AQUEL 11-M

En el año 2004 el Estado español estaba en guerra contra IRAK, en alianza con Estados Unidos y Reino Unido. El 11 de marzo la organización terrorista Al-Qaeda provocaba la mayor masacre terrorista de la historia de nuestro país. En aquel entonces yo utilizaba esa misma línea de tren para realizar mis desplazamietos habituales, especialmente mis viajes vespertinos a la Universidad de Alcalá de Henares. El siguiente artículo, “Aritmética del terror”, publicado el 25 de marzo de 2004 en EL CORREO ESPAÑOL del País Vasco, refleja mis pensamientos en aquel entonces sobre las víctimas:

“Afirmar que todas las víctimas son iguales resulta una obviedad, porque no existen parámetros para distinguirlas y jerarquizarlas. Pero las víctimas no pueden hablar, están muertas, no poseen voz propia y para infundirles valor ético, que no vida, precisamos de nuestra palabra, de la voz de los que quedamos, los vivos que hablamos de ellos y que les prestamos la voz que otros les robaron”.

Aritmética del terror

Afirmar que todas las víctimas son iguales resulta una obviedad, porque no existen parámetros para distinguirlas y jerarquizarlas. Pero las víctimas no pueden hablar, están muertas, no poseen voz propia y para infundirles valor ético, que no vida, precisamos de nuestra palabra, de la voz de los que quedamos, los vivos que hablamos de ellos y que les prestamos la voz que otros les robaron.

¿Qué diferencia a la víctima de cualquier otro muerto? Ambos son materia inerte. Pero debiera haber algo distintivo en algunos muertos que resulte imprescindible para convertirlos en víctimas. No sólo que hayan muerto violentamente a manos de otro, sino que posean una inocencia especial, un estar fuera de toda sospecha y culpa. Pero ¿podemos decir que alguien mereció morir o que su muerte estuvo justificada? A veces oímos decir que aquellos “se lo tenían merecido”, otras veces, que “se lo estaban buscando”, o que haciendo o diciendo tal cosa podrían haber evitado la muerte. Pero lo máximo que podemos decir de algunos asesinados, esos a los que merecidamente llamamos víctimas, es que dio la casualidad de que estaban allí y de que precisamente por estar allí fueron asesinados.

La relevancia política de algunas muertes violentas es la de haber sido asesinados por defender determinadas ideas. Pero la relevancia moral de aquellos a los que llamamos víctimas es la de haber sido asesinados por algo sobre lo que ellos ni han podido elegir, ni de lo que se han podido desprender para poder salvar la vida. El verdadero estatuto de víctima, por tanto, no lo da el asesinado, ni tampoco la sociedad, sino que lo define el asesino cuando decide dotar a un conjunto de personas de la condición de indeseables, no por la palabra pronunciada, no por una idea defendida, sino por una característica que es el propio asesino quien se la da, quien se la asigna como una diana de la que el asesinado jamás se podrá desprender.

La víctima resulta anónima porque podría haber sido cualquiera. Pero casi siempre intentamos desprendernos de las víctimas, o acusándolas de ser como son, o excluyéndonos de aquellos grupos contra los que más comúnmente se lanza la violencia. Pero masacres como las de Madrid nos enfrentan irrenunciablemente a las víctimas, a ese azar macabro al que en esencia se reduce todo acto violento que produce víctimas. Nos produce angustia pensar en la inutilidad de esas muertes, en su arbitrariedad, en que han sido privadas de la vida no por ellas, no por sus actos, ni por sus acciones o ideas, sino por nada de lo que ellas sean responsables. Por ello todas las víctimas son anónimas e iguales, porque no existen parámetros ni para compararlas ni para poder distinguirlas.

Asignamos la condición de víctimas a muchos asesinatos, también a muchos tipos de muertes violentas fortuitas, porque comparten, en mayor o menor medida, algo del carácter de las víctimas absolutas, aquellas que encontraron la muerte sin una razón de la que ellas fueran responsables. No digo responsables de morir asesinados, sino responsables de ser como son y por ello, convertidos en blanco de sus asesinos. En la mujer asesinada a manos de su marido o en el militante político asesinado por el terrorista siempre podremos encontrar alguna característica que la víctima eligió libremente y que es una de las causas o razones que el asesino encontró para matarla. En aquella, su decisión de mantener un entorno de libertad o de cambiar su vida, en estos, de poseer y declarar abiertamente sus ideas. Por ello estas muertes no nos producen tanto desasosiego como la de las víctimas absolutas, las de los trenes de la muerte, por ejemplo, asesinadas por nada que ellas hubieran decidido, sino por el azar conjugado con una decisión cuyas reglas sólo residen en la mente de sus asesinos.

Resulta más fácil, para nosotros los supervivientes, seguir viviendo cuando no debemos enfrentarnos a víctimas, cuando en los asesinados podemos encontrar ideas o aptitudes que defendieron y que en suma fueron las que sus asesinos no pudieron soportar. Nos resulta más fácil comprender, nos aportan una ética, una fortaleza especial, porque en cierto modo podemos encontrar el acto libre de la voluntad que desencadenó la respuesta violenta del asesino y su muerte injusta. Sin embargo, en el caso de las víctimas, de los judíos gaseados en la segunda guerra mundial, de todos los asesinados por motivos raciales, de los actos indiscriminados de terrorismo o de los daños colaterales de las guerras humanitarias, encontramos simplemente la nada, el vacío de sus cuencas vacías, de su palabra cercenada, de su voluntad inútil.

Ante las víctimas, esos asesinados anónimos, nos resulta muy difícil pensar y actuar, ser capaces de discernir y establecer una respuesta adecuada al acto violento. Por esta razón, nos hemos cobijado tantas veces en la masa,  hemos querido pertenecer a grupos de baja vulnerabilidad, intentando pasar desapercibidos, o hemos simplemente culpabilizado a la propia víctima, para no caer en el terror que se desataría en nosotros si al cabo nos diéramos cuenta de que ellos, los asesinados, y nosotros, somos las mismas personas, y que sólo el azar y una voluntad enfermiza y arbitraria ayer los seleccionó a ellos en un recuento al que nosotros asistíamos con la misma probabilidad. Cuando nos percatamos de este álgebra siniestro, la aritmética del terror se apodera de nosotros.

La última intención política de estos actos violentos consiste en querer construir un mundo sin nosotros, tan sólo habitado por ellos y su voluntad totalizadora, un sistema donde los únicos supervivientes no hayan muerto porque perdieron el juicio y la libertad por obra del terror. Es en este fin abyecto de los terroristas donde debemos encontrar nuestra redención como comunidad, el camino para dotar de valor político y ético a tanta muerte inútil. Porque cuanto más anónimos y arbitrarios resultan los asesinados, más universalidad adquieren los actos violentos que los transformaron en víctimas. La conversión de una comunidad política en víctima deviene así en el acto supremo de la explotación política. Ocurre esto cuando al asesino no le interesa matar a nadie en concreto, cuando pretende propagar la noticia de que el asesinado será cualquiera, anónimo y arbitrario, de que no le importa conocer a la víctima, de que no desea saber nada ni de su historia ni de su pensamiento, ni de su conducta ante la vida. Al adquirir la comunidad política forma de rebaño en la percepción del terrorista y al reconocernos como rebaño en la retina de un matarife, queda expedito el trabajo del pastor, de los guardianes del rebaño, ese otro elemento tan necesario a la espiral de la violencia. La lucha por dotar de sentido ético y político a las víctimas posee así una doble componente: porque resulta tan necesario defenderse del guardián al que nos ofrecemos para salvar la vida y soportar el miedo, como del terrorista que siembra el pánico arbitrariamente.

Varios días después de los atentados de Madrid los trenes todavía van en silencio. El mismo silencio que se desprende de cada una de sus 200 víctimas mudas. Pero el hecho de que no hayan sido asesinadas por ser personas únicas y originales, sino tan sólo en calidad de hombres y mujeres iguales en el derecho a la vida, nos obliga a considerar a cada una de estas víctimas como si fuéramos nosotros, a encontrar en esas muertes aparentemente inútiles el sentido último del vivir juntos. Su ausencia nos obliga a darles la palabra, a darles nueva vida en el imaginario colectivo, a recuperar esa idea última del convivir y de la solidaridad que se resume en la proclama: o todos o nadie, o nos salvamos todos o aquí no queda nadie. Porque si no somos capaces de hablar por las víctimas, si nos les ofrecemos nuestra voz, seremos nadie, seres anónimos inútiles para la vida en común. Pero si dejamos el mundo a sus matarifes o a nuestros guardianes, habremos convertido en nada nuestra comunidad política.

Hablemos, dialoguemos, llenemos otra vez de palabras los trenes, desterremos el silencio que convierte en inútiles a las víctimas, recuperemos su humanidad en nuestro conversar diario sobre cualquier cosa, para que la palabra no muera, para que la palabra no se apague ni sea de nuevo asesinada, porque mientras exista ese hilo de voz que todos formamos contando y relatando cosas existirá todavía una oportunidad para vivir al fin en paz. Que el silencio por el duelo de las víctimas de Madrid no lo convirtamos en silencio de corderos.

 

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TODO ES DE NADIE

Con este pomposo título desearía recordar a Elinor Ostrom, fallecida recientemente y cuyas investigaciones sobre la gestión de los bienes comunes le abrió las puertas del Premio Nobel de economía en el año 2009. Más que un homenaje, el presente trabajo contiene reflexiones y recuerdos que me asaltaron cuando leí la noticia de su deceso, sobre la materia a la que más tiempo dedicó, la gestión de los bienes comunes o del procomún, como se le designaba en castellano hace ya muchos años (procomún o provecho común).

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RELATO DE UN TRIATLÓN: el ASTROMAD olímpico

Si no lo sabíais, en el triatlón se realizan las siguientes especialidades deportivas: natación, ciclismo y carrera a pie.  Aunque parezca absurdo y reñido con el decoro, primero nos bañamos y a continuación nos montamos en la bici, para acabar corriendo. Ya fuera de la competición, nos podemos duchar, aunque a veces, y si el calor resulta riguroso y el organizador posee un mínimo de caridad y coloca difusores o duchas frías, nos podemos también refrescar por el camino para reducir la temperatura corporal y no reventar.

El triatlón es un deporte moderno. El hecho de que incluya un sector de bicicleta imposibilitó que el pueblo griego lo practicara en sus olimpiadas, por lo que lamentablemente no nos ha llegado ningún retazo de poseía pindárica al respecto. Sin embargo, y a pesar de no poseer apenas historia, el triatlón tiene fama de ser un deporte duro y exigente, sobre todo por el modo en que fue inventado, muy viril y de machotes. En este caso el honor no le cupo directamente al pueblo inglés, sino que Hawái y los marines norteamericanos  lo crearon en un típico reto de vaqueros texanos. Que si es más duro un maratón. No, nadar es mucho más exigente. ¡Qué va!, recorrer en bici la isla resulta mucho más sacrificado. Pues hala, quien sea hombre que haga las tres cosas a la vez. Por ello, cuando todavía no se llamaba triatlón, estos brutos lo denominaron Ironman (hombre de hierro), que consistía en realizar 3,6 kilómetros de natación en aguas abiertas, 180 kilómetros de ciclismo en ruta sin posibilidad de chupar rueda (sin drafting) y finalmente una maratón. Todo sin pausa, de corrido. Una salvajada.

Y me explayo en este preámbulo que no volveré a repetir en siguientes narraciones, para contextualizar debidamente el relato que os ofrezco, que no es otro que el de un triatlón olímpico en el que participé el sábado 23 de junio de 2012, y al que pomposamente el organizador califica como “el triatlón más duro del mundo”. Como veis, este deporte todavía no se ha desembarazado de la rudeza y fatuidad que marcaron sus inicios.

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¿CÓMO CORRES?

En el año 2008 escribí sobre “¿Por qué corres?”, un compendio de razones para realizar esta actividad tan lúdica, cultural y humana: no se concibe la evolución humana sin la carrera a pie. Pasados ya algunos años desde aquella reflexión sobre las causas, años de entrenamiento, práctica y competición atlética, se impone hablar sobre cómo corremos, el modo de acometer esta actividad física.

