ENSAYO SOBRE LAS DOS RUEDAS (iv)

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Quien poseía una bicicleta ganaba la libertad

De niño he tenido tres bicicletas. Ahora poseo dos, la flaca y la gorda. Que así llamamos coloquialmente mis amigos a las bicicletas de carretera y de montaña, respectivamente. Como decía Rafael Alberti al comienzo de su poema “La bicicleta con alas”:

A los cincuenta años, hoy, tengo una bicicleta.

Muchos tienen un yate

y muchos más un automóvil

y hay muchos que también tienen ya un avión.

Pero yo,

a mis cincuenta años justos, tengo sólo una bicicleta.

Quien poseía una bicicleta ganaba la libertad. Aunque no tuviera marchas, el piñón fuera fijo y el único freno acabara por dejar de funcionar. También era de hierro macizo y las ruedas de goma. Así fue mi primera bicicleta, que me trajeron los primeros Reyes Magos de los que poseo conciencia. Una bicicleta blanca que nunca se pinchaba y era imposible de romper.

Con el paso del tiempo he comprobado que los ciclistas mayores recuperamos la niñez sobre la bicicleta. Este artilugio posee una capacidad poco reconocida oficialmente para dar felicidad y convertir a sus usuarios en niños grandotes, no sólo cuando se montan, sino lo que resulta casi mágico, cuando ya se han bajado de la bici y se van a  trabajar, porque una bici en la vida aniña los corazones y puede incluso endulzar las relaciones sociales, a pesar del estático sillón giratorio del jefe o del juez. Y es que incluso la policía, cuando monta en bicicleta, parece que adopta una disposición más amigable, casi humana, como si las multas, las esposas, la porra o la pistola desaparecieran del atuendo de todo aquel que por el sólo hecho de montarse en un bicicleta tiende a hacerse un poco más solidario con el género humano y la libertad.

Decía H.G. Wells:

Cada vez que veo a un adulto sobre una bicicleta, no pierdo la esperanza en el futuro de la humanidad.

Yo comparto su sueño.

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LA IMPORTANCIA DEL TAMAÑO (1ª Parte)

Una benigna Providencia (…) ha convertido a la industria moderna de unas pocas y grandes empresas en un instrumento excelente de cambio tecnológico.

J. K. Galbraith, El capitalismo americano.

(Se dice) que los proyectos a gran escala son invariablemente más económicos que los pequeños y que los proyectos intensivos en capital son invariablemente preferibles a aquellos en los que predomina la mano de obra. (…) De aquí el enorme esfuerzo por automatizar y la tendencia hacia unidades de producción cada vez más grandes.

E. F. Schumacher. Lo pequeño es hermoso.

El burro grande, ande o no ande.

Proverbio español

La opinión imperante apoya la idea de que de forma natural las empresas capitalistas tienden a hacerse cada vez más grandes, que el libre mercado fomenta el gigantismo de unas organizaciones empresariales que en franca competencia arruinan a los pequeños y acumulan cada vez mayores cuotas de mercado; que el capitalismo, automáticamente, genera monopolios. Y como corolario, que el Estado debe intervenir en la economía, en las reglas de juego, para evitar esta situación desagradable e ineficiente que arruina la libertad, con objeto de promover unas condiciones de competencia más perfecta dentro de los mercados.

En este contexto, la visión que Schumacher nos ofrece en su libro Lo pequeño es hermoso puede pecar de romanticismo, de un idealismo ingenuo que choca con la evidencia que aflora tras las tensiones que se producen entre las fuerzas del mercado como consecuencia de la aplicación real de unas tecnologías complejas y megalómanas que poseen enorme eficacia y rendimiento en contextos de grandes dimensiones empresariales.

Parece que lo grande resulta más eficaz que lo pequeño, y que sin intervención de la burocracia estatal y de su regulación antimonopolio en favor de la competencia, el libre mercado no podría existir. Se suele hablar de los “fallos de mercado”, de un conjunto de singularidades que concurren en el mundo real de los negocios y de la economía, que pervierten la libre competencia, y que el Estado liberal comprometido con la máxima expansión del capitalismo y como garante de la libre concurrencia, debería imponer unas reglas de juego para que el sistema capitalista pueda operar sin destruirse a sí mismo.

Y se alude, para explicar esta opinión predominante, a las llamadas “economías de escala”, a saber, que cuanto más grande resulta una empresa, menores resultan los costes unitarios que debe gastar en la fabricación de sus productos. La función de coste de una mercancía incorpora muchos conceptos relacionados con el precio de la mano de obra, la tecnología, las materias primas, la administración de la empresa, etc. Por lo que en atención al sector en el que opere la industria o la empresa, así estará sujeta en mayor o menor medida a esta ley inexorable de la economía. En el límite, estarían los denominados “monopolios naturales” (y aquí), en general, servicios públicos de energía, agua, telecomunicaciones, que por tener que utilizar un gran volumen de capital tecnológico deben hacer frente a unos costes fijos abrumadores, y por tanto, que solo aquellas industrias de enorme tamaño puedan repartirlos entre un gran volumen de producción.

Parecería, por tanto, que la eficiencia se alía con lo grande para generar mayores cuotas de bienestar. Pero claro, estos monopolios que acaban acaparando la mayor parte de la demanda social con sus mercancías, tenderán también a querer utilizar esta situación de poder para imponer precios superiores –y menor producción-, buscando un óptimo económico privado enfrentado al óptimo social que la libre concurrencia provocaría. Se asiste, por tanto, a una tensión entre la concentración de capital y tecnología, que parece promover la eficiencia económica y el abaratamiento de costes, y por otro lado, y como fruto de esta situación, el incremento del precio de las mercancías a consecuencia de la concentración de la oferta en las manos de unos pocos empresarios. Conflicto que exigiría la intervención de un árbitro, el Estado, que intentará la titánica tarea de aprovecharse de la eficiencia del gigantismo sin incurrir en la inequidad de la concentración de poder.

Desentrañar las relaciones entre el tamaño de las empresas y las leyes que imperan en la economía, resulta de gran relevancia, sobre todo analizar el papel que juega el Estado en estas dinámicas y consecuentemente, la participación de los diversos actores que intervienen en el desarrollo económico y en el reparto del beneficio o el bienestar, en las relaciones de poder y de explotación que se pueden establecer entre ellos. Y en concreto, entender si la eficiencia económica exige grandes empresas jerarquizadas, planificación a gran escala, o en cambio, comprender que no son tanto los imperativos de la tecnología o de la organización los que imponen el gran tamaño, cuanto las reglas concretas que Estado y capitalistas imponen cotidianamente en el funcionamiento de nuestras economías.

Que lo grande resulta más eficiente que lo pequeño, no resulta evidente, aun cuando se haya convertido en una opinión extendida. Creo que la rotundidad con que se defiende esta aseveración procede del mundo de la ingeniería y de su concepto un tanto sesgado de lo que significa el rendimiento, la eficiencia tecnológica y por extensión, también la económica. El rendimiento energético de las máquinas se incrementa con su tamaño. Las turbinas, los generadores, las plantas industriales que utilizan máquinas grandes consiguen rendimientos energéticos superiores. O lo que es lo mismo, menores pérdidas energéticas en los procesos de transformación de la materia prima en mercancía. Esta idea ha calado profundamente en la sociedad, en los burócratas y en los empresarios, incluso en los economistas, de forma tan parcial e ingenua, que ha provocado el error de identificar rendimiento energético con eficiencia económica, cuando ambas cosas, aun estando relacionadas, no son enteramente causales.

Hemos de recordar que el coste final de una mercancía no sólo depende de la eficiencia material, tecnológica, de su fabricación, sino también del precio de las materias primas, de los costes de organización y gestión de la propia empresa, de la comercialización, la publicidad, la información, etc. El tamaño puede favorecer unas eficiencias o rendimientos, pero empeorar otros. Téngase en cuenta, también, que aquella eficiencia energética y productiva asociada al tamaño sólo resulta positiva en el caso de que la gran empresa consiga operar el mayor tiempo posible a la máxima capacidad, pero disminuye, incluso cosechando peores rendimientos que las fábricas pequeñas, en el caso de que la producción deba disminuir por debajo de determinados ratios. Por ello, la gran empresa sólo podrá conseguir rendimientos crecientes con la escala si consigue que la suma de todas estas variables de las que depende el coste económico de producción realmente le reporte una ventaja respecto a los competidores existentes o potenciales. Como se aprecia, el tema de la escala resulta mucho más peliagudo.

Como afirmaba el premio Nobel de economía R. Coase, las empresas existen para reducir costes de transacción y de información. Una empresa no deja de ser un modo de contingentar el mercado y crear un ámbito artificial de integración vertical de la producción donde las relaciones entre los elementos de su jerarquía se realizan por acuerdos estables en el tiempo y no por compra directa en el mercado. Y el tamaño que finalmente adquiere esta organización se establece por el equilibrio de una serie de fuerzas que de modo contrapuesto tienden a hacerla grande o a impedírselo. En ocasiones, el descubrimiento de la realidad se realiza por querer responder a preguntas obvias, en este caso, “¿por qué existen las empresas?, ¿por qué existen estas ‘islas de deliberado poder’?”, lo que ofreció la oportunidad de establecer la siguiente máxima de Coase:

Una empresa tenderá a expandirse hasta que los costes que supone organizar una transacción adicional dentro de la empresa igualen los costes que implica desempeñar esa misma función en el mercado abierto. Cuando salga más barato realizar una transacción dentro de la empresa, es recomendable. En cambio, si resulta más económico salir al mercado, no hay que intentar hacerlo de forma interna.

Esta idea de las fuerzas contrapuestas resulta realmente interesante para analizar el tamaño de las empresas y la posibilidad real de que en determinados sectores económicos se alcancen monopolios. Las empresas serían así como globos que podrán crecer o menguar en función del equilibrio que se establezca en cada momento entre las presiones externas e internas, y sus costes correspondientes. Más que un ejercicio teórico sobre las economías de escala, se trataría de analizar cómo la tecnología y las normas de funcionamiento que realmente establece el Estado y que se dan en el mundo económico actual, están definiendo aquel equilibrio de fuerzas y de costes, y si el gigantismo, los monopolios, se dan como un elemento natural del libre mercado o son consecuencia de intervenciones exógenas.

Como en un problema de física, intentemos describir aquellas fuerzas de las que depende el tamaño ideal u óptimo de las empresas, que tanto Galbraith en El nuevo estado industrial, o Coase en The nature of the Firm, expresaron tan acertadamente.

La gran empresa podrá tener ventaja, sobre la pequeña, en principio, en el abastecimiento de materias primas, en la medida en que su gran volumen de insumos le permita alcanzar acuerdos de precio ventajosos con las empresas abastecedoras. Y también en la venta del producto, ya que si posee una cuota de mercado adecuada, podrá imponer unos márgenes comerciales superiores. La gran empresa se podrá beneficiar también de la mayor eficiencia de su maquinaria y procesos industriales, de mejores precios en el transporte de sus mercancías o de la racionalización administrativa, reduciendo el porcentaje de gastos generales (fijos de gestión administrativa) en relación con el coste final del producto. Y como afirmaba Schumpeter, afrontar con mayor éxito el proceso de “destrucción creativa” que conlleva la innovación tecnológica. Resulta sorprendente que en el límite, la gran empresa esté intentando aprovecharse de todas estas ventajas económicas ligadas al tamaño, con el objetivo de sustituir el mercado por la planificación, en concreto, las incertidumbres del mercado por las certezas de las decisiones controladas por su propia burocracia.

