ALIMENTACIÓN Y AGRICULTURA: ÉTICA, GUERRA, POLÍTICA

Acabo de concluir la lectura de tres libros que tratan el tema de la agricultura y de la alimentación, de nuestra salud y también de la del planeta:

  • Walden Bello. 2009. The food wars. Verso books.
  • Lierre Keith. 2009. The vegetarian myth: food, justice and sustainability. Flashpoint press.
  • Marion Nestle. 2007. Food politics. University of California press.

Creo que los tres resultan complementarios y aportan una visión amplia sobre la alimentación, el papel de la agricultura y nuestra salud. En concreto, los tres encaran, desde distintas perspectivas, el papel que las grandes multinacionales alimenticias están desempeñando en las crisis alimentarias, en la alimentación del futuro y sobre nuestro bienestar.

Fueron Pimentel y Giampietro quienes en el año 1994 evaluaron el balance energético de la agricultura moderna y popularizaron la famosa frase de que estamos comiendo combustibles fósiles, en alusión al progresivo incremento del consumo energético exógeno realizado en la agricultura moderna por el uso intensivo de fertilizantes, pesticidas, maquinaria, etc., productos que emplean  ingentes cantidades de productos petrolíferos. En aquel entonces, consignaron que entre los años 1945 y 1994  la energía consumida en la agricultura mundial se había multiplicado por 4, mientras que la producción sólo se había triplicado. En concreto, en la agricultura de Estados Unidos evaluaron que para obtener 1 kcal de comida se necesitaba 0,7 kcal de energía fósil (1 kcal si se le agrega el transporte dentro de la parcela, la electricidad, las labores de mantenimiento y el secado de la cosecha; y mucho más si se le añade el empaquetado,  la refrigeración, el transporte al comercio y el cocinado). Es decir, la agricultura moderna incrementa la productividad por hectárea cultivada, pero a costa de tener que inyectar enormes cantidades de petróleo. Ello plantea, por tanto, la sostenibilidad del modelo imperante en relación con el incremento del precio de la energía fósil, el efecto invernadero y el aumento de la población.

El modelo agrícola actual no sólo se describe por sus balances energéticos, sino también por sus impactos ambientales, por su relación con el agrobusiness y las políticas de ocupación de la tierra, precio, subvenciones, etc. Y claro está, con la salud, en la medida en que ella depende de cuántas calorías se insumen y de su calidad. Sobre todos estos temas tratan estos trabajos, que creo aportan unos elementos de reflexión oportunos y útiles para encarar el futuro de la alimentación humana.

Todavía existen en el mundo variados modelos de producción agrícola. Tienden a imponerse los modelos de tipo intensivo, al estilo de los preconizados por la Revolución Verde, e intentan abrirse camino alternativas de tipo orgánico o ecológico, o revoluciones basadas en las biotecnologías y en los cultivos modificados genéticamente. Pero como W. Bello destaca, la capacidad de un Estado para alimentar a su población no depende exclusivamente de la tecnología agrícola empleada, sino también de toda una suerte de decisiones económicas y políticas relacionadas con el comercio exterior, las tasas de cambio, las subvenciones, los acuerdos internacionales, la tenencia de tierras, la política de precios, etc. Por esta razón,  muchos países pobres, que hace unos años eran capaces de alimentar a su población con sus propias cosechas, actualmente necesitan importar la mayor parte de lo que sus ciudadanos consumen, fenómeno que no depende tanto del incremento de su población, cuanto de las políticas agrícolas desarrolladas. Téngase en cuenta, como se aprecia en la figura, que la producción de alimentos per cápita ha crecido de forma sostenible, incluso en mayor proporción en los países menos desarrollados, sin embargo, el hambre y las crisis alimentarias no se han reducido.

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DILEMAS DE LA GESTIÓN PÚBLICA DEL AGUA

En el año 2002 tuve la fortuna de poder participar en el proyecto europeo WaterTime: improving the quality of urban life through sustainable decisión-making on city water system reform”. Esto me dio la oportunidad de conocer a David Hall, de la Universidad de Greenwich, y el PSIRU (Public Services International Research Unit), especializado en investigar los procesos internacionales de privatización de servicios públicos, y en concreto, los de suministro de agua a las ciudades.

En aquel entonces publiqué varios artículos al respecto, entre ellos “Dilemas de la gestión pública del agua”. Creo que gracias a aquellos trabajos de investigación y sobre todo, a la labor política de tantos colectivos sociales, se pudo frenar la privatización del Canal de Isabel II en Madrid, ejemplo de lucha contra otros tantos intentos de usurpación.

Puede consultarse “La privatización del agua”

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POR MAYO

Aurora subía por la calle Segovia, y al pasar entre dos coches aparcados algo la sobrevoló y se estrelló contra el adoquinado. Las carrocerías, su camisa blanca recién planchada, todo se manchó. Pero continuó como si nada fuera con ella, ensimismada y pensando en sus cosas.

