DIMETIL-BENCENO

Rui Valdivia

Se quedó quieta, las manos frías, la cara encendida. Un leve temblor ascendió por sus piernas. Sus ojos, incapaces de enfrentar la mirada incrédula de su madre.

En el trabajo aún no sospechaban nada. Un par de indisposiciones pasajeras y algún leve mareo no hacían presagiar nada grave, aún cuando otra dependienta más antigua también hubiera sufrido síntomas similares: apenas coincidieron unos meses, pidió la baja y ya no regresó.

Diríase que Matilde trabajara con la primavera, trajinando en un microcosmos artificial de fragancias y de luz abierto a la calle. Entre este follaje se la ve deambular, con el humidificador y el insecticida, cuidando su vergel mientras sondea tras el escaparate la llegada de un posible cliente, ensimismada en los ensueños de la revista que dejó abierta sobre el mostrador, mientras afuera llueve y la floristería parece derretirse tras el vidrio, sus colores desleídos recordando a los transeúntes un raro paisaje impresionista.

Una de aquellas tardes conoció a Jacinto. Indeciso, buscaba algo especial para una amiga a la que por entonces asediaba con regalos y todo tipo de sugerencias. Matilde adivinó, por cómo miraba las flores desde la calle, que no tendría mucho dinero, pero como en toda floristería de lujo los rótulos de los precios no importunan los sentimientos del comprador, Jacinto entró dispuesto a vencer la resistencia gracias a tres petunias de vivos reflejos que acababan de recibir de un invernadero holandés y que Matilde sabía que no podría pagar, según intuyó entre el follaje con cierta sorna cultivada.

–          Por favor, me gustaría llevarme esas tres flores del escaparate… Sí, aquellas.

–          ¡Ah!, las petunias. ¿Qué hermosas son, verdad?

–          Sí, sí. Son para regalo, eh.

–          ¿Me permite su tarjeta, por favor?

–          ¿El qué?

–          Una tarjeta de presentación, con su nombre, dirección, esas cosas.

–          No, no tengo; bueno, las olvidé en casa.

–          Pues, si desea poner algunas letras aquí.

–          Ah, sí, deme.

–          ¿A nombre de quién, por favor?

–          Jacinto, Jacinto Beltrán.

–          Disculpe, ¿pero usted es?

–          Jacinto.

–          No, no, perdone. ¿A quién le quiere enviar las flores?

–          A nadie. Verá, es que se las quiero regalar en persona, ahora, dentro de un rato.

–          Pues entonces, el señor querrá un envoltorio discreto, vamos, para no llamar mucho la atención por la calle.

–          Claro, claro, pero con un lazo.

–          ¿Le ponemos un lacito, señor?

–          Sí, sí, por favor.

–          ¿Tiene predilección por algún color en concreto, rojo, azul, rosa, quizás?

–          No, el que usted desee.

–          No, el que usted quiera, caballero… Si me disculpa, ¿es para una señorita?

–          Claro.

–          Pues yo creo que el rosa, si es para su cumpleaños o para un regalo sin más, y el rojo, no me malinterprete, para una declaración, por ejemplo, de amor.

–          Bueno, pues un lazo rosa … y también otro rojo.

–          Entendido, caballero. ¿Va a pagar con tarjeta o en efectivo?

–          No, no, con tarjeta no.

No los unió el frío, tampoco la humedad del parque, quizás cierta complicidad, el abandono del uno o el aburrimiento del otro, la mutua curiosidad, un poco de recato, un toque de pudor, lo mínimo necesario para empezar a caminar juntos y transcurridos unos minutos entrelazar sus brazos y apoyarse levemente en el hombro del otro, contentos a pesar de la conversación banal, de la estrechez del parque y del ruido del tráfico, acostumbrados ya desde la primera tarde a deambular siempre por los mismos parterres pisando las hojas secas, a oír el mismo fragor insistente a su alrededor, sin otro aditamento romántico que compartir unas petunias que iban a ser para otra mujer.

Ya Jacinto la esperaría todos los días sentado en el banco junto a la fuente, removiendo con sus pies las chinitas del suelo en espera de ver a Matilde cruzar la calle con su leve trote y como furtiva, acercarse a él, rozarle una mejilla y tomarle del brazo para empezar otro día más a pasear alrededor de los surtidores, entre los setos, como si todavía quedara algún rincón desconocido en esa plaza al lado de la floristería.

Hubo un tiempo en que ya sólo pudieron verse de noche, entre las sombras fugaces de los haces de los vehículos, o sentados bajo la desfallecida luz de la farola, encendida mucho antes de que Matilde saliera de la tienda.

Uno de esos días, mientras ella le contaba la reciente conversación con su madre, no pudo dejar de atender, casi todo el tiempo, a los surtidores helados y la transformación de las náyades y de los sátiros en una bucólica orgía de ancianos revestidos con la decencia del hielo. Aquel cambio, esa frialdad tan frágil de la materia de su fuente, se parecía al cristal de las palabras de Matilde cuando le contaba los pormenores de su última visita al médico. La fatalidad de sus palabras era semejante, sin embargo, a las premoniciones de los antiguos: una certeza revestida con el manto púrpura de la ciencia, pero tan angustiosa e injusta como la de todos los tiempos: un velo de helio líquido sobre la tibia piel de sus ilusiones.

