25-S

El calendario se puebla de cifras para recordar. A las que hemos de agregar la de ayer, 25 de septiembre, con más de 30 detenidos y 60 heridos en un acontecimiento que el poder califica de disturbios o puro golpismo, y que los convocantes como de verdadera democracia participativa.

Estos hechos evidencian quién ha poseído siempre la porra de la violencia, a pesar de los buenos gestos y las leyes igualitarias. Cuando surge algo como la manifestación de ayer, la aparente mansedumbre del poder queda desenmascarada y la complejidad de las leyes de la economía se hacen claras y comprensibles hasta para los más reacios a entender que la democracia española a quien realmente protege es al corrupto, al explotador y a la casta política que se aísla en un bunker atrincherado para poder legislar en contra de casi todos sus votantes.

El Congreso de los Diputados nunca ha sido un ágora de libertad. Ayer el pretexto para defenderlo fue éste, que los elegidos debían poder decidir sin las presiones, ni las amenazas de aquellos que van a sufrir las consecuencias de sus decisiones. Ese Congreso, custodiado por sus impertérritos leones,  se erige en fortaleza contra los votantes, símbolo de la independencia de criterio y de la libertad de elección cuando sus puertas y ventanas han sido franqueadas sin escrúpulos por los mercados, la banca, el dinero, el rescate, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Central Europeo o la corrupción, convertida de esta guisa la Cámara Alta en la gran prostituta, que puertas afuera debe mantener un prestigio que ayer sólo  pudo defenderse con la porra de los guardias.

No fue el de ayer un ataque golpista, porque ni hubo agresión, ni deseo de tomar un recinto desprestigiado y devastado por una clase política clientelar que sólo aspira a mantener sus privilegios de casta. Fue un recordatorio y un nuevo aviso, de que el poder que ejercen procede de las calles que rodean el bunker de la Carrera de San Jerónimo, y que un nuevo proceso constituyente debería sustituir al hasta hoy vigente.

Puede leerse: “Por última vez”

EL ARTE DEL ENTRENAMIENTO – PARTE VI

FUERZA, VELOCIDAD Y ECONOMÍA DE CARRERA

Como ya se ha comentado, la fuerza muscular es una de las principales limitaciones con las que se enfrenta un corredor popular con objeto de mejorar su rendimiento. Años de entrenamiento a ritmos constantes durante largas horas producen corredores que poseen una gran capacidad aeróbica a los que la fatiga les suele atacar por debilidad muscular: llega un momento en que el ritmo de carrera se reduce (o no se puede incrementar) porque los músculos han perdido fuerza. Por ello se suele oír que “la patata estaba perfecta pero no las piernas”: las pulsaciones bajan y no se pueden incrementar porque los músculos se han agotado. Es un ejemplo que muestra la importancia de objetivar las componentes del rendimiento en los deportes de resistencia y de valorar, en función de la propia forma física, qué elementos limitantes habrá que entrenar para potenciarlos, sin perder aptitudes en los restantes.

El objetivo esencial del entrenamiento de resistencia consiste en extender en el tiempo las capacidades básicas, en aguantar y soportar la fatiga desarrollando la máxima energía. Esa energía que desarrollamos depende de nuestra fuerza y de nuestra capacidad aeróbica. Pero lo que en realidad nos interesa no es la energía en sí misma, sino cómo se transforma en velocidad, en movimiento efectivo. Por ello resulta tan básico entrenar también la velocidad, porque de ella depende en gran medida la eficacia con la que se verifica esta transformación. No nos debe sorprender, por tanto, que durante las primeras semanas de nuestra programación estemos entrenando junto con la resistencia aeróbica, la fuerza y la velocidad, para acabar transformando estás últimas en resistencia muscular y economía de carrera.

Puede consultarse: “El arte del entrenamiento – Parte I, II, III, IV y V

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EL FIN DE LA MÚSICA

A excepción de un corto período histórico, la música siempre ha servido a un fin más allá de ella misma, ya sea para acompañar el baile, para ayudar a recitar y guardar en la memoria las leyendas y las epopeyas, para cantar el rito o la tragedia, y recientemente en el cine, con objeto de potenciar el poder expresivo de las imágenes. Tan sólo durante el romanticismo y hasta los últimos estertores de la música contemporánea culta, apenas 200 años, la música clásica ha pretendido ser algo más que compañía y ayuda, instrumento para un fin, desvinculándose de referencias ajenas a la propia música.