Otra persona se habría asustado, y al momento, sentido un repentino alivio por haber salvado la vida por tan poco: apenas el tiempo justo para lanzar una limosna y sobrevivir al aplastamiento. Si no hubiera advertido al mendigo, pensó más tarde, Jesús habría conseguido su macabro propósito.

Le preguntaron demasiadas cosas, los escombros de una trama que Aurora aún no había logrado recomponer, pero cuyos elementos más insignificantes y personales tampoco deseaba dar a conocer a nadie. Por eso calló o mintió, prestando apenas atención a la mayor parte del interrogatorio. Sin embargo, le chocó la insistencia del policía en añadir, siempre que hacía mención al día de autos, que era también el día de la Virgen de Fátima, el 13 de mayo.

A pesar del lugar, y del momento, no perdió la sonrisa. Recordaba a los tres pastorcillos de Cova de Iria arrodillados ante la aparición y su cónclave de rosas y de azahares, aquel soto de adelfas propiedad de cabras y lagartos, y convertido pocos años después en el santuario mariano que visitó, durante unas vacaciones veraniegas, con el centro de menores.

Nadie consiguió saber por qué se suicidó aquella mañana de mayo. Poco después se derrumbaría el muro de Berlín, pero unos minutos antes, Aurora estaba probándose unos pantalones y se miraba en el espejo de la tienda, preguntándose la razón de su reencontrada esbeltez, si debida al corte de la prenda o a la engañosa convexidad de los espejos del probador. Ahora constataba la obscenidad de los teólogos, que tras largos años de cavilaciones alrededor de aquel suicidio y posterior resurrección, todavía no hubieran sido capaces de proclamar un juicio verídico y creíble sobre lo realmente acontecido aquel 13 de mayo. Poco le importó entonces aquel objeto sobrevenido del cielo, porque su pensamiento se lo dedicaba a Jesús, a sus palabras del día anterior, esas razones conocidas desde el principio, pero sólo ayer tan importantes como para convertirlas en la coartada de su separación. Pero la había llamado y eso fue lo más sorprendente.

Estaba triturando los pepinos y los tomates del gazpacho, y desde la habitación contigua le vino la noticia, anunciada en el momento en que empezó a sonar el teléfono, el hecho inverosímil, pero largamente esperado, de la apertura de la tercera plica. Justo cuando accionaba la máxima velocidad de la turmi, oyó la espeluznante narración del tercer misterio de la Virgen de Fátima, desvelado a las 12 de esa mañana ante un nutrido y selecto grupo de teólogos y ministros de la iglesia, los cuales, y a pesar de la insistencia de los periodistas apostados a la puerta del santuario mariano, se negaron a desvelar la incógnita del mensaje recibido por los pastorcillos portugueses: “El Papa, conectado vía satélite, recibió una honda impresión, y en estado de gran excitación, se recogió en sus aposentos e ingirió una infusión de pétalos de adelfas seleccionadas de sus jardines en Castelgandolfo. A pesar de los estragos del veneno, aparecerá en San Pablo para anunciar al mundo el divino mensaje”. El teléfono insistió de nuevo. ¿Y si fuera de verdad el fin del mundo?

Era indudable. Como afirmó el policía, podría haber hecho algo por evitar su muerte. Quizás una mirada de compasión habría aligerado su dolor. Pero en aquel momento no sintió piedad, sino desprecio hacia aquel objeto que le había salpicado su camisa recién planchada. Iba al encuentro de Jesús y llegaba tarde a la cita, por eso saltó sin rubor por encima de él y sin mirar atrás, siguió su marcha sin desdoro subiendo por la calle Segovia, hacia el hito que todos los años concita a tantos maratonianos cuyos sudores drenarán hasta el cercano Manzanares, ese río andrógino importador de percas y patos estériles en cuya ribera tantas veces Aurora había visitado al santo patrón, junto con las otras niñas del colegio, y donde, en una verbena, satisfizo por primera vez su apetito de churros, coches de choque y helados venecianos. Desde ese hito, sudor de sus sudores también aquella mañana de mayo, volvió a mirar aquel río y pensó en su virgo también transportado aquel lejano día hacia las aguas del Atlántico, y ofreció su risa burlona al panorama, y al sonido y las luces de las ambulancias que en ese momento despachaban los restos de Jesús.

Ahora, detrás de la mesa y ante las magdalenas y el cola-cao ya frío, espera una señal del más allá, un rayo cegador que al fin la despierte y le traiga la comprensión de lo ocurrido aquella mañana de mayo. Porque del policía, más allá de sus ojos verdes y del moscardeo del disco duro del ordenador, no pudo averiguar nada, apenas unos datos sobre unos hechos tan fríos y alejados como para ella lo fueron, en la escuela, la tumba de Tutankamon o la erupción del Cracatoa, poco más que un bello rostro de oro y un volcán balbuciente fotografiados y olvidados en la casa de la abuela, de esa señora madre de su padre, a cuyo veredicto la llevaron y que nunca más volvió a ver: eso fue para ella la familia, el albañal donde fue arrojando la buena voluntad y la caridad de las personas buenas.