Fuera de la empresa los movimientos del precio dirigen la producción, que se coordina a través de una serie de transacciones en el mercado. Dentro de una empresa, estas transacciones de mercado se eliminan y en el lugar de la complicada estructura de intercambio se coloca el empresario coordinador que dirige la producción.

Pero ello no nos debería extrañar si recordamos que una empresa, su estructura interna, no deja de ser una organización creada al margen del mercado, donde las decisiones internas relacionadas con la producción no se adoptan en virtud de precios, sino de una información técnica y administrativa que se integra en una estructura de poder que se erige sobre la figura de la propiedad privada del capital.

Por esta razón, las fuerzas anteriores, ligadas a los costes unitarios de producción que deben soportar las empresas, deberían analizarse como fuerzas que, en virtud de su mayor o menor magnitud, contribuyen a que se altere su tamaño, en persecución de unos objetivos que no siempre se identifican con el del máximo beneficio, como se entiende habitualmente. Por ejemplo, pensemos en el coste de los insumos, que favorecerá el crecimiento de aquellas empresas que los compran en elevadas cantidades, cuya influencia puede verse contrarrestada por el propio tamaño de los proveedores, porque si esa materia prima, en el límite, sólo la fabricara o la explotara una única empresa, ésta controlaría su precio y no se dejaría influir por la demanda, por lo que este factor dejaría de influenciar en el tamaño del sector productivo que está utilizando ese insumo.

Pero también existen factores exógenos que influyen sobre estas variables, en cuanto un determinado tipo de actuaciones o regulaciones estatales pueda estar afectando al tamaño más adecuado de las empresas que operan en un determinado sector. Si tomamos el ejemplo anterior de los insumos, cuanto más grande sea la empresa más volumen deberá incorporar, y por tanto, mayores serán los desplazamientos de mercancías que deberán producirse para transportar las materias primas hasta los lugares de producción. A diferencia de un sector atomizado y distribuido por el territorio, que tiende a minimizar los desplazamientos, en cambio, la gran empresa centralizada deberá utilizar un conjunto amplio de proveedores disperso por el territorio, que le podrá ofertar menores precios, pero cuyo transporte será más oneroso para ella. Ahora bien, si las infraestructuras de transporte las construye el Estado y no aplica tarifas de uso, y si los combustibles del transporte de mercancías están subvencionados fiscalmente, entonces la política estatal, exógenamente al mercado, estará favoreciendo que las empresas de ese sector sean más grandes, ya que estará asumiendo unos costes que el sector no está internalizando y que los soporta la sociedad en su conjunto en contra de los pequeños productores.

Creo que este ejemplo, como el resto de consideraciones de todo tipo que se pueden realizar en torno a los factores de coste que soporta cada sector, expresa claramente que el tamaño óptimo de una empresa en un determinado sector productivo depende de cómo puede optimizar su cadena de valor, en el sentido que le dio Porter a este término en relación con la ventaja competitiva, y en concreto, sobre cómo el sobredimensionamiento actual de nuestro tejido industrial y de servicios se basa más que en las leyes del  libre mercado, en una serie de regulaciones y políticas promovidas y respaldadas por los Estados en su afán por defender el capitalismo, equivocadamente, como el mejor instrumento para producir bienestar y crecimiento económico.

En Markets not capitalism, y en el estimulante trabajo de K. Carlson Organization theory: a libertarian perspective (el capítulo 3 State policies promoting centralization and large organizational size y el capítulo 11 The abolition of privilege) se puede consultar cómo el capitalismo de Estado ha favorecido, en lugar de limitado, el crecimiento desmesurado, ineficaz e injusto del tamaño de las empresas, promoviendo unas serie de políticas fiscales, comerciales, de infraestructuras, de compras públicas, subvenciones, ajustes, rescates, etc. que han debilitado a los pequeños empresarios y fortalecido a los que gracias a su gran tamaño podían beneficiarse más satisfactoriamente de estos privilegios. El Estado, lejos de solucionar los “fallos de mercado”, los provoca en favor, en este momento histórico de crisis de las escalas, del gran capital y sus monopolios consustanciales.

Los trabajos mencionados parten de los estudios que desarrolló Benjamin Tucker sobre los privilegios estatales al capitalismo, en cuanto estos fomentaban la concentración de la propiedad, el gigantismo y la centralización, y que resumía, en State socialism and anarquism (1886) como los cuatro monopolios: del crédito,  de  los derechos de propiedad artificial sobre la tierra, de las patentes y copyright, y de los aranceles aduaneros. A los que podría agregárseles los siguientes: las subvenciones al transporte de mercancías (en infraestructuras, en precio carburantes y externalidades), barreras de entrada artificiales al mercado (profesionales, licencias, contingentes, calidad de productos, seguridad, tecnologías empleadas, fianzas, seguros, etc.),  proteccionismo en connivencia con la liberalización del mercado internacional, política fiscal regresiva, regulación “injusta e irresponsable” de sociedades anónimas, subsidios y ventajas fiscales a las grandes empresas y multinacionales, compras gubernamentales y política de contratación pública (defensa, seguridad, infraestructuras, cárceles armamento, etc.), subvenciones al agribusiness y la PAC, política de I+D,  códigos de buenas prácticas, normalización, etc. En síntesis, toda una legislación y una política económica y fiscal al servicio de la gran empresa para impedir la competencia del mercado.

La gran empresa no aflora naturalmente del mercado libre, sino de las regulaciones estatales que se imponen en el mercado para favorecer a determinados sectores empresariales, y así colmar su objetivo de controlar la incertidumbre del mercado e incrementar su poder. Como afirma Kolko en The triumph of conservatism: a reinterpretation of American history 1900-1916, la cúpula empresarial se transforma en un estamento político que utiliza al Estado para sustituir el mercado por la planificación, y por tanto, alcanzar estabilidad, predictibilidad, seguridad y racionalización. Es decir,

(…) la organización de la economía y de las altas esferas políticas y sociales de tal modo que le permita a las grandes empresas funcionar en un entorno predecible y seguro que les ofrezca razonables beneficios a largo plazo.

La siguiente frase de I. Illich, extraída de su libro Herramientas para la convivencialidad, puede ofrecer una buena guía sobre la amenaza que supone el capitalismo para la democracia y el libre mercado:

Cuando una empresa crece más allá de un cierto punto (…) frustra el fin para el cual fue diseñada originalmente, y se convierte entonces rápidamente en una amenaza para toda la sociedad.

Estas dinámicas de intervención pública para favorecer a los capitalistas y por ende, la concentración de poder económico en un reducido número de manos, se han dado siempre a lo largo de la historia del capitalismo –de Estado- con el objeto de defender a las grandes empresas de la competencia de los pequeños, a pesar de que la ideología imperante tienda a ocultarlo con la máscara del Estado benefactor que regula en favor de la sociedad. Pero actualmente el fenómeno adquiere proporciones colosales, en la medida en que las nuevas tecnologías en red están favoreciendo la disminución de los costes de información, coordinación y transmisión del conocimiento, creando un marco económico todavía más favorable para el libre mercado de los pequeños emprendedores, contra el que el gran capital intenta defenderse, como siempre en connivencia con el Estado, a través de nuevas políticas y regulaciones, de leyes abusivas en favor de las patentes y los derechos de propiedad intelectual, restringiendo la libre difusión de ideas, cultura y tecnología por la red, intentándola convertir en un nuevo  instrumento de espionaje y de dominación.

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ENSAYO SOBRE LAS DOS RUEDAS (iii)

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Avanzar para no caer

A eso se refería mi amigo cuando me aconseja dar pedales. Vivir, avanzar, pedalear. Mis hijos lo captaron pronto. Al principio hubieran deseado haberse sentado sobre el sillín como si fuera un taburete. “Papá, primero quieto”, parece que te dicen con sus ojos asustados. Y te gustaría poder explicarles que ese extraño artilugio que es una bici se tiene que mover para ser estable. Que sólo los acróbatas circenses saben estar parados sin caerse. Con el tiempo averigüé que el fenómeno se llama efecto giróscopo. Pero mucho antes aprendí a jugar a la peonza sin saber nada al respecto, o a recorrer las calles del pueblo de mi padre empujando una llanta vieja con un alambre.

Pero siempre que olvido esta lección vital me caigo. Es un error muy frecuente con la bicicleta de montaña cuando se acomete un tramo con cierta dificultad técnica. La mayoría de las veces nos hemos ido al suelo por haber casi detenido la bici, por frenar tanto que casi la hemos parado, cuando es el propio movimiento con su inercia y momento angular el que nos ayuda siempre a mantener el equilibrio. Velocidad y estabilidad.

Hay un punto de inflexión en la historia de la bicicleta que sólo el arrojo de los intrépidos logró superar, la inestabilidad de los primeros velocípedos, esos artilugios grotescos y entrañables que inventaron los hermanos Michaux en 1862. Una gran rueda delantera en cuyo eje se disponen los pedales, y una diminuta rueda trasera de reducido peso para ayudar al equilibrio. Los primeros intentos de montar estas peculiares máquinas autopropulsadas fueron fallidos, hasta que advirtieron que la velocidad ofrecía estabilidad. La vida del ciclista sobre la michaulina se nos antoja peligrosa, sobre carreteras o caminos de tierra compactada o macadán, sin frenos, ni chichoneras ni otras protecciones, suspendidos sobre una rueda delantera que para ofrecer mayor eficacia de pedaleo evolucionó hasta alcanzar gigantescas proporciones, y por tanto, hacia mayor inestabilidad y altura de caída. Imaginamos el momento de iniciar la marcha, la valentía de subir a las nubes y empezar a dar pedales para no caerse, y sobre todo, el acto de parar y bajarse, sin estrellarse, desde 2 metros o más de altura, tentados de saltar en marcha, o de acercarse lentamente a un árbol, muro, escalera en que apoyarse para descender. Horroroso. Y así y todo el velocípedo se hizo famoso, tuvo gran aceptación y proliferaron las carreras. Eso sí, como era tan arduo y arriesgado montar y sobre todo, bajarse, entiendo que por tal razón las competiciones fueran larguísimas, como si el miedo a parar les lanzara a la eternidad. Pruebas de seis días, o de más de 500 kilómetros nos confirman que desde sus inicios la bicicleta fue una actividad de resistentes, de arriesgados, de amantes de la libertad.

Charles Terront, uno de los más renombrados velocipedistas, nos lo cuenta en sus memorias, el furor que por estas máquinas se desató en la Francia posbélica de 1870, que se vivió como una especie de liberación de la vergüenza nacional sufrida, con creación de clubs deportivos y periódicos dedicados a fomentar y dar cuenta de las hazañas de unos ciclistas que conseguían velocidades alucinantes, en torno a los 25 km/h, a la vista de los cacharros que montaban y del estado de los caminos, por no hablar de las extremas distancias que recorrían, a veces, dando vueltas a velódromos de reducidísimas dimensiones que los hacían vomitar de puro mareo.

Aquellos artefactos no poseían marchas, y como mi primera bicicleta, tampoco tenían piñón, y por tanto, cada vuelta de pedales coincidía exactamente con una revolución de la rueda. Por estas razones la bicicleta tardó en implantarse en regiones montañosas y fue coto, en sus inicios, de las grandes llanuras, de las orografías suaves como la francesa o la de los Países Bajos, en donde surgieron los primeros ciclistas famosos, y las primeras competiciones.