Lo que llama la atención, porque nos distingue del resto de los mamíferos, es que el ser humano camina, corre y esprinta erguido, apoyado únicamente sobre dos de sus extremidades. Esto sólo fue posible gracias al desarrollo de un complejo sistema de coordinación y equilibrio, lo que científicamente se denomina propiocepción, que como un sexto sentido guía nuestros pasos a través de las irregularidades del terreno. Wikipedia dice que:

“la propiocepción es el sentido que informa al organismo de la posición de los músculos, es la capacidad de sentir la posición relativa de partes corporales contiguas. La propiocepción regula la dirección y rango de movimiento, permite reacciones y respuestas automáticas, interviene en el desarrollo del esquema corporal y en la relación de éste con el espacio, sustentando la acción motora planificada.”

En suma, durante la carrera nuestro sentido propioceptivo integra la información visual y auditiva del equilibrio, los datos sobre la posición y estado tensional de nuestros músculos, así como las señales nerviosas que recibe desde los pies,  y hace posible que el cerebro, de forma automática, responda dinámicamente a todos estos estímulos y deseos para dar una respuesta neuromotora que hace posible el movimiento eficaz en equilibrio según el canon propio del ser humano.

Desearía recordar una frase del artículo precedente titulado “¿Por qué corres?”:

 “Entiendo que la rutina de adiestramiento del cuerpo resulta tan importante como la de la mente, evidentemente adaptada a los gustos personales, inquietudes, objetivos y capacidades. Y que dicha disciplina no se puede entender sin un sentido de mejora, sin unas aspiraciones. Que en el mundo literario se fraguan en el deseo de poder leer ciertos libros, o en lo musical de poder apreciar determinadas obras. Y que en el deporte, y en particular en el entrenamiento del correr deben existir esas mismas aspiraciones de mejora (…)”

 Creo que el objetivo de seguir escribiendo este nuevo artículo reside en intentar definir lo que allí caracterizaba como “aspiraciones de mejora”, y que más adelante se concretaba en la siguiente respuesta: “¿Por qué corro? Pues porque deseo correr bien.” ¿Cómo corro?, ¿qué significa “correr bien”?, éste es precisamente el objeto del presente artículo: ¿Cómo corres?.

 

¿Cómo corres?

En el año 2008 escribí sobre “¿Por qué corres?”, un compendio de razones para realizar esta actividad tan lúdica, cultural y humana: no se concibe la evolución humana sin la carrera a pie. Pasados ya algunos años desde aquella reflexión sobre las causas, años de entrenamiento, práctica y competición atlética, se impone hablar sobre cómo corremos, el modo de acometer esta actividad física.

Lo que llama la atención, porque nos distingue del resto de los mamíferos, es que el ser humano camina, corre y esprinta erguido, apoyado únicamente sobre dos de sus extremidades. Esto sólo fue posible gracias al desarrollo de un complejo sistema de coordinación y equilibrio, lo que científicamente se denomina propiocepción, que como un sexto sentido guía nuestros pasos a través de las irregularidades del terreno. Wikipedia dice que:

“la propiocepción es el sentido que informa al organismo de la posición de los músculos, es la capacidad de sentir la posición relativa de partes corporales contiguas. La propiocepción regula la dirección y rango de movimiento, permite reacciones y respuestas automáticas, interviene en el desarrollo del esquema corporal y en la relación de éste con el espacio, sustentando la acción motora planificada.”

En suma, durante la carrera nuestro sentido propioceptivo integra la información visual y auditiva del equilibrio, los datos sobre la posición y estado tensional de nuestros músculos, así como las señales nerviosas que recibe desde los pies,  y hace posible que el cerebro, de forma automática, responda dinámicamente a todos estos estímulos y deseos para dar una respuesta neuromotora que hace posible el movimiento eficaz en equilibrio según el canon propio del ser humano.

Desearía recordar una frase del artículo precedente titulado “¿Por qué corres?”:

“Entiendo que la rutina de adiestramiento del cuerpo resulta tan importante como la de la mente, evidentemente adaptada a los gustos personales, inquietudes, objetivos y capacidades. Y que dicha disciplina no se puede entender sin un sentido de mejora, sin unas aspiraciones. Que en el mundo literario se fraguan en el deseo de poder leer ciertos libros, o en lo musical de poder apreciar determinadas obras. Y que en el deporte, y en particular en el entrenamiento del correr deben existir esas mismas aspiraciones de mejora (…)”

Creo que el objetivo de seguir escribiendo este nuevo artículo reside en intentar definir lo que allí caracterizaba como “aspiraciones de mejora”, y que más adelante se concretaba en la siguiente respuesta: “¿Por qué corro? Pues porque deseo correr bien.” ¿Cómo corro?, ¿qué significa “correr bien”?, éste es precisamente el objeto del presente artículo.

Casi todos los mamíferos poseen al menos dos formas de desplazarse, el modo lento y el rápido. Si observamos a un caballo, comprobamos que el trote difiere del galope. Un perro o un gato corren de forma muy distinta a cómo andan. Correr no es un andar rápido, sino una forma de locomoción diferente. Es cierto que primero se aprende a andar antes que a correr, pero si se observa la carrera de un niño descalzo se comprueba que su biomecánica no es igual a la de la marcha. Por sólo incidir en un aspecto, los pies, durante la marcha se apoyan en primer lugar los talones, en cambio, durante la carrera, el niño aterriza en primer lugar con los metatarsos, en un caso delante de la cadera, y durante la carrera, justo debajo de ella con la pierna ligeramente flexionada. Una distinción que resulta muy sencilla de realizar en una comparativa a cámara lenta, o simplemente observando a los atletas de élite o las pinturas olímpicas de la cerámica griega.

Un dilema a resolver antes de continuar y del que depende la necesidad del presente artículo, será dilucidar si la técnica de correr correctamente se aprende o ya se sabe desde niño, es decir, si hay que ejercitarla bajo una dirección y con unos objetivos o, en cambio, es algo instintivo, grabado en nuestros genes. Realmente los niños sanos suelen correr bien. Pero casi ningún adulto lo hace bien. Que lo hagan los niños de forma automática y que además sean enormemente felices cuando corren, nos conduce a inferir que la técnica de correr está grabada en nuestros genes y que instintivamente y sin apenas consciencia, todo el cuerpo se pone en movimiento de una determinada manera para activar la carrera. Pero, un adulto no suele correr como un niño, corre mucho peor. ¿Por qué? ¿Olvidó cómo hacerlo? ¿A cierta edad se desprograma el automatismo de la carrera? O ¿simplemente se pervierte y barbariza por una defectuosa ejercitación?

La siguiente reflexión puede quizás arrojar algo de luz. La musculatura y los tendones utilizados durante la carrera no coinciden con los del caminar. Nuestro estilo de vida sedentaria no favorece el ejercicio de la marcha, pero mucho menos el de la carrera. Una gran parte del día nos la pasamos sentados, o simplemente recorriendo a paso lento muy cortas distancias, lo que provoca que ciertos grupos musculares estén más desarrollados que otros: mucho los de la rutina sedentaria, poco los de caminar, y nada los de correr. Por ejemplo, los glúteos, el músculo más potente del cuerpo humano, imprescindible para correr, sólo lo utilizamos para sentarnos sobre él. Y los abdominales, indispensables para asegurar una óptima posición durante la carrera,  apenas trabajan en relación a su antagonista lumbar. Si tras años de no correr empezamos a practicar la carrera con cierta regularidad ¿cómo correremos? Pues tenderemos a correr como andamos, ya que ésta ha sido la única práctica locomotora que con cierta regularidad hemos practicado, y porque los músculos del correr los tendremos atrofiados respecto a los del andar. De ahí que el ser humano sedentario que desea correr, realmente no corra, sino que camine a saltos, realizando otra rutina diferente al caminar y al correr, a la que los anglosajones llamaron “jogging”.

Más o menos casi todos los corredores populares, seamos más o menos rápidos damos saltitos andarines antes que verdaderas zancadas de corredor. Es decir, el adulto que desea correr de nuevo, seguro que instintivamente lo intenta ejecutar correctamente, igual que cuando era niño, pero ni sus tendones ni sus músculos pueden hacerlo porque se han ido atrofiando progresivamente, y como a mano sí tiene la musculatura locomotora del andar, pues acabará ejercitándola para crear esa nueva práctica desconocida para nuestros ancestros a la que llamamos “jogging”.

Esta barbarización del correr no tiene vuelta de hoja sin un reaprendizaje consciente, ya que el “jogging” sigue sin ejercitar los músculos precisos para la carrera, y en cambio, continúa tonificando más los del andar. El corredor popular que mejora en velocidad casi nunca suele hacerlo por haber perfeccionado la técnica de carrera sino por factores como la potencia aeróbica, la fuerza, la asimilación de lactato, etc., casi nunca por correr mejor, por haber mejorado significativamente su técnica de carrera. Si se consultan los abundantes consejos sobre entrenamiento de la carrera, se habla poco de la técnica y mucho de esos otros factores e incluso, se afirma que el estilo de carrera de cada individuo es personal y que el esfuerzo por mejorarlo es tan ingente en relación a otras características del rendimiento, que no merece la pena abordarlo.

Así, ocurre que casi todas las recomendaciones y consejos sobre cómo empezar a correr se centran en los tiempos y ritmos de rodajes y series, y casi nada en cómo se debe correr, en su técnica correcta. Es así que cuando una persona se acerca a un entrenador, o a un club de atletismo, todos partimos de la premisa de que sabemos correr con nuestro estilo individual inmoldeable, y que por lo tanto la mayor parte del tiempo hay que emplearla en correr y no en cómo correr. Nadie enseña a correr. En cambio cuando deseamos practicar natación, tenis, fútbol o casi cualquier otro deporte, la ejercitación de la técnica siempre está presente en todas sus fases de aprendizaje y perfeccionamiento.  ¿Por qué no con la carrera? Sería como si un entrenador de natación sólo verificara que sus alumnos saben flotar y centrara todo el entrenamiento en hacer largos de piscina, pero no en aprender cómo se debe nadar. Es cierto que la técnica natatoria moderna no es instintiva al ser humano, que ningún niño lanzado a un río empezará a nadar como Phelps, pero sí resulta cierto que el saber innato sobre cómo correr, y por las razones antes expuestas, ha de ser recordado a través de un aprendizaje en la dirección correcta con el objetivo de conseguir que el adulto, el corredor popular, corra bien, con una técnica adecuada.

Pero ¿por qué correr bien? ¿Si gran parte de los objetivos de marca el corredor popular los puede alcanzar con la técnica del “jogging”, si la mayor parte de los adultos pueden adelgazar corriendo mal sin importar si baten o no marcas personales? Pues yo creo que por dos razones, la primera inherente al ser humano cuando ejecuta una tarea o una diversión, el deseo de realizarla según un canon de excelencia. Todo el que disfruta corriendo desearía correr parecido a cómo lo hacen los keniatas o los etíopes. No me refiero ni a su astronómica velocidad, ni a su técnica depurada, sino que su modelo técnico de carrera sea una guía a la que el entrenamiento diario consigue ir acercándonos en cuanto a velocidad y en cuanto a forma de correr. Evidentemente ni en un caso ni en otro conseguiremos emularlos, pero sí progresivamente ir estrechando la distancia, lo que nos hará sentirnos orgullosos y satisfechos no sólo con nuestras marcas, sino sobre todo en cómo las hemos conseguido, es decir, con nuestro modo de correr.

La segunda razón es de índole más pragmática y tiene que ver con el dolor físico que nos produce correr. Cuando esta sociedad sedentaria se puso a correr allá por los años 60, e inventó el “jogging”, junto con él aparecieron las típicas dolencias del corredor, ésas que periódicamente aquejan a cualquier corredor popular. Nació así ese lugar común del “running” que es la lesión y la general aceptación de que correr es peligroso, ya que es un deporte de impacto repetitivo contra el que es preciso defenderse para no caer lesionado. Muy pocos pensaron que quizás la mayor parte de las lesiones procedían de andar saltando sobre los talones, en lugar de correr bien sobre los metatarsos con las rodillas flexionadas tal y como siempre ha hecho el ser humano desde la Prehistoria. Pero, para hacer frente a las lesiones del “jogging” se inventaron las zapatillas amortiguadas, actualmente verdaderos artefactos de ingeniería dotados de geles, aire, cámaras, materiales que no sólo consiguen amortiguar el impacto sino también conducir el pie de forma adecuada desde el talón hasta el dedo gordo y evitar las torceduras. Pero, a pesar de los dispositivos de control de la pisada y de amortiguación, las lesiones siguen ahí, y la mala técnica de ejecución sigue siendo un escollo en el camino del perfeccionamiento, la mejora y el cronómetro.