Unos días antes había estado ante otra efigie de la buena nota, otro mecano de la elegancia que barajaba las aceitunas del marie brizard mientras le contaba historias apasionantes de su Jesusete, salpimentadas de llamadas al orden y al decoro, a una moral de la que “la pobre Aurora” debía dar ejemplo, si no por propia voluntad, al menos por agradecimiento, y sobre todo, por sus nietos, los hijos de Jesús, tan necesitados del rol paterno en un momento tan crucial de sus pequeñas existencias. Podía ver la entrada a las cocinas, a su derecha los espaguetis carbonara, al maitre acercándose con la carta, el brillo del gres, mientras arrugaba el mantel con sus uñas rotas, sus yemas ásperas, pensando en el culito suave de los hijos de Jesús, la colonia y el olor a champú, y a la vieja que tenía enfrente agachándose con sus tetas descolgadas y las arrugas del escote sobre el que destacaría el collar de perlas meciéndose ante la vista de los niños. Pero tenía que pedir su plato, y dudar, como le habían enseñado, entre dos opciones cualesquiera, la ofrenda de su sacrificio ante aquel oráculo de la decencia y de la higiene social. Comer mientras se pregunta por qué vine, qué hago en este sitio, para qué tantas palabras, cómo huir, y sobre todo, qué hacer para no sufrir más la cháchara de la virtud, pero continuó allí hasta el final, el helado de frambuesa y el café, y la tarjeta de crédito sobre la bandeja de alpaca, “y ya te puedes ir, cielo, que yo me quedo aquí con unas amigas”.

–                Te creerás un santo, verdad. Tu madre aparece de pronto, me lleva a un restaurante, me habla de buenas costumbres, de caridad, y después me tira con la conciencia hecha un higo. Pero yo tengo que seguir comiendo, sabes, y ya estoy harta de gazpacho y de miseria. ¿Se puede saber para qué llamas?

Le esperó mucho tiempo, no más del habitual, sentada en el escalón de un portal. Vio la vida, y a sí misma contemplando la corriente solidificada de la calle, sus recuerdos acercándose desde el fondo oscuro de la portería montados en una brisa fresca, y a él, que no llegaba, con su bata azul de pie ante ella, diciéndole “tranquila, no te preocupes, pronto terminamos”; su seguridad, la luz que como un aura dejaba en la sombra su cara, el instrumental aséptico, sus guantes de látex actuando entre sus piernas abiertas, su vista fija en el vértigo que aquel día se anunció con un gesto o un roce, quién sabe, quizás en el miedo o en la insolencia velada tras de su rostro aún púber, o en ese aire que entró en ella cuando él se apartó de la luz.

Le exigen respuestas, como si las conociera. No sabe por qué volvió y se interesó por ella entre tantas otras. Ese médico joven y atolondrado que hacía bromas y desconocía la protección de la distancia y de la seriedad, de la palmadita en la espalda y las palabras vacías. Pero el policía insistió tanto en los pinchazos del brazo.

–                No sé nada de eso.

–                ¿Y nunca te fijaste en sus venas?

¿Cómo se iba a fijar? Se veían ya tan furtivamente.

Aquella mañana de mayo se descoyuntó el orbe, y ella debía ser la culpable, no porque la razón exigiera una causa, sino por culpa de la virtud, en particular, de ese proyecto de vida ejemplar de cuyo traspié ella debía ser, por necesidad, la causante. No por su mente, ni por su dolor, tampoco por su especial personalidad, sino por ese cuerpo de angosta y sucia lubricidad, por una coincidencia desafortunada que el tiempo magnificó hasta el descalabro final de Jesús bajo el puente de la calle Segovia.

Ella comenzó a ver la complicidad del mundo aquella noche en comisaría: alrededor de los hechos un hilo conductor, y un cuerpo amorfo, el de Jesús, tironeado por todos y sin voluntad para resistir, sobre todo, indefenso a su propio influjo. Cedió.

–                Y yo le dije, Jesús, necesito el abrazo más fuerte, una muestra de tu amor que no sólo yo sea capaz de ver. Y después nos vamos, huiré contigo, abandonaré todo, pero antes debes enseñarle al mundo cuánto me amas, hazlo por mí, Jesús, un último gesto desinteresado de amor.

–                ¿Y se mató por eso?

Necesitaba mentir para darse una tregua y poder pensar, mientras el policía escribe y apunta, en aquella llamada insólita, en la comida con su madre, y en su inquietud mientras subía por la calle Segovia. También en aquellos meses, no con objeto de ordenar los días en una trama, ni de intentar comprender sus motivos. Deseaba traer imágenes, ver, como si estuviera ocurriendo ahora, el día siguiente a la consulta, sus preguntas, la moralina como un escupitajo, sus manos tan blancas y cuidadas, el insulto de su pose suave, del flequillo liso y despeinado sobre su ceja, las primeras sugerencias, ese velo grasiento sobre sus proposiciones, las palabras rebuscadas, y la libertad, esa palabra nunca dicha, pero siempre presente durante los primeros días, esa posibilidad latente de huir pasando necesariamente por el asiento trasero de su coche.