En un esfuerzo por alumbrar nuevas esperanzas, teclearon la palabra con lentitud premeditada. Necesitaban eliminar la fatalidad en torno de esas letras que estaban escribiendo en la pantalla, transformarlas en un vocablo cotidiano e incluso anodino. Aún cuando la suerte pareciera ya moverse en una dirección predeterminada advirtieron, al pulsar con el ratón la opción de buscar, que un atisbo de esperanza aún los mantenía unidos y expectantes en torno a esas seis letras enviadas a la red con intención de tentar al destino: c-á-n-c-e-r.

–          Venga, Jacinto, dale ya al intro.

–          No, cariño, dale tú mejor.

Entrelazaron sus manos y poco después él beso sus dedos, en espera del rayo, de un impulso eléctrico venido de más allá y capaz de iluminar esa minúscula fibra de vidrio que era su ordenador atado a su esperanza, la respuesta de otros contra las ataduras de su destino, experiencias exitosas, en fin, alguna alternativa al juicio fatídico de la ciencia y la ominosa espera. Al poco llegó, junto con el cuestionario y una petición de muestras.

Quedaban cinco personas para que llegara su turno. Desde que Matilde se puso en la cola no había dejado de pensar en las condiciones del viaje a través de dos océanos y varios continentes: ¿se movería mucho?, ¿lo romperían?, quizás perdiera sus propiedades originales por el calor o el excesivo frío. Debería enviarlo por correo urgente, y por supuesto, certificado. Un par de frascos herméticamente cerrados y protegidos por algodones, esparadrapos, burbujitas de plástico, trapos, almohadillas y bolas de periódico; un paquete un tanto exagerado, pensó de pronto, para tan ridículo contenido, sólo dos pequeñas ampollas de cristal cerradas al vacío y que guardaban sendas muestras, una de su sangre y otra de su orina, y en las que Jacinto y ella cifraban gran parte de sus esperanzas.

–          Espero que el pipí no se congele.

–          ¿Qué dice, señora?

Sus datos personales ya los había remitido la semana anterior, en respuesta al cuestionario que el instituto le requería: dos o tres huevos semanales, 1’70, jamás corro, el sarampión con tres años, tercero sin ascensor, regla regular y muy abundante, porros, mucho pollo y poca ternera, castaño, un par de vasos de agua embotellada con gas, de pié unas ocho horas, 80x70x60, las paperas con un año, condones con espermicida, algunas jaquecas, 10 cañas a la semana, mucho cerdo, plantas de invernadero, ojos verdes y grandes, a los 12 años, no fumo, sólo aspirinas, muchas ensaladas aliñadas con aceite de oliva, la varicela hace dos años, pescado una vez al mes, vacunada de la viruela, insecticidas y funguicidas, me tuesto en verano en Torrevieja, ni hijos ni abortos, algún cubata, …

Iba en el metro, protegida con un pañuelo de colores anudado detrás de la nuca, como si vergeles y campiñas la animaran a mirar por una ventanilla tan honda como sus sueños. Pero en el cristal sólo advirtió la hilaridad del joven sentado enfrente de ella. Matilde se giró para enfrentar su mirada, y deslizó su pañuelo de flores lentamente desde la frente hasta el cuello, sin dejar de sonreír, dejando al descubierto su cabeza depilada, completamente calva.

–          ¿Cómo te llamas?

–          Manuel.

–          Yo soy Matilde, tengo treinta y dos años y me han dicho que me moriré después del verano. ¿Tú dónde vas?

–          A la facultad, estudio historia, me quedan dos años.

–          ¿Querrías acompañarme, por favor?

Subieron juntos al último piso de un bloque de apartamentos, callados pero unidos por alguna oculta cercanía. Llamó a la puerta K. Un viejo les hizo pasar. Tomaron café junto a cinco sillas vacías, todas distintas, alrededor de una mesa baja y demasiado pequeña, una bombilla encendida, a pesar de la claridad, y dos pósteres clavados en la misma pared con chinchetas: una se había caído y la esquina superior enrollada impedía ver completa la cara del Che. El hombre los dejó solos. Manuel se acercó a un pequeño radiocasete caído sobre el suelo. Pulsó el play. Durante tres minutos estuvieron escuchando el zumbido del motor. El viejo volvió y le dio a Matilde un sobre. Se levantó y besó al viejo, pero no se dijeron nada. El viejo ya no volvió a mirarles. Se sentó, tomó su taza, pero no bebió. Cuando la cinta llegó al final saltó el motor y se paró: en ese momento, los tres miraban una chincheta volcada en el suelo de terrazo.

Matilde la recordaba paseando entre las macetas, enseñándole el oficio antes de darse de baja. Coincidieron apenas unos meses, los suficientes para haber percibido en el gesto del viejo algunas reminiscencias de ella. Aún recordaba su pelo ondulado cuando abrió el sobre y lo tocó. No hubiera imaginado ese tacto, tampoco ningún otro en ese mechón guardado poco antes de que el cobalto también aniquilara toda su cabellera. No quiso verlo. Por eso cerró los ojos mientras lo acariciaba y traía a su memoria aquellos devaneos iniciáticos entre las flores, sumidas las dos en ese ambiente húmedo y cálido donde cada día la fragancia dulzona de las anémonas, las camelias o las orquídeas ocultaba la síntesis química de los insecticidas, ese ambiente artificial incólume a la enfermedad o a la corrupción, y cuyos colores vivos desafiaban el paso de las estaciones del jardín de enfrente, donde una fuente de náyades se había congelado junto a los besos de Jacinto.