Experimentamos un gran placer corriendo, nos gustaría correr mucho y toda la vida, pero la publicidad y los consejos de los expertos previenen de que estamos ante una actividad de riesgo de la que es preciso protegerse con plantillas y zapatillas hiperbólicas. En cambio, casi nadie habla de la técnica ni recuerda que el sistema locomotor humano funciona amortiguando e impulsando elásticamente cuando la técnica empleada no es la del “jogging” sino la de la carrera humana. Todos los corredores populares nos debatimos entre el placer y el miedo de correr. Creo que la solución del dilema reside en preguntarnos sobre cómo estamos corriendo, y en buscar un modelo de técnica de carrera natural, es decir, adaptado a ese organismo humano que ha evolucionado junto con la técnica de carrera que le caracteriza de forma innata.

En suma, esos estilos de carrera individuales y considerados “naturales” no son más que las respuestas personales que damos al deseo de correr con un cuerpo sedentario, porque en virtud de cada historia personal cada individuo se ha ido creando un cuerpo no adaptado a la carrera y que responde bárbaramente al estímulo de correr. Y lo peor, que se nos dice que esta forma bárbara y personal de carrera es realmente innata a cada persona y que es casi imposible de modificar con el entrenamiento. Es decir, que los keniatas, por ejemplo, o los corredores de élite, corren tan bien porque son así, porque de forma innata poseen esa habilidad, y que el resto de los mortales, que empezamos corriendo tan mal, debemos conformarnos con nuestra mala técnica y con nuestras lesiones. Creo que como corredores que deseamos correr bien no podemos aceptar esos prejuicios, y además de intentar mejorar nuestro sistema cardiovascular y muscular hemos de emprender también la tarea de conseguir una técnica de carrera aceptable que tenga como objetivo último, o como modelo, la belleza y la eficacia de los grandes corredores.

Como se aprecia, la técnica de carrera en el ser humano posee un componente innato, al que ha de sumarse el aprendizaje propio y que logra a través de la imitación, la enseñanza y la utilización de determinados instrumentos técnicos conseguir el particular modo de correr de cada cultura. Ortega decía que la técnica son las acciones humanas que transforman el medio utilizando herramientas, pero más allá de esta concepción que circunscribe la técnica a la transformación del entorno, el antropólogo Mauss nos ilumina sobre las técnicas del cuerpo, es decir, las que utilizan el cuerpo como “el primero y más natural instrumento del hombre” para realizar los movimientos vitales de la vida cotidiana, como descansar, andar, correr, etc. Gran parte del éxito evolutivo del hombre ha derivado de su técnica para correr, de su capacidad para recorrer grandes distancias y resistir corriendo durante dilatados períodos de tiempo, de esta particular técnica corporal que ha servido para adaptar el entorno natural a las necesidades humanas. Y en este camino un elemento de suma importancia fue la invención del zapato, ese instrumento tecnológico que ha protegido el pie humano de las inclemencias del tiempo y de los accidentes del terreno.

Nuestra civilización ha transformado el zapato deportivo, la zapatilla, en un sofisticado instrumento tecnológico al servicio de la carrera. Resulta consustancial al ser humano el deseo de mejorar y de inventar aparatos cada vez mejor adaptados a las características del cuerpo humano y de su entorno para conseguir que por ejemplo, el correr, sea cada vez más fácil y efectivo a la par que seguro. En los años 70 aparecen las primeras zapatillas de correr modernas, que a las tradicionales funciones de proteger y dar comodidad añaden la característica de la amortiguación. Más adelante incorporarían otra función que hoy en día también es habitual, la de controlar la pisada. Las tecnologías, como bien destacaron Ortega y la escuela de Frankfurt, no sólo sirven para facilitar la consecución de un objetivo, para transformar el medio, sino que también tienen la capacidad de transformar a las personas y a la sociedad que las utiliza, y como ya destacó Rousseau, no siempre en la buena dirección desde el punto de vista ético. El zapato, por tanto, como instrumento técnico, podría alterar la técnica de la carrera natural del ser humano que es la de correr descalzo. En principio, nada que objetar, si esa transformación del correr natural hacia un nuevo correr mediado por el uso del zapato es mejor, es decir, resulta más efectivo y más seguro. Podríamos concluir que correr bien sería esa nueva técnica construida a partir de la carrera innata descalza que usa el zapato moderno protector, cómodo, amortiguado y controlador de la pisada tanto para facilitar la carrera como para hacerla más segura frente a las lesiones.

¿Con qué objetivo surge esta nueva zapatilla deportiva? ¿Por qué primero la necesidad de amortiguar, y más adelante también la de controlar la pisada? Como ya decíamos, durante los años 60 se populariza el correr en una sociedad sedentaria que había perdido el hábito de la carrera, y que por tanto, ha adaptado su técnica postural y estado muscular y esquelético a rutinas diferentes que las de correr. Cuando los individuos de esta sociedad industrial y de servicios se ponen a correr lo hacen utilizando lo que poseen, la técnica y los músculos de andar, y como ya veíamos en párrafos precedentes, en lugar de “running” acaban practicando “jogging”. Aparte de otros elementos muy importantes, el aterrizaje sobre los talones propio del “jogging”, que no son flexibles, provoca que la sobrepresión de saltar  propia del correr se transmita sin ningún tipo de amortiguación natural a todo el sistema de tibia, rodilla y cadera, y que por tanto, a medida que se aumenta la frecuencia e intensidad de su práctica, que aparezcan una serie de dolencias y lesiones no habituales en el ser humano y con las que desde entonces lidia todo aquel que practica el deporte de la carrera: periostitis tibial, fascitis plantar, etc.

La amortiguación de las zapatillas surge con el objetivo de limitar el impacto que reciben nuestros huesos, músculos y articulaciones, con el deseo de evitar las lesiones inherentes al “jogging” y de permitir su práctica segura. Pero la amortiguación no se distribuye homogéneamente bajo la planta del pie, sino que se concentra allí donde los impactos del “jogging” son mayores, en el talón. La zapatilla, por tanto, eleva nuestro pie respecto al suelo y además lo peralta, porque el grosor de la amortiguación es superior en el talón. Pero, a pesar de ello, las lesiones continuaron por varios factores. La nueva zapatilla permitía rodajes más largos y más intensos, se redujo el impacto unitario de cada pisada, pero como las pisadas se hicieron más frecuentes e intensas, los problemas persistieron e incluso se agravaron, pues al ir el pie elevado y peraltado se facilitaba que se aterrizara cada vez más de talón y que se incrementara la inestabilidad de la pisada y por tanto, que se agudizaran la pronación y los temidos esguinces. Empieza así una carrera por aumentar la amortiguación a la par que se incrementa el kilometraje de la carrera y que se hace accesible su práctica a personas con sobrepeso, que con todo derecho desean hacer ejercicio para estar sanos.

La progresiva elevación y peraltado del pie de las zapatillas de “running” provocan cada vez mayor inestabilidad de la pisada, lo que ha inducido a la industria del calzado deportivo a encontrar una solución por la vía del control de la pisada, es decir, aparecen una serie de mecanismos que fijan el pie, que impiden su torsión y que lo conducen con rigidez desde el talón hasta el dedo gordo, además de plantillas diseñadas también con el objetivo de hacer más segura la pisada sobre una zapatilla muy amortiguada y además elevada y peraltada, que cada vez pesa más y es menos flexible. Aquí estamos ya, corriendo con estos artilugios tecnológicos tan sofisticados, que lamentablemente ni han eliminado las lesiones, ni logrado que corramos de forma más eficiente. Pero ¿por qué los corredores de élite, los atletas más eficaces del mundo, siguen corriendo con zapatillas sin amortiguación ni control de pisada, con las llamadas zapatillas voladoras?

Volvamos al comienzo. La gente aterrizaba con el talón. ¡Éste es el problema!, entre otros. Pero después de tantos años todavía la gran mayoría de los corredores populares seguimos impactando con el talón y con la rodilla rígida por delante de nuestras caderas (se dice que el 95% lo hace así). Frente a este problema, la industria del calzado deportivo opta por el tratamiento paliativo, que en algunos casos puede servir, pero que en este particular del “running” parece que lo ha agravado, o por lo menos, no lo ha conseguido erradicar, ya que seguimos lesionándonos y no corremos bien ni de forma eficiente. Nos estimulan para correr, porque es sano y adelgaza, pero se nos advierte que es muy peligroso porque es un deporte de impacto, y que para practicarlo hay que llevar plantillas y buenas zapatillas. En lugar de una reeducación de la técnica de carrera se aspira a que sin el esfuerzo del perfeccionamiento técnico y con sólo gastar 100 euros en unas estupendas zapatillas la persona ya sea capaz de correr sin dolor. Mientras, la industria se afana en buscar la zapatilla perfecta que sustituya el sistema natural de amortiguación que posee el ser humano cuando corre correctamente.

La solución tampoco consiste en descalzarse y correr, o en redescubrir las zapatillas de antaño para volver a correr con ellas. La raíz del problema está en otro lado. Se aterriza con el talón no porque sea natural hacerlo, sino porque con el sistema muscular con que nos dota la vida sedentaria resulta muy difícil hacerlo de otra manera. A pesar de ello, todos tenemos grabado en nuestros genes la técnica humana de carrera, que no es otra que la que han poseído los grandes corredores desde la Prehistoria. Por tanto, se trataría de reeducar al cuerpo para que volviese a usar los mecanismos automáticos de la carrera: fortalecer tendones y músculos, realizar ejercicios propioceptivos y de técnica de carrera. E ir utilizando cada vez calzado menos amortiguado y con menor control de la pisada. ¿Por qué? Pues porque la zapatilla actual debilita la función del pie como sentido que envía información al cerebro para coordinar y equilibrar, a la par que fragiliza toda su musculatura de estabilidad, incapaz de ejercitarse cuando el pie se enfunda en estas verdaderas armaduras con las que corremos. La planta del pie posee multitud de terminaciones nerviosas que informan al cerebro sobre el terreno que se pisa y que hace posible que funcione ese sexto sentido de la propiocepción. Todo este sistema de información y respuesta muscular habrá que activarlo y entrenarlo si se desea correr bien y de forma eficaz. Por tanto, entrenamiento, sacrificio, mucha ejercitación en la técnica y también, utilizar zapatillas que nos protejan, que sean cómodas, pero que no impidan el libre funcionamiento del pie, imprescindible si se desea correr adecuadamente y de forma saludable.

Evidentemente la mayoría de nosotros jamás vamos a poder correr con la técnica de Bekele. A sus condiciones innatas se suma todo un aprendizaje en la carrera, realizado durante su niñez y juventud, y que ha provocado que se activaran unas conexiones nerviosas difíciles o imposibles de conectar cuando se intenta de adulto. Al igual que hay muchos deportistas que empiezan a jugar al tenis o a nadar de adultos y que gracias al aprendizaje y la enseñanza alcanzan una técnica correcta y saludable, no equiparable a la de los grandes tenistas y nadadores pero sí parecida o similar, del mismo modo los corredores no hemos de renunciar a este proceso continuo de perfeccionamiento técnico con el objetivo de conseguir correr cada vez mejor. Para esto, las actuales zapatillas de correr son más un impedimento que una ayuda. La industria tiene delante de sí un reto tecnológico, conseguir zapatillas que permitan que el pie se fortalezca y pueda leer la información del terreno por donde se corre, y que además sean flexibles, ligeras, seguras, confortables y nos protejan del clima.

Yo empecé a correr en el año 2007, con 42 años. Como casi todos, empleé lo que tenía a mano, unas zapatillas cualquiera. Empecé a sentir molestias, siempre en las rodillas, otras veces también en los tobillos, a veces en los gemelos o los femorales, incluso en la cadera alguna vez. A pesar de ello era tan grande el placer de correr que proseguía a pesar del dolor. Cada vez que me ponía las zapatillas sentía sobre mí cernerse la temida lesión. Escuché lo mismo que casi todos los corredores populares: ten cuidado, correr es peligroso. Y fui al podólogo, que me fabricó unas plantillas para controlar mi pronación, y me compré las mejores zapatillas para reducir los impactos. Ningún profesional a los que visité me quiso ver corriendo, nadie me aconsejó sobre qué estaba haciendo mal y cómo realizar un correcto aprendizaje de la carrera Confié en que los 200 euros gastados en ambos especialistas solucionaran el problema, junto con un entrenamiento razonable en cuanto a la progresión de las cargas y las intensidades. Es cierto que el paso del tiempo ha aminorado el dolor. He tenido la suerte de no caer lesionado y además he conseguido progresar en velocidad. Sin embargo, una serie de hechos me han hecho reflexionar sobre cómo estoy corriendo, hacia dónde voy y cómo me gustaría correr en el futuro.