–                No, nunca le robé. Me lo daba porque él quería, sin nada a cambio, era su forma de querer.

Pero el policía continuó.

–                ¿Y la casa?

–                ¿Qué pasa con la casa?

–                Que él te pagaba el alquiler.

–                ¿Quién lo dice?

–                ¿Y de dónde sacabas el dinero entonces?

–                ¿A ti qué te importa?

–                Vamos, bonita, dime de qué vivías.

–                Todavía vivo, ¡eh!

–                ¿Y la comida, la ropa?

–                Tú sabrás, ¿no lo habéis registrado todo? Dímelo tú, por qué ese cabrito, con toda la pasta que me dijo su madre que tenía, iba a pagar un cuchitril como ése.

–                Dímelo tú.

–                Pues no lo pagaba, y tampoco los tomates, ni el pepino.

–                Y dejaste la tele encendida.

–                No me acuerdo.

–                ¿qué veías?

–                Cualquier cosa.

–                ¿No escuchaste las noticias? Era la hora de comer cuando te llamó, ¿no?

–                ¿Qué noticias?

–                Lo sabe todo el mundo, los pastorcillos, la virgen …

–                ¡Venga ya!

–                Los rojos lo tienen crudo, ¿no lo sabes?

–                ¡Y qué me importa!

–                El Papa lo dijo.

–                ¿No se había suicidado?

–                Antes consiguió desvelar el tercer secreto, ¿quieres que te lo cuente?

¿Por qué se iba a negar? Era el juego, otro juego, una novedad en el tedio de las clases y de los asistentes sociales, salir con uno de ellos, con un señor decente de risa fácil y de modales absurdos. Todo había sido tan necesario como perder la familia, tomar pastillas, robar o sentarse todos los días en el pupitre, un acto más de la vida, otro elemento más del ambiente, qué importaba, el hecho era vivir, seguir adelante y no aburrirse.

Quizá fuera sus ganas de reír, su cuerpo, un primer deseo de ayudar, más tarde de comprender, y finalmente, de sufrir su displicencia, su abandono a cualquiera, su falta de razón al organizar su vida y preferir otras cosas y a otros, dejando siempre a Jesús en último lugar, a pesar de las indudables razones objetivas para haberlo aceptado sin pretextos ni objeciones. Quizás por todo ello y por su orgullo herido, Jesús no sólo la soportaba, sino que la acechaba sin tregua allí donde estuviera, construyéndose un entramado de excusas y justificaciones banales y totalmente ilusas con objeto de ocultar su debilidad y sobre todo, su vergüenza.

Pero Aurora nunca aceptó su dinero. Sin embargo, él iba obediente a comprárselo, a soportar las bromas de los camellos y finalmente, a robarlo del hospital, engañar, y acabar inyectándose para entender algo y estar tanto más cerca de ella cuanto alejado de sí mismo, de una Aurora que cuanto más hacía por ella más lejana parecía, insolente y malcriada. Ella no le despreciaba, nunca le insultó, siempre aceptaba su ternura, pero no reía con él, era como si no necesitara a nadie para divertirse, incluso cuando gritaba de placer bajo la insistencia de Jesús, éste no podía soportar su propia e innecesaria presencia y desasosegado comprendía el origen lejano del gozo de Aurora, esa perversión atávica y rancia no manifestada por actos concretos sino por desdenes y más aún, por omisiones insoportables para la buena educación de Jesús.

Al principio tuvo la impresión de estar haciendo algo bueno por aquella mocosa. Aunque nunca olvidara del todo la perversión nacida aquel día, cuando Aurora le miró entre sus rodillas y le preguntó “¿qué, contento, doctor?”. Las otras chicas habían estado cohibidas, alguna lloró al mostrar tan explícitamente su virginidad perdida, pero Aurora no. Tampoco estuvo insolente u orgullosa: era otro juego, una jugada más de la vida, otro acto necesario que había que aceptar con sana alegría y sin pretender mayores explicaciones. Pero ahora el policía se las estaba exigiendo, por primera vez en su vida, justificar seriamente sus actos para encadenar una razón coherente acerca de un vuelo que casi la había matado. Otros lo habían intentado antes, convencerla, hacerla recapacitar, afrontar los errores, encauzar su vida, soportar, reír y callar. El último había sido Jesús.