Bach se consideró un artesano musical que no tenía inconveniente en utilizar melodías de otros compositores y en reciclar las propias para confeccionar las músicas eclesiásticas y profanas que le encargaban sus patrones. A la originalidad se la denominaba buen oficio, y el objetivo de la música bachiana no fue otro que ayudar al culto, potenciar con su música el texto sagrado y las imágenes del evangelio y de los cantos de la biblia, empleando en muchas ocasiones las simples melodías luteranas compuestas con anterioridad.

En el teatro griego la música y el coro tenían esa misma función, de acompañamiento y énfasis de la palabra y de la acción, como más tarde en la tragedia lírica francesa del siglo XVIII, donde los libretistas y poetas como Corneille o Racine llegaron a alcanzar mayor éxito que los propios compositores de las músicas, Lully o Rameau. Música para danzar, o para ayudar, junto con la rima, a recordar la poesía o el mito. Los textos homéricos se recitaban-cantaban para enfatizar y también para no ser olvidados, porque la música, su ritmo, compás y melodía ayudan a la memoria.

Sin embargo, en ciertas épocas se manifestó esa tensión latente que discurre bajo las relaciones entre música y texto, cual es la posibilidad de que la música desencajando tanto las palabras las transformara en mero pretexto, en lugar de causa, del hecho musical. Recuérdense las amonestaciones de tantos Papas contra los excesos polifónicos de algunos compositores de la Edad Media, o la nueva ópera de Glück erigida para resaltar la palabra poética contra las extravagancias del Bel Canto y recuperar el viejo equilibrio perdido, el nacimiento del madrigal barroco y su teatralidad basada en recuperar la palabra escondida tras el contrapunto renacentista, y más recientemente, el drama musical wagneriano con su pretensión de volver a amoldar música y texto en un nuevo equilibrio creativo.

Continuar leyendo “EL FIN DE LA MÚSICA”

LA GUERRA PERMANENTE

Nadie ha influido tanto en el concepto de dignidad humana como lo ha hecho el filósofo I. Kant:

“Obra de tal modo que uses a la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como fin y nunca simplemente como medio”.

En el año 1795 publicó Hacia la paz perpetua, un esbozo filosófico que pretendía poner las bases de un mundo cosmopolita sin guerras. En este libro el filósofo afirmaba que gracias a la defensa de una ética universal común a todos los seres humanos, basada en la razón y no en preceptos religiosos, sería posible diseñar una coalización federal de Estados en paz:

“Obra como si la máxima de tu acción pudiera convertirse por tu voluntad en una ley universal de la naturaleza”.

Sin embargo, el idealismo kantiano aparece citado tanto por los pacifistas, como por los pacificadores en guerra contra los Estados canallas y el fundamentalismo, por los liberales y también por los social-demócratas que ven los preceptos morales del universalismo kantiano más acordes con el humanismo que los profesados por el marxismo.   El artículo que adjunto,  “La guerra permanente según Kant”  fue escrito con el objetivo de intentar desvelar estas contradicciones. Desde el derrumbe de las torres gemelas la guerra desatada por USA contra el imperio del mal no deja de producir congoja. Parece que contra la locura de unos se levanta la insensatez de otros, una lucha que colma los cementerios de víctimas inocentes. Kant ofrece la justificación pefecta para la defensa de la democracia y de la libertad en guerra perpetua en pos del universalismo. De la lectura de los textos del filósofo alemán se deduce que alejado de este pacifismo benévolo surge un pensamiento de corte redentor y totalitario sobre el que se asienta, desde el siglo XVIII el liberalismo burgués, un rancio integrismo que la historia debería superar.

Se nos muestra la figura de Immanuel Kant (1724-1804) como apóstol de la paz, modelo de virtud ante las guerras divinales y permanentes que todavía nos atosigan dos siglos después de la publicación de su brillante esbozo filosófico Hacia la paz perpetua, donde se puede leer:

Los Estados con relaciones recíprocas entre sí no tienen otro medio, según la razón, para salir de la situación sin leyes, que conduce a la guerra, que el de someterse a leyes públicas coactivas, de la misma manera que los individuos entregan su libertad salvaje (sin leyes), y formar un Estado de pueblos (civitas gentium) que (siempre, por supuesto, en aumento) abarcaría finalmente a todos los pueblos de la tierra.

