximizan el bienestar de todos y optimizan el funcionamiento del mecanismo social, aun cuando puedan provocar perdedores o víctimas. Un absurdo que ni se aviene con la realidad –proclive a decidir en pos del interés de unos pocos-, ni con la teoría, ya que resulta imposible establecer un conjunto racional y explícito de decisiones comunes a partir de los deseos y necesidades parciales de los ciudadanos.

El sumun de este absurdo tan necesario para legitimar la acción del Estado, lo compone la figura de los perdedores o de las víctimas necesarias, imprescindibles, del progreso o del bien común, lo que en tiempos de guerras recientes se han caracterizado como los daños colaterales del interés general. Resulta claro que, a pesar de su definición y propaganda, el bien público provoca perdedores, intensifica las desigualdades, a pesar de los cuidados paliativos que históricamente se han ido aplicando con fines de cosmética, de caridad o de eficiencia económica (por ejemplo, para reducir los “fallos de mercado”, o la propia creación –y ahora apuntalamiento precario- del Estado del Bienestar). La figura del interés general justifica la existencia de perdedores, legitima las desigualdades, racionaliza la explotación de ciertas minorías, ya que se tiende a justificar socialmente estas consecuencias injustas como imprescindibles para avanzar, para organizar de forma medianamente eficaz el mecanismo social de producción de bienestar. Opera aquí también ese resorte justificativo y autocomplaciente que exonera de culpa o de responsabilidad a los Estados, a las personas y a las acciones que aun produciendo males, han sido capaces de producir avances, progreso, y el hecho de que, a pesar del dolor o el sufrimiento que el bien público arroja contra ciertos sectores de la sociedad, los tendamos a legitimar como imprescindibles, aunque del análisis más ligero de lo que ha sido la acción histórica de los Estados, podamos interrogarnos sobre si el interés general ha sido el único posible, si han existido realmente otras alternativas menos traumáticas y más beneficiosas para el conjunto de la sociedad, y sobre todo, si resulta posible organizar un mecanismo social alternativo al bien público y a la acción coactiva de los Estados que responsabilice directamente a cada individuo sobre cómo ha ejercido su libertad en un marco de cooperación y conflicto marcado por la igualdad de las partes. Y evidentemente, sin caer en el error de considerar, que ese marco de “igualdad de las partes” sólo lo puede garantizar una violencia externa a los individuos, un Estado formado por unas élites y unos burócratas que históricamente han justificado la desigualdad en aras del interés general que ellos autoritariamente han elegido para preservarse como clase gestora.

En cierto modo, el bien público opera a la inversa del famoso refrán que aconseja remojar las barbas cuando observes que al vecino le cortan las suyas. Si advertimos que el interés general se lleva por delante –legalmente- a un expropiado, por ejemplo, tendemos, primero, a criminalizar a la víctima, segundo, a considerar que su mal ha sido imprescindible por el bien de todos, y por último, a considerarnos al margen, tanto como responsables, como posibles víctimas futuras, porque qué duda cabe que la legitimidad de toda esta desigualdad la basamos en el hecho de que siempre tendemos a consideramos como parte beneficiada de las injusticias que el bien público provoca sobre otros.

Por el interés general se expropia, se coartan libertades declaradas legítimas por el propio ordenamiento jurídico del Estado, se distribuyen subvenciones y apoyos públicos de forma arbitraria y desigual, se apoya a los corruptos y a los causantes de las crisis para no perturbar la ley de la competencia y del interés privado como fuente de progreso y de bienestar, se distribuyen favores que engrasan el mecanismo económico de modo clientelar y partidista, se adoptan decisiones públicas en torno a la ley, los reglamentos y los controles burocráticos que favorecen fundamentalmente a los poderosos, se pactan convenios comerciales y políticas de ayuda al desarrollo o de protección del medio ambiente que apoyan a las mismas instituciones y empresas que impiden o dificultan la equidad. Pero es verdad, todo engalanado con las vestimentas del interés general, de que no de otra forma podría funcionar el mecanismo social que produce bienestar, que la desigualdad y hasta la ineficiencia que el propio bien público genera, resulta imprescindible para que los desposeídos, los explotados y la gran mayoría de la sociedad podamos tener unos mínimos servicios sociales, una policía, unas infraestructuras y una educación sobre las que apenas podemos influir ni decidir, y que recibimos como un derecho envenenado a cambio de ceder lo más precioso de nuestra libertad.

