El futuro era esto

Estamos llegando al futuro. Desde la aplicación práctica de la máquina de vapor y un poco antes, de las revoluciones burguesas contra la economía medieval, el capitalismo ha ilusionado a las masas con el futuro, el progreso. Es un mito que no se sustenta en el aire, sino en datos ciertos e indicadores que demuestran que, en una serie de variables vitales y sociales, las oportunidades han crecido respecto al pasado, y que por lo tanto, existe una curva ascendente de bienestar ligada al crecimiento del capitalismo.

Esta manera de observar la realidad llegó a deslumbrar incluso a Marx, el apóstol del anticapitalismo, o más bien de su superación, ya que confió en que las fuerzas productivas capitalistas pudieran ser redirigidas por el comunismo, régimen que superaría las contradicciones que el capitalismo llevaba en su seno y que le impedían avanzar en el progreso de la sociedad a mayor ritmo y velocidad, y sobre todo, haciendo desaparecer las desigualdades y las clases sociales. 

El comunismo real que lideró la URSS fue realmente un régimen capitalista, porque las normas de valorización de las mercancías y el modo en que el trabajo participaba en esta creación de valor, coincidía con las normas del capitalismo occidental. La diferencia radicaba esencialmente en el papel del Estado, en cómo este se relacionaba en la sociedad civil, en el régimen de propiedad de los medios de producción y en la forma de organizar dentro de sus fronteras la libertad de sus ciudadanos.

Sin embargo, existen dos elementos contradictorios en Marx que creo que puede ser relevante destacar. Ya que también se dan en esta sociedad y afectan, asimismo, de forma evidente a la relación un tanto esquizofrénica que mantenemos con un sistema capitalista, de cuyos beneficios deseamos participar y que ha procurado innegables cotas de progreso, bienestar y oportunidades vitales, pero al que miramos con suspicacia, si no odio, porque sus normas injustas han provocado enormes desigualdades, crímenes, víctimas, explotación y desastres.

En su crítica más conocida al capitalismo, Marx coincide con buena parte de la izquierda, en la medida en que ambos consideran que la fiera capitalista, y su hidra de tres cabezas, la ley del valor, el fetichismo de la mercancía y el trabajo abstracto, pueden ser controlados por la acción benefactora del Estado, un actor que sin desmontar las leyes de funcionamiento del progreso capitalista, impida que se produzcan sus contradicciones y en consecuencia, evite tanto la aparición de la explotación del trabajador o el proletariado, como los fallos inherentes a un mercado capitalista sin regulación.

En una sociedad deslumbrada por el progreso, que había convertido el desarrollo de las fuerzas productivas en el alma de su nueva ideología y que había realizado un relato histórico en el que colocaba a la burguesía y al capitalismo como la cúspide de la evolución, cómo un movimiento revolucionario que se dirigía a los pobres, a los desheredados, a los robados y explotados, podía desligarse de ese bienestar, de ese incremento de la riqueza que el sistema capitalista generaba, aun cuando se distribuyera de forma tan desigual e injusta. Por ello los revolucionarios incidieron sobre todo en el reparto de la riqueza, y no en cómo se realizaba la producción de la riqueza, porque tampoco supieron encontrar otra forma alternativa de encandilar a las masas con un mensaje diferente al que la burguesía proclamaba.

Sin embargo, en algunos escritos Marx se permitió la crítica, de sí mismo y de su movimiento, y mostró desconfianza en que el capitalismo pudiera ser controlado, de que el Estado o la dictadura del proletariado tuvieran esa  capacidad casi demiúrgica de transmutar su esencia, que no es otra que la acumulación de dinero sin límite contra el ser humano y la naturaleza. Pero el comunismo no supo convertir o traducir, esta crítica feroz de las leyes, de la ética y de la cultura capitalistas, a los hechos programáticos de un movimiento que aspiraba a transformar la realidad.

En cierto modo, la escisión anarquista de la Internacional comunista, llevaba en su seno implícita esa crítica que Marx desarrolló de un modo un tanto esotérico, de que no basta con que el Estado controle y administre, de que no es suficiente que los proletarios tomen el poder, que resulta insuficiente la mera nacionalización del capital y de los medios de producción, que la revolución no se dirime tanto en qué clase social es la que posee el poder, sino en la forma social de organizar la producción.