En contraste con aquel virtuoso deseo, en sus Reflexiones sobre filosofía moral,  I. Kant afirmará premonitoriamente:

La guerra no puede ser evitada sino por medio del auténtico republicanismo de un Estado poderoso, y sin eliminar la guerra no hay progreso posible; sin embargo, la propia guerra tiende al republicanismo y acaba por engendrarlo.

¿Sería la guerra un monstruo a evitar o, sin embargo, tal y como parece deducirse de las últimas palabras de Kant, un instrumento de la providencia al servicio del republicanismo o del buen gobierno?

Resulta obvia la baja estimación de Kant por la guerra. No por sus muertos ni por sus violencias, sino por sus devastaciones materiales y sobre todo, por ser una forma de dirimir controversias no sujeta a razón o normas. Kant se rebelará contra la guerra en su Estado ideal no tanto porque produzca dolor, sino por ser un instrumento de destrucción material incompatible con un nivel elevado de progreso moral y cultural de la humanidad. No obstante, la defenderá como comadrona de la historia en ese camino arduo hacia su Estado cosmopolita,

Así pues, dado el nivel cultural en el que se halla todavía el género humano, la guerra constituye un medio indispensable para seguir haciendo avanzar la cultura; y sólo después de haberse consumado una cultura –sabe Dios cuando– podría sernos provechosa una paz perpetua, que además sólo sería posible en virtud de aquella.

Quienes confían en la antinomia de la guerra y de la paz, a la guerra global y permanente en la que la democracia norteamericana nos ha embarcado le correspondería el antídoto de la paz perpetua que Kant nos promete al final de su túnel: un Estado bueno y avanzado que justificaría las atrocidades del pasado siempre que hayan servido para su feliz advenimiento. ¿Coincide esta interpretación con la ética idealista de Kant? ¿Toda ética idealista mancha sus manos en guerras justas? ¿La defensa de la humanidad necesita de la guerra? ¿La guerra ideal en defensa de los derechos humanos resulta indispensable para avanzar hacia la paz global bajo la égida de la democracia?

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EL ARTE DEL ENTRENAMIENTO – PARTE V

LA RESISTENCIA AERÓBICA

La principal y más definitoria característica de un corredor de larga distancia es la resistencia aeróbica. Se podría definir como la capacidad que posee una persona de extender en el tiempo un esfuerzo o un ritmo de carrera. Tradicionalmente se la ha relacionado con la máxima capacidad que posee el organismo para mantener un metabolismo aeróbico, y por tanto, y tal como se puede leer en muchos sitios, su máximo potencial vendría definido por la capacidad máxima de consumo de oxígeno medido en una prueba de esfuerzo (VO2max). Pero como se ha comentado con anterioridad, los músculos nunca, incluso durante los esfuerzos más extenuantes, están sometidos a déficit de oxígeno, y por tanto, la capacidad de resistir, depende también de otras variables fisiológicas diferentes al VO2max.

La resistencia aeróbica es una capacidad básica cuyos frutos derivados del entrenamiento empiezan a verse pronto, pero cuyo máximo desarrollo debe esperar al menos 10 años. Son muchas las transformaciones que se producen en nuestro organismo para dotarse de resistencia. Todas ellas son muy importantes, algunas se expresan fácilmente a través de indicadores fisiológicos, pero otras no resultan tan fácilmente aprehensibles, pero lo más destacado de todo es que el patrón de mejora no es común a todos los atletas, aunque hayan realizado el mismo entrenamiento.

Ya se han comentado algunos de los cambios fisiológicos de los que depende esta capacidad, y en la literatura puede encontrarse amplia información al respecto: tamaño del corazón y disminución de pulsaciones en reposo, densificación de la red de capilares, incremento de las mitocondrias, cambios enzimáticos, etc. Adaptaciones que una vez alcanzadas pueden mantenerse por mucho tiempo.