–          ¿Y ahora qué hacemos?

–          No sé, Jacinto.

–          Habrá que decirlo, contarlo, la gente debe saberlo.

–          Sí, pero eso ya lo harás tú solo.

Estaba en su sangre, casi imperceptible, y también en el pelo de su antigua compañera, una fracción infinitesimal, una presencia que las asemejaba en la desgracia, a ellas y quizás también a otras: sentimos informarles… almacenaremos confidencialmente sus datos… seguiremos investigando… todavía es pronto para confirmar fuera de toda duda… por precaución…

Algo cotidiano, una cercanía indeleble, una presencia ubicua que aniquila con excesiva lentitud, pero inexorablemente; un éter incombustible en el dédalo alveolar, un soluto no biodegradable jugando en la red de sus capilares, invisible e imposible de mear ni de llorar, pertrechado tras de las células o en el interior de un ganglio, a la espera de la siguiente molécula, y de otra, y de otra hasta reventar y colapsar el equilibrio de su vida.

–          Como una pátina sobre las flores que olías a todas horas, Matilde.

… de esas semillas traídas de Sumatra o Magadascar para atraer el consumo de lujo, tan artera y ardientemente como sus vistosos colores y formas subyugarían el vuelo de las abejas y de los moscones polinizadores en sus selvas tropicales originarias, flores de espurio atractivo mantenido incorrupto por la acción combinada de la calefacción y del aire acondicionado, de los humidificadores automáticos y de los plaguicidas, para crear ese ambiente turbador y mefítico en cuyo ensalmo mantener la ficción del trópico a pesar de la salud de sus dependientas.

Una de ellas, Matilde, cortaba ahora los palillos según las indicaciones del plano confeccionado por Jacinto. Medía con el calibre y aplicaba las tijeras exactamente para conseguir el tamaño adecuado. Manuel limaba los trozos y terminaba de darles la forma definitiva al lugar donde acabarían colocados. Había ya varios montones de palillos cortados y limados, clasificados por Jacinto, según iba comprobando las dimensiones finales con la lupa y el escalímetro. Si había algún defecto o fallo, ya por defecto del material o de la manufactura, lo retiraba y comentaba lacónicamente “éste habremos de repetirlo”.

Sobre ellos pende una lámpara, parecida a la de las salas de billar, que deja en penumbra a la madre de Matilde, sentada en un sofá mientras ve el televisor, con el volumen muy bajo, y repite “¡y será posible que nadie haga nada!”.

–          ¿Y qué van a hacer, mamá?

El color lo aplicarán al final, según la idea original de Manuel. Ni les agradó el resultado de sumergir cada pieza en el bote de color, ni sujetarlas con pinzas según Matilde las pintaba con un diminuto pincel: “Mejor sería pinchar cada palillo con un alfiler y con un cuentagotas mojarlo, sobre su tarro de pintura para no manchar, ni desperdiciar nada”.

–          Ves, hija, lo que hace el ingenio.

Por la ventana, abierta al patio de luces, entra, al final de la tarde, el olor húmedo del ozono de las tormentas. Por la costumbre del pueblo, la madre se levanta y apaga el televisor, también lo desenchufará, pero cuando se acerque a la ventana con intención de cerrarla, Matilde le volverá a decir que la deje abierta, “resulta tan bonito oír el eco de los truenos, mamá”

–          Y además no hay peligro, señora.

–          Ya, tú no te conoces los resabios de los rayos.

Y comenzará entonces la retahíla de sucesos y remembranzas, de hechos asombrosos acopiados en su mente y recitados como en diapasón mientras sobre la mesa siguen componiendo, poco a poco, y con suma delicadeza, cada una de las partes del barco, copia de un galeón del siglo XVII: sus cañones esmaltados en betún negro, la quilla abombada a fuego de fósforos; las velas, confeccionadas con restos de trapos, desengrasadas, decoloradas y curadas con sebo de caballo; los mástiles, tallados en madera de olivo y envejecidos en barniz de Judea y el mascarón de proa, modelado en miga de pan, a imitación de la imagen onírica que Manuel poseía de las sílfides y de las náyades de la Arcadia.

A Matilde le gustaría calafatearlo, hacerlo impermeable para lanzarlo al mar y que pudiera flotar sobre las olas, perder todo el trabajo y su esfuerzo como en una falla o una hecatombe, inmolar las ilusiones sin exigir salvación, ni tan siquiera un juicio, únicamente la belleza de la singladura y poder perderse entre las ondas.

Bajó por última vez las escaleras de la consulta y en lugar de tomar rápidamente el autobús, Matilde pasea a la sombra de las acacias. Envejecidas precozmente por el humo, le parecen, bajo la luz de la tarde desfalleciente, que acabaran de reverdecer sobre ella como un palio de luz tamizada. Se mira en el escaparate de una agencia de viajes, enflaquecida y con la tez lechosa a pesar de la estación. Hubiese sido tan fácil entrar para contratar un viaje a cualquier playa: sus huellas quedarían perdidas bajo el insistente murmullo del mar, y separada de Jacinto por un océano de dunas, éste la vería desaparecer, una cabeza calva tragada por la inclemencia del horizonte. Y Jacinto se quedaría allí esperando, tumbado con la cara vuelta hacia el sol, anhelando, bajo ese universo de luz roja y opalescente, que las olas pudieran traerla de nuevo, como traen la grava y los guijarros vertidos por los torrentes después de las tormentas, a pesar de la resaca que ahora le quitaba la arena asida entre sus dedos, esa tierra oscura y orgánica que fue Matilde cuando una tarde de otoño la vio por primera vez, a la hora de cerrar, al otro lado del escaparate, iluminada por los halones entre las flores y unas desapercibidas partículas de dimetil-benceno flotando en el aire.