Es cierto que actualmente corro seguro, pero mi técnica resulta deplorable, demasiado rígido, aterrizando de talón, poca coordinación, braceo defectuoso, y demasiada zancada. Esto no me satisface, a pesar de las marcas, porque yo no corro para romper el cronómetro sino para correr bien, y la mala técnica de ejecución me impide ser del todo feliz cuando corro ya que desearía sentirme ligero y apreciar que poco a poco voy ejercitando la belleza de la carrera de modo satisfactorio.

Pero existen otros factores. Al poco de empezar a utilizar las nuevas zapatillas, junto con las plantillas ortopédicas, comencé a sentir torpeza en mis movimientos durante la carrera, que percibía sobre todo cuando tenía que superar un pequeño obstáculo, cambiar de dirección, pisar sobre terreno inestable o sobre superficies no planas. Me sentía torpe. Con mis zapatillas nunca tuve torceduras, en cambio, me sentía como un pato, poco ágil. Curiosamente me lesioné andando con mis zapatos habituales de vestir. Empecé a notar que cuando llevaba calzado de calle, sin amortiguación y sobre todo, sin control de pisada, la más leve irregularidad de la acera me provocaba inestabilidad en el tobillo. Y en dos ocasiones me produje un esguince simplemente andando por la calle. Entonces no asocié aquellos episodios con la utilización de zapatillas especiales, ni con mi técnica de carrera. Pero las reflexiones previas me llevan a pensar que mi torpeza corriendo la produjo la excesiva amortización de las zapatillas, que envuelven tanto el pie que lo ciegan a la información del terreno, y mi sistema propioceptivo no era capaz de reaccionar ante entornos de los que no recibía información. Gracias al control de la pisada ello no derivaba en esguinces, pero si favoreció que la musculatura equilibradota del tobillo se debilitara al no usarla, y que esa debilidad se hiciera patente cuando llevaba calzado sin protección.

Observo a mis hijos cuando corren. Siempre están felices cuando trotan, a menos que huyan de algo. La carrera produce felicidad. Corren porque sí, porque a los niños les apetece correr y el correr les provoca la sonrisa. Yo creo que todos corremos para sentir esa ingenua felicidad de los niños. Somos unos afortunados si de adultos podemos correr para reír. Pero la suprema satisfacción durante la carrera todavía no la he conseguido sentir, por dos razones, porque no corro bien y porque sigo teniendo miedo a las lesiones. Por ello deseo cambiar mi forma de correr, porque deseo recobrar en toda su plenitud la belleza del correr y su felicidad inherente. Y la dirección del nuevo camino que emprendo lo acabo de manifestar en los párrafos precedentes. Quizás me equivoque. Os lo contaré. Pero vivo con ilusión y auténtica pasión todo este proceso de aprendizaje y reeducación. También sé que afortunadamente en este viaje no estoy solo y que otras personas han emprendido previamente con éxito este camino, y otros están todavía en él con buenas sensaciones. Por ello os incluyo los enlaces que yo he encontrado y en los que me he inspirado para realizar estas reflexiones. Espero que esto también te ayude y que puedas encontrar tu propio camino.

¿Cómo corres tú?

 

http://www.scienceofrunning.com/2010/08/how-to-run-running-with-proper.html

http://www.runnersworld.com/community/forums/runner-communities/barefoot-running/barefoot-minimalist-shoe-resources-research-articles-videos-websites

http://therunningbarefoot.com/begin-here/

http://aprendizajedelacarrera.wordpress.com/

http://www.correrdescalzos.es/category/tecnica-descalzo/

MacDougall. Nacidos para correr. Editorial Destino.

http://barefootrunningshoes.org/

http://www.vivobarefoot.com/eu/barefoot/

http://www.youtube.com/watch?v=b3Nt4WgQed8&feature=related

http://www.youtube.com/watch?v=YS2FBl_tHA4&feature=related

http://www.runningshoesguru.com/2011/01/what-is-pose-running-part-i/

http://www.posecoachblog.com/

http://www.runnersworld.com/community/forums/runner-communities/barefoot-running/new-barefoot-minimalist-runners-start-here

http://www.runnersworld.com/article/0,7120,s6-238-267–13951-1-1X2X3X4X5X6X7X8X9-10,00.html

http://www.runnersworld.com/article/0,7122,s6-238-573–13691-0,00.html

En todo aprendizaje resulta fundamental el modelo, compartir el proceso con alguien que posea la técnica que deseamos alcanzar, ya que la imitación está en la base de toda educación corporal. También los consejos y la ayuda de otros ojos más capaces y que con otra perspectiva nos comunican los errores y nos ofrecen herramientas de aprendizaje para superarlos. Ambas cosas suelen quedar fuera del alcance de los corredores populares, por lo que a mí me está resultando muy útil estudiar vídeos donde se analiza la técnica de carrera y que ofrecen tanto ejemplos de buena ejecución como ejercicios para entrenar y preparar el cuerpo para ello. También que algún amigo nos grabe en vídeo tanto corriendo como realizando estos ejercicios de técnica, lo cual en la mayoría de los casos nos ofrece una valiosísima información para ir perfeccionándonos. En todo este proceso encuentro un gran placer, que a veces se torna frustración cuando tras haber entrenado mucho me veo en vídeo y sigo detectando malas ejecuciones de la técnica. Creo que éste es un proceso que acompaña toda la vida del corredor, y cuyos resultados se empiezan a detectar a medio y largo plazo, y no deberíamos caer en la tentación de creer que a partir de un determinado nivel nos vamos a librar de seguir estudiándonos para mejorar. Creo que aceptando estas premisas las frustraciones inherentes al aprendizaje se llevan mejor.

Existen en la red, en las revistas y en los libros numerosos recursos para ejercitar la técnica de carrera y el fortalecimiento de la musculatura y los tendones necesarios para una óptima ejecución. Pero no creo que la ejecución de tales ejercicios sirva de mucho si no están orientados hacia un objetivo claro que el corredor reconoce con facilidad, si no se integran en un conjunto coherente que facilita la transferencia automática hacia el correcto gesto deportivo. Creo que resulta esencial saber para qué sirve cada ejercicio, conocer qué habilidad intenta fomentar, reconocer cómo se está realizando la transferencia desde estos ejercicios aislados y analíticos hacia la suma armoniosa de movimientos durante la carrera. Lo más importante, por tanto, es que sean un conjunto integrado de ejercicios y que durante su ejecución intervenga la mirada atenta de alguien que nos oriente, ya que estos ejercicios hay que ejecutarlos muy bien. La concentración, la relajación y la frescura resultan fundamentales. Por tanto, es importante escoger los más adecuados a nuestro nivel de ejecución técnica y fortaleza muscular, y a medida que  vayamos mejorando, ir introduciendo nuevos ejercicios de un nivel cada vez más exigente y complejo.

No hay que olvidar que debemos activar, durante este aprendizaje, tanto la capacidad del pie para recoger y enviar información, como fortalecer todo el sistema propioceptivo, que ha permanecido aletargado durante demasiado tiempo. Existen muchos ejercicios que poseen esta finalidad. Al principio podrán parecer sencillos e inútiles, pero basta que se intenten ejecutar correctamente para que cambiemos muy pronto de opinión, ya que desde el primer momento comprobaremos que no resulta tan fácil conseguir ciertos equilibrios y mantener determinadas posturas. Aquí la progresividad resulta también imprescindible para evitar frustraciones y malas ejecuciones. Pero el sistema propioceptivo despierta pronto a estos estímulos y los avances resultan espectaculares.

Uno de los ejercicios que me provocan más alegría es el de correr descalzo. Al principio tuve muchos reparos, y por qué no decirlo, vergüenza, de quitarme las zapatillas y empezar a correr sin ellas. El placer que reporta es inmenso, y yo creo que esta experiencia enriquecedora es la que consigue integrar todos los anteriores ejercicios y reportar una gran felicidad y libertad al que lo practica. Hay que elegir superficies seguras, evidentemente, y empezar muy poco a poco. Yo comencé por hierba artificial, una vez a la semana realizaba del orden de 10 progresivos de unos 100 metros. Poco a poco fui incrementando las distancias, e introduciendo otras superficies más duras y ásperas. Al principio corría demasiado de puntillas y se me sobrecargaban los gemelos, pero rápidamente empecé a aterrizar con los metatarsos y con el pie cada vez más horizontal y debajo de la cadera. No se puede correr descalzo dando grandes zancadas ni cayendo sobre los talones, por lo que esta experiencia resulta esencial para que el organismo comprenda cómo se debe correr con zapatillas. No se trata de acabar corriendo descalzo (aunque algunos acaban haciéndolo), sino de correr descalzo para aprender a correr con zapatillas. Muy interesante me parece, a partir de determinado nivel, alternar superficies ya que las superficies duras y rugosas provocan que instintivamente el pie huya de ellas, es decir, que favorece el gesto tan importante de pisar huyendo del suelo.

Las zapatillas amortiguadas nos incitan no sólo a pisar con el talón sino a alargar la zancada por delante de la cadera. Uno de los aprendizajes indispensables es el del ritmo, el de llevar una cadencia alta de zancada. Los pasos más cortos favorecen aterrizar con los metatarsos, el que la pisada esté alineada con la cadera y que, por tanto, disminuya el rozamiento con el suelo, ya que cuanto menos tiempo permanezca el pie en contacto con éste menos resistencia habrá al avance del cuerpo. Para asimilar el ritmo de aproximadamente 180 pasos por minuto, intento ejecutar los ejercicios de técnica con un metrónomo cuyos pulsos intento seguir, o con música que posea un ritmo parecido.

Durante las primeras semanas de aprendizaje hay que aceptar dos cosas. La primera, que hay que reducir los tiempos y distancias de rodaje, que no pueden ser elevados ya que estos ejercicios de técnica y propiocepción, al activar capacidades que estaban dormidas resultan cansados, aunque al principio no lo parezca, y como inciden en músculos y tendones poco ejercitados si no se descansa y se da tiempo a la recuperación, nos podemos lesionar. En segundo lugar, hay que aceptar que vamos a correr más lentos, que hasta que el nuevo sistema propioceptivo y neuromuscular no empiece a funcionar aceptablemente nuestra carrera va a resultar más lenta y extenuante. Paciencia, por tanto, y exigirnos de modo paulatino. Por ello resulta conveniente realizar esta transición al comienzo de temporada, sin competiciones importantes de por medio.

Por todas estas razones, para intentar esta transición, hay que estar muy seguro tanto de querer realizarla como del camino y del objetivo que se van a emprender y acometer. La percepción de la mejora no va a ser clara durante las primeras fases, ya que el cronómetro y nuestro cansancio nos van a quitar aparentemente la razón. Por ello resulta esencial informarse adecuadamente, leer, analizar vídeos, conversar con compañeros y entrenadores, para cargarse de razones sobre si merece o no la pena embarcarse en esta aventura de correr mejor, de correr bien, que no está exenta, como se ha visto, de esfuerzo y sacrificio, y también de errores y frustraciones.

Todos conocemos compañeros que corren muchísimo, que consiguen marcas estratosféricas para un corredor popular y que sin embargo, ejecutan la carrera con mala técnica. A veces, en una carrera popular nos adelantan corredores que corren muy mal, y sin embargo, lo hacen más rápido que otros que parecen ejecutar la carrera con mejor técnica. El éxito deportivo deviene de una compleja mezcla de factores: la motivación, la capacidad de sufrimiento, la fuerza muscular, la potencia aeróbica, la capacidad anaeróbica, el consumo máximo de oxígeno, la técnica de carrera, etc. Un cóctel que, yo entiendo, hay que entrenar en su conjunto, incidiendo, claro está, en función del nivel de cada corredor y el momento de la temporada, en unos u otros factores. Como decía antes, correr bien no significa solamente batir marcas. El placer de la correcta ejecución, de la buena práctica, reporta placer y alegría por sí mismas. Pero también por motivos puramente de eficiencia, de mejor transferencia de la energía producida en movimiento, también resulta aleccionador cómo la mejor técnica, a igualdad de otros factores del rendimiento, juega un papel muy importante en las marcas. Existen excelentes corredores que aterrizan de talón, son pocos en la élite deportiva, pero también consiguen grandes marcas. Yo no soy un experto y no puedo decir si a un corredor de élite que posee esa técnica le interesa o no dedicar tiempo y esfuerzo a cambiarla o mejorarla, en relación con el entrenamiento de otras variables del éxito deportivo. Pero sí entiendo que biomecánicamente no es correcto hacerlo así, y que resulta más ahorrador de energía y menos lesivo aterrizar sobre los metatarsos con la rodilla flexionada y debajo de la cadera.