Puede consultarse: “El arte del entrenamiento – Parte I”“El arte del entrenamiento – Parte II”,
“El arte del entrenamiento – Parte III” y “El arte del entrenamiento – Parte IV”

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+VERSIÓN ORIGINAL

En el post “Versión original” traté el tema de la interpretación musical, como la única forma de transmitir el arte de una partitura, que nunca podrá contener todos los elementos que el compositor tenía en mente a la hora de crearla. Afirmaba lo siguiente: “El oyente, el receptor del arte musical, no lee la partitura para captar el mensaje, sino que debe escuchar a un intérprete, a diferencia del visitante de un museo, o del lector de una novela, que ante sí tienen la obra confeccionada por el artista. En cambio, el pentagrama no es la obra artística que se aprecia, sino la escritura aproximada de lo que el autor concibió y que posteriormente un artista interpretará ante un auditorio. En el arte musical, diríamos que existen dos interpretaciones, la del artista que hace de intermediario entre el autor y el auditorio, y la propia del oyente, similar a la que se da ante un cuadro o una escultura”.

Recientemente he concluido la lectura del siguiente ensayo de Alessandro Baricco, “El alma de Hegel y las vacas de Wisconsin”, donde el autor italiano de la novela Seda nos habla también de la interpretación musical, un capítulo que comienza con la siguiente frase de T. Adorno: “Las obras de arte, y especialmente aquellas de suprema dignidad, aguardan su interpretación. Si en ellas no hubiera nada que interpretar, si ellas nada más estuvieran, la línea de demarcación del arte se borraría”. El pensador alemán se refiere a cualquier arte, no sólo al musical, y nos dice que su grandeza reside en ser un recipiente que por poder contener diferentes esencias se convierte en un objeto imperecedero y valioso. La obra de arte, por ello, no acontece en su versión original, sino sobre todo en las interpretaciones que a lo largo de la historia han ido colmándola de sentido y de contemporaneidad. Porque como dice Baricco “(…) ninguna obra de arte del pasado nos es entregada como era en su origen: a nosotros llega como un fósil con incrustaciones de sedimentos coleccionados en el tiempo”.

“No existe un original al que permanecer fiel”, afirma provocativamente el pensador italiano, y también intérprete musical,ya que la obra artística moriría transformada en mera cosa si no fuera capaz de suscitar nuevas interpretaciones y eludir la auto-referencia gracias a los lectores y los artistas que la interpretan insuflándole vida a través de los siglos. Y en concreto, al referirse a las obras musicales, añade que ese temor reverencial a traicionar el original ha cercenado la capacidad de la música clásica para situarse en la modernidad, porque “el deber de transmitir censura el placer de interpretar”. Y reivindica ese oxímoron de la originalidad al que me refería cuando destacaba esa doble dimensión de original como verdad (autenticidad) y novedad, ya que, cómo se puede ser fiel al original sin traicionarlo de algún modo con una interpretación también original por novedosa. “Advertir de una vez por todas al público de la música que el original no existe. Que el verdadero Beethoven, admitiendo que se pueda hablar de un verdadero Beethoven, se ha perdido para siempre. La Historia es una cárcel de amplios vanos. Aquí se sigue haciendo de carcelero de un prisionero que se evadió hace ya tiempo”.

Pero lo que me parece más interesante del esfuerzo de Baricco por elucidar el significado de interpretar en la modernidad, se encuentra en la parte final de su texto, cuando refiriéndose al gran intérprete del piano que fue Glenn Gould, reivindica “el derecho a la violencia de la interpretación” en contraposición al “recurso al famoso sentimiento” de la interpretación, ya que “en la verdadera y auténtica interpretación lo que sucede es la póstuma reinvención de la música, no la expresión de los sentimientos del ejecutante”. Podría parecer un contrasentido que hable de “violencia”, y que acto seguido repudie el “sentimiento”. Pero yo creo que el italiano lo que en realidad está reivindicando es la violencia racional y no la libertad subjetiva del intérprete avalada por sus propios sentimientos. El intérprete debe hacer sentir al auditorio, pero los latidos no deben ser los suyos, sino los del compositor que creó la obra. Como dice Baricco, parece absurdo, pero refiriéndose a Gould otra vez, “la escritura musical, para él, era una colección de indicios con lo que remontarse a las ambiciones, escondidas, de la música. Esto le conducía obviamente muy lejos, lejos de cualquier literal fidelidad a los textos. Y, a pesar de todo, precisamente en ese ‘lejos’, a menudo encontraba la más íntima proximidad al secreto de un texto musical. Este absurdo es la lección, valiosa, que él ha dejado”.