Velocíferos

En España, la bicicleta tardó en imponerse, como tantas novedades y hallazgos durante aquellos tiempos. País excéntrico y replegado en sí mismo, de topografía montaraz,  cuando nace este modo de transporte aún estamos embarcados en las guerras carlistas y en el Sexenio Revolucionario, la efímera Primera República española que dio paso al regreso de los herederos de Isabel I. Años duros, caminos intransitables y peligrosos. De este yermo cultural nace el Regeneracionismo, el intento de transformar las estructuras anquilosadas del país por obra de la cultura y de la imitación de los modelos políticos y sociales  de esa Europa ignorada desde que el casticismo de los  bandoleros y de la corte borbónica de los milagros le impuso al país un régimen beato y de  sonrojante mojigatería. Y sería un jovencísimo Joaquín Costa, todavía albañil antes que político y educador de masas, el encargado de traernos la bicicleta-velocípedo, en lo que yo creo fue su primer contacto con la libertad y la cultura, en esa visita que realizó a la Exposición Universal de París de 1867, un maño de ojos abiertos como platos que con apenas 21 años todavía no había podido esbozar ninguno de los trabajos que le convertirían en una de las personas más influyentes de la reciente historia de España, y que se quedó tan sorprendido del velocípedo de Michaux, y de sus posibilidades de regeneración, que lo dibujó en un papel de fumar. Aquí se le dio el nombre de velocífero, y el primer prototipo se construyó en Huesca a partir de los bocetos y de la experiencia de Costa. En Cronoramia se puede leer:

El propio José Antonio Llanas, ex alcalde de la ciudad de Huesca y erudito local, escribiría en un artículo publicado en ‘Nueva España’ de Huesca en 1978 que el padre de un costista célebre como ‘Silvio Kossti’, llamado Francisco Bescós, manejó uno de estos velocípedos, con el que arrolló a un peatón oscense de nombre ‘el Miñón’», en el Paseo de la Estación, causándole la muerte (…)  Pepín y Antonio Bello contaban que su padre y Silvio Kossti (el seudónimo era un homenaje a Costa: su verdadero nombre era Manuel Bescós Almudévar) habían fabricado una bicicleta con el diseño de Costa». El experto en ciclismo Ángel Giner afirma que Huesca es la pionera en la construcción de bicicletas en España, a raíz del dibujo de Joaquín Costa, y ha precisado que el mecánico «y herrador» Mariano Catalán, con sus hermanos Nicomedes y José, reprodujo tres bicicletas «y fueron una gran novedad».

Nuevamente nos topamos con el krausismo y la Institución Libre de Enseñanza, también en la implantación de la bicicleta en España, en su noble papel histórico de renovador de las carpetovetónicas estructuras culturales de nuestro país. Y sorprende, por su celeridad, el hecho de que al año siguiente de su visita parisina, el 20 de marzo de 1868, se celebrase la primera expedición velocífera en nuestro país, ida y vuelta entre las ciudades de Huesca y Zaragoza, 150 kilómetros que según las crónicas se realizaron entre las 4 de la madrugada y las 5 de la tarde, a una media, por tanto, de 11,5 km/h. Desconocemos si almorzaron con mantel y mesa, si hubo siesta o paradas turísticas, porque la velocidad se nos antoja un poco escasa, a pesar de la rupestre tecnología de los primeros modelos de bicicleta y de lo precario de los caminos, aunque también es cierto que tuvieron que salvar un desnivel de 250 metros entre ambas ciudades.

Aquellos croquis de Joaquín Costa iban a recorrer kilómetros de realidad y de leyenda. Eso sí, Huesca contó con el Club Velocipedista Oscense al menos desde 1889, presidido por Juan Antonio Palá, y en 1896 empezó a editarse la revista ‘El pedal’, que publicó la correspondencia de Costa con los ciclistas de Huesca y Barbastro.

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ENSAYO SOBRE LAS DOS RUEDAS (ii)

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Un amigo me suele aconsejar que jamás deje de dar pedales. No habla del ciclismo en concreto, sino de la vida misma.

Pedalear. Y vivir.

Mi generación se ha criado en un ambiente perverso plagado de amenazas. Quizás por ello no hemos alcanzado nuestra máxima altura potencial, padecemos de los pies, de la próstata, de huesos frágiles y alopecia. Durante los últimos veinte años no he dejado de leer perseverantes estudios científicos donde sin excepción se demuestra que todas las certezas educativas de los años setenta del pasado siglo, y en las que tantos ciclistas fuimos entrenados para la vida, carecían de racionalidad y que lejos de ayudar, perjudicaban el correcto desarrollo cognitivo, locomotriz y moral del infante. El tacatá, el vivaporu, los columpios de metal, el tirón de orejas y el sopapo, la mercromina y el alcohol, la letra con sangre entra, la guerra de piedras, ¿qué es el casco, dónde está el cinturón de seguridad de los niños?, los ruedines de la bici, el agua de azahar o la cartera del colegio.

Girar y rodar

Poseo sólo dos recuerdos de mi extrema niñez, y los dos se relacionan con sendas caídas. En ambos casos debía llevar todavía pañales, pero el descontrol no sólo procedía de mis esfínteres, sino de no haber sido capaz entonces de saber distinguir entre la otredad del mundo y mi todavía tierno yo. No recuerdo el contacto con el suelo, ni el consiguiente lloro, ni el dolor. Únicamente los giros, en el primer caso, el más antiguo, un mundo que giraba alrededor de mi eje longitudinal, en la segunda caída, un orbe que se me desquició en un giro absurdo alrededor de mi eje transversal. Atando cabos y gracias al poder deductivo que los años me fueron dando, he acabado por asumir que en el primer caso debí rodar sobre la cama antes de precipitarme contra el suelo, y que en el segundo batacazo, que iba montado en un triciclo y que por todavía desconocer la ley de la gravitación universal debí desestabilizar su centro de gravedad.

Girar y rodar. Verbos tan antiguos, se dice, como el mundo. Pero confusos. Ptolomeo se creía el centro de un gran circo giratorio, y Copérnico, sin embargo, era un niño rodador. La rueda es un artilugio ambiguo. En qué lógica cabe que para avanzar rectamente sea necesario girar.  ¿Por qué sobre dos ruedas juntas?

Mis hijos no han tenido la suerte de poder disfrutar del tacatá. Desgraciadamente mi memoria no almacena ninguna información al respecto. Poseo fotos donde se me ve muy feliz, y conservo las historias que mi madre me ha transmitido al respecto. Realmente era un artilugio peligroso. Aquellos estudios a los que aludí citaban enormes riesgos asociados al correcto funcionamiento del aparato locomotor. Por no citar la velocidad, que aliada con la ingenuidad infantil auguraba choques y vuelcos. Pero ¿y la experiencia de la ingravidez, de poder avanzar casi como suspendido y sin necesidad ni de que te empujaran, ni de dar pedales? ¿Y la enorme variedad sensorial entrando por esos recién abiertos ojos, ese escalofrío fugaz de imágenes giratorias tan alocadas como las propias cuatro ruedas locas del tacatá?

Los preámbulos son esenciales. Yo no podría vivir sin ellos. Por esta razón ahora quisiera hablar sobre el equilibrio. Porque el equilibrio humano resulta perturbador. Un bípedo que fuera de toda lógica acumula mayor peso en la parte superior del cuerpo. Si al menos pareciéramos un tentetieso, y no un chupa-chups. Estamos vueltos del revés. No digo nada si ese animal inverso que es el ser humano se monta en una bicicleta que contra toda lógica en lugar de cuatro posee sólo dos ruedas. Inverosímil. Quizás por ello la humanidad tardó tanto en inventarla. Y sin embargo, los niños la adoran y aprenden a montarla apenas han aprendido a andar. A pesar de su peligrosidad y rara inestabilidad.

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BIENESTAR SIN ESTADO (y 3ª PARTE)

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El capitalismo se ha encontrado con el mundo finito, y ha sido la conciencia de este límite la que ha destruido un Estado del Bienestar que ya nunca más, afortunadamente, regresará. No fue la caída de la Unión Soviética, como se nos dice ya en los libros de historia. Como si ese régimen opresor, burocrático, totalitario hubiese podido ejercer, sobre los críticos al sistema capitalista algún tipo de atractivo que hubiera que contrarrestar con las migajas de la redistribución de rentas, la fiscalidad progresiva y la extensión de la asistencia pública y universal organizada por el Estado.

La finitud, sí. De pronto el capitalismo, eso que se ha llamado la globalización y la mercantilización, alcanza el límite del mundo, porque ha conseguido llegar a todos los rincones explotables, y por tanto, el talante expansivo y conquistador que caracterizaba aquel capitalismo de rapiña debía de alguna manera transformarse en un capitalismo que, para seguir acumulando, tuviera ahora que lograrlo más allá de la materia, y sobre todo, con ese inmaterial que llamamos conocimiento, la tecnología con la que se nutre un capital cuya materialidad cada vez resulta más difícil de alcanzar.

Cuando el capitalismo logró encapsular el conocimiento obrero en procesos automáticos, en conocimiento digital experto sobre cómo producir, comenzó ese proceso de externalización que de forma irremisible destruyó, por inservible, el Estado del Bienestar, un proceso de expansión y depauperización que no podrá revertirse apelando a viejos edenes, vetustos pactos, comedias trasnochadas como el Estado del Bienestar. No digo con ello que no se pueda ni se deba luchar por una sanidad universal, por educación para todos, etc., sino que si se desea conseguir esa libertad e igualdad que parecía que el Estado del Bienestar nos regalaba, habrá que hacerlo a partir de ahora apelando a otro sistema al margen del capitalismo.

El otro ser humano contra el que se levantó el Estado del Bienestar en la otra punta del mundo está ya aquí, como inmigrante en nuestras calles y ahogándose en nuestras fronteras, al otro lado del hilo telefónico, en internet, y somos tantos ya, y tan intercambiables por culpa de un conocimiento y una formación que el capital está introduciendo en la materia y sacando de nuestras mentes, que no merece ya la pena derrochar dinero ni recursos en crear fortalezas de creatividad donde hombres y mujeres mimados y educados –por el Estado del Bienestar- resultaban imprescindibles para asegurarle unas rentas al capital. Ya no somos imprescindibles. El ser humano ha dejado de ser escaso. La materia le ha ganado la partida, el petróleo, el titanio, el suelo, los recursos hídricos, la atmósfera. Es la materia a la que ahora el capital debe mimar a costa de personas que sobramos y utilizando la tecnología y el saber sobre el que se desea ejercer un férreo control de su propiedad.

Evidentemente, existen impactos ambientales, agotamiento de recursos, contaminación, cambio climático. Nadie lo duda. Por ello la materia, la naturaleza como recurso productivo resulta cada vez más escasa. Escasez que en sí mismo resulta un problema para el capitalismo del mismo orden del que le supuso la escasez de mano de obra cualificada después de la Segunda Guerra Mundial. Un reto técnico de optimización y de asignación de factores, que entonces se trató con la herramienta del Estado del Bienestar y que ahora se intenta arreglar con este capitalismo de crisis y burbujas, podríamos llamar, virtual, que nos entierra como seres humanos.