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OTRA CUMBRE DEL CLIMA

El lunes 26 de noviembre comenzó en Doha la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, que finalizará el próximo 6 de diciembre. Desde la primera conferencia celebrada en 1979, la evidencia científica no ha hecho más que acumular información valiosa sobre la realidad del cambio climático y sobre sus principales causas, un modelo de desarrollo que se basa en unas políticas energéticas y de transporte insostenibles. Veo con escepticismo cualquier atisbo de acuerdo con objeto de frenar racional y equitativamente este desafuero que suponen las emsiones de gases de efecto invernadero y, menos aún. el imprescindible cambio de modelo económico y productivo. Por la experiecia cosechada en anteriores cumbres y sobre todo, por haber quedado marginada de la agenda política internacional las cuestiones climáticas, ambientales y de cooperación para el desarrollo como consecuencia de la crisis financiera, no atisbo en el horizonte ningún signo de cambio radical más allá de acuerdos menores sin apenas trascendencia.

Cito un fragmento de Trópico de Cáncer, del escritor Henry Miller, que creo define acertadamente mi estado de ánimo, el de la humanidad frente a esta ceguera interesada de los poderosos ante la evidencia científica pregonada por tantos expertos (profetas) y organismos internacionales:

“Es un profeta del tiempo y dice que éste seguirá siendo malo. Habrá más calamidades, más muerte, más desesperación. En ninguna parte se observa la más ligera indicación de un cambio… Debemos ponernos en marcha, una marcha en filas cerradas hacia la prisión de la muerte. No hay escapatoria. El tiempo no cambiará”

MI EXPERIENCIA ATLÉTICA – 5

CUARTA TEMPORADA 2011-2012

La quinta temporada 2011-2012 la encaré ya con 47 años. Aunque no acabe de creérmelo, ya soy un hombre maduro cuyo cuerpo testifica el paso de los años, una huella que ya resulta evidente, a pesar de mis mejoras en la forma física y en el resultado de las competiciones. Según marca la norma, mis pulsaciones máximas y mi capacidad máxima de consumo de oxígeno habrán ido mermando con los años, y mis articulaciones, músculos y huesos habrán perdido elasticidad y capacidad de recuperación. En algún momento tendré que empezar a entrenar para que la pérdida de condición física no sea tan rápida, pero por suerte, creo que todavía durante algún año más podré seguir arañándole segundos al cronómetro de la vejez. He comprendido que he de suplir la pérdida de capacidad para la adaptación y la recuperación con el conocimiento que he ido atesorando durante estos cuatro años de entrenamiento (año 1, 2, 3 y 4), por ello he escrito todas estas entregas, como una forma de reflexionar con todos vosotros con objeto de optimizar el tiempo que le dedico al deporte y exprimirle hasta sacarle el máximo jugo.

A excepción de la semana del Duatlón por equipos de Soria (sólo 4h30’ de entrenamiento), las enfermedades y las lesiones me respetaron, por lo que logré mantener un nivel elevado de tiempo dedicado a entrenar, unas 10 horas semanales con un máximo de 14 horas.  Aunque no conseguí los objetivos ni de carrera, ni de natación, en cambio, he aprendido a competir e incluso he hecho pódium en mi categoría y he sentido en muchas ocasiones que me movía muy delante y cerca de los “figuras”. He quedado 3º en mi categoría de veteranos en dos carreras, la de Entreculturas (10k en La Casa de Campo) y en el triatlón ASTROMAD, lo que me da mucha confianza para encarar la próxima temporada.

A pesar del catarro que me aquejó en el Campeonato de España de duatlón, tanto por los tiempos de los parciales, como por la clasificación (10º equipo), no estuvo nada mal. Sin embargo, la carrera de La Jarosa, por problemas estomacales, y el triatlón de la Casa de Campo, por un tirón en el gemelo, no salieron nada bien. Me siento muy orgulloso del 8º puesto absoluto del duatlón cross de Cerceda, una prueba muy dura, del 8º puesto absoluto del maratón MTB de El Boalo y de las carreras a pie del duatlón por equipos ECODUMAD. Sobre todo, del 5º puesto de la categoría veteranos B del maratón Galarleiz de MTB, una prueba durísima que afronté con avería mecánica en los dos amortiguadores.

Un dato que manifiesta de forma clara la evolución de estos 5 años de entrenamiento puede resultar de comparar el duatlón cross de Tres Cantos (5,2k-16k-2,6k), que en el año 2008 finalicé en 2h (27m04s-1h17m-15m14s) y en el año 2012 en 1h28m (20m35s-57m14s-11m00s).

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NI MULA, NI BUEY

Puestos a desmitificar, el Papa Benedicto podría haber escrito sobre el diablo, por ejemplo, y si toda su cohorte de gases sulfurosos, pezuñas de macho cabrío y tridentes se atiene a la realidad o al mito. Pero no, y en su último libro, y a sólo un mes de las Navidades, nos hurta a los españoles, y a todo el arco Mediterráneo, de una de nuestras más singulares señas de identidad frente al soso y anodino abeto escandinavo atiborrado de bolas y de luces, porque nos dice que el Portal de Belén no existió, y que esa iconografía tan entrañable del buey y de la mula ofreciendo vaharadas de generoso calor al niño-dios, que fue una invención que no se atiene a la verdad histórica, y por tanto, que habría que desechar por burda y carente de rigor teológico.