Toda obra de arte esconde un secreto, un misterio que cada intérprete y época debe descubrir con la piqueta de su original versión o interpretación. Esta violencia que descubre y muestra la obra la está reinventando como la paráfrasis o la parodia de un texto o pentagrama de ayer que debe ser comprendido hoy. Y esta comprensión la realiza el oyente, claro está, a través del disfrute y gozo que le procura una interpretación que le ofrece la obra en la contingencia de nuestro mundo, no como una reliquia, sino como algo vivo y poliédrico.

Concluyo con la siguiente frase de Baricco, que esconde también un mensaje profundo y veraz, que creo no podrá ser comprendido a menos que lo experimentemos nosotros mismos delante de una obra musical de la llamada tradición clásica: “(…) no es el intérprete el que es libre: es la obra la que, a través del acto de la interpretación, se hace libre. Libre de la identidad sobre la que la tradición la ha inmovilizado. Libre de reinventarse según la dinámica del tiempo nuevo que encuentra. El intérprete es el instrumento, no el sujeto, de esa libertad”.

EL ARTE DEL ENTRENAMIENTO – PARTE IV

LA PERIODIZACIÓN, LA ESPECIFICIDAD, LA INDIVIDUALIZACIÓN Y LA PROGRESIÓN EN EL ENTRENAMIENTO DE RESISTENCIA

Recapitulemos conceptos e ideas para intentar obtener unas recomendaciones y principios generales sobre cómo programar el entrenamiento la resistencia:

  • Nuestro objetivo deportivo consiste en retrasar y soportar la fatiga.
  • La fatiga aparece por varios factores: por falta de combustible, por incremento de la acidez muscular (acidosis), por deterioro de las capacidades elásticas y de fortaleza de los músculos, por riesgos homeostáticos y de isquemia cardiaca, etc.
  • El motivo tradicional de la fatiga, la acumulación de lactato en sangre, debe ser reconsiderado.
  • El lactato es un combustible que reduce la fatiga por acidosis, que se produce sobre todo cuando el músculo es requerido con intensidad para correr a un ritmo elevado.
  • El mal llamado metabolismo anaeróbico no se produce porque el músculo no tenga oxígeno suficiente, sino porque el músculo necesita generar mucha energía en poco tiempo, y como consecuencia genera lactato, que no es un residuo, sino un combustible que el organismo utiliza para generar más energía.
  • Lo esencial del entrenamiento de resistencia no es evitar la generación de lactato, o aprender a convivir con altos niveles de concentración en sangre, sino enseñar al organismo a consumirlo con eficiencia.
  • La concentración de lactato en sangre es fruto de un balance entre unas fuentes de lactato y unos sumideros, lo importante es el equilibrio: para ir rápido hay que generar lactato, por tanto, incrementemos la capacidad de nuestros músculos para consumirlo con rapidez y mantener el balance.
  • Todas las fibras de un determinado músculo no trabajan del mismo modo, existe una especialización que depende de la genética y del entrenamiento.
  • Un fin básico del entrenamiento de la resistencia consiste en conseguir que el cerebro reclute el mayor porcentaje de fibras musculares, para conseguir mayor potencia y retrasar la fatiga.
  • La resistencia atlética, es decir, la capacidad para poder mantener un ritmo lo más elevado posible durante un período dilatado de tiempo (o distancia), depende de la fuerza muscular, la velocidad máxima, la economía de carrera y la capacidad aeróbica, como componentes básicas del entrenamiento.
  • Pero para realmente conseguir incrementar nuestra resistencia debemos ser capaces de mantener la fuerza y la velocidad, además de la economía de carrera, durante un tiempo dilatado, es decir, conseguir un equilibrio entre trabajo y potencia, o lo que es lo mismo, capacidad aeróbica y velocidad, propias de la prueba atlética a la que nos queremos enfrentar.