Las máquinas, los medios de producción actuales, cada vez incorporan más conocimiento, un intangible sobre del que el capitalismo desea apropiarse del mismo modo a como enajenó para sí los bienes comunales y las rentas del capital a partir del siglo XVIII, instalando esos equipos de producción al margen del mercado, fuera de la ley de la oferta y de la demanda, de forma monopolística en contra de toda la sociedad. Por esta razón se le llamó capitalismo a este sistema, no porque hubiera mercado, no por la propiedad privada, tampoco por el liberalismo, sino porque el capital poseía un carácter monopolístico, porque los poderosos lo mantenían al margen de la liberad del mercado, y porque a través de este control férreo se garantizaban no sólo unas rentas extraordinarias, sino también controlar el sistema social, imponer una relación jerárquica que durante mucho tiempo se ha considerado imprescindible para que el complejo sistema social y económico pudiera funcionar ofreciendo crecimiento y bienestar. No hace falta ser marxista para entenderlo así. Está en los libros de historia, de ello ya hablaron el propio Adam Smith y sobre todo, Stuart Mill. Marx nunca abandonó la economía clásica, lo que le diferencia no es el análisis, sino sobre todo, la práctica revolucionaria y su enorme capacidad para incorporar conocimiento de otras ramas del saber.

Pero ¿por qué el Estado del Bienestar? Pues para promover la aparición de una mano de obra cualificada, y unos medios de reproducción social del conocimiento que le resultaban imprescindibles al capital, y que los capitalistas por si solos jamás hubieran podido reproducir sin el concurso de un Estado protector y educador de masas. Pero en el momento en que el capital pudo empezar a incorporar conocimiento al margen del saber obrero o profesional, y a acceder a un mercado laboral mundial, su Estado del Bienestar le resultó ya innecesario. Por eso está desapareciendo, entre otras razones. Y por ello creo yo que la lucha política no debería encauzarse hacia su recuperación, por dos motivos, por inútil y por no deseable. El marco tecnológico y social hace improductiva cualquier lucha por restaurar el Estado del Bienestar. Pero por otra parte, resultaría inmoral levantar las barreras y las rigideces, las desigualdades sobre las que se implantó a expensas de un Tercer Mundo y de una naturaleza que ya no están fuera, sino dentro de nuestro sistema.

Han cambiado las reglas, se ha modificado el entorno, el juego ya es otro, el conflicto ha alterado sus coordenadas. Pero todavía se mantienen algunas características de la vieja lucha: la ambición del sistema por acumular capital y el deseo de apropiarse de los bienes públicos, del pro-común. Creo que es en el nuevo sentido que adoptan estos procesos de acumulación y acaparación en esta época de globalización, redes sociales e internet, de destrucción de vínculos sociales y de contaminación y agotamiento ambiental, donde hay que encontrar la originalidad de las nuevas luchas para alcanzar eso que se ha llamado la lógica de la abundancia.

La tendencia a la acumulación de capital se la ha nombrado de diversos modos a lo largo de la historia. Para entenderla, pensemos que hace unos años se la llamó economías de escala, y que siempre se la ha querido justificar como un proceso imprescindible para ofrecerle eficiencia al sistema de producción. Como la acumulación ha seguido diferentes ritmos entre sectores económicos según las tecnologías de cada momento, según los equilibrios de poder en el campo capitalista, históricamente han ido apareciendo diferentes leyes más o menos tenaces para frenar, encauzar o racionalizar esta tendencia monopolística, como un medio de repartir juego dentro del propio equipo,  y no, como se las ha querido justificar, para defender a los consumidores. Pero esta tendencia a la acumulación no debiera haberse debido producir en todos los sectores económicos, si se ha dado, aún en contra de la eficiencia, se ha debido al apoyo estatal, a las subvenciones, a su protección legal, a la fiscalidad benevolente, a la información reservada, a los contratos dirigidos, etc. Porque cuanto más grande, más capacidad para influir y por tanto para acumular rentas extra-productivas a costa del resto de la población y sobre todo, de otras empresas de menor tamaño y de actividad más eficaz, que podrían haber producido a menor coste social y económico.

Esas nuevas tecnologías de la globalización ofrecen la posibilidad de producir más eficazmente cada vez a menor escala, por ello el mega-capitalismo, que se desmoronaría sin el sustento estatal en un entorno de real libre competencia, cada vez está más interesado en imponerse sobre la eficacia y la libertad de las personas con el respaldo estatal. A pesar de su propaganda por el Estado mínimo, el gran capital busca continuamente su protección, quedaría desnudo sin la acción de ese Estado que agobia con sus impuestos a los asalariados y a los autónomos, que desea regular cada vez más facetas de nuestras vidas, ¡que nos espía!, que invierte allí dónde le dicta el interés de las grandes corporaciones, que transforma nuestras ciudades en zorras bonitas para atraer capitales y eventos internacionales, que utiliza continuamente una regulación y una política de doble rasero a la hora defender la libertad o la igualdad, siempre favoreciendo a los grandes, y que mamporro en mano nos atosiga y persigue en su lucha contra la piratería por defender unos derechos de propiedad intelectual y tecnológica que pertenecen a toda la comunidad y que el Estado desea regalar al capitalismo, de igual forma a como en el siglo XIX le donó las tierras comunales y las leyes contra vagos, pobre y maleantes o los ejércitos para abrir mercados e imponer condiciones laborares injustas.

Y la privatización del pro-común, sin la que el desmoronamiento del Estado protector no hubiera acecido tan rápidamente. La posibilidad de mercantilizar la cultura, el conocimiento, el aprendizaje y la naturaleza abre una nueva dimensión en el proceso de acumulación, porque esos entornos de libertad empezaron a dejar de ser accesibles a las personas desde el momento en que el capitalismo comenzó también a apropiarse de ellos mediante su lucha por ejercer efectivos derechos de propiedad, con el apoyo de los Estados nacionales y algunas pretendidas organizaciones mundiales de desarrollo.

El Estado del Bienestar también significaba una estabilidad laboral, unos contratos indefinidos, una consolidación paulatina del trabajador en la empresa a través de una política de indemnizaciones progresivas en el tiempo. Otra protección que sobre todo le sirvió al capital para asegurarle una plantilla estable, bien formada, fiel y comprometida con el futuro de cada empresa. Formar, cuidar y fidelizar, esta era la verdadera consigna del Estado del Bienestar, unos derechos que sólo se obtenían a través del trabajo y que por tanto fueron universales mientras el paro no apareció a gran escala.

Al capitalismo no le interesó, durante este período del Estado del Bienestar, la libre movilidad de los trabajadores, porque el saber tecnológico de los procesos industriales lo poseían ellos, las personas que contrataba, residía en sus mentes, en sus manos, por lo que transformaron la empresa en un sistema de fidelización al que el trabajador debía someterse por carecer de la posibilidad de obtener capital por sí mismo. El monopolio capitalista sobre el capital siempre ha dejado claro quién ponía las reglas del juego, antes con la fidelización, y ahora con la precarización del mundo laboral, ya que la mercantilización del conocimiento permite su encapsulamiento como parte del capital, al margen del sujeto trabajador, lo que convierte al empleado ahora en un simple peón al que se lo puede desechar tras extraerle la sustancia. O a eso aspira el sistema en contra de las posibilidades liberadoras de las TIC y de la cooperación distribuida en redes de conocimiento y de acción colectiva y productiva.

No deseo la precariedad, la inseguridad manifiesta en la que está deviniendo la vida laboral de tantas personas, pero aquel mundo de contratos estables ya no regresará, ni deberíamos forzar su vuelta porque, como con el resto de las luchas por recuperar el Estado del Bienestar, resultan ya ineficaces, y también injustas. El capitalismo ya nunca va a querer ceder, y qué significa el Estado del Bienestar sin un sistema capitalista que lo sustente. Nada. El Estado de Bienestar era una ficción de pacto que la propaganda nos ha explicado que apareció gracias a una socialdemocracia razonable y unos sindicatos dialogantes. Enriquézcanse mientras nos toque algo. Pero eso que nos tocó en la tómbola era lo que el capitalismo necesitaba para consolidarse mientras el mundo era infinito y mientras gran parte del saber nos pertenecía. Durante todos estos años de Estado de Bienestar, por haber aceptado esta narración perversa de los hechos nos hemos perdido lo mejor del pastel, hemos sido utilizados para explotar a los pobres del mundo y a la naturaleza, y hemos acabado perdiendo las riendas de nuestro destino. ¿Y ahora hemos de luchar porque regrese?

El capitalismo necesita al Estado porque esta institución simbólica que monopoliza la violencia le resulta imprescindible para asegurarle el monopolio sobre el capital. Sin Estado regulador no puede haber privilegios. Quizás se piense que la democracia liberal convierte al Estado en un medio al servicio de sus votantes. Pero el Estado sólo sirve para preparar el terreno, para facilitar la implantación del capitalismo, que se considera imprescindible para asegurar el crecimiento económico y el bienestar. Piénsese en el papel que asume el Estado cada vez que periódicamente aparece una crisis de producción, o de especulación. Pero como el crecimiento supone salarios e impuestos, durante mucho tiempo pareció la misma cosa defender al capital y al trabajador, un binomio indisoluble asentado en la base del Estado del Bienestar, y por tanto, del capitalismo democrático que nos ha gobernado: no se puede defender al votante si el capitalismo pierde sus privilegios y no consigue ganar un dinero que poder repartir, slogan que ha estado siempre presente en todos los Gobiernos democráticos de cualquier color.

A esta narración debemos agregarle mucha complejidad, diversidad según los entornos, porque no todos los Estados del Bienestar han sido iguales, diversos en los tipos de regulación y en el alcance. Y tampoco el bando del capital resulta homogéneo ni está llevando a cabo a igual ritmo este proceso de mercantilización de su saber corporativo. Existen luchas, conflictos, donde los sindicatos deben mantener la cara frente a sus afiliados, pero transigir continuamente con un poder que lo tiene cooptado, aunque aquí también conviene matizar que la capacidad de negociación de los sindicatos tampoco se reparte por igual en todas partes.

Quizás pueda pensarse que el camino ha sido fácil para el capital, que actualmente el dominio va a resultar sencillo y que las grandes decisiones ya están adoptadas y se implantarán ineludiblemente. Nada más lejos de la realidad. El conflicto está servido. Basta indagar un poco por las redes sociales, bucear en internet, visitar algún laboratorio de innovación o de emprendedores para comprender que, las posibilidades de hacer frente al capitalismo rancio y obsoleto que nos desea seguir gobernando en connivencia con el Estado, resultan grandes y están al alcance de cualquiera que desee formarse, aprender y adoptar una actitud crítica formando eso que se ha venido en llamar comunidades resilientes, o cualquier otra forma de enfrentamiento en conjunción con la extensión de un tipo de economía cooperativa que las nuevas tecnologías y aptitudes sociales pueden facilitar.

Durante el tiempo que duró el Estado del Bienestar, la llamada fiscalidad progresiva y redistributiva jugó el papel de hacer creer que el Estado realmente estaba apostando por la justicia social y por la eficiencia económica del sistema. Desde el momento en que la socialdemocracia aceptó que resultaba imposible luchar contra el capitalismo y que merecía la pena defender el sistema monopolístico existente para conseguir bienestar, se alió con el Estado en esa lucha desigual contra el Tercer Mundo y la naturaleza que ha caracterizado gran parte del siglo XX. Cuando más tarde el capitalismo se transforme en un sistema puramente financiero, que utilizará sus sistema productivo ineficaz para drenar rentas hacia la especulación financiera internacional, la socialdemocracia, que por dignidad debería haber denunciado la traición, considerará que su papel va a consistir, tras las sucesivas crisis financieras que nos asuelan, en seguir con un juego en el que ya solamente cree ella, convertida así en fiel ejecutora de unas políticas de ajuste estructural, de austeridad se las llama ahora, que están intentando imponer, convenciéndonos hipócritamente de que se aplican para dar la estabilidad imprescindible a un sistema capitalista necesario para asegurar aquel edén de un Estado del Bienestar que afortunadamente ya no regresará, pero que esgrimen como una promesa, enarbolan como una bandera espuria.