Quedo anonadado. Por supuesto, no voy a arrojar a la basura ni al buey, ni a la mula familiares, y estas Navidades las pondremos a pesar del celo historicista del patriarca de Roma, porque aunque uno sea ateo, cierto orgullo rebelde y anticlerical sigue forzándome todavía a llevar la contraria y por tanto, seguiré disponiendo angelito, supernova de Oriente, animales, pastorcitos, Virgen maría y San José.

Realmente el símbolo del Portal refleja el deseo de la Iglesia de mostrar y hacer patente hasta los más niños que la esterilidad no resulta incompatible con el fruto de la carne. Cuando la Iglesia inventa el dogma de la Inmaculada Concepción (que celebramos el 8 de diciembre, dos días después del día de la Constitución de 1978, magnífico “puente” a sacrificar en las orcas caudinas de la austeridad), conviene hacer creíble a las masas apostólicas que Jesús no fue engendrado sino encarnado, y el Portal surgió entonces como un juego de muñecas y de casitas que serviría a tal fin: un San José viejo, cano y barbudo, dormido sobre su callado, un ángel anunciador asexuado, María adolescente y sin mácula y sobre todo, una mula y un buey, animales estériles y símbolos de la misma esterilidad, la mula, huelga decirlo, a consecuencia de la cohabitación anti-natura entre un burro y una yegua, el eunuco del buey por castración de un toro. Una epifanía llena de sentido, sutileza e inocencia, y que ahora se nos hurta por obra de un best-seller papal que, quién lo diría, amparándose en hechos históricos probados, sacrifica esta hierofanía ganadera en un inusual acto de racionalidad materialista.

Confío en que este proceso cientifista que inicia el Vaticano prosiga y se adentre en otros ámbitos de la realidad hasta ahora escamoteados tras las sombras del celo y del rigor casi inquisitorial; y quién sabe si, amparados en la existencia de una real María histórica luchadora, las mujeres creyentes al fin podrían tener acceso al sacerdocio, aunque sólo sea por evitar que los seminarios cierren; o los negritos del Congo podrán usar un preservativo por evitar el SIDA; o si los gays podrán aspirar a convertirse en sujetos de pleno derecho o si seguirán siendo considerados como medio seres humanos; o quizás, que Cataluña, y en virtud de ciertos estudios históricos, podría considerarse como un territorio no del todo español y ajeno en parte a los valores eternos tridentinos que desde siempre ha defendido la nación española frente a los herejes del norte; o en fin, que parece que la pobreza ya no será por más tiempo considerada un castigo divino enviado por el más allá para que se salven los ricos, sino un efecto de ciertas formas de enriquecimiento injusto; en suma, que afortunadamente la Iglesia, por boca de su más eminente apóstol contemporáneo, más bien por obra de su pluma,  nos invita a volver la vista hacia la razón y el sentido común.

¡Y que ello tenga que ser a costa de mi Portal de Belén!

MI EXPERIENCIA ATLÉTICA – 4

CUARTA TEMPORADA 2010-2011

A raíz de la experiencia cosechada tras 3 años de entrenamientos (año 1, 2 y 3),  y de la reflexión consiguiente a la luz de conversaciones y lecturas sobre entrenamiento de la resistencia, adopté la decisión de dedicar un mayor esfuerzo a la carrera a pie, en tanto era la disciplina del triatlón en la que menor rendimiento cosechaba y que me impedía, sobre todo en los duatlones, progresar en las clasificaciones y compartir carrera con atletas que tenían un nivel similar al mío en bicicleta y natación.

En primer lugar, decidí realizar una pretemporada en la que fuera prioritario acumular kilómetros y endurecer músculos y tendones, con objeto de empezar a vencer, por partida doble, el principal escollo que me impedía progresar, el bajo volumen de carrera a pie que lograba acumular semanalmente a lo largo de la temporada.

En las 6 semanas comprendidas entre el 29 de agosto de 2010 y el 10 de octubre fui acumulando kilómetros de carrera a pie y de bicicleta, a ritmos suaves, y fui comprobando que mi cuerpo ya era capaz de manejar mayores volúmenes sin resentirse. La primera semana ya fui capaz de acumular 25 kms, cifra que fui incrementando progresivamente hasta los 50 kms de la sexta semana.

En ese momento adopté la decisión de centrar mis entrenamientos en la carrera a pie hasta febrero de 2011, intentando alcanzar para esta fecha el máximo nivel con objeto de que me fuera útil en los triatlones durante el resto del año. Concreté mis objetivos al respecto en los siguientes algoritmos: bajar de 41 minutos en 10 kms, de 20 minutos en 5 kms, y de 1h30m en la media maratón. Mantendría 3 días semanales dedicados a la natación, e intentaría al menos realizar una sesión de bicicleta a la semana.

Con este objetivo en mente, me inscribí en atletismo en el Polideportivo de Guadarrama, donde Juan Cuadrillero dirigió mis entrenamientos de carrera a pie durante toda esta temporada 2010-2011. En la siguiente tabla se puede consultar el plan de entrenamiento hasta la media maratón de Getafe, y comprobar que cumplí casi totalmente los objetivos marcados.