Casi todos los programas de entrenamiento modernos se basan en los conceptos de la periodización, la especificidad, la individualización y la progresión. Es decir, las rutinas de trabajo no son constantes en el tiempo (periodización), las sesiones de entrenamiento poseen un objetivo claro en relación con las componentes de la forma física (especificidad), todos los atletas son diferentes en cuanto a forma física y capacidad de adaptación (individualización) y finalmente, el entrenamiento de las capacidades debe intensificarse en el tiempo para conseguir mejoras y adaptaciones duraderas acordes con el objetivo atlético (progresión).

Puede consultarse: “El arte del entrenamiento – Parte I”“El arte del entrenamiento – Parte II”
y “El arte del entrenamiento – Parte III”

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NUEVA LUZ SOBRE EL NEOLÍTICO … Y LA AGRICULTURA

El domingo leí en EL PAÍS un artículo excelente sobre la clase política española, a la que califica de “élite extractiva”, aludiendo al trabajo de Acemoglu y Robinson en su libro Why the nations fail? (¿Por qué fracasan las naciones?), donde se afirma que las élites extractivas se caracterizan por no generar riqueza, sino por crear todo un entramado institucional y  clientelar con el objetivo de captar/robar las rentas de la ciudadanía en su propio beneficio. Ambos autores publican un blog en el que encuentro información relevante sobre el nacimiento de la agricultura y su relación con la cultura, el sedentarismo y la religión, datos que arrojan luz sobre el post que titulé ¿Por qué agricultores?”, y en el que hablaba sobre la revolución neolítica y la razón por la que se extendió entre los cazadores-recolectores la “nueva” tecnología agrícola.

Se considera que la revolución neolítica y la agricultura permitieron el sedentarismo, posibilitaron la creación de estructuras políticas estables, el desarrollo de la cultura y de la ciencia, y la construcción de grandes ciudades y templos. Es decir, se suponía que únicamente cuando el ser humano pudo basar su subsistencia en la predecibilidad y mayor productividad de las tierras de labor, fue capaz diversificar la sociedad en clases y en élites que no sólo podían sobrevivir del excedente agrícola generado, sino  que se encargaban de su reparto entre los miembros de la sociedad. Pero en el mencionado blog los autores nos informan de las investigaciones arqueológicas en torno a la ciudad  de Göbekli Tepe, un gran centro ceremonial y arquitectónico que denota un complejo entramado urbano ya construido en Turquía hace 11.600 años, es decir, en plena revolución neolítica.  Denotan los investigadores, en un artículo publicado en National Geographic, que han comprobado que la la sociedad compleja y avanzada que la pobló no se dedicaba a la agricultura sino que seguían siendo cazadores -recolectores: “These people were foragers, people who gathered plants and hunted wild animals. Our picture of foragers was always just small, mobile groups, a few dozen people. They cannot make big permanent structures, we thought, because they must move around to follow their resources. They can’t maintain a separate class of priests and craft workers, because they can’t carry around all the extra supplies to feed them. Then there is Göbekli Tepe, and they obviously did that.”

Es decir, que la agricultura no se desarrolló únicamente por el hecho de haber sido inventada, sino que se expandió en atención a objetivos culturales, religiosos, y como afirman los autores de Why the nations fail?, institucionales, o políticos. Y por tanto, que la cultura y el desarrollo tecnológico y humano pueden darse en ausencia de agricultura, que no se precisan determinados saltos tecnológicos inexorables para alcanzar el bienestar, sino que existen caminos alternativos que por no haber sido aún transitados por la humanidad no deberían ser ni excluidos, ni tachados de lesas alucinaciones.

EL LIBRE ACCESO AL AGUA

El conflicto alrededor del procomún continúa, como una de las grandes luchas del siglo. Desde el siglo XIX la usurpación paulatina de los bienes públicos por el poder económico ha desposeido a la ciudadanía de poder participar de su usufructo y por contrapartida, sufrir los efectos de su deterioro y contaminación. El proceso comenzó con las tierras comunales, continuó con la naturaleza y sus recursos, y en la actualidad se agudiza con el expolio de la cultura, el arte, la ciencia o la salud. En este artículo, “El libre acceso al agua”,  publicado en la revista “ARCHIPIÉLAGO: cuadernos de crítica de la cultura”, en diciembred e 2007, analizo este proceso en el caso de los recursos hídricos.