Aterrizar con el talón significa dos cosas muy negativas para la eficiencia y salud de la carrera. Primero, que el talón no posee propiedades elásticas, como sí las tiene el metatarso. Esto causa un exceso de impacto sobre toda la cadena motora, desde la cadera hasta el pie. Así ocurre que no aprovechamos la fuerza reactiva del suelo al aterrizar y por tanto que, en cada paso, estemos poniendo “el freno”, por romper la inercia y fluidez del propio movimiento continuo de la carrera. En segundo lugar, que el cuerpo suba y baje con cada paso, es decir, que una parte del esfuerzo que realizamos se transmita hacia arriba, para vencer la fuerza de la gravedad, en lugar que hacia adelante, para provocar movimiento efectivo. Como demuestran las últimas investigaciones realizadas para entender el éxito deportivo de los keniatas y etíopes en las carreras de resistencia, la eficiencia de su técnica de carrera resulta incuestionable, y el hecho de que nunca hayan dejado de correr desde niños, sobre todo descalzos y con zapatillas de escasa amortiguación y control. Todos ellos aterrizan con el metatarso y, además, sus tendones poseen una gran flexibilidad que transforma de forma muy eficaz la reacción del suelo en movimiento efectivo hacia adelante.

Llevo 1 mes de aprendizaje de la técnica de carrera. Ahora corro  descalzo unos 2 kms a la semana, alternando superficies duras y blandas. En casa también me muevo descalzo y muchos ejercicios de técnica y de propiocepción los realizo sin calzado. Le he quitado las plantillas ortopédicas a mis zapatillas de entrenamiento. Evito utilizar las más amortiguadas y sólo entreno con calzado de poco peso y cada vez menor amortiguación. Intento utilizar un zapato de calle plano con el que poder sentir el suelo y las irregularidades del terreno. Creo que estoy realizando una transición adecuada, no exenta de errores y frustraciones, pero sobre todo, estoy muy contento y motivado y creo que voy a mejorar mi técnica y que con el tiempo voy a conseguir correr mejor. Espero que mi experiencia y reflexiones os sean útiles para encontrar vuestro propio camino de aprendizaje y mejora. Suerte.

 

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¿Cómo corres? by Rui Valdivia is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.

INTROITO

Incluyo un fragmento de la biografía apócrifa y espuria de Rui Valdivia.

 

Introito

Mis dos bisabuelos murieron de rabia en la cárcel. Uno, el abuelo de mi madre, acababa de atravesar con un cuchillo la mano del sargento furrier, mientras apostaban quién sería más hombre. No soportó la deshonra del consejo de guerra. La vergüenza, la congestión y alguna cabezada contra los barrotes le sumieron en espasmos y finalmente en la inconsciencia.

Al abuelo de mi padre le mordió un perrito mientras volvía de trabajar en el campo, y dos semanas más tarde tendrían que encerrarlo en el calabozo del pueblo. Como su pariente político, murió también dando cabezadas y echando espuma por la boca.

De esta fractura social y posterior caída, sufrida por mi familia hace ahora 75 años, aún no me he repuesto: soy bajo, cetrino y de carácter mordaz, díscolo, traicionero y taimado, y sobre todo, heredé la rabia de mis dos antepasados, cuyas savias, mezcladas en mí, y en sinergia, me provocan tales accesos de mala hostia que si no fuera por mis estudios superiores, la buena crianza y el ambiente edulcorado y meloso donde medro social y económicamente, hace tiempo que habría acabado de igual forma arrojado en una cárcel y muerto de rabia y de golpes funestos en la cabeza.

Gracias al progreso me he salvado. Y a la autoridad de mis mayores. La disciplina social, ingrata con los perdedores, insoportable para los orgullosos de su libre albedrío y autónoma conciencia, resulta, sin embargo, de alto valor pedagógico para encauzar el árbol chiquito que desea hacerse grande entre sus mayores. Quien anhele triunfar no desespere en el orgullo o en la rebeldía, pliéguese a la corriente y no vuele contra natura. He aquí mi divisa resumida. Pero me gustaría matizarla, expandirla en sus múltiples relaciones, incluir algunas excepciones, y ciertos casos originales sin cuyo desenlace la mentada máxima no cumpliría su objetivo.

Mi historia revela la certeza del pensamiento liberal en sentido directo e inverso. El conocido dicho atribuido a nuestro antepasado Adam S. y descubierto por observación paciente de las abejas en sus melifluos juegos, de que la insania y el egoísmo más desaforado e irracional conmueven hasta tal punto los fundamentos de la sociedad que ésta, forzada por tan deletéreas fuerzas, ascenderá infinitamente en virtud y lozanía, se cumple sin escrúpulo en mi caso y en las relaciones que mis vicios ocultos establecen con el bienestar evidente de mis conciudadanos.

Pero también se cumple el teorema inverso, considerado espurio y apócrifo en su tiempo, y sin embargo, confirmado por múltiples evidencias empíricas, entre cuya muestra me incluyo con orgullo. ¿Quién no ha detectado la maldad en sí? Si quieren, yo confesaré primero: admito que todavía me encuentro tentado por ella. Pero de entre todas las oportunidades que la sociedad ofrece para ejercer la injusticia y la perversión, esta comunidad virtuosa fomenta, también indeleblemente y sin apenas notarse, la expresión de aquellos vicios más útiles para el éxito privado, y acalla, con guante invisible, los más inútiles e ineficientes. De tal modo opera sobre mí esta ley inversa que sin ella habría acabado, como planeta ingrávido, en el fondo de un albañal, infectado en mi propio hedonismo vacuo e insustancial, improductivo.

Véase lo que ocurre también con las abejas y analícese el panal en su globalidad. Observado el enjambre en sucesivos actos, ya con la lupa, ora con el telescopio, y siendo capaces de integrar toda la información de modo coherente, apreciaríamos un sistema complejo donde a la vez se expresaría la acción de la masa social sobre el individuo, como su reacción en el colectivo: la ociosidad, incontinencia y apetito voraz de cada zángano; el trabajo impenitente de cada obrera aportando néctar; la reina pariendo, comiendo y soportando la lubricidad de cada zángano. En fin, un universo de múltiples acciones y reacciones donde las perspectivas micro y macro se solaparían armónicamente. En suma, un círculo virtuoso donde la obrera da de comer a todos los que follan y huelgan a destajo. Pero se equivocan si piensan que ser reina o zángano resulta deseable. Las obreras no sólo traen la comida y limpian la casa, sino que al final de cada verano asesinan a todos los zánganos, y cada cierto tiempo, cuando la reina ha envejecido lo suficiente, la destronan por asfixia, tras lo cual, convertidas en nuevas garantes de la ley y del orden, elegirán, legítimamente, a una nueva reina.

Ahora denominen de otro modo a cada una de las partes. Por ejemplo, a los zánganos, llámenlos prostitutas; a las obreras, empresarios; y a la reina, por ejemplo, capital, tecnología. Bueno, la historia cambia. Podríamos afirmar, sin riesgo a equivocarnos, que en tal panal la renovación del capital se produce gracias a la comida que los empresarios dan a las prostitutas con el oscuro deseo de regenerarse el capital. Pero, yo les pregunto ahora, ¿qué clase social haría las revoluciones en esta colmena?

Bueno, no se asusten, estos son los riesgos propios del nominalismo y de la hermenéutica. ¡Jueguen, jueguen a nombrar!

Para concluir este esbozo teórico en el que he demostrado la pertinencia del teorema directo e inverso del liberalismo económico, hagamos un breve resumen en tono aporético: por la directa me beneficio beneficiando, y por la inversa, me benefician mientras beneficio: hijo del beneficio, me honro de ser parte del progreso social a pesar de mis enrabietados orígenes, pues: me convierto en zángano o en obrera, según las circunstancias, y nunca dejo de ser capital.

¿Qué corolario cabe deducir de ambos aspectos del teorema? Pues que la sociedad posmoderna resulta demasiado compleja, y para ser entendida se impone, primero, dejar de fumar, después, recoger la mesa, y tras mucho pensar y deliberar, ahogarse en un barreño de frambuesa.

Tras este ejercicio académico, necesario para rehuir el absurdo y la banal interpretación de mi persona, les ofrezco una anécdota.

Al comienzo de mi vida soporté graves problemas económicos. Unos amigos me decían que no gastase tanto, otros que ahorrase más, pero era tan escasa la beca que recibía y tan elevado el nivel de vida en el extranjero, que todavía hoy me pregunto ¿cómo pude superar el circulo vicioso de mi indigencia? Pues no se sorprendan, aquí reside la gracia de esta aventura o anécdota, me convertí en perro, como mi bisabuelo paterno. No de repente, claro, sino tras un largo proceso de maduración.

Por supuesto, todos los días iba al supermercado. El hambre y no sólo la sed, devoraban mi discernimiento. Como el burro de Buridán, apenas podía pensar, ni aprehender la realidad, y por ello, tardé mucho tiempo en advertir que el precio de la misma cosa no siempre fuera el mismo. No teman, no descubrí tan pronto el misterio de la inflación. De lo que en verdad me percaté fue que, por ejemplo, galletas o latas de carne aparentemente iguales, estuvieran, simultáneamente, marcadas con distinto precio, en virtud de no sé qué ocultas leyes del mercado. ¡Oh, cielos! Podría ahorrar. Besé a la cajera y el dinero que no gasté ni en compras ni en invitarla a cenar, lo empecé a acumular como excedente, proceso que me ayudó a salir del barro y de la indigencia.

Debía poseer ya todo un capital ahorrado cuando empecé a notar una pertinaz y molesta erupción de pelo por toda la superficie de mi cuerpo. Al principio, la transferencia tecnológica vino en mi ayuda, de manos de la cajera, con la que ya había entablado una relación harto solidaria, y que me prestó su propia cera depilatoria en frío. Más tarde me sorprendí olisqueando a la propia cajera, no besándola, ni chupándola o mordisqueándola, sino olfateando todas las rótulas y pliegues donde su sudor pudiera acumularse y conservarse. Mi fina pituitaria pudo llegar a detectar cualquier movimiento en el edificio donde vivía: la floración de las petunias de la vecina del sexto, el cambio de pañales del bebé del primero, lo que hubiera comido el antepenúltimo usuario del ascensor, la exudación del ajo, los aditivos de la coca-cola y hasta anticipar la rotura de una tubería de aguas negras cuya fuga no logró evitarse y acabó por inundar toda una planta del edificio.

Perfeccioné el giro y orientación de mis orejas, la vibración del rabo y hasta a levantar la pata durante mis micciones todavía en el inodoro. Me disponía ya a reconocerme como un gran gateador, cuando un hecho inaudito, pero no por ello menos conocido, me devolvió la realidad de mi precario y penoso estado, a pesar de los ahorros acumulados durante todo el tiempo que duró mi metamorfosis.

Dada mi situación, no se sorprenderán si les digo que a la cajera la montaba por detrás. Ella me buscaba las cosquillas y pretendía girarse con el pretexto de bucear en mis ojos, pero yo insistía y la sujetaba férreamente con mis patas delanteras. Pues bien, tampoco les debería asombrar el modo cómo ambos acabamos en el dispensario de la seguridad social. Así anudados, giré mi cuerpo sobre mi patita izquierda para enfrentar nuestros culos con la intención de empujar hacia fuera y desacoplar nuestra recién culminada fusión, y hete aquí que la dilatación de algún nuevo mecanismo de mi renovado pene impidióme sacarlo, a pesar del lubricante, nuestros esfuerzos y al cabo, nuestros gritos de dolor. Me había convertido finalmente, y como era de esperar, en un perro no sólo en lo físico, sino también en lo ético.