En la tabla adjunta de la programación, se aprecia que tripliqué el volumen medio semanal de kilómetros, respecto a las 3 temporadas precedentes, un mínimo de 51 kms y un máximo de 80 kms, cifras que nunca había alcanzado con anterioridad. Ahora entrenaba la carrera a pie 5 días por semana, pero desgraciadamente la bicicleta tuve que abandonarla, ya fuera por las competiciones como por el mal tiempo, así como por lo denso de la programación semanal, a la que había que añadir los 3 días dedicados a la natación. Durante todas estas semanas temí que llegado el momento de rendir en los triatlones, el escaso kilometraje de bicicleta me acabaría pasando factura.

Para valorar mi estado de partida y disponer de un hito a partir del cual interpretar mi evolución, disputé el 17 de octubre de 2010 la carrera de la Ciencia, 10 kms en los que empleé 43m43s, muy distante de mi mejor marca, tres años atrás.

Los lunes los solíamos dedicar al rodaje de regeneración, el gimnasio y la velocidad. Este entrenamiento consistía en 40’ de carrera muy suave, seguido de un circuito de pesas y de la ejecución inmediata de entre 5 y 8 esprintes (entre 50 y 100 metros) en la pista de atletismo. El trabajo de fuerza se realizaba fundamentalmente en máquinas, muchas repeticiones y poca carga, más bien sesiones de acondicionamiento físico que de verdadera fuerza máxima. Con la inmediatez de los esprintes se buscaba mejorar la transferencia del trabajo de fuerza hacia el gesto deportivo de la carrera.

Los fines de semana se dedicaban fundamentalmente a competir, a realizar los rodajes largos y a descansar. Casi todos los rodajes de la semana incluían una sesión de rectas (progresivos), de diagonales o un final progresivo a ritmo fuerte, con objeto de acostumbrar el cuerpo a los cambios de ritmo, a la velocidad y a incrementar el reclutamiento de fibras musculares.

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LA CANCIÓN DE SALOMÓN

Acabo de leer por segunda vez La canción de Salomón, novela de la escritora norteamericana Toni Morrison, premio Nobel de literatura en 1993. Hace 20 años la leí por primera vez. En esta ocasión la novela me ha recordado, en cierto modo, La educación sentimental de Gustave Flaubert, a pesar de que ni el estilo, ni menos aún, el ambiente, la época ni la trama se asemejen. Pero a ambas podríamos clasificarlas en lo que se ha denominado novela de iniciación, en la que un personaje evoluciona desde la inocencia y el desconocimiento, hacia algo parecido a la sabiduría, a través de un itinerario más o menos complejo de sentimientos, situaciones, aventuras y encuentros.

Poco se parecen Frederic y Lechero, el protagonista de la novela de Morrison. Sin embargo, los une la decepción, el que su aprendizaje vital esté caracterizado por la continua frustración. Sin embargo, Frederic siempre anhela algo, ya sea el amor, el éxito, el reconocimiento, deseo que no se advierte en Lechero, personaje que no adquiere voluntad y consistencia hasta el final de la trama, donde dejará de ser una mera justificación de los actos de otros para convertirse en dueño, frustrado y casi ridículo, de su propio destino.

Quizás otra coincidencia se da en que ambas novelas narran, entre otras muchas cosas, la amistad masculina, de tal modo que el aprendizaje de cada protagonista se desarrolla en compañía de un amigo que actúa como contrapunto de la personalidad de ambos. Tanto Deslauriers como Guitarra, en la novela de Morrison, desempeñan este papel, en este último caso como una segunda conciencia sin cuyo concurso la narración perdería emoción y talla dramática.

El pulso narrativo de Morrison resalta por su alto voltaje, una trama resuelta con astucia y gran sentido dramático, en la que un ser desencantado que nunca acaba de tomar las riendas de su destino, evoluciona en ese marco estrecho, desilusionante e injusto en que la política de segregación norteamericana mantenía discriminada a la población negra del país. Reitero, no se trata de una novela social o política, ni menos aún, histórica, sino de iniciación, en la que a través de una serie de retos vitales y sobre todo, de conocimiento sobre su pasado familiar, el protagonista va despertando según avanza la trama.

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DESAHUCIOS

LA SEVERIDAD DE LA JUSTICIA

PROTEGE A LAS PERSONAS HONESTAS

¿Imaginan este rótulo esculpido en el dintel de la entrada a los tribunales de justicia de este país?

Lo encuentré en esa rara avis que es el El Golem de Gustav Meyrink. Cuando Athanasius Pernath entra, a través del frontón de la prisión donde se hayan impresas estas palabras, el lector aprecia su ironía, ya que el único honesto en ese bochornoso proceso judicial será la propia víctima a la que encarcelan.

El derecho a la vivienda sólo en casos de extrema necesidad.

¡Farsantes!

HUELGA

En la situación en que se encuentra nuestro país la huelga general supone una obligación. Entre otras razones porque la legislación que se nos avecina y anuncia por todas partes significará menores derechos de asociación y mayores restricciones de manifestación y de protesta. Ante el derecho que se nos quiere negar, no existe mejor opción que ejercerlo en su defensa.