Sin embargo, el anarquismo tampoco en este punto estuvo exento de contradicciones. Es cierto que el ideal libertario se fraguó también intentando superar esta contradicción, en suma, la de querer ya construir la sociedad futura sin capitalismo, en el mismo seno de la sociedad capitalista. En síntesis, no tomar el poder, sino intentar distribuirlo equitativamente entre las personas y que de las decisiones libres adoptadas entre ellos, surgiera el orden y la estructura de la nueva sociedad. Por tanto, el anarquismo, ya fuera sindicalista, mutualista, comunitarista, etc., al debate teórico y a la lucha revolucionaria le añadió algo necesario de destacar, su trabajo practico  en los barrios, en el trabajo, en la familia, etc. por crear ya estructuras de producción y convivencia que superaran las leyes del capitalismo, y que en esencia, se sustentaban en la cooperación y en el apoyo mutuo, en resumen, la acción directa.

Y cuento esta historia tan sintética del capitalismo, de la riqueza y el progreso y de sus antagonistas, porque precisamente ahora el futuro está ya aquí. Porque ya no existe un Edén a conquistar o prometer como señuelo de las masas de proletarios, precarios y pobres. El capitalismo ya no puede producir más riqueza. El capitalismo ya no puede prometer el progreso, tan sólo asegurar el colapso, la descomposición o la tiranía. Las leyes de funcionamiento del capitalismo se están topando ya con los límites humanos y naturales, y no podrá superarlos, porque no existe en esta Tierra ya nada, al margen del capitalismo, capaz de regenerar a las personas y al medio natural degradado y explotado por el mismo capital.

Y digo que el futuro ya está aquí, porque el capitalismo ya no puede ofrecer un mañana prometedor, ya no es capaz de ilusionar a los pobres con el señuelo de que si se esfuerzan y sufren, si son buenos trabajadores competitivos, en un futuro conseguirán transformar la explotación padecida en bienestar y abundancia para ellos y para sus hijos. Y también lo afirmo porque este capitalismo financiarizado y virtual que ha medrado durante estos últimos veinte años, también se ha encontrado ya con su futuro, un presente que no le permite materializar sus inversiones en su apuesta tradicional por un futuro mejor.

El capitalismo es un sistema que ha basado buena parte de su éxito en la confianza en el futuro, de que siempre el futuro será mejor que el presente a nivel de ganancias, riqueza, tecnología, eficiencia, productividad, etc. Y tuvo razón durante una larga fase de su desarrollo, porque esas variables econométricas que utiliza el capitalismo para medir su progreso y crecimiento, mejoraron siempre a largo plazo. El capitalismo siempre ha sido un sistema financiarizado, como lo es hoy en día, pero pudo mantenerse y consolidarse y crecer gracias a que las ganancias esperadas en el futuro realmente se producían (no eran virtuales, sino que se materializaban en nuevo capital), por lo que a excepción de burbujas, corrupciones, quiebras y hasta depresiones, el capitalismo ha oscilado arriba y abajo en sus famosos ciclos de bonanza y penuria, pero siempre manteniendo una clara línea ascendente, porque resultaba saludable y sobre todo real, confiar en el futuro.

Pero desde hace un par de décadas el capitalismo ya se está topando con sus límites, tanto naturales y humanos, como los inherentes a su incapacidad actual para valorizar el capital, límites que le impiden seguir creciendo, lo cual debería ya estar significando su defunción, porque no puede existir capitalismo sin la confianza en que la economía seguirá creciendo, de que le mundo cada vez será mejor. Hay que tener en cuenta que a los capitalistas actuales les cuesta cada vez más esfuerzo rentabilizar sus empresas con la sola venta de sus productos, razón por la cual se ha creado esta inmensa burbuja financiera, porque muchas empresas, si han conseguido sobrevivir, lo han logrado gracias a las rentas financieras de sus activos y de sus beneficios.

El COVID-19 representa una de las primeras fases de la explosión controlada de esta inmensa burbuja financiera virtual. El capitalismo era consciente de que iba a ser casi imposible materializar en beneficios o activos futuros la enorme burbuja financiera que nos aplasta, porque el futuro ya no iba a ser mejor que el pasado. A pesar de ello, y por pura supervivencia, se lanzaron a esta destrucción demorada, con el fin no sólo de poder sobrevivir a corto plazo, sino también de ganar tiempo para buscar un sistema alternativo al tradicional maridaje entre el Estado de Derecho y el capitalismo. El virus, y otras pandemias y crisis, les están brindando la oportunidad de fabricar este nuevo sistema, basado principalmente en el miedo y en contra de nuestra libertad.

Ya no va a haber más progreso. Casi todos los indicadores creados ad hoc para medir el crecimiento de la riqueza capitalista y el progreso de la humanidad (más bien de un aparte muy selecta), van a ser sustituidos por otros más acordes con la situación actual. Se va a producir un retroceso controlado, y la gestión estatal y capitalista que se está ensayando con el COVID-19 en diversas partes del mundo, servirá para ir ajustando el nuevo sistema de control social.