Conviene diferenciar, por ejemplo, lo que significa una sanidad o una educación universal de lo que ha sido la sanidad o la educación estatal durante el Estado del Bienestar. A los grandes empresarios les interesaba que sus empleados estuvieran bien alimentados, sanos y poseyeran una adecuada formación académica y tecnológica, en aquella era en que el capitalismo todavía dependía de los tradicionales sistemas de reproducción social al margen del mercado. El Estado constituyó la estructura adecuada para distribuir esos costes de forma equitativa dentro del sistema productivo, evitando así que algunas empresas soslayasen esa responsabilidad social a costa de las restantes. Por ello la ciencia económica consideró a la sanidad o a la educación como externalidades positivas, una inversión rentable para el sistema en su conjunto, pero cuyo coste ninguno de sus miembros habría asumido en un entorno de libertad, sin un pacto previo con el Estado para que éste, mediante su política fiscal, redistribuyera el coste en el seno de la sociedad.

Se genera así una burocracia ingente, sobre todo de tecnócratas de lo público, las élites de la socialdemocracia, que crean un gigante institucional monopolístico, autoritario, burócrata, planificador del que ahora se desentiende el sistema capitalista, por inútil, y al que desearían regresar los progres de lo público, sin entender que ya no habrá nunca más fiscalidad distributiva, que los ricos ya no los necesitan, que la batalla por la sanidad y la educación universal ya se debe empezar a jugar en otro terreno.

Apoyo las reivindicaciones del personal sanitario o de los maestros por defender el acceso universal a estos derechos humanos, pero no puedo congeniar con que ello deba realizarse regresando al sistema que se encuentra en vías de demolición y tampoco que esa lucha la lideren, o se apropien de ella, las élites bien pensantes de una socialdemocracia que ha perdido el rumbo de los acontecimientos y que siempre que tiene la suerte de regresar al poder con el apoyo electoral, se dedica a dinamitar el sistema con igual vehemencia que la oposición conservadora, eso sí, con otras palabras y con un talante menos cutre y rancio.

La lucha que este mundo necesita debe darse contra el capitalismo y contra los Estados que lo sustentan. El bienestar ya no va a depender más de esa alianza por el progreso que de forma interesada pactaron en la segunda mitad del siglo XX y que se ha denominado Estado del Bienestar. El bienestar ya no será más, y si se vuelve a dar, se dará sin Estado, dentro de ese caos creativo que augura la anarquía, esa ambición libertaria que sustenta las experiencias que en torno al pro-común se están realizando en tantos laboratorios sociales.

Para ello, resulta preciso desterrar la idea tan hobbesiana y perniciosa de que el ser humano sólo coopera gracias a la existencia de un leviatán-Estado que establece normas, que obliga a cumplir los acuerdos y que consecuentemente es capaz de implantar un régimen de soberanía y autoridad suficiente para perseguir a los infractores e impedir que afloren libremente los bajos instintos agresivos y egotistas del ser humano.

Resulta elocuente al respecto el trabajo de Gintis et.al. sobre el concepto de “strong reciprocity” (reciprocidad fuerte), a la que define como

(…) la predisposición (humana) a cooperar con otros y a penalizar a aquellos que violan estas normas de cooperación, con un coste personal, aun cuando resultara poco convincente que estos costes se fueran a reparar. Presentamos evidencias que soportan la reciprocidad fuerte como un esquema que permite predecir y entender el altruismo humano.

Lo que nos ofrece un patrón de ser humano realmente diferente al homo politicus sobre el que se erige el edificio de la legitimidad estatal, y que corrige el esquema de homo economicus que respaldaría al capitalismo como el mejor sistema económico. Pero más que incidir sobre este tema del altruismo, tan complejo y controvertido cuando se lo intenta fundamentar en bases genéticas, me gustaría señalar otro aspecto del trabajo de estos autores, en concreto, el titulado Strong reciprocity and the roots of human morality. Se preguntan los investigadores acerca de las bases morales del Estado del Bienestar, y la razón por la que la opinión pública de algunos países, especialmente la de USA, reniega de este tipo de actuaciones. Y lo sorprendente es que las razones que se aducen fundamentalmente para criticar el Estado del Bienestar no residen en el dinero que cuesta, ni en el esfuerzo social y político que supone mantenerlo, sino en que “estimula a las personas a adoptar incorrectos estilos de vida y valores”.

Nuestro análisis soporta la noción de que el decreciente apoyo que los votantes le ofrecen al Estado del Bienestar, donde esto ha ocurrido, no se debe a egoísmo del electorado, sino al fallo de los programas de bienestar social para explotar poderosamente los compromisos con la justicia y con la reciprocidad.

Es decir, la ciudadanía critica el Estado del Bienestar vigente porque no es suficientemente eficaz, porque se basa en el egoísmo, porque no implica solidariamente a perceptores y donantes, a consecuencia de la escasa participación que las personas tienen en su desarrollo, sobre todo, porque se considera que el Estado del Bienestar no es justo. Desgraciadamente, algunos sectores económicos y políticos aprovechan esta mala imagen de los programas de bienestar y de la redistribución de la renta, para difundir la idea tradicional y poco seria del homo economicus egoísta que sustenta el capitalismo, y por tanto, para  llevar a cabo su demolición interesada. Pero las personas, el ser humano real, lo que realmente está defendiendo es la creación de mecanismos de solidaridad y justicia entre las personas. Y por lo que se deriva del estudio, los mecanismos del Estado del Bienestar no resultan adecuados para garantizar estas premisas consecuentes con la esencia altruista del ser humano, y lo que parece aún más grave, que el propio Estado del Bienestar desincentiva este deseo innato de colaboración y acuerdos y empuja a las personas a ser egoístas e irresponsables.

Existe en los seres humanos un deseo innato para cooperar desinteresadamente, para confiar, y también, claro está, para penalizar a aquellos que desean aprovecharse del trabajo ajeno: los gorrones, aprovechados o como se les denomina en el mundo de la economía y de la gestión de bienes comunes, los “free-riders” (polizontes). Y para realizar estas actividades los seres humanos hemos utilizado muchas instituciones. La más conocida, el Estado. Que lamentablemente se basa en la transferencia de soberanía y por tanto, en la imposición de una autoridad que desde la cúspide alcanza todos los rincones de la sociedad, un modelo centralizado de decisión que pretende usurpar a los individuos su libertad para cooperar horizontalmente, de igual a igual.

¿Cómo es posible la colaboración entre humanos, cómo resulta plausible que cooperen para ayudarse? El Estado del Bienestar responde como Hobbes lo hiciera en el siglo XVII, porque se tienen tanto miedo y son tan egoístas que acuerdan ceder el ejercicio de la violencia a un guardián que los proteja. Y en connivencia con este concepto tan poco fundado y denigrante para el ser humano, Hardin –en La tragedia de los comunes– y otros pensadores de la economía y en concreto de la gestión de bienes públicos o comunes, en los que por cierto se funda todo ese conglomerado inútil y caro del gobierno mundial del medio ambiente y del clima, llegan a la conclusión de que la única posibilidad que existe de que la sociedad respete el medio ambiente y gestione racionalmente los océanos, la atmósfera o las aguas, y el bienestar o los derechos humanos, sería con la existencia de una gran organización supranacional que tome decisiones y obligue a los Estados nacionales a obrar en consecuencia. Absurdo.

De forma práctica, la premio Nobel de economía E. Ostrom, partiendo de postulados liberales e individualistas, llegó a la conclusión, y nos lo transmitió a través de multitud de estudios y experiencias concretas, de que los seres humanos somos fundamentalmente colaborativos y que tendemos a encontrar normas de gestión comunitarias que evitan la sobreexplotación de los recursos naturales comunes, creando instituciones participativas al margen del Estado que resuelven de forma satisfactoria y justa los conflictos inherentes a su gestión. Conviene recordar que la principal causa de los problemas ambientales que padecemos, del agotamiento de los recursos naturales, procede de la acción de los Estados, ya sea por su política de infraestructuras, por el apoyo a las grandes multinacionales y a consecuencia de su política fiscal, que en la mayor parte de las ocasiones subvenciona tecnologías agresivas, la extracción abusiva de materias primas y la contaminación.

Otros investigadores como por ejemplo, S. Bowles et.al., en Reciprocity and the Welfare State, Camerer y Thaler en Anomalies: ultimatums, dictators and manners, o Thaler y el premio Nobel de economía D. Kahneman, en Fairness as a constraint on Profit Seeking: Entitlements in the Market y en Fairness and the assumptions of economics, utilizando modelos experimentales de comportamiento llegaron a conclusiones similares, es decir, que los individuos con intereses personales en la utilización de un bien público, ponen en práctica normas y reglas de cooperación, sistemas que tienden a minimizar la amenaza de deserciones y de free-riders, de tal modo que los participantes renuncian a una parte de su lucro personal por atender objetivos colectivos. Que la idea de justicia y de reciprocidad fuerte debe ser utilizada para reformular el concepto de individuo social y económico, también político.

Una sociedad que se erigiera sobre acuerdos voluntarios de los individuos, donde todos mantuvieran su libertad y soberanía, no produciría un entorno de rapiña y egoísmo, sino todo lo contrario. En el Discurso sobre la servidumbre voluntaria o el Contra uno, Etienne de La Boëtie se preguntaba en el siglo XVI, cómo era posible que los muchos se entregaran a la tiranía del uno, cómo la fuerza sumada de tantos hombres aceptaba la servidumbre bajo la férula de un Estado que sin la aquiescencia de los súbditos apenas podría poseer fuerza suficiente para oprimir a tantos. Sus palabras resultan elocuentes sobre la necesidad de recuperar el poder perdido, de transferirlo a cada individuo y de hacer que la sociedad se desarrolle según acuerdos voluntarios, donde ese deseo innato de reciprocidad que posee el ser humano, instale un verdadero bienestar o abundancia que lejos de ser un regalo o una limosna se convierta en emanación propia de los sujetos que forman la sociedad civil.

Lo que tiene (el Estado) de más sobre todos vosotros son las prerrogativas que le habéis otorgado para que os destruya. ¿De dónde tomaría tantos ojos con los cuales os espía si vosotros no se los hubierais dado? ¿Cómo tiene tantas manos para golpear si no las toma de vosotros? Los pies con que holla vuestras ciudades, ¿de dónde los tiene si no es de vosotros? ¿Cómo tiene algún poder sobre vosotros, si no es por obra de vosotros mismos?

 Bienestar, sí, pero sin Estado.

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Bienestar sin Estado (y 3ª Parte) by Rui Valdivia is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

LA PREGUNTA… Y OTRAS RESPUESTAS

Hace unos días se anunciaba la propuesta de convocar a los catalanes a las urnas para decidir sobre la autodeterminación. Mi primera reacción al respecto la plasmé en una entrada en mi blog, a la que ahora desearía agregar la sorpresa gratificante que me ha producido conocer una respuesta diferente, provocativa y de gran calado, que acabo de leer en la edición española de Le Monde diplomatique y que desearía compartir con vosotros.