La huelga se convoca fundamentalmente para defender a las personas que permanecen en paro, a los expulsados del mercado laboral y que en la situación actual de escasa actividad económica, inexistente inversión y austeridad, porque ante ellos y sus familias se abre un futuro siniestro, ya que al paro habría que añadirle el impacto negativo de la decapitación de lo público, y el hecho de que cada vez debamos sufragar, con un porcentaje mayor de nuestra renta, unos servicios públicos que se venden a precio de saldo al sector privado. El 14 de noviembre me manifestaré contra esta doble injusticia, la del paro que le quita el sueldo a numerosos trabajadores y también contra la privatización de los servicios públicos, que impide que cada vez mayor número de ciudadanos puedan ejercer unos derechos que todavía están recogidos en nuestra Constitución.

Aunque a los conservadores y a los capitalistas les pueda parecer un contrasentido, el derecho al trabajo se defiende, en primer lugar, protegiendo el trabajo todavía existente. Parados y  trabajadores debemos unir nuestras voces y evitar competir por el escaso y cada vez peor remunerado trabajo existente, porque el enemigo no es el trabajador todavía no expulsado, ni el funcionario, sino un sistema que distribuye la renta económica y el poder cada vez de forma más injusta y menos equitativa. No estamos ante un problema de redistribuir el poco trabajo existente por medio del enfrentamiento entre los trabajadores y los parados, absurdo que no solucionaría el problema, sino en ampliar la oferta laboral con cada vez mejores condiciones de trabajo.

La respuesta del sistema a la huelga general del 14 de noviembre se resume en el siguiente razonamiento contra los convocantes: que resulta imposible mejorar la retribución al trabajador en la situación de crisis en la que se encuentra el país, por lo que una huelga que va a incrementar las pérdidas económicas de las empresas resulta contraproducente al objetivo del defender el derecho al trabajo. El corolario de esta afirmación sería por tanto el siguiente, que la mejor forma de defender el trabajo sería manifestar el deseo de reducir cada vez más nuestra nómina y trabajar mayor número de horas, porque ello incrementaría los beneficios empresariales y por tanto, la nueva contratación laboral.  A los trabajadores y a los parados sólo nos resta aceptar voluntariamente trabajar más por menos, o en cambio, enfrentarnos a este razonamiento bastardo de la patronal y de la banca convocando una huelga general, porque de lo que se trata no es de mendigar un trabajo en la caridad del sistema, sino en defender un derecho sin el cual ser ciudadano en un país democrático resulta imposible.

Evidentemente, la huelga general no supone una solución del problema, nadie de los que nos vamos a manifestar poseemos la solución a la crisis de destrucción de empleo que nos arrasa. Pero creemos que nuestra sociedad padece esta situación de crisis porque los encargados de ofrecer soluciones se han equivocado en su propio beneficio, y si todavía están rigiendo los designios de la economía y de nuestras vidas es porque detentan un poder que deseamos empezar a arrebatárselo precisamente con acciones como la de la huelga general. Una huelga general no se plantea con el deseo de que al día siguiente cambien nuestras condiciones laborales, no se convoca con un objetivo laboral concreto, sino para dar un golpe en la mesa donde se decide política y económicamente con el deseo de torcer la voluntad de los poderosos, para empezar a sentar las bases de una sociedad más justa.

En este país las únicas personas que se suicidan son los trabajadores y los parados, los desahuciados de sus viviendas o las personas dependientes sin ayuda. Todavía no hemos tenido la suerte de presenciar el vuelo de ningún banquero por voluntad propia. Nadie dimite, nadie devuelve lo robado, nadie se siente responsable de la crisis y del saqueo perpetrado contra la administración pública y contra el Estado. Deseamos que al menos durante un día de huelga general no nos sigan expoliando, porque mientras no se haga justicia y no devuelvan lo robado, cada día de trabajo de la sociedad únicamente servirá para que continúe el expolio y el robo contra los ciudadanos y contra lo público. La huelga general, por tanto, también es un aviso, y una amenaza, de que la ciudadanía no confía en los poderosos y que desea superar la crisis bajo la dirección de otras personas y bajo otros supuestos, y si me apuran, que ya no deseamos ninguna dirección tradicional de nuestros negocios, que la Constitución aún vigente está superada y que deseamos un nuevo proceso constituyente que no se circunscriba a los conciliábulos de palacio, sino que se realice en la calle con libertad y sin guardianes.

Creo también que a esta huelga general deberían unirse muchos empresarios, aquellas personas que con tanto esfuerzo han levantado una actividad agrícola, industrial o de servicios, de creación de riqueza, y que ahora se ven abocados a abandonarla, a malvenderla o a arruinarse por culpa de la falta de crédito y de la reducción del poder adquisitivo de una parte de la ciudadanía. La CEOE sólo defiende los derechos de las grandes empresas, de las multinacionales, de los ricos, el cambio de paradigma hacia una sociedad cada vez más desigual y con menores derechos, un nuevo fascismo económico contra el que debe levantarse todo ciudadano preocupado y responsable, sea parado, trabajador o empresario.

Yo voy a ejercer mi derecho a la huelga general del 14 de noviembre, porque deseo impedir la revolución que soterradamente está realizando una parte de nuestra sociedad contra el conjunto de la ciudadanía. Se trata de una revolución contra la democracia que servirá para consolidar el poder de los saqueadores de las arcas públicas. Sin embargo, todavía nos necesitan, mientras no inventen la máquina perfecta que haga inútiles al resto de los ciudadanos, precisan todavía de nuestro trabajo, cada vez más precario, pero trabajo indispensable, sin cuya explotación no podrían ejercer su poder. Por tanto, la huelga general supone una toma de conciencia, de que nuestro trabajo nos sigue perteneciendo. Por no trabajar reivindicamos nuestro derecho al trabajo digno y a que sea reconocido todo el poder que atesoran aún nuestras manos y nuestro cerebro. Porque la libertad de trabajar va unida a la de no trabajar, la huelga general se erige en herramienta indispensable para superar la crisis y caminar por una senda política más equitativa y democrática.