No somos libres gracias al bien público y al Estado que lo define y lo aplica, sino que a pesar del interés general somos capaces todavía de ejercer nuestra libertad, eso sí, de forma limitada y siempre bajo la supervisión del mismo interés general administrado por toda la cohorte de expertos, policías y burócratas del Estado y de las administraciones públicas. Sin esta máscara de utilidad pública el Estado no podría existir, sin esta falacia de conciliador y mediador entre los intereses enfrentados de la sociedad, el Estado sucumbiría. Por esta razón, el Estado necesita encarnar el interés general, para así poder menospreciar y deslegitimar la capacidad de los individuos de pactar directamente entre sí, de formar asociaciones y comunidades que se den a sí mismas, a través de su acción coordinada, bienestar, trabajo, seguridad, orden, sanidad, protección, educación e infraestructuras. El Estado no aparece como encarnación de estas asociaciones libres, como una forma de mejorar el funcionamiento de una sociedad de individuos libres, sino como una asociación elitista de intereses privados y desiguales que se justifica ante la sociedad y se legitima por apelar a un interés general y a un bien público que destruye precisamente el mismo entramado social al que decía perfeccionar.

Pero claro, la reversión de esta situación, la devolución de la libertad cedida o enajenada al individuo, no sólo puede provenir del adelgazamiento del Estado, o de su mismo suicidio (no digamos ya de la nacionalización totalitaria), sino sólo tras la devolución a sus legítimos poseedores de todos aquellos bienes, derechos, capitales e infraestructuras que el propio Estado y sus acólitos han fabricado con nuestra libertad, y que históricamente ha sido distribuido tan injusta y desigualmente entre las élites y los poderosos.

Viaje por las emociones del barroco

Así se anunciaba el concierto que ayer nos ofreció la mezzosoprano italiana Anna Caterina Antonacci y el grupo Forma Antiqua, centrado en ese marco histórico tan emocionante que se desplegó en Italia en los comienzos del siglo XVII, un período revolucionario en el que se inventó la música barroca, o de los afectos. Con la presencia ubicua de Monteverdi, en el viaje también nos acompañaron otros músicos de la época, Frescobaldi, Falconieri, Strozzi, Merula o Uccellini, entre otros, en un encaje musical que conformó una ópera-collage de cinco actos en torno al amor y sus afectos: el desprecio, la melancolía, la batalla, el lamento y el perdón, un viaje de sentimientos encontrados magistralmente hilvanados por la selección de las obras y por la propia interpretación de los músicos.

Fue un concierto lleno de ternura, desasosiego, dolor y alegría, maravillosamente presentados a nivel vocal y escénico por la cantante italiana, y en el que los músicos que lidera Aarón Zapico nos ofrecieron un acompañamiento preciosista e íntimo cuajado de las exquisiteces armónicas que en esos años exploraban estos compositores del primer barroco. No sabría destacar una pieza o un momento, porque todo estuvo en su justo lugar. Quizás el mismo centro de la ópera, el Lamento de Ariadna, y en el que los músicos supieron ofrecernos un catálogo declamatorio realmente acertado en consonancia con lo que Monteverdi escribió. Oyendo a Antonacci consideré que esta pieza dramática (un puro recitativo en el que la melodía no acaba de aflorar) debieran oírla todos los actores o recitadores de poesía, evidentemente no para copiarla, pero sí para apreciar cómo la música va resaltando y acentuando unos recursos declamatorios abundantes y tan bien adaptados a la evolución de las palabras que se dicen.

Aquí puede verse a la Antonacci en acción, en el Combattimento de Monteverdi. Un regalo sobre cómo pintar los sentimientos y sobre todo, las palabras que los expresan, con la música.

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