Se trata del intento de fraguar un proceso constituyente de hondo calado dentro de la sociedad catalana, y que en estos momentos están coordinando dos personajes singulares, la monja Teresa Forcades y el economista Arcadi Oliveres, presidente de la organización pacifista Justicia i Pau. En 2013 promovieron la creación de la plataforma Procés Constituent, en la que a día de hoy ya se han adherido más de cuarenta mil personas en torno a 10 puntos programáticos cuya definición concreta está produciéndose en red gracias a la aportación de todos sus miembros.

Se busca la independencia. Pero no cualquier independencia. Con el objetivo fundamental de crear un nuevo espacio político de democracia popular en la diversidad.

El Procés Constituent tiene una característica que ahora mismo es real, porque así somos sociológicamente: la diversidad. En las reuniones hay personas que se sitúan en el abanico ideológico de maneras muy variadas, y que tienen maneras de enfocar este cambio necesario. El Procés Constituent tiene 10 puntos claros. Hay un proceso que empieza con la nacionalización de la banca, y pasa por las compañías energéticas, por una serie de reversión de todos los recortes. Por tanto, dibuja un panorama social muy distinto del que tenemos: un panorama de ruptura. Esto se sitúa, además, en un contexto catalán con una previsión de una declaración unilateral de independencia si fuera necesario, porque esta sociedad nueva no se va a crear con el beneplácito de las sociedades circundantes.

Se trata de una propuesta anticapitalista,

Es cierto que lo tengo expuesto en otros lugares, pero querría explicar qué quiere decir esta crítica ética al capitalismo. El capitalismo se presenta como aquel que no regula. Pero esto ha sido continuamente contradicho en la realidad histórica. Desde el inicio de la era industrial hasta la actualidad, en los países que se llaman capitalistas ha habido un control del poder político por parte del poder económico. No hay otra explicación al hecho de que haya una fiscalidad inversa a lo que debería ser, es decir, que la presión fiscal se reduzca en las fortunas.

que persigue crear desde la ciudadanía y desde la autodeterminación un proyecto político al margen de los grandes partidos, desde abajo y no hacia arriba, sino en horizontal,

El Procés Constituent no simplifica la situación mundial. Se parte de la complejidad no solamente del mundo contemporáneo sino ya del corazón humano y de lo que significan las relaciones y los equilibrios entre los grupos humanos, y del conflicto como realidad constante que tendremos antes, durante, y después de la revolución. Para mí es importante trabajar este tema del sujeto para no estimular un cambio social radical desde una perspectiva de pureza, como diciendo, “Ahora aquí hay gente que no se comporta como debiere, ahora vendremos los que sí nos vamos a comportar como deberíamos y vamos a instaurar ese cambio social”. Por el contrario, creo que se trata de tomar conciencia de que actualmente hay una serie de reglas de juego que atentan directamente contra la igualdad social. Yo tengo una antropología positiva pero no querría tener una antropología irrealista, en contra del realismo. Mi realismo incluye esa capacidad de abuso de poder. Como dice el Evangelio, “Siempre el que está arriba abusa del que está abajo”.

Y suscribo firmemente las siguientes palabras, que me parece podrían aplicarse a toda una miríada de organizaciones políticas, a toda España.  Atomización, disgregación y muchas, muchísimas fusiones en libertad.

Pero esto genera el peligro de enviar el poder político cada vez más lejos, permitiendo que se establezca cada vez más alejado del sujeto político. Por tanto, esa separación, esa distancia entre el poder político, donde se toman las decisiones relevantes del día a día, del sujeto político creo que es contraria a toda democracia. El dinamismo debería ser el contrario: es el principio de subsidiariedad, acercar en todo lo posible, y solamente delegar en el poder superior aquello que realmente el poder local no puede resolver. Y, por tanto, en esa dinámica, para mí tienen pleno sentido las unidades políticas independientes pequeñas. Es decir, actualmente es defendible la independencia de Cataluña, pero no basada en un nacionalismo de tipo genético identitario cerrado. El nacionalismo catalán o el Estado catalán o la república catalana es una república donde todo el mundo está invitado a formar parte, si acepta las reglas de juego que entre todos nos dotemos, unas reglas de juego abiertas.

BIENESTAR SIN ESTADO (2ª PARTE)

…………………continúa…………..

Todos los Estados están empeñados en conseguir estabilidad económica y social, en asegurar un equilibrio político duradero. Pero lo que nos auguraba J. O’Connor en La crisis fiscal del Estado, consistía en resaltar que la racionalidad sobre la que se sustenta el binomio del capitalismo de Estado y del Estado del Bienestar resulta inestable, y que el sistema únicamente podrá subsistir acuciado por periódicas crisis económicas, vaticinio que ha ilustrado la historia reciente del capitalismo y que ha quedado corroborada en la actual crisis que asola a buena parte del mundo occidental y de la que presumiblemente saldrán nuevamente reforzadas las élites capitalistas, tras la austeridad impuesta a las masas asalariadas y a los pequeños empresarios en favor de los grandes monopolios y de la banca.

Cuando se analizan estas crisis en las que los Estados se ven imposibilitados para enfrentar a la vez, tanto sus compromisos con el capitalismo, como con la legitimidad democrática, siempre aparecen unos déficits públicos imposibles de conjugar con las políticas habituales desarrolladas hasta ese momento crítico, lo que obliga al sistema a alterar su rutina y por tanto, a adentrarse por caminos políticos inciertos cuyo destino y consiguiente resolución va a depender de cómo las fuerzas políticas y económicas estén distribuidas dentro de los correspondientes Estados. Llegados a este punto de suspense, parece que todos los caminos posibles se despliegan entre los extremos del keynesianismo –reforzar la demanda- o del neoliberalismo –impulsar la oferta-, como si el presagio marxista en torno a la contradicción entre el deseo del capitalista por beneficiarse a costa de los bajos salarios y el consiguiente deterioro en la demanda de sus propios productos, sólo pudiera conjugarse con políticas que inciden en uno u otro punto de la ecuación –la oferta o la demanda-, olvidando que dicha ecuación contiene un término sobre el que casi nadie habla, y que es el de la acumulación de capital, que como un depósito o espita de seguridad en manos del gran empresario y del Estado hace posible que la industria pueda sobrevivir a la contracción de la demanda, y que además salga beneficiada gracias al incremento de la capitalización y el consiguiente incremento de la productividad y de la tasa de ganancia.

Gracias al apoyo y a las subvenciones del Estado, el sistema económico capitalista se encuentra en situación de permanente exceso de capital privado y público, cuyo sobre-coste los actores económicos no soportan en su totalidad, lo que se traduce, sorprendentemente, en la impresión de que continuamente las infraestructuras y los medios de producción se encuentran en congestión, ya que al no reflejar el capital los costes sociales que su creación soporta, los actores económicos tiende a sobre-utilizar la capacidad instalada. Ello provoca que el sistema económico opere con enorme ineficiencia e irracionalidad, que se invierta en sectores con escasa rentabilidad social y que las mercancías se estén fabricando a un elevado coste (monopolios), y utilizando menos mano de obra de la óptima como consecuencia de la excesiva utilización de capital.

Como afirmara el gran historiador francés Fernand Braudel:

El capitalismo únicamente triunfa cuando se identifica plenamente con el Estado, cuando es el Estado.

Por un lado, el Estado del Bienestar de los ricos debe soportar la demanda del sistema productivo para derivar fondos hacia la acumulación de capital, y por otro, debe hacer frente a los problemas de legitimación política y armonía social, atendiendo a los sectores que dichas políticas deja mermados de recursos y por tanto, de bienestar. En suma, el sistema capitalista del bienestar no puede superar esta situación de crisis crónica a la que se enfrenta.

La lucha del capitalismo por contrarrestar la tendencia decreciente de la tasa de ganancia le ha obligado a emprender diversos tipos de estrategias que, siempre con el apoyo estatal, le ha permitido externalizar sus pérdidas hacia el sistema social, obligando, por tanto, al sistema político a poner en marcha medidas paliativas con objeto de mitigar sus impactos negativos y no comprometer el apoyo ciudadano al Estado social y de derecho que define a las democracias occidentales. La sobre-capitalización ha sido una de estas estrategias, pero también la reducción de costes laborales relativos a la riqueza nacional, las compras improductivas por parte de la Administración, la imposición de sobre-costes de producción al precio final de las mercancías o los beneficios derivados de la utilización del enorme arsenal de infraestructuras que el Estado históricamente le ha construido al capital para fomentar el crecimiento económico.

Y la última de dichas estrategias, la intensificación de las actividades financieras del sector productivo de la economía, es decir, el peso creciente que adquiere la economía virtual y las transacciones financieras internacionales respecto al capital físico instalado. Alan Freeman analizó recientemente el impacto de esta última estrategia sobre la rentabilidad empresarial en USA y en el Reino Unido, y ha demostrado que el incremento de la tasa de ganancia del capital durante los últimos años se ha debido en gran parte a la rentabilidad de la burbuja financiera, de esa enorme economía virtual desmaterializada que ha creado el capitalismo y cuyas desagradables consecuencias estamos padeciendo. Pero que descontada esta creciente proporción virtual de capital, las estadísticas se siguen mostrando tozudas en constatar la reducción endógena de la tasa de ganancia, y por tanto, la tendencia del capitalismo a buscar el amparo del Estado para asegurar sus rentas a costa del resto de la sociedad.

Pero estas estrategias no sólo han repercutido sobre la  tasa de ganancia, sino también sobre el propio Estado del Bienestar, en la medida en que las mayores empresas desertan de su sostenimiento, en cuanto sus beneficios cada vez dependen menos de la producción efectiva de mercancías, que además se externalizan más allá de las fronteras nacionales en las que opera ese gran montaje socio-económico del bienestar garantizado por el Estado.

En suma, el balance que el Estado del Bienestar pretende mantener entre la eficiencia del sistema económico y la legitimidad del sistema político se debate en una tendencia continua hacia la crisis fiscal: ni las subvenciones y apoyos que el Estado prodiga entre los grandes poderes económicos logran solventar los supuestos fallos del mercado; ni el soporte que reparte entre las clases trabajadoras y entre los pobres tampoco consigue colmar ni las ambiciones de estos sectores sociales, ni las plusvalías que las grandes empresas han logrado a su costa. Balance que sin embargo adolece de histórica injusticia, en tanto en cuanto los desembolsos y esfuerzos que siempre el Estado capitalista ha realizado para ayudar a los ricos a crear riqueza, siempre han superado con creces las correcciones que ese mismo Estado del Bienestar ha realizado para compensar a los perdedores.

Incluso uno de los mayores orgullos del Estado del Bienestar, su capacidad para redistribuir rentas y paliar, por tanto, las injusticias y desigualdades que provoca el capitalismo sobre el que aquel se sustenta, no parece que haya sido muy útil, ya que las transferencias de renta que se producen se concentran dentro de las mismas clases sociales y apenas se dan entre grupos de ingreso diferente, casi nunca desde las clases altas hacia los pobres. Díaz Calleja ya analizó exhaustivamente, a finales de los años 90, la capacidad redistributiva de las economías capitalistas más significativas y llegó a la conclusión de que “la política social se configura, en el mejor de los casos, como un mecanismo de redistribución de tipo ‘horizontal’, es decir, que opera esencialmente en el interior de las clases sociales”. Y constató, concretamente, que

(…) no es posible identificar en general, un impacto redistributivo favorable a la clase trabajadora en el conjunto de los países estudiados, en particular, la única experiencia nacional de redistribución de renta significativa, el caso de Estados Unidos, tiene más puntos de conexión con el denominado Warfare State (Estado de guerra) que con las instituciones del Estado del bienestar.