Hasta que llegó el día en que la propia Aurora ya no pudo soportar la hipocresía de un hombre que habiendo logrado acostarse con ella continuaba apostolando y no alcanzaba a ver que Aurora se habría ido con él desde el primer momento y sin mediar tanta palabrería. Fue entonces cuando en Jesús afloró el rencor y los celos. Había logrado ocultar la suciedad bajo su atávica hipocresía de niño bien, pero la basura había crecido tanto que era ya imposible no advertirla cuando merodeaba, sin objeto, entre una familia contra la que tropezaba como si las sillas estuvieran fuera de lugar. Y dejó la fundación, incrementó las guardias en el hospital, abandonó a los amigos, también las comidas una vez por semana en casa de su madre, en fin, todos los encuentros con aquellas personas cuya mirada pudiera sondearle.

Fue a partir de aquel momento -Aurora lo advertía ahora-, cuando él empezó a desintegrarse y a perder los últimos colores de su armadura de bufón. Pero ella no vaciló entonces ni un momento en asumir el papel de niña antojadiza y mimada, como si él hubiese sido el padre rico que le faltó. Y a cada intento de Jesús por recomponer su imagen, y sobre todo, su carisma, con un acto de reconciliación y de sinceridad, ella respondía con un mohín, una pataleta o una risa vacía, a cada ofrecimiento con una mueca de orgullo herido.

–                ¿Sabes lo que llevaba en los bolsillos?

–                No quiero saberlo.

–                Nada, no llevaba nada, ni clinex ni dinero. Fuimos a su casa, miramos en los cajones, encendimos su ordenador en el hospital y ¿sabes que encontramos?

–                No me importa.

–                Estaban vacíos, lo había tirado todo, y el disco duro, formateado. Siempre existen razones, y si no las hay, pues se inventan o se finge tenerlas. Todos los suicidas son unos exhibicionistas, tanto los que se suben a una torre, como los que toman veneno, porque siempre dejan un rastro, una prueba de su macabro farol.

–                Ya.

–                ¿Sabes lo que es un farol, no?

–                Me lo puedo imaginar.

–                Sesenta años esperando una respuesta, más de medio siglo de agua bendita y de plegarias en espera de la iluminación, y cuando tras hurgar en el refajo de la pastorcilla de Cova de Iria encuentran el tercer papelito y lo leen, ¿sabes lo que dice?

–                Todo el mundo lo sabe, lo han dicho por la televisión.

–                Ya, pero ¿tú lo entendiste?

No lo entendió, y aún menos por qué Jesús la llamó aquel 13 de mayo poco antes del almuerzo. Ahora todo tendía a convertirse en un proceso. Lo que fuera un mosaico roto y disgregado se hacía línea, o mejor, flecha. Aquello empezaba a tener, si no una justificación, por lo menos un sentido. Así lo vislumbró Aurora ante el escritorio del policía. Pero salió de allí y cuando al fin se encontró otra vez con las calles, ya no pudo regresar a su casa, porque recordó el gazpacho abandonado en la cocina y su agua transparente decantada en el fondo, y a ella como un grumo de sargazos flotando quieta en la superficie. Intentó recordar, entonces, de dónde venía, a dónde ir, cómo se llamaban sus padres, por qué la seguían llamando Aurora, quién era aquel ángel que la sobrevoló a las cuatro de la tarde, por qué Jesús, el amado Jesús, a pesar de todo su amor, no había intentado suicidarse sino asesinarla.

Las magdalenas siguen sobre la mesa. El halógeno del flexo las ilumina. Y desde la penumbra Aurora mira, sentada, mientras toca el borde del vaso. La mesa es un teatro, y el foco da luz a la escena, un sueño repetido día tras día desde aquella tarde de mayo: una idea insistente, unos hechos arremolinados, su conciencia deshecha en el ayer, desperdigada al borde de una cuneta cuyos bordes Aurora inspecciona para recobrar sus pertenencias, tan difíciles de discernir de las de otros. Recuerda los fotogramas de una película, y no logra olvidar los muertos dejados al borde de los caminos como una idea persistente de que la vida sigue y nada es capaz de entorpecerla. Pero Jesús es un árbol, una cruz siniestra atravesada en su vida. Y mientras siga mirando todos los días las magdalenas olvidadas sobre su mesa, dando vueltas en torno al borde del vaso en busca de alguna respuesta, no logrará escapar de sus ramas y como pájaro de piedra quedará tallada en la filigrana de sus bajorrelieves.

Había transcurrido demasiado tiempo desde que Dios muriera por mayo. Aurora no consigue recordar cuándo nació esta idea tan ridícula, pero ahora, sentada ante la mesa, siente el paso de las estaciones sin que su música le inspire respuestas. Se contempla mientras sube por la calle Segovia, su camisa recién planchada, y en su mente aquella llamada tan inesperada justo antes de haber sido anunciado el fin del mundo, un milagro que trastocaría su existencia, porque ese rayo tan esperado en su niñez, por fin había llegado en forma casi humana y ella se encaminaba hacia él, hacia Jesús una tarde de mayo, de tanta bondad henchido su corazón que se detuvo ante un indigente para dejarle unas monedas, pero el muy bestia intentó aplastarla como a una almendra y desde entonces, nunca le abandona la idea de que Dios por mayo se precipita contra la humanidad, y que sólo gracias a la obra benéfica de un mendigo podremos tener otra oportunidad y vivir, al fin, en un mundo vacío de virtud y de sanas intenciones.