MI EXPERIENCIA ATLÉTICA – 3

TERCERA TEMPORADA 2009-2010

La tercera temporada 2009-2010 no pudo empezar peor, el 2 de septiembre de 2009 un esguince bastante potente me dejó en el dique seco por casi 3 semanas, después un catarro a finales de septiembre y una gripe entre el 13 y el 25 de octubre provocaron que no pudiera empezar a entrenar con cierta continuidad hasta el 2 de noviembre. Sólo pude mantener, a duras penas, la natación durante 3 días semanales, aunque no siempre.

Esta tercera temporada está marcada por un gran objetivo, el medio ironman de Buelna que se debía celebrar el 26 de junio de 2010. Toda la temporada la organicé con ese objetivo, con la intención de acabarlo y disfrutar de la experiencia, sin una pretensión clara y definida de realizar una marca concreta. Encaré la temporada con el único objetivo de acumular kilómetros, de endurecer aeróbicamente el cuerpo para soportar el gran esfuerzo requerido en una prueba de esas características.

Desafortunadamente, y cuando empezaba a intensificar el entrenamiento, el 25 de noviembre de 2009, otro esguince frustró mi progresión, lo que me impidió preparar y disputar, como hubiese sido mi intención, la carrera de Cercedilla y alguna Sansilvestre. El cuatrimestre de septiembre, octubre, noviembre y diciembre de 2009 ha sido el peor de todos estos 5 años de entrenamiento. El nuevo año de 2010 lo empezaba con bajo estado de forma, pero muy ilusionado por acometer el reto de Buelna. Tenía por delante 6 meses que debía aprovechar al máximo.

Puede consultarse: la primera y la segunda temporadas.

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CINE Y LITERATURA

A lo largo de la historia humana las diversas artes se han influido continuamente, creando un caldo de mutuas inspiraciones que ha fortalecido el sentido y la profundidad de los mensajes culturales que nos han transmitido. Y el cine, como epítome del arte total que funde pintura, música y teatro no podía escapar al influjo de la literatura, de esas grandes novelas y obras dramáticas que en el cine han proyectado nueva vida.

Sobre este tema se ha debatido ampliamente, y casi todos habremos mantenido conversaciones al respecto tras haber presenciado una adaptación cinematográfica de alguna obra teatral o novela que hayamos leído. Nadie puede sustraerse a las comparaciones y los juicios de valor. Lo que lamento es la necesidad que algunas personas sienten por infravalorar a toda costa la versión cinematográfica y buscar elementos y situaciones de la obra original que no han sido contemplados en la película y que por tal razón, creen ellos, menoscaban su altura artística respecto a la obra que la sirvió de inspiración.

Como decía, las influencias entre artes han sido continuas. Deseo recordar algunas en las que me he complacido y encontrado gran placer. Los capiteles románicos esparcidos por tantas rutas culturales nos deleitan con su simplicidad y a la vez enorme capacidad para comunicar mensajes y contar historias apenas en unos pocos centímetros cúbicos. Lamentablemente, la mayoría de ellos han perdido su policromía. Pero si deseáramos ponerles color en nuestra imaginación y completar lo que el tiempo y los elementos deterioraron, podríamos visitar un museo y admirar las miniaturas de cualquier códice medieval, porque fueron estas pinturas descriptivas de lo que en el texto sagrado se decía, las que inspiraron a los pintores de la piedra y a sus escultores para tallar e inmortalizar en capiteles y bajorrelieves la sacralidad de aquellas narraciones. Creo que sería ridículo comparar, o poner objeciones a estas obras derivadas por no haber sabido traducir toda la belleza de las miniaturas, en lugar de saber integrar ambas artes potenciando su significado y sentido artístico.

La ópera, a la que podríamos definir como el cine del barroco, del clasicismo y del romanticismo, se nutrió de multitud de modelos literarios cuyos libretistas los adaptaron para servir de texto e inspiración a las músicas compuestas. Casi ninguna ópera posee un argumento original, casi todas beben en fuentes literarias que las anteceden y les sirvieron de motivación. Resultaría ingenuo y harto ridículo establecer comparaciones entre los originales y sus adaptaciones operísticas, mucho más enriquecedor ser capaces de encontrar vínculos y potenciar sus correspondientes significados por gracia de cada nueva versión e interpretación, por obra de los enriquecedores añadidos musicales y escenográficos que nos pueden revelar nuevos universos interpretativos de los textos originales. La saga de los Nibelungos que Wagner adaptó para su Tetralogía, o el texto de Beaumarchais que Mozart tomó prestado para componer “Las Bodas de Fígaro”, por poner sólo un par de ejemplos de un proceso universal, adquieren una nueva dimensión en manos de sus músicos, sin que la obra principal u original deba perder, sino ganar, en emoción y sentido.

Otro tanto podríamos afirmar sobre las adaptaciones cinematográficas de obras literarias. Continuar leyendo “CINE Y LITERATURA”