No cabe llamarse a engaño respecto a las estadísticas oficiales que publican periódicamente la OCDE o el PNUD sobre las reducciones porcentuales de los niveles de pobreza achacables al funcionamiento del Estado del Bienestar, o a los balances positivos entre las subvenciones y los impuestos pagados por la clase trabajadora, por dos razones fundamentalmente: porque la mayor parte de los servicios recibidos lo componen las pensiones, que ya fueron capitalizadas históricamente por los jubilados cuando trabajaban, y porque una parte significativa de esas transferencias se realiza recurriendo al déficit público. Recordemos también lo que al respecto destacó Baudrillard para la Francia de los años 70, donde más del 20% del PNB constituía el presupuesto social de la nación, es decir, su Estado del Bienestar:

El efecto neto de la carga fiscal y de la parafiscal directa es regresivo (…) Es necesario poner en tela de juicio la redistribución social, y la eficacia de las acciones públicas en particular. En esta ‘desviación’ de la redistribución ‘social’, en esta restitución de las desigualdades sociales provocada por las medidas mismas que debían eliminarlas, ¿debemos ver una anomalía provisional debida a la inercia de la estructura social? O, por el contrario, ¿debemos formular la hipótesis radical según la cual los mecanismos de redistribución, que consiguen preservar tan bien los privilegios, son en realidad parte integrante, elemento táctico, del sistema de poder, cómplices en este sentido del sistema escolar y  del sistema electoral? En este último caso, no sirve de nada lamentarse por el fracaso renovado de una política social: debemos, por el contrario, llegar a la conclusión de que cumple perfectamente su función ‘real’.

Claro que a la vista de estos datos, de la información que hemos ido mostrando sobre la real naturaleza del Estado del Bienestar, parece que tendríamos que sentirnos satisfechos de la situación actual y del objetivo al que nos dirigimos, la destrucción de las políticas asistenciales y la privatización de las prestaciones sociales de salud o educación llevadas a cabo por el neoliberalismo. No comparto esta conclusión. Principalmente, porque como ya se afirmó, el Estado del Bienestar, sea pequeño o grande, forma una alianza consustancial con el capitalismo, y resultaría todavía más injusto eliminar una parte sin modificar el todo. Como ya se ha afirmado, tal y como se configura el Estado del Bienestar, apenas redistribuye entre clases sociales, y además, como luego veremos con más detalle, se erige en un instrumento de adiestramiento y disciplina, además de legitimación. Pero no olvidemos que las pensiones, los hospitales y las escuelas se sufragan principalmente con los impuestos de las mismas clases sociales que disfrutan de ellos, por lo que  mantener el sistema fiscal imperante en conjunción con el Bienestar de los ricos, sería enormemente pernicioso para la sociedad, tal y como estamos comprobando en la actual crisis padecida por España, donde por un lado se incrementan las transferencias dinerarias a los bancos y las grandes empresas para paliar los efectos de la crisis, y en paralelo, a la par que disminuye la participación de la renta del trabajo y de que se eleva el porcentaje de impuestos que del total se recauda entre las clases con menores ingresos, a su vez disminuyen las prestaciones que estas mismas clases reciben. Primero, por tanto, desmontar el Bienestar de los ricos, la política de privilegios que caracteriza el capitalismo de Estado, y en segundo término,  superar el Estado del Bienestar por otro tipo de organización social que garantice el acceso universal a la salud o a la educación sin tener que enajenar la libertad de los individuos. Es decir, en lugar de defender un Estado fuerte como el principal garante de unos derechos sociales que no se protegen, empezar a construir comunitariamente una alternativa al capitalismo, tal y como esbocé en La involución de las masas. Asimismo puede consultarse el trabajo colectivo Markets not capitalism y también Society after state capitalism: resilient communities and local economies.

Las palabras del historiador I. Wallerstein resultan transparentes y sintetizan acertadamente las últimas interpretaciones:

La vida económica es liberación, el capitalismo la jungla. La vida económica significa la asignación real de un precio por la oferta y la demanda, el capitalismo los precios impuestos por el poder y con disimulo. La vida económica involucra competición controlada, el capitalismo involucra eliminar ambas, el control y la competición. La vida económica es el dominio de la gente común; el capitalismo es garantizado y encarnado por el poder hegemónico (…) Si el capitalismo es un monopolio y no el mercado, entonces lo que debe hacerse es una cuestión que sólo puede ser respondida por los movimientos antisistema de los últimos cien años. En este esfuerzo de liberación, los trabajadores han buscado el apoyo del Estado como regulador, como protector de la competición, pero se han encontrado reiteradamente con el rol del Estado como garante de los grandes monopolios contra los que ellos estaban luchando. (tomado de Capitalism versus the market)

No quisiera tampoco olvidar tres temas fundamentales en torno al Estado del Bienestar. Uno de ellos, que podría definirlo como de los derechos y de las responsabilidades. El otro, estrechamente relacionado con el anterior, de la libertad. Y finalmente, el de su eficiencia económica. No me detendré en demasía en ellos, sin embargo, suficientemente caracterizados en numerosos trabajos y sobre los que existe abundante bibliografía.

Las democracias modernas se autodefinen como Estados sociales de derecho. Y basan gran parte de su legitimidad en garantizar, en sus textos constitucionales, una serie de derechos políticos y sociales. Se considera que todo ciudadano que forma parte del Estado debe tener garantizados unos mínimos vitales que le permitan concurrir al mercado y a las elecciones con cierta igualdad de oportunidades. El hecho de que la mayor parte de las personas dependa de un salario y no tenga acceso a medios de producción propios (capital), y el que la garantía de esos derechos sea intrínseca al individuo con independencia de su responsabilidad y desempeño, fomenta la apatía social y política, desincentiva la voluntad, degrada al perceptor neto de ayudas y genera unos círculos viciosos de dependencia, irresponsabilidad y degradación que resulta forzoso torcer para sanear la sociedad que heredamos del capitalismo.

Sobre las bases morales en las que se asienta el Estado del Bienestar y su relación con la responsabilidad y la autonomía, puede consultarse el trabajo de R. Nozick, Anarchy, State and Utopia, de C. Murray, Losing Ground, o Social Welfare and individual responsability.  También la lectura siempre provocativa, pero sugerente y de gran talla intelectual del premio Nobel de economía, F. Hayek, del archiconocido Camino de servidumbre (The road of Serfdom).

Sobre este tema de la irresponsabilidad o de la dependencia, la derecha ha escrito en abundancia, incluso la Tercera Vía que inspiró el particular laborismo de Tony Blair, pero incidiendo sobre todo en la idea del abuso -de los pobres contra los ricos- y de la importancia de eliminar el Estado del Bienestar para disciplinar a los trabajadores. Sobre ello, el líder británico afirmó lo siguiente:

El Estado del Bienestar se asocia con el fraude, el abuso, la pereza, con una cultura de dependencia, de irresponsabilidad social estimulada por la dependencia del bienestar.

Desde este sector económico del neoliberalismo su exigencia de autonomía se parece a la que en el siglo XIX exigían sus antecesores ideológicos cuando implantaron las leyes de pobres y llevaron a cabo la usurpación de los bienes públicos tanto en Europa, como en las colonias, con el objeto de crear una masa trabajadora dependiente de un salario y sin capacidad de poder trabajar para sí misma con independencia. Los trabajadores deben exigir responsabilidad y dignidad, lo que inexorablemente precisa acceso a la propiedad de los medios de producción, y desde la autonomía de los propios trabajadores hacer innecesario el Estado del Bienestar que se basa en la limosna y el paternalismo, en unos derechos que se otorgan, pero que el capitalismo impide que los propios trabajadores los puedan alcanzar por sus propios medios y libremente, decidiendo autónomamente sobre su alcance y características.

Las prestaciones que ofrece el Estado del Bienestar no permite opciones, y si un individuo desea seguir un tratamiento médico diferente al oficial o una educación alternativa a la pública, deberá sufragarla con su propio dinero y esfuerzo, a pesar de que en principio todos los contribuyentes poseen los mismos derechos al respecto. Este toma o lo dejas posee un sesgo de gran autoritarismo, basado en decisiones tecnocráticas de una élite de funcionarios públicos que se irrogan el derecho a decidir qué servicios y de qué tipo deben ofrecerse a los ciudadanos. A pesar de que el sistema se ha ido dotando de herramientas de participación pública a través de AMPAS, consejos escolares, atención al ciudadano o al paciente, métodos de elección ‘libre’ de médicos o colegios, el sistema siempre adolecerá de paternalismo, donde un sector de la población designado como expertos decidirán siempre por todos nosotros y sin que los ciudadanos posean el control de las prestaciones públicas que reciben.

Como el anterior punto, este de la libertad, y por tanto, de la coacción y falta de autonomía, crea dependencia en la población y un sentimiento continuo de frustración ante lo que se recibe, de impotencia por alterar la índole de los servicios que se otorgan por ley y por normas sobre las que apenas se posee capacidad de influencia  y que no abren ninguna posibilidad a la diversidad. Mientras el sistema democrático sea representativo, los Estados del Bienestar que se erijan a su sombra siempre serán paternalistas y adoptarán decisiones en contra de la libertad de gran número de sus ciudadanos. La democracia y el bienestar no se alcanzan cediendo poder a los representantes e invocando la participación de los representados, sino asumiendo todos los ciudadanos todo el poder y toda la responsabilidad en la construcción y mantenimiento de los servicios públicos, sobre todo a nivel local y nunca cediendo al centralismo, la burocracia y el gigantismo. Como ya afirmó Kropotkin en el siglo XIX, anticipando una evidencia que el paso del tiempo ha demostrado como cierta, uno de los cometidos más lacerantes del Estado ha consistido en desmontar, arruinar e ilegalizar todas las iniciativas de auto-organización de los trabajadores con el objetivo de dotarse a sí mismos de sistemas garantizados de educación o sanidad.

Como más adelante veremos, los procesos de acumulación de capital en la economía posmoderna se están disponiendo cada vez de forma más exógena al mismo proceso de producción material, ya que el ‘general intellect’ que definiera Marx,  o el conocimiento experto sobre tecnología y coordinación laboral, se niega a ser incorporado independientemente del trabajador y de las redes de conocimiento que en torno a la comunicación del saber y de la experiencia se están fraguando alrededor de las nuevas tecnologías de la información. Ello abre una oportunidad en relación a la apropiación que los trabajadores podrían realizar de las funciones que el Estado ha asumido históricamente respecto al bienestar, ya que la posibilidad de organizar autónomamente la producción permitiría emplear esa misma capacidad organizativa y comunicativa para organizar los propios servicios públicos de la ciudadanía.

A tal respecto las experiencias de tipo mutualista de las que nos habla Proudhon o los socialistas del siglo XIX ligadas algunas de ellas al movimiento sindical y libertario (aquí) nos ofrecen un panorama variado y alentador sobre lo que podría ser un sistema de bienestar social autónomo y dirigido endógenamente por los propios ciudadanos al margen de las estructuras paternalistas y elitistas de funcionarios levantadas por el Estado. Recuérdese, por ejemplo, que a finales del siglo XIX unos 7 millones de trabajadores ingleses eran miembros de sistemas mutualistas gestionados por ellos mismos y que por presiones de las asociaciones de médicos británicas el sistema fue cooptado estatalmente por la legislación nacional de seguridad social de 1911.