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CRISIS, RESCATE Y AJUSTE

Me llama la atención la escasa originalidad con que se está abordando la salida de la crisis económica que padece nuestro país. Recuerdo la “crisis de la deuda” de los años 80 del pasado siglo, y los Planes de Ajuste Estructural que las instituciones de Bretton Woods (Banco Mundial y Fondo Monetario Internacional) impusieron a los países deudores del Tercer Mundo, y advierto una clara correlación con lo que se ha llamado las condiciones para el rescate de la economía española ante la presente crisis, también en esta ocasión emparentada con el problema de la deuda.

Hagamos un poco de historia e intentemos relacionar aquellos hechos con los presentes, alterando protagonistas y algunos vocablos. Durante los años 70 del siglo XX numerosos países recién descolonizados necesitaban invertir con el objetivo de impulsar el desarrollo económico. La banca privada internacional fue la que proveyó estos fondos, a unos tipos de interés muy bajos y con escasas garantías respecto a la real productividad de este dinero. Pensemos que tras el optimismo desencadenado por el éxito de las luchas anticoloniales, el Gobierno de Estados Unidos emprendió una cruzada internacional por conseguir que los Gobiernos populares vencedores fuesen depuestos por dictadores al servicio de los intereses norteamericanos. Fueron estos regímenes corruptos los que solicitaron estos créditos, que sirvieron, sobre todo, para financiar el consumo de lujo, las infraestructuras y construcciones faraónicas, el armamento y sus propias cuentas en paraísos fiscales, y no las bases de una economía sana, eficiente y productiva.

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VISIÓN DE LA CATEDRAL

Leer al neurólogo Oliver Sacks siempre reporta un gran placer. Tanto sus referencias autobiográficas, como la exposición de los casos clínicos a los que se ha enfrentado en su vida profesional, denotan la complejidad del cerebro y su aparente fragilidad, su plasticidad y capacidad para recuperarse tras una lesión.

Actualmente estoy apurando su libro Musicophilia, al que me acerqué creyendo que iba a contener su relación personal con la música, de similar modo a cómo narró en El tío Tungsteno su aprendizaje juvenil en el apasionante mundo de la química. Está más cerca aquél de ese otro tan sorprendente The man who mistook his wife for a hat (El hombre que confundió a su mujer con un sombrero), del tipo de los que narra cómo la capacidad perceptiva del cerebro se puede deteriorar o alterar como consecuencia de lesiones cerebrales, en concreto, cómo la percepción musical se aminora o pervierte en personas neurológicamente enfermas, ya sea por un trauma o por un deterioro del envejecimiento. Pero también cómo la música se convierte en un procedimiento terapéutico en el tratamiento de ciertas dolencias cerebrales. Lo atractivo de estas últimas lecturas consiste, creo yo, en que enseñan a comprender el funcionamiento correcto de nuestro cerebro al compararlo con los fenómenos anómalos, que lejos de ser una excepción o una rareza constituyen casos que se dan con una frecuencia mayor de la que suele pensarse.

En Musicophilia narra varios casos relacionados con la percepción del sonido y de los tonos musicales, en concreto, habla de alucinaciones musicales, del oído perfecto, de la imaginación musical, la amusia, la epilepsia musicogénica, la disharmonía, la sinestesia y la amelodía, entre otras muchas. Una de estas alteraciones me ha parecido especialmente sugerente, porque me ha recordado un relato que leí hace tiempo cuyo desenlace ahora he llegado a comprender mejor gracias a la lectura de este libro de Sacks. Se trata de nuestra capacidad estereofónica, diríamos mejor, espacial, de situar los sonidos en el ambiente tridimensional que nos rodea, y que procede tanto de la disposición de nuestros dos oídos, como de nuestra capacidad cerebral para integrar y situar las ondas sonoras en el espacio. Cuando una persona pierde la capacidad auditiva en uno de sus oídos, el sonido se hace plano y pierde la estereofonía. Sin embargo, y de ahí lo sorprendente, el cerebro, utilizando su memoria perceptiva tridimensional se reprogramará para acabar conformando una imagen cuasi tridimensional a partir de los datos procedentes del único oído sano.