La medicina no salía de su asombro. Me aislaron, me uncieron a un gotero de una solución salina y poco a poco, antes de que finalizaran dos tesis doctorales y una mención en el Nature, regresé a mi ser original. Pero no fue la ciencia la que supo explicar lo acaecido con el cambio de aspecto de mi persona, sino que fue la cajera la que, como luego verán, vino de nuevo en mi ayuda.

Yo había estudiado en el colegio los atributos del régimen monárquico: una transmisión seminal de poder legitimada por la misma práctica que llevó a los agricultores y ganaderos neolíticos a mejorar progresivamente las especies con mayor valor económico por selección genética de los linajes más productivos del trigo, la cebada, el mijo, los bóvidos o el cerdo. Pero antes de aplicar las artes de la mejora filogenética a las monarquías, éstas habían sido en sus orígenes aleatorias, y más tarde, electivas, dos prácticas reverenciadas por su respeto al principio de igualdad. La selección vendría mucho después.

Ya les comenté la relevancia del panal y la colmena para comprender la historia del pensamiento económico, su importancia experimental para demostrar las leyes del mercado liberal. La deuda contraída por la humanidad con la abeja resulta abisal y nunca nos recataremos en el elogio y la gratitud. Sin embargo, olvidé decirles algo sobre esta particular monarquía de signo matriarcal, la monarquía apícola. Recuerden, las obreras habían ejecutado a los zánganos, acababan de asfixiar a la reina envejecida. ¿De dónde extraer la nueva monarca? ¿De una obrera? Pero, ¿cuál? ¿Acaso la reina aún insepulta, antes de expiar eligió con su antena a una de entre sus asesinas? ¡No! ¿Acaso dotó a alguno de sus huevos de tal excelencia genética que de él acabaría brotando otra reina? ¡No! ¿Quedó un último zángano aguerrido y montaraz que exánime antes de morir alcanzó en su postrera inseminación a la reina moribunda, cuyo supremo gesto consistió en parir un último huevo monárquico? ¡No!

De nuevo la naturaleza demostró su sabiduría, y así como se renueva la monarquía y se hace perenne su reinado, del mismo modo mi ser, devastado por la metamorfosis, regresó a su estado cuasi original tras cambiar mi dieta, una vez reconocido mi error. Estaba en país extraño, todavía no conocía bien el idioma, el alfabeto cirílico aún resulta demasiado complejo para un occidental, y confundí, mejor, no advertí, el contenido real de esas latas tan baratas que yo tomaba por carne. De hecho contenían carne, junto con otras muchas sustancias, pero carne de no sé qué animales para alimentar a cánidos domésticos. Sí, perros, sabuesos. Y entonces comprendí, acerté a conectar el mecanismo del mercado con mi reciente transformación, la jalea real de las abejas y el funcionamiento del sistema liberal, el excedente acumulado de la explotación, el amor de la cajera, y por supuesto, el cambio hormonal operado en mí por tanta comida para perro ingerida en el ahorro, la avaricia y la austeridad.

Este sucesivo tránsito de ida hacia la animalidad y de vuelta, otra vez, hacia la humanidad, me despejó muchas incógnitas. Porque cuando fui perro no olvidé mi historia de hombre, recordada con la memoria parca y simple propia de los perros. Pero tampoco, recobrado mi aspecto original, olvidé mi vida de perro, cuyas vivencias y desacatos a la virtud aún perduran en mi memoria. El recuerdo que ahora poseo de los recuerdos vividos por un perro que fuera hombre me acompaña hasta en los más insignificantes actos o actitudes de mi vida. No deseo volver a ser un perro. Pero les sugiero que hagan la prueba, resulta tan fácil y barato, y reporta tanto conocimiento y bondad ética.

Abeja se parece a oveja. No se rían. No es un juego. Apenas una tontería que nos permitirá dejar la anécdota pasada e internarnos en otra faceta de mi vida. Ambos animales son peludos, o mejor, lanudos. Más allá de esta banal comparación, nada les asemeja. Las ovejas resultan bobas y gregarias, y las abejas disciplinadas. Objetarán que la disciplina no es más que una variante del gregarismo y de la obediencia ciega. Pero la diferencia resulta palmaria. Comparen un cuerpo de ejército durante la batalla de Austerlitz con una desbandada de ovejas al olor del lobo.

Las ovejas tampoco vuelan. Y como todo el mundo sabe, las abejas pueden volar por sus propios medios. Particularmente, yo siento debilidad por las ovejas. No tanto por ellas o por sus concretas virtudes y vicios, sino gracias a uno de esos cortocircuitos mentales tan habituales en los seres humanos y que tan originales nos hacen. Yo no puedo resistirme a conectar, de forma absurda y carente de razón, a la oveja con la pelota de golf. Cada vez que veo una de estas pelotitas pienso que una oveja enroscada sobre sí misma está esperando a que la golpeen con el bastón de metal. Cierro los ojos y casi puedo verla alejarse hacia el green balando desesperada a más de 200 kilómetros por hora: beeeee, beeeeee, beeeee.

Como ven, cada cual posee sus manías. Pero las ovejas, tanto o más que las abejas, han sido animales muy útiles y beneficiosos a la ciencia política. El pastor, el lobo, el cordero o el rebaño nos ofrecen las imágenes arquetípicas con las que todavía razona nuestra mente neolítica y ganadera el juego de la política. Que las ovejas sea merinas o churras, el perro, mastín o lobo, y el pastor, propietario o contratado, nada altera el uso de estos modelos en el discurso simbólico de la política.

Pero yo no identificaría tan fácilmente el rebaño con el Estado. Si el pastor naciera de oveja sería apropiada la comparación. Pero los pastores poseen sus propias manías reproductivas. Existen demasiadas especies distintas en este teatrillo de la política y a mí siempre me ha parecido un poco abusivo explicar el comportamiento humano en sociedad recurriendo a este ecosistema variado y artificial, cuya existencia deriva de la actividad industrial del ser humano a través de la subespecie del pastor y de la pastora: el ideólogo se compra unas ovejas, contrata a un pastor, amaestra a unos perros y finge el aullido de un lobo, tras lo cual observa las reacciones del redil. Pero el rebaño también le observa a través del vidrio del tubo de ensayo. Este político observador y observado creará, o a mí me lo parece, una ciencia especular, un juego de frontón contra una pared de azogue.

Quizás mi error fuera confiar demasiado en la teoría, dar demasiado valor a los principios, perder demasiado tiempo imaginando cómo una sociedad de ovejas indefensas y de lobos aguerridos podían llegar a un acuerdo pacífico en torno al reparto del excedente de corderos: equivoqué mis primeros pasos en la política por exceso de celo en la interpretación de los principios.

Carente de originalidad, empecé por el individuo. Compuse mi sujeto. El Yo. No yo, sino el ser  humano, el yo indiviso, esa mónada ideal autocomplaciente y calentita. Convenzan a la oveja, a esa oveja, a una oveja concreta, de su originalidad: “¡tú, eh!, tú, oveja, la de la conciencia”. Dótenla, o mejor aún, háganla creerse su historia individual, confiar en sus propias creencias y apetitos: “¡Qué patita más mona tienes, oveja! ¡Qué lana tan mullida! ¡Bonito balido!” Ya la tienen ahí, ufana entre la manada y mirando condescendiente: “¡rebaño de siervos!”. Pues así me comportaba yo. Jamás habréis visto un becario más fatuo e insolente.

Me importa, ahora, detener la redacción en estos momentos estelares de mi despertar político. A ver si logramos desvelar, o al menos, entender, el desorden vital que una persona puede alcanzar a consecuencia de la ingenuidad, y como antes decía, del excesivo rigor interpretativo de la teoría política.

La libertad resulta un ente demasiado colosal para ser aquí ni definida ni defendida. Tan sólo recordaré a mi tío Nicolás un día ante un cepo recién abierto en el que por inadvertencia, despiste, simples ganas de fastidiar o de llamar la atención, una oveja acababa de meter la pata. Según la soltaba y tras darle dos terribles empellones en el lomo le gritó, “¡alé, alé, que ya estás libre, tontorrona!” A ninguna otra oveja le dijo jamás tal cosa. Y a mí siempre me extrañó que la única oveja coja del redil estuviera dotada del atributo de la libertad.

En fin, la libertad resulta indispensable para definir al individuo: “¡Soy libre y hago lo que me da la gana!” Esto se lo escuché un día en la televisión a una señora medio en bolas, muy acalorada y encendida mientras aporreaba la puerta del despacho de su marido y sentenciaba: “¡Y si no te gusta, se lo dices a tu madre, rico!”

Otro elemento indispensable para definir la libertad y construir al individuo: la voluntad. A mí me sorprende que yendo siempre juntas, la libertad sea algo golfa y la voluntad, en cambio, mantenga más a menudo su apariencia de virtud. Si en ocasiones la voluntad se hace voluptuosa o cae en la veleidad, halla oportuna disculpa en su amiga la libertad, esa golfa que la emborracha o la droga y la aparta así de la senda recta de la razón.

Ya les advertí del desorden magistral de mi formación política. A estas alturas no debería ya sorprenderles mi complejo mundo conceptual. Les he hablado del despertar de mi yoidad y de mi alegría al descubrir mi dignidad de ser racional protegida por la coraza de mi voluntad: en suma, un robot listillo y liberado ante las tentaciones del mundo y de la vida. Tal concepto, tal definición de lo humano sólo admite dos respuestas vitales, y ambas las apuré hasta las heces, es decir, hasta el momento en que desesperado de tanta teoría y contubernio conceptual me lancé a la praxis de una vida en principio no regida por principios:

O sucumbía al placer o lo hacía al terror. He aquí las dos únicas salidas acordes con el suicidio colectivo en la colectividad. Tardé tiempo en darme cuenta de las amplias y nunca sanas conexiones existentes entre vías que en apariencia resultaban tan distintas y excluyentes. Al fin, y si sobre ello recapacitan un poco, se darán cuenta de que con independencia del camino o del atajo que escojan el Estado les aguarda en la meta: un Estado que les dé placer o les quite el miedo. En suma, un Estado que nos aterroriza con el placer que nos puede quitar.

Pero la lección imperecedera la recibí mi último día en la universidad. Y me la ofreció gratuitamente mi profesora de ética parasitaria. Había logrado superar los últimos exámenes y dejé el de esta asignatura para mis habilidades orales. Razonablemente, la profesora se dejaría manosear por un joven en el esplendor de su postadolescencia. Habíamos previsto esta posibilidad gracias a una serie de inequívocos signos: hoyuelos en las mejillas, pelo alborotado, suspiros sin causa, risas atolondradas y contoneos al ritmo de la tiza y al gusto del respetable. Lo habitual, lo ya consignado en los manuales de la materia. Además, era la profesora más odiada por nuestras más odiadas compañeras, una razón más para vengar en la solicitud de aquélla los desprecios de éstas.

Dos golpecitos certeros y escuetos proclamaron mi presencia. Penetré lentamente y sin demasiado aplomo, pero con dignidad. Buscó mi examen y tras hojearlo apenas unos segundos, lo puso en la mesa entre nuestras cabezas, y juntos nos aventuramos por las sutilizas de mi ignorancia. Ella recorría la hoja con su dedo medio, insistiendo en los errores más aparatosos, los olvidos más imperdonables, y yo la seguía con mi dedo índice justificando mis despistes o excusando mis carencias.