Tampoco en este caso debemos engañarnos sobre los mensajes que en defensa de la libertad de elección se lanzan desde la derecha, ya que en la mayoría de los casos, y España representa un buen ejemplo al respecto, la libertad de elección de los ricos, por ejemplo en materia escolar, se encuentra apoyada económicamente por el Estado, en detrimento de una educación pública cada vez más depauperada. En tal sentido, la libertad a la que aspira la derecha siempre ha de ser sufragada con el dinero de los otros, de los que lamentablemente nunca podrán aspirar a los servicios privatizados con su propio esfuerzo y que por tal razón se deben contentar, sin posibilidad de protesta, con las cesiones públicas y obligadas que el Estado, de la mano del capitalismo, les regala como una concesión “onerosa y sacrificada” por la que deben luchar votando a quien deben.

Sobre este paternalismo que anula la libertad de las personas para decidir sobre su bienestar y sobre los servicios públicos que se disfrutan, cabría incidir en la perniciosa filosofía progresista, que se fraguó en la creación histórica de una clase social de expertos en ingeniería, derecho, economía, medicina o sociología con la misión de dirigir de modo racional y elitista -con prácticas autoritarias camufladas tras la parafernalia de la motivación, los objetivos compartidos y la participación en los procesos de decisión-, tanto las empresas –caracterizado por Galbraith en la figura de la tecnoestructura- como los ministerios y  la administración del Estado del Bienestar. Sobre este tema, la lectura de C. Dillow, The end of politcs: New Labour and the folly of managerialism, resulta muy elocuente sobre lo que él denomina el “top-down social engineering”, y el intento de toda esta casta gestora del capitalismo por impedir que los nuevos procesos de producción cooperativos y antiautoritarios que se están imponiendo conviertan en innecesarios sus servicios de dirección y control.

Por último, incidir sobre la eficiencia del Estado del Bienestar. Utilizaremos para ello el ejemplo del derecho a la salud. Indudablemente, la sanidad privada resulta extremadamente cara e injusta, mucho más que un sistema público de asistencia. Pero hemos de precisar que existen otras alternativas a las vigentes actualmente. La razón por la que los dos sistemas resultan tan onerosos para los ciudadanos estriba en que existe una separación absoluta entre el coste del servicio y su precio, ya sea éste establecido a través de un seguro privado, o mediante las cuotas satisfechas por empleados y empleadores a la Seguridad Social. El carácter oligopólico del ofertante de los servicios de salud, en conjunción con la atomización de los usuarios y su impotencia para comparar servicio con sacrificio, genera, tanto en los sistemas públicos como privados, unas dinámicas perversas en torno al sobredimensionamiento de los sistemas y a su irracional utilización, lo que acarrea, absurdamente, que en los sistemas privados se produzcan extraordinarios sobrecostes, y en los públicos, congestión y listas de espera. A lo que habría que añadir también el papel que juega la industria farmacéutica, sus elevadísimos precios, su irresponsable e injusto sistema de patentes, su política de publicidad inmoral, su connivencia con el estamento oficial médico y con el regulador público de los servicios de salud. Todo ello convierte los sistemas de salud modernos en enormes maquinarias de prescripción a demanda de una población occidental que cae enferma fundamentalmente a causa de hábitos de vida insalubres que el propio sistema alienta y no es capaz de enfrentar. Y que emplea unos procedimientos de atención y unas tecnologías sobre las que los pacientes no poseen ninguna capacidad de elección. Recomiendo el siguiente artículo de K. Carlson, A healthcare crisis: a crisis of artificial scarcity, que seguro hará meditar sobre cómo funciona realmente el Estado del Bienestar.

Hay que contemplar el hecho significativo de que el aumento de la esperanza de vida en occidente se ha debido, sobre todo, al crecimiento de la duración media de la vida de los niños, debida, sobre todo, a la mejora de las condiciones higiénicas, a la mejor atención sanitaria en el parto y al empleo de antibióticos. Pero apenas por el incremento de esa misma esperanza de vida en sectores de población de edad superior. Más personas alcanzan edades avanzadas, pero la media de edad al morir no ha mejorado tanto. Por tanto, el enorme incremento del gasto sanitario de los últimos años se ha realizado sobre todo para aumentar escasamente la longevidad de la población en unos pocos años a costa de una serie de costosísimas tecnologías de la salud que se aplican a enfermedades propias del desarrollo, generadas por las mismas dinámicas capitalistas de crecimiento económico y los inadecuados estilos de vida, sobre todo en relación con la alimentación. Como tantos otros gastos del Estado del Bienestar, como la seguridad, la educación o las medidas de protección ambiental, estos poseen la característica de ser gastos defensivos que se realizan para arreglar deterioros sociales y ecológicos que el propio crecimiento económico, con el aval y el apoyo del Estado, provoca.

En resumen, todos estos análisis que hemos realizado en torno a las políticas de asistencia pública, beneficencia y redistribución de la renta nos obligan a reconsiderar el papel que cumple el Estado en el mantenimiento de la economía capitalista y en la legitimación del sistema democrático en su papel de garante de los derechos humanos. Resulta preciso y obligado romper el relato social que sustenta el Estado del Bienestar, sustituirlo por una crónica veraz y equilibrada sobre lo que ha significado, sobre lo que representa su actual destrucción y las aspiraciones que la sociedad debe tener al respecto, con el objetivo de que los conflictos, luchas y propuestas que se realicen sean coherentes con la historia y la realidad, para que no se dilapiden esfuerzos políticos innecesarios en reconstruir otro Estado del Bienestar sobre unas bases que se han demostrado irreales y absurdas.

Y es que nos hemos engañado con el cuento del Estado del Bienestar. Creímos que Roosevelt en USA, tras la crisis de 1929, y que después las naciones europeas, construyeron el Estado del Bienestar en la posguerra para frenar el avance del comunismo y superar los fallos inherentes al mercado. Una arcadia por la que lloran sindicatos, socialdemócratas y progres, los eurocomunistas y las ONGs de desarrollo. La alianza por el progreso. Pero qué otra cosa podían hacer las élites capitalistas, en connivencia con el Estado liberal, en su afán por iniciar otro período de acumulación de capital tras la destrucción bélica. Imaginemos aquella Europa devastada, masas hambrientas, empobrecidas, las infraestructuras destruidas, la sanidad inexistente, los Estados sin capacidad para imponer su soberanía sobre el territorio, y en este caldo, los revolucionarios, maquis y partisanos, fundamentalmente comunistas que habían luchado contra el nazismo, que continuaban con las armas y la ambición de seguir peleando ahora por la revolución. La enésima traición de Moscú al proletariado, la consigna de entregar las armas, Yalta y Potsdam repartiendo el mundo entre dos potencias al margen de las personas, sus ideologías, deseos y capacidad de autodeterminación. ¿Cómo imponer el pacto bipolar en Europa occidental? En el Este fue claro, los tanques rusos lo impusieron. ¿Y en la Europa democrática todavía abandonada a un caos donde los comunistas y otros radicales traicionados por el estalinismo podrían haber liderado una insurrección al margen de los pactos de reparto del mundo?

Inventemos un teatro. Empieza la función. El Estado del Bienestar ante ustedes. Un simulacro de lucha y de pactos para lograr que las masas depauperadas trabajaran con obediencia, ¡rendir y consumir!, que se abandonaran al juego de las necesidades y que el Estado y el capital pudieran asentar su dominio sobre esa Europa que parecía despeñarse por senderos desconocidos. Enormes monopolios, multinacionales, magníficos emporios subvencionados y protegidos por el Estado, barreras aduaneras contra los países pobres, dumping también contra los pobres, explotación del llamado Tercer Mundo, y nuestras masas sindicadas, y agradecidas, votando a los partidos del pacto del bienestar, con los ojos cerrados porque quién duda de que nuestros hospitales, las bajas por maternidad, las vacaciones pagadas, las grandes universidades, las rentas que el capital repartía para aminorar las desigualdades, procedían de esa explotación mundial que nuestro Estado del Bienestar estaba provocando.

¿Y queremos repetir la comedia?

…………………..continuará…..
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ENSAYO SOBRE LAS DOS RUEDAS (i)

PREÁMBULO

La bicicleta es un instrumento revolucionario. Las dos ruedas de este inestable y singular artilugio nos proponen la revolución, avanzar para no caer, girar para avanzar.

Esta máquina, a diferencia de otras, no somete al ser humano. El ciclista es su motor, también su pasajero. Curioso artefacto que nos propone una extraña simbiosis entre nuestra carne y su estructura artificial. Quien monta sobre una bicicleta empieza a pensar de otro modo. Este ensayo nace de la necesidad, y de la oportunidad que la bicicleta nos ofrece de ser actores de un mundo en revolución.

La bicicleta es un arma política. Yo la veo como el símbolo de la democracia, y en concreto, de la democracia más profunda que nos ofrece el espíritu libertario que este triángulo llevado por dos ruedas nos ayuda a desvelar. Todo se conjura contra ella. El ciclista, desde que apareciera en la segunda mitad del siglo XIX, siempre ha sido un polizonte, una especie de Prometeo o Centauro tecnológico en este mundo de hipocresía, acumulación capitalista y destrucción ecológica.

La bicicleta no puede convivir en paz con la economía fósil e injusta que nos esclaviza, con las estructuras de poder centralizado y planificador que tiranizan al mundo y lo llenan de pobreza. El nuevo mundo que la bicicleta puede ayudar a alumbrar no posee una definición, ni un plan, no podríamos plasmarlo en un programa, ni en una suerte de propuesta u hoja de ruta hacia la utopía. La propia bicicleta forma parte de esa utopía, que no posee ni un camino, ni un itinerario prefijado, y cuyo contenido consiste en el propio pedalear, en circular juntos en un pelotón ciclista que nos ofrece una imagen muy adecuada de esa economía en red, igualitaria y participativa, que nos propone el espíritu de los hacker, y de todos aquellos que luchan por la libre circulación de ideas, cultura y saber.

Quien pedalea ya no puede ser el que era. Para pedalear hay que poseer salud, capacidad para convertir el alimento que ingerimos en energía cinética. La bicicleta nos convierte otra vez en animales solares. Y por tanto, en virtuales contrincantes de la economía centralizada y totalitaria que el petróleo preconiza. Por ello, quien ensaya el pedaleo sobre las dos ruedas debe reflexionar sobre el transporte, el urbanismo, la nutrición, la salud, las drogas, la economía, sobre todo aquello que influye en ese motor solar que es un ciclista montado sobre su cabalgadura. Y también sobre todas esas enormes estructuras de poder que forman los Estados, las petroleras, la industria del automóvil y de la construcción, las farmacéuticas, las multinacionales de la alimentación, todas ellas en contra del concepto de ser humano autónomo e independiente que la bicicleta simboliza.

Como todos los ensayos, mi ensayo sobre las dos ruedas de mi bicicleta parte de mi propia experiencia pedaleando y reflexionando en torno a este hecho singular. Cada cual debe encontrar su camino, cada persona debe ensayar para encontrar respuestas. No postulo soluciones, sólo os propongo muchos interrogantes y algunas respuestas. Estad atentos al pelotón, a esa red anárquica en movimiento, porque quizás sea de sus erráticos movimientos de donde surjan las nuevas respuestas.

………………………continuará…………….
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