El sistema capitalista ya no es capaz de generar rentas sobrantes para los trabajadores, ni para mantener con salud y formación a las personas que este sistema necesita para poder funcionar. La precariedad se extiende, y cada vez son más los trabajadores que tienen que hacerse cargo de su propia explotación, como autónomos, para poder sobrevivir. El sistema se desentiende cada vez de más gente, porque no le sirve para crecer, porque ya no puede extraer rentas de ellos. Pero el sistema necesita a los Estados, que comprueban día a día cómo su legitimidad decrece en sintonía con su incapacidad para cuidar de sus ciudadanos, porque el capitalismo tampoco es capaz de asegurar el funcionamiento de la maquinaria estatal.

Quizás sea aquí precisamente, en esta fisura del sistema, donde se vaya a dirimir  la viabilidad de la democracia y el capitalismo: o su capacidad para encontrar un nuevo contrato social entorno al miedo, o en cambio, que las personas empecemos, en libertad, a encontrar formas alternativas de colaborar, trabajar y darnos bienestar al margen del capitalismo y de los Estados.

En este punto, tampoco parece que la izquierda tradicional esté a la altura del reto que el COVID-19, como antecedente de otros, nos está proponiendo, aliada siempre del capitalismo en su calidad de adiestradora de buenos trabajadores obedientes, ni en su papel de representante en el reparto de una riqueza que ya no va a crecer. Su demanda de servicios públicos y de renta básica (aquí y aquí) servirá quizás para paliar o redistribuir los efectos perversos de no poder progresar, pero no para trascender este futuro negro que ya se está convirtiendo en presente. En un marco histórico en el que ya la palabra progreso ha perdido todo su sentido, la izquierda, como también buena parte de las derechas más reaccionarias, se amarran al mito de la regresión, de poder regresar a aquel momento histórico en el que la derecha autoritaria podía imponer su férula sin oposición, o en el que la izquierda cogestionaba su Estado del Bienestar. Nunca ha existido regresión histórica. La humanidad ha encontrado inspiración en el pasado para encontrar soluciones o nuevos sistemas o culturas, pero jamás ha podido regresar sin más, en contra de la flecha del tiempo y de la entropía, a repetir un momento histórico. Creo que las izquierdas deberían tomar nota de esta ley.

Lamentablemente, el futuro era esto. Ya lo tenemos aquí. El COVID-19 no es el virus que está destruyendo el progreso y la economía y el crecimiento,  sino la excusa para implantar un nuevo sistema de control social y para despistarnos sobre el carácter vírico del propio capitalismo. Y precisamente por esta realidad, ahora se nos tiene que hacer más evidente la necesidad de recuperar nuestra libertad, de actuar sin intermediarios en la búsqueda del bienestar y de la abundancia, de no ceder al miedo como principal elemento cohesionador de la sociedad, y por tanto, de no convertir la política en una continua súplica al Estado para que nos ofrezca más seguridad.

Si ya no habrá más progreso, si la regresión resulta imposible, y si el nuevo sistema parece que camina hacia el control y la dictadura social y ecológica, el único camino que parece viable para ejercer la libertad será el de la trasgresión. Sustituyamos el progreso por la trasgresión. El verbo trasgredir, según en qué contextos, posee muy mala prensa. Pero si nos fijamos en la historia del arte y de las manifestaciones artísticas, o en los hallazgos de la ciencia, han sido los transgresores quienes más han respetado y utilizado el pasado para darle nueva vida a través de expresiones novedosas. El trasgresor desconfía de las normas universales, de las variables que se utilizan espuriamente para medir el progreso, porque el progreso exige un punto de vista común y universalista sobre la historia. En cambio, cada trasgresor mira la historia y el futuro con una lente distinta e inspiradora. Y es en este campo de la trasgresión, y de la liberad, en el que las personas podemos empezar a innovar, a crear nuevas formas trasgresoras de relación social, de usos alternativos del conocimiento y de las tecnologías existentes, para gestionar por nosotros mismos nuestro futuro y nuestro bienestar a través de nuevas formas de trabajo.

Realmente este ejercicio de la libertad lleva implícito importantes riesgos individuales, y la asunción de que vamos a convivir en situaciones continuas de conflicto. Pero la ausencia de riesgo y de conflicto que nos han estado proponiendo el Estado y el capitalismo, como meta utópica del progreso, ha sido una pantalla de humo inmensa que nos hemos creído durante más de doscientos años. Ahora tenemos la obligación de dispersar el humo, asumir el riesgo y confiar en que un mundo basado en la cooperación y el apoyo mutuo resulta factible, y necesariamente trasgresor.

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