  • Vea que resulta incomprensible.
  • ¿Mi letra, señorita?
  • Deje ya lo de señorita y llámeme profesora.
  • Aurora
  • Vale, profesora Aurora, pero prefiero profesora del Pozo.
  • ¿Y por qué del pozo?
  • Porque es mi apellido y usted es muy tonto y no va a aprender nunca. A ver, ¿no le da vergüenza saber tan poco? ¿Es que pretende que le dé clases particulares? Porque usted no sabe nada de la vida, señorito. Mire, mire aquí, acerque la cabezota al papel y mire cómo responde a la pregunta ¿Cómo se le ocurre afirmar que Sócrates era una mosca cojonera? ¿Qué sabe usted de Sócrates?
  • Que era feo y no se comía una rosca.
  • No diga insensateces. Sócrates se amancebó con Diótima.
  • Pero era feo y nunca llegó a tirársela.
  • ¿Cómo sabe usted eso?
  • Si me deja llamarla Aurora se lo cuento.
  • Se lo está inventando. No me haga perder el tiempo, eso no viene en el libro.
  • No, no lo invento, lo deduzco de las circunstancias. Si la hubiera tocado, Diótima se habría deshecho en humo.
  • No me lo creo.
  • Sí, mujer, mire el …
  • ¡Oiga! ¡Oiga!
  • Hágame caso, Aurora, Diótima era una idea, una aspiración, y Sócrates lo sabía, pero sólo se lo contó a Platón para contener sus celos, pero con la condición de no contárselo a nadie y de elaborar una teoría al respecto. ¿Sabes? Tú también eres una idea.
  • ¿Cómo dice?
  • Una obsesión de mi mente y por eso no pude estudiar, profesora, porque prefería estudiarla a usted, sus ojos, sus labios, los hoyuelos, estas manos tan sabias que cogen tan bien el bolígrafo y la tiza. Los demás estudian la asignatura, pero yo la estudié a usted, examíneme y comprobará lo que sé.
  • No voy a aprobarle y se va a ir por esa puerta por la que nunca debió entrar.
  • Pero Aurora.
  • ¡Profesora del Pozo!
  • Pero no diga palabras tan feas.
  • Mi apellido no es feo, Sócrates de mierda, sátiro, salga de aquí ahora mismo.

Las cosas no iban muy bien. En algún momento fallé ¿No debí haberla llamado Aurora tan pronto? ¿Debí dejar el tuteo para después del manoseo? ¿Por qué insistí en la fealdad de su apellido? Todos los pozos no son feos y ella poseía un lindo brocal. En fin, simulé no haber oído lo que ella debió decir sin darse cuenta, y creyendo que tan hirientes palabras ocultaban sutilezas de dama, arrojé mi zarpa de perro contra su nalga y apreté poseído por la verdad y la inmanencia, a pesar de que lo prudente hubiera sido correr y agachar la cabeza, porque tan rápido como mis dedos se hundían en sus pliegues opalinos, ella agarró la grapadora y sin enunciar claros conceptos ni elevar nuevas fronteras, me golpeó repetidas veces en la cabeza, con tal acierto y maestría que según me abría la ceja me la sellaba con la tenaza de las grapas; hasta que éstas se agotaron y fue tal ya la efusión de sangre que ella misma se asustó y me abrazó cuando ya rendido caía en sus brazos.

  • Es usted una bestia, señorito.
  • Dígame, profesora.
  • ¡Pero cómo se le ha podido pasar por la cabeza!
  • ¿El qué tengo en la cabeza?
  • Hijo, pero qué bruto es usted. No le da vergüenza, cómo lo la puesto todo, madre mía.
  • Fue sin querer, si quiere lo recojo, pero no me pegue más, por favor.
  • Pero cómo le voy a pegar más, mi niño, cómo se le ocurrió proponer esas cosas tan sucias y tan rastreras. Usted vale mucho más que un examen. No puede prostituirse de ese modo, por algo que vale tan poco.
  • Entonces, ¿por qué me pegó tanto?
  • Legítima defensa, tema cinco.
  • Pero yo no deseaba hacerle daño.
  • Pero me lo hizo, señorito, no tanto en el culo como en el corazón. Apretaste demasiado fuerte. Te enseñaré algo, las más de las veces con una simple palmadita basta.
  • ¡No puede ser!
  • ¡Si hubieses ido más a menudo a clase! Tú eres un chico inteligente y no necesitas entrar en este comercio carnal tan poco ético para aprobar la asignatura. ¿No ves que tu dignidad se resquebraja y te conviertes en un animal del apetito y de las bajas pasiones? ¡Cuántas veces no os he dicho en clase que el ser humano atesora en su alma o en su corazón parte del hálito divino! No puedes mancillarlo y ponerle un precio como a cualquier mercancía. Que te sirva de lección lo que hoy ha ocurrido en este despacho por obra de la divina providencia: no vendas nunca tan barato y cuando puedas, roba sin preguntar el precio. He aquí mi enseñanza. Yo te apruebo, hijo mío, porque tu sangre revela tu eficaz conversión. Levántate, dame un beso y cuando salgas busca a la señora de la limpieza.

Jamás la he olvidado. Cuando dudo o reflexiono, acaricio mi ceja derecha y al tacto de la cicatriz renuevo mi pacto y el recuerdo de aquel imperativo que la profesora Aurora del Pozo con tan vehementes y lúcidas palabras me enseñó.

 

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EL AGUA FUGITIVA

Diría Garcilaso de la Vega a orillas del Tajo:

por desusada parte

y por nuevo camino el agua se iba;

ardiendo yo con el calor estiva,

el curso, enajenado, iba siguiendo

del agua fugitiva.

En el año 2000 el Partido Popular inició la tramitación del segundo Anteproyecto de Ley de Plan Hidrológico Nacional, nada menos que 15 años después de la publicación de la Ley de Aguas. Como dijo en su día el escritor-ingeniero Juan Benet, nuestros políticos, desgraciadamente, aún siguen “…alimentando ese apetito de espera mesiánica que parece ser el fundamento de religiones, creencias ocultas y planes hidráulicos”.  El 13 de julio publiqué en el periódico EL CORREO ESPAÑOL del País Vasco el artículo de opinión titulado “El agua fugitiva, una crítica de las políticas del agua llevadas a cabo durante los últimos años.

También puede consultarse: “El plan invisible”.

 

El agua fugitiva

El anhelo de la política del agua en nuestro país consiste en la aprobación lo antes posible de algún tipo de Plan Hidrológico Nacional. Éste es el gran tema recurrente de nuestra política hidráulica, siempre a punto de aprobarse, demorado constantemente. En un entorno legal que convierte el agua en bien de dominio público de titularidad estatal, la planificación deviene necesaria, pues de qué otro modo se podrían repartir las aguas en nuestro país si no a través de decisiones puramente administrativas derivadas precisamente de no ser las aguas bienes privados apropiables por las fuerzas del mercado. Pero desgraciadamente nuestros políticos aún siguen “…alimentando ese apetito de espera mesiánica que parece ser el fundamento de religiones, creencias ocultas y planes hidráulicos”, absurdo que Juan Benet caracterizaba muy acertadamente y que se agudiza ante el reiterado y reciente anuncio de nuestro recién investido presidente de priorizar la aprobación del plan en el ámbito de un gobierno que promueve privatizaciones y liberalizaciones, rara avis en la España conservadora y neoliberal que se quiere construir.

Resulta sorprendente que sea precisamente un partido neoliberal el que esté anunciando como prioritario redactar con la mayor prontitud un plan hidrológico que en sus requerimientos legales se asemeja más a un clásico ejemplo de planificación centralizada, eso sí, con fuerte participación institucional y ciudadana, que a un ejercicio de regulación similar al marco diseñado para las telecomunicaciones o el sector eléctrico. Que el Partido Popular no cree en el plan hidrológico resulta claro a la luz de sus nada disimulados deseos de privatizar la gestión del recurso en todos sus ámbitos, de su postura contraria a la actual Ley de Aguas de 1985, contra la que promovieron cuestión de inconstitucionalidad aduciendo que atentaba contra el derecho de propiedad y contra la libertad de mercado, y por querer transformar el plan en un listado de obras, entre las que destacarían los trasvases, que costeadas por el erario público tejerían una red similar a la de carreteras o a la de líneas de alta tensión, que hiciera posible la creación de un futuro mercado de aguas sin las rigideces que ahora lo atenazan y sufragado, a despecho de la iniciativa privada, por todos los españoles a través de los presupuestos generales. El plan, raro atavismo de la política popular.

Pero la planificación de los recursos hídricos, tal y como se refleja en la Ley de Aguas, no sólo consiste en decidir qué obras se van a realizar, sino que, olvidados por todos los recientes intentos de esbozar un plan hidrológico, existen otros muchos preceptos que bien considerados en el plan racionalizarían e incrementarían la equidad con que la gestión de las aguas se viene realizando en nuestro país. Esbocemos algunos de ellos:

¿Cómo se van a racionalizar las demandas de agua y a ser satisfechas adecuadamente si la Administración hidráulica desconoce en gran medida el régimen concesional y por tanto no sabe quiénes tienen derecho a utilizar las aguas y en qué condiciones?. Actualizar el actual Registro de Aguas sería condición previa tanto del plan como de un posible mercado de aguas, porque ¿alguien se imagina un mercado libre y transparente de bienes inmuebles sin un Registro de la Propiedad actualizado y fidedigno?.

Si las aguas y los cauces por donde discurren son públicos, ¿por qué hasta la fecha casi no se han deslindado cauces ni se han establecido con nitidez, en los ríos más importantes, las zonas de titularidad estatal, las zonas de servidumbre y las de policía?, requisitos sin los que la gestión del recurso, y su protección y disfrute por los ciudadanos resultan muy difíciles de alcanzar.

La reciente Reforma de la Ley de Aguas, de 1999, resalta la importancia de los caudales ecológicos y de las demandas ambientales, y les da prioridad, salvo en el caso de abastecimiento a poblaciones, sobre los restantes usos de las aguas. Se transforman así estos caudales de protección ambiental en verdaderas restricciones al sistema de gestión de las aguas, sobre los que no cabe negociar en caso de que entraran en conflicto con otros usos, ya que los posibles déficits deberán asignarse a otros consumos para satisfacer siempre y en todo caso las demandas ambientales. Con tal contundencia se define el vigente régimen jurídico de las aguas, pero lamentablemente todavía se desconoce la cuantía de tales caudales, sin que hasta la fecha se hayan dedicado esfuerzos comparables a los efectuados en el ámbito de los usos agrícolas o industriales, lo cual evidencia una seria carencia del plan en ciernes.

Otro aspecto de gran relevancia se refiere al régimen económico y financiero de las aguas, que se erige sobre dos pilares, a saber, todos los beneficiados, directa o indirectamente, por obras realizadas por el Estado deberán satisfacer una exacción (precios y tasas) que compense a la Administración de la inversión realizada, y toda actividad contaminante de las aguas deberá satisfacer un canon que también compense los gastos realizados por las Administraciones para proteger la calidad de las aguas. Es decir, el agua es gratuita, pero los beneficiarios de sus servicios deberán compensar al Estado por los gastos realizados; por ello ni las hidroeléctricas ni los pozos pagan por el disfrute del agua, y sí lo hacen, por ejemplo, los abastecimientos urbanos o los regantes beneficiados de obras de regulación ejecutadas por el Estado. El régimen, por tanto, es claramente finalista, se recauda para gastar con un determinado fin, pero el sistema ha quedado pervertido porque ni las Confederaciones Hidrográficas recaudan lo suficiente ni lo recaudado se aplica a aquellas actividades y actuaciones a las que vienen obligadas por ley. La racionalidad presupuestaria se debería imponer también en la Administración hidráulica de nuestro país.

Las Confederaciones Hidrográficas se crearon en la primera mitad del siglo con el objetivo de construir presas y canales en aplicación de unas leyes y de unas necesidades económicas y sociales que en gran medida han desaparecido y se han transformado en un nuevo conjunto de objetivos múltiples y variados que recoge la vigente Ley de Aguas y que obligan a racionalizar el uso del agua, a cuidar su calidad y a gestionar el recurso respetando el medio ambiente. Ante este panorama la construcción de infraestructuras cede paso ante la gestión de la demanda y de la calidad del recurso. Y para ello la actual Administración de las aguas no está preparada, ni en medios técnicos, ni en recursos humanos, ni en capacidad de dirección. Carencias tan lamentables y tan unánimemente admitidas propician que los actuales diseñadores de la política hidráulica no contemplen la reforma de la Administración hidráulica desde el reforzamiento de lo público, sino a partir de su progresiva privatización y alejamiento de los controles administrativos que asegurarían el reparto equitativo del recurso hídrico en la órbita de un plan que debería aportar los criterios de gestión y distribución, y que en la actual tesitura no se sabe muy bien qué hueco viene a rellenar, si no el meramente propagandístico.