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EL ARTE DEL ENTRENAMIENTO – PARTE I

INTRODUCCIÓN

Pretendo explicar mi experiencia como atleta que se auto-entrena para conseguir mejorar el rendimiento deportivo en actividades físicas de resistencia. No aspiro a otra cosa. Si este texto posee interés procede únicamente de ese hecho. He leído otras muchas experiencias, he reflexionado sobre ellas, algunas las he probado, y al final he alcanzado ciertas explicaciones y fundamentos que son los que voy a intentar transmitir. Puedo estar equivocado. De hecho confío en seguir aprendiendo y evolucionar. Estas recomendaciones o conclusiones son mías, proceden únicamente del contraste con mi sola experiencia, y por tanto, en primer lugar sólo poseen aplicación en mi persona, y en la medida en que otros las lean y sean capaces de reflexionar sobre ellas, podrá también servirles a ellos para encontrar su propia explicación y programa de entrenamiento. No soy un profesional del deporte. Soy un lector apasionado que intenta entender. Y en las líneas que siguen aporto los resultados de mis reflexiones, no todos, sólo aquellos que creo pueden ser más útiles para otros compañeros y compañeras que como yo intentan progresar. Por tanto, tienes un texto que creo sólo tiene interés para aquellas personas que poseemos el anhelo de mejorar en nuestra carrera a pie. Hay muchas otras personas que también disfrutan corriendo, pero que no pretenden otra cosa más que correr unos días a la semana, si puede ser con amigos, y disfrutar de esta actividad. Todo mi respeto. En principio, para ellos no van dirigidas estas líneas. No sé por qué razón, pero yo además de divertirme y disfrutar corriendo, también deseo mejorar, y por tanto, intento que el tiempo que dedico semanalmente a la actividad física sea a la par que divertido y sano mentalmente, que me aporte el mejor beneficio en cuestión de rendimiento. Por esta razón he reflexionado tanto y continúo buscando el mejor sistema de entrenamiento que me permita disfrutar al máximo consiguiendo además la máxima eficiencia deportiva.

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IGNORANCIA DE LOS MINISTROS

Desde que en el año 1996 se creara, por primera vez en España, el Ministerio de Medio Ambiente, 5 ministras y 2 ministros han dirigido la política ambiental de este país. Pocos han sido los éxitos cosechados durante este tiempo, con gran esfuerzo el medio ambiente ha intentado hacerse un hueco, todavía muy pequeño, en ese espacio de variables que los gestores públicos deben contemplar para tomar decisiones justas, eficaces, sostenibles en el tiempo y asumibles socialmente. Por desgracia, y como en tantos otros terrenos de lo público, las actuales políticas que se amparan en una interpretación absurda de la austeridad, están laminando los avances cosechados en el pasado, un proceso de involución y sabotaje que se acelera según pasan los días de esta crisis de fin incierto y nada halagüeño.

Lamentablemente, 6 de estos ministro/as han ocupado el cargo sin haber atesorado previamente ningún tipo de formación ni experiencia en materia ambiental. Las políticas de medio ambiente en nuestro país han estado en manos, durante casi 12 años, de personas ignorantes de la importancia de la variable ambiental en la confección de políticas públicas en materia de infraestructuras, energía, salud, economía, etc. El artículo que publiqué en el año 2003 en  EL CORREO ESPAÑOL del País Vasco, y titulado “Bienvenida, Sra. Ministra”, lamenta esta situación en el caso concreto de la llegada de la ministra que sucedió al corrupto Jaume Matas en la dirección del mencionado ministerio.

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FUNDAMENTALISMO ILUSTRADO

En las religiones fundadas en libros sagrados, la ética se hace exégesis, patrimonio de los intérpretes de la palabra. Las tres grandes religiones monoteístas que aún se reparten el dominio del mundo basan su carácter original en la sintaxis única y verdadera de la palabra de Dios recogida en sus libros, orden y ley del cosmos y de sus creyentes. Sin embargo, la heterodoxia, muchas veces entreverada de matices eclécticos y de sano sincretismo ha sido lugar común a todas ellas. La historia del judaísmo, del cristianismo y del islamismo se podría resumir en la de sus sectas y sus contrapuestos modos de interpretar el mundo a través de la lectura de sus respectivos textos sagrados. Todas poseen sus corrientes fundamentalistas, sus integrismos basados en la pretendida interpretación literal de la letra impresa por la mano de Dios. Y también otros flujos y remansos menos fieles al texto, interpretaciones alegóricas, sediciosas, poéticas, historicistas, liberales, etc.

Se ha clasificado a las poblaciones del mundo según la fe que las personas dicen profesar, por su pertenencia a una u otra secta, y se han elaborado prolijas estadísticas sobre los porcentajes de población que de cada corriente religiosa existen en cada fragmento de territorio. Un mapa ético similar al que se confeccionó a finales del siglo XIX usando las lenguas como elemento de distinción y de clasificación. A las confrontaciones étnicas basadas en las lenguas se le añaden las éticas amparadas en las adscripciones religiosas, dos capas de información superpuestas que la estadística y el genio clasificador y racional del científico social ofrece al patrimonio sentimental del fanático, el asesino o el terrorista.

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EL ARTE DEL ENTRENAMIENTO

Abro una sección a la que titulo “El arte del entrenamiento”, que contendrá una serie de textos sobre la forma de abordar el entrenamiento de la resistencia en carreras de larga duración.