“La mayor parte de los códigos legales del agua la reconocen como pública, un bien de titularidad estatal, pero sin embargo el agua está de hecho privatizada en muchos países por dos razones, fundamentalmente: por regímenes concesionales (de uso y disfrute) configurados no con criterios públicos sino en beneficio de minorías poderosas que ejercen su control sobre el agua a través de tecnologías de regulación; y por el escaso control público de la contaminación de las aguas, que las convierten en peligrosas o inservibles para otros usuarios. El concesionario y el contaminador se erigen, por tanto, en propietarios de unas aguas que sólo el papel mojado de la ley reconoce como públicas. Por tanto, es la perversión de lo público, la corrupción del Estado como garante del bien público, el que está provocando la conversión del agua en un bien privado y por tanto, que haya ciudadanos que no puedan ejercer su derecho humano al agua. No es el rigor del clima, ni la aridez del territorio, ni la irregularidad de las precipitaciones, sino acciones humanas concretas las que convierten el flujo del agua pública en un bien privado que sólo queda disponible para terceros en la medida en que los que detentan el poder de regulación la usan cuando y cómo lo desean y la dejan escapar como un vertido de aguas residuales que otros situados aguas abajo, en función de su caudal y de su calidad, podrán o no utilizar”.

Puede consultarse: “Dilemas de la gestión pública del agua” y “La privatización del agua”

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EL ARTE DEL ENTRENAMIENTO – PARTE III

VARIABLES Y COMPONENTES DEL ENTRENAMIENTO DE RESISTENCIA

Hasta ahora (capítulo 1 y capítulo 2)  hemos visto que el objetivo del atleta de resistencia consiste en saber convivir con la fatiga, en conseguir que ésta sea compatible con su objetivo de rendimiento deportivo. También que existen diversos modelos explicativos de la fatiga y que el tipo de entrenamiento más eficaz está fuertemente influido por ellos. La mayoría de los atletas populares nos auto-entrenamos y por tanto, que resulta imprescindible contar con modelos explicativos del rendimiento deportivo que nos permitan entender las consecuencias de nuestras rutinas de entrenamiento con el fin de ejercitar las más eficaces para alcanzar nuestros objetivos deportivos. Y finalmente, que en virtud de los éxitos de los atletas africanos, y de las últimas investigaciones sobre fisiología del ejercicio físico, se está configurando un modelo de tipo holístico que entiende el rendimiento como algo complejo que hay que lograr por medio de una serie de pautas que a continuación intentaré explicar.

Antes de proseguir, me gustaría aclarar una serie de conceptos de mecánica física, ya que resulta imprescindible conocerlos para entender los diferentes tipos de entrenamiento deportivo de la resistencia. Son los conceptos de fuerza, potencia y trabajo (o resistencia).

La fuerza es lo que hace posible el cambio, es decir, que se inicie, se pare o se acelere el movimiento de un objeto. Como corredores estamos interesados en el movimiento, luego debemos saber algo de las fuerzas de las que depende. Estamos quietos, de pie, nos dejamos caer hacia delante y adelantamos un pie para no caernos: se inicia la carrera. Comprobamos que la primera fuerza en aparecer es la gravedad. Como dicen los indios tarahumaras, correr es un caer controlado. Correr significa, ante todo, sacarle el máximo partido a la fuerza de la gravedad. Porque cuando caemos desequilibrados hacia delante, y adelantamos un pie para no caernos, cuando éste se apoye en el suelo recibirá su correspondiente reacción. El que ante esta fuerza reactiva nuestro pie sea capaz de comportarse lo más elásticamente posible, dependerá la eficacia de nuestra carrera. Si apoyamos el talón, nos frenaremos, si en cambio, apoyamos el metatarso, el talón de Aquiles se comprimirá como un muelle y rebotaremos, saliendo despedidos del suelo de forma casi elástica. Y digo casi porque a pesar de la perfección con la que está hecho el pie, siempre aparece una pérdida de energía, que junto con la del rozamiento del suelo, del aire y de nuestros propios músculos, habrá que compensar con un suplemento de fuerza (de energía) que aporta nuestro organismo para continuar en movimiento y poder correr a velocidad constante. Si no hubiera entropía, podríamos correr sin esfuerzo, pero por desgracia debemos agregarle a la energía gravitatoria nuestro propio esfuerzo o trabajo de resistencia física para mantenernos en movimiento constante durante la carrera.

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