“La necesidad de reflexionar con objeto de establecer un plan de entrenamiento acorde con nuestros objetivos deportivos y estado de forma, se deriva del deseo de optimizar el sacrificio que conlleva todo entrenamiento. Muchos corredores populares y no digamos los profesionales, vamos a sacrificarnos siempre que nos calcemos unas zapatillas para preparar nuestras competiciones. No existen fórmulas mágicas, cualquier plan de entrenamiento exige sacrificio y trabajo. Nuestras decisiones y por tanto, el objeto de nuestras reflexiones en torno al entrenamiento que más nos conviene, no van dirigidas a confeccionar un plan que minimice el esfuerzo, sino más bien, un plan que maximice el rendimiento a partir de un nivel de esfuerzo y de sacrificio que el corredor siempre va a aportar en función de su ambición, estímulo y responsabilidades familiares y laborales. Creo que en esto estaremos de acuerdo casi todos, en el deseo de sacarle el máximo partido a nuestro esfuerzo deportivo”.

Llevo varios años practicando triatlón, y por tanto, entrenando los deportes de la natación, el ciclismo y la carrera a pie. He leído libros y artículos al respecto, he reflexionado mucho cotejando mi experiencia con los resultados obtenidos, y finalmente me he decidido a escribir estos textos con el deseo de que puedan ser útiles a otras personas, no tanto por seguir un determinado método u ofrecer planes y recetas, sino por aportar material para la reflexión y criterios para que cada individuo decida las actividades que más le convienen con objeto de programar una temporada y mejorar el rendimiento.

“Considero que la ciencia del entrenamiento deportivo de la resistencia es un arte, ya que ninguno de los modelos existentes ofrece unas pautas universales de actuación, ni mucho menos explican la complejidad de los mecanismos que están involucrados en el rendimiento atlético, por lo que una elevada dosis de creatividad, imaginación, azar y sentido artístico resultan imprescindibles para armar cada una de las recetas originales e individuales que conforman cada uno de nuestros planes de entrenamiento. Porque no hay que olvidar la especificidad de cada corredor popular, de cada atleta, de su historia y de su evolución atlética, factores que acreditan que cada cual deba buscar su propio camino de perfeccionamiento a partir del análisis de cómo hemos respondido y nos hemos adaptado históricamente a los impactos del entrenamiento. Y en esta búsqueda constante del mejor sistema, cada uno de nuestros cuerpos se conforma en el laboratorio donde cada cual experimenta en sí mismo diferentes rutinas y sesiones de entrenamiento, que tras la correspondiente auto-evaluación por el procedimiento de prueba-error nos va ofreciendo la guía sobre cómo entrenar”.

Quisiera agradecer a los compañero/as de la A.D. SAMBURIEL la gran cantidad de enseñanzas y experiencias que han compartido conmigo durante estos años, porque estos textos no habrían salido a la luz sin haber tenido la suerte de participar en este proyecto de agrupación deportiva. También quisiera agradecer el trabajo de los dos únicos entrenadores que me han asistido hasta el momento: Manolo Criado, gran corredor de las montañas de Cercedilla, y Juan Cuadrillero, quizás el mejor atleta veterano que tiene este país y que reside en Guadarrama. Por supuesto, los errores u omisiones que contenga este trabajo resultan únicamente atribuibles a mi persona.

Puede consultarse: “¿Por qué corres?”y “¿Cómo corres?”

EL TRASVASE DEL EBRO

En el año 1993 el Gobierno socialista presentó un anteproyecto de Ley de Plan Hidrológico Nacional que proponía la interconexión de casi todas las cuencas hidrográficas españolas, y unas transferencias anuales de agua de 3.000 millones de metros cúbicos. No fue aprobado. En enero del año 2001 el Gobierno popular presentó su propio anteproyecto de Ley de PHN, en el que únicamente proponía la construcción de un gran trasvase desde el Ebro de 1.000 millones de metros cúbicos de agua anuales. Fue aprobado, pero hasta la fecha no se ha comenzado su realización.

Aquel mes de enero de 2001 expresé mi opinión al respecto en  EL CORREO ESPAÑOL del País Vasco, con el artículo “El trasvase”:

“El reto que dilapida la política hidráulica de nuestro país no es la impotencia del Gobierno para construir de una vez un trasvase, sino la necesidad de consolidar una Administración del agua eficiente, garante de la Ley y de los derechos de los ciudadanos en sus relaciones con el agua. Mientras esta situación prevalezca, la Ley de Aguas seguirá expirando en la finisecular sequía y continuarán medrando los intereses de aquellos que más beneficios obtienen por no tener enfrente una Administración que ordene de manera racional los recursos hídricos del país. Las Confederaciones Hidrográficas languidecen en la precariedad de medios y de objetivos claros de gestión y en su sueño el Gobierno asienta un trasvase que impide reconstruir la gestión del agua en nuestro país sobre la base del respeto a la Ley, a la racionalidad y a la participación pública”.

Véase también “El plan invisible”

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El trasvase del Ebro by Rui Valdivia is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.