Sobre las aguas se erige un entramado competencial que el propio proceso planificador debería haber clarificado, ya que Ayuntamientos, Comunidades Autónomas y Administración Central, deberían encontrar en la planificación de las aguas un vínculo de coordinación y de colaboración que hiciera eficiente y posible la gestión racional del recurso hídrico. El desajuste actual se pone de relieve en hechos tan graves como los continuos incumplimientos que España hace de la legislación comunitaria de calidad de las aguas (por ejemplo, de las Directivas de aguas de baños, sustancias tóxicas y peligrosas, contaminación por nitratos de origen agrícola), la poca relación que guarda la ordenación del territorio con la protección del recurso hídrico o con la prevención de los riesgos de avenidas e inundaciones, la escasez de información sobre datos elementales referidos a vertidos contaminantes, estado de calidad de las aguas, etc. En la medida en que las diferentes Administraciones tienen voz y voto en el proceso planificador de las aguas a través de los Consejos del Agua de cada cuenca hidrográfica, los planes deberían haber recogido una serie de vínculos que vertebraran de forma lógica y eficaz las diferentes competencias, su ausencia, hará, sin duda, muy difícil que los objetivos pretenciosamente plasmados en el papel se puedan llevar a la práctica en la España descentralizada por la que discurren las aguas.

Los ciudadanos, las instituciones y las Administraciones cada vez solicitan más datos e información relativas al mundo del agua, pero la Administración hidráulica todavía no ha sido capaz de satisfacer esta demanda, situación que se nos antoja desfasada en el creciente tráfago de la sociedad de la información. Para que la sociedad conozca los verdaderos problemas del agua o para que las universidades investiguen necesitan una serie de datos que existen y se están generando, pero que la Administración no está siendo capaz de poner en manos de los ciudadanos de forma asequible. Las decisiones que un plan contiene deben adoptarse con la participación de las instituciones y de los ciudadanos, así lo exige la Ley de Aguas, y sólo se podrá negociar y dialogar de forma transparente y creativa si la información y los datos son conocidos y para ello se utilizan aquellas herramientas de la tecnología de la información que garanticen su rápida comprensión por todas las partes implicadas. Desaparecería así la pretendida complejidad y confusión que rodea, como si de una ciencia oculta se tratara, el conocimiento del agua y de sus problemas.

Los problemas que el plan hidrológico debe intentar solucionar son muy variados y sería un grave error pensar que construyendo nuevas presas y trasvases se iban a resolver. Este proceder provocaría serios problemas ambientales en un país que ya soporta más de mil grandes embalses, sería una solución cara e ineficaz, ya que las nuevas presas se deberían situar en lugares marginales que ya fueron desechados en su día para construir las hoy existentes, y postergaría en el tiempo una serie de decisiones acuciantes relacionadas con la gestión institucional y física del recurso hídrico, sin cuyo concurso los mismos problemas que hoy padecemos aflorarían agudizados dentro de algunos años, cuando nos tuviéramos que enfrentar a una nueva sequía o a irreversibles estados de contaminación en nuestros ríos y acuíferos.

El recurso hídrico es escaso, pero a diferencia de otros bienes que reflejan su escasez en un mercado en el que demandas y ofertas interactúan produciendo un precio de transacción, en el caso del agua esto no es así, ya que tanto la oferta como la demanda se crean artificialmente por parte de la Administración. Por tanto, la escasez del agua que padecemos ha devenido como consecuencia de decisiones erróneas en el ámbito de la gestión que desde las Confederaciones y desde el Ministerio se han venido adoptando en los últimos años. No se puede olvidar que en España se han venido otorgando concesiones de uso de las aguas en un volumen muy superior al que las capacidades de regulación de los sistemas hídricos podían soportar. Esto ha provocado que las nuevas concesiones de las aguas hayan afectado negativamente a los usuarios ya existentes, y que las garantías de suministro de los abastecimientos se hayan reducido notablemente, es decir, las probabilidades de satisfacer las demandas aprobadas por la Administración hidráulica se han ido reduciendo a medida que se otorgaban concesiones de uso no garantizadas. Si los embalses, por ejemplo, en la cuenca del río Segura, no superan, en general, ni el 30% de su capacidad, llueva lo que llueva, no se debe a que llueva poco, se debe a que la Administración ha otorgado concesiones muy por encima de la capacidad reguladora de las presas ubicadas en esta cuenca hidrográfica. A la sociedad en su conjunto se nos aboca a asumir este error consolidando, por medio del plan que se nos ofrece, una situación no deseada y que deriva de decisiones erróneas que promueven la construcción de costosas infraestructuras hidráulicas, y olvida que el actual marco normativo también permitiría alterar el régimen concesional vigente adecuándolo a las actuales necesidades del país y a los costes reales, económicos, sociales y ambientales, que llevan aparejadas las invocadas nuevas construcciones.

Quizás tengamos que “llorar” nuevamente por el plan que otra vez se nos escamotea y enajena o por el plan que, como diría Garcilaso a orillas del Tajo, se nos lleva el agua muy lejos;

por desusada parte

y por nuevo camino el agua se iba;

ardiendo yo con el calor estiva,

el curso, enajenado, iba siguiendo

del agua fugitiva.

 

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UNA SELECCIÓN NO TAN NATURAL

Existe algo desagradable en la teoría de la evolución descrita por Darwin, y es el concepto mismo de la selección natural. Realmente este hallazgo ha sido interpretado de diversas formas a lo largo de la historia de la biología, pero en conjunción con ese otro concepto de la lucha por la existencia, elaborado por Malthus y recogido a su vez por Darwin, forman un binomio un tanto repelente, en cuanto serían los más aptos, los mejores, los únicos encargados de perpetuar el linaje. La utilización política y sociológica de estos conceptos se ha realizado en los más variados contextos, fue utilizada por Adam Smith y por Karl Marx, también por los eugenistas y por el fascismo, siempre para referirse a la lucha, ya sea por la existencia, de las clases o las razas para perpetuar a los grupos más capaces y situarlos en la cúspide del poder.

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OBEDECER

“Se nos ha enseñado a aceptar la obediencia como algo natural, consustancial a la existencia misma de cualquier sociedad ordenada. Los trabajos de M. Weber resumen claramente todo el material de justificación de la obediencia generado por la Ilustración para sustituir la legitimidad divina o del carisma por la del asentamiento o el contrato. Se entiende que la democracia occidental asienta la legitimidad de la que se irroga el poder para exigirnos a todos la obediencia a la ley, en la doble llave del formalismo procedimental –la regla de la mayoría– y de la declaración formal de los derechos humanos contenidos en sus textos constituyentes. Sin embargo, tal justificación de la obligatoriedad de la obediencia al Derecho no agota todos los ámbitos donde el poder, no sólo político, sino también mediático o económico, nos está exigiendo acatamiento, sumisión y obediencia”.

Las protestas contra la crisis económica, contra la forma en que se ha producido y las pretendidas soluciones que se adoptan, convierten a la desobediencia civil en un instrumento pertinente para la lucha política en busca de una democracia sana en la hayamos podido extirpar a los corruptos y a los plutócratas. “La carga de la prueba: poder, deserción y desobediencia fue publicado en el año 2002, en plena guerra del Bien contra el Mal, y por ello, su contenido pudiera ser útil también para las luchas que se avecinan. Fue editado en la revista VIENTO SUR, en el número 66, mes de diciembre de 2002, páginas 69-74.

 

La carga de la prueba: poder, deserción y desobediencia

La coartada de la obediencia debida extiende su sombra exculpatoria sobre gran variedad de actos, no únicamente sobre los crímenes cometidos por militares en cumplimiento del deber, sino también sobre otras decisiones cotidianas ejecutadas igualmente por los últimos peones de la economía, de las finanzas o de la política: el dependiente de los grandes almacenes, la cajera del banco o el policía del barrio, esos últimos eslabones de la cadena de mando que nos desarman con el consabido “yo no tengo la culpa, sigo las instrucciones del jefe”, respuestas parecidas a las disculpas del pequeño torturador cuando justifica sus actos, ante la posteridad y ante su propia conciencia, en el deber de obediencia al superior: si no está de acuerdo, quéjese a la dirección.

La coartada opera como un símbolo cómplice de la común opresión a la que emisor y oyente nos sometemos, ya que el puesto, a éste o al otro lado de la ventanilla, lo intercambiamos con excesiva frecuencia a lo largo de nuestra jornada de trabajo o de ocio, ya sea como brazos ejecutores de un orden superior y ajeno, o como víctimas de él. Gracias a este juego de rol cotidiano, y sin embrago, siniestro, pocas personas nos sentimos miserables, por esta capacidad tan eficaz y ambigua de trastocarnos en víctimas o verdugos según las circunstancias

El drama de la conciencia individual enfrentada a la ley, imagen reiterada de la desobediencia civil a lo largo de la historia, resalta la imagen heroica del individuo enfrentado al poder, pero oculta estas otras infinitas obediencias debidas con las que se amasa nuestra opresión cotidiana. Nerón destaca como villano de la historia. Sus leyes y sus mandatos brillan como pretextos paradigmáticos de la rebelión justa contra la tiranía. El cristiano, y posteriormente, el liberal, dotados respectivamente de alma y de “yo” pensante, necesitaron blindar su conciencia contra ese poder cuyas normas u órdenes pudieran ser contrarias a su salvación u opinión. La desobediencia contra las normas injustas y el derecho de rebelión simbolizan en la historia esos últimos reductos de libertad contra el tirano o el Estado injusto. Se ha creado así una imagen desleída de la desobediencia civil, demasiado subjetiva, y por tanto, vinculada al individuo que amasó la democracia liberal: el dandy despreocupado de la necesidad de comer o de trabajar para vivir, ahíto de autoestima y carente de escrúpulos sociales, convertiría su pasión por la autonomía en armadura contra la injerencia de los demás en su propia vida; en suma, la desobediencia como arma política de lucha contra la opresión y la injusticia, convertida, al socaire de la filosofía política liberal, en forma efectiva de protección de individuos autónomos satisfechos contra todo acto capaz de alterar el statu quo imperante[1]. Despojada de su carácter crítico y sedicioso, de su eminente índole social más que individual, la desobediencia civil ve pervertida su verdadera potencia liberadora al querer asimilarla a los restrictivos conceptos del derecho al disenso, a la disidencia o al laissez fair[2]. Nadie mejor que el propio Kant ha expresado tan descarnadamente la libertad a la que aspiraba la Ilustración y el liberalismo: “razonad todo lo que queráis y sobre lo que queráis, pero obedeced”[3].

He aquí las figuras míticas de la desobediencia civil: jóvenes contra la guerra del Vietnam, negros contra la segregación, Gandhi y la no violencia, mujeres sufragistas, pacifismo contra armas nucleares. Símbolos nobles de la lucha contra la injusticia interpretados y fagocitados por la filosofía liberal bajo las siguientes coordenadas: actos ilegales no violentos ejercidos por sujetos que aceptan voluntariamente el castigo con el objetivo de alterar la legislación o las prácticas gubernamentales por medio de la presión a la opinión pública[4].

Ésta es la única desobediencia que se acepta. La democracia oficial estaría dispuesta a reconocer la desobediencia siempre que se dieran estos requisitos, pero sólo en muy contados casos: legalización de la objeción de conciencia, perdón a los insumisos o inclusión de la huelga como derecho constitucional reconocido por los países formalmente democráticos. Como si todos los desobedientes pretendieran el absurdo de ver reconocida legalmente su postura con generalidad por medio de un irracional y abracadabrante derecho a la desobediencia. La desobediencia puede recurrir al derecho como forma de lucha, pero no debería quedar reducida a una batalla jurídica de despachos[5], porque la desobediencia civil se sitúa, por su misma esencia, más allá de lo ilegal, lo alegal o lo paralegal. Ya que pretende ser un verdadero acto fundacional o constituyente de una sociedad nueva, la desobediencia encuentra un mejor engarce bajo condiciones de prelegalidad, es decir, en esos actos de fuerza, de creación de nuevos campos de poder alternativos a los existentes, que han precedido a los cambios revolucionarios a lo largo de la historia. Cambiar las dinámicas, hacer evidentes las contradicciones, crear nuevos discursos, en estos ámbitos la desobediencia, como otros actos de fuerza, encuentra su mejor sentido y utilidad para alterar la estructura de poder existente[6].

Se nos ha enseñado a aceptar la obediencia como algo natural, consustancial a la existencia misma de cualquier sociedad ordenada. Los trabajos de M. Weber resumen claramente todo el material de justificación de la obediencia generado por la Ilustración para sustituir la legitimidad divina o del carisma por la del asentamiento o el contrato. Se entiende que la democracia occidental asienta la legitimidad de la que se irroga el poder para exigirnos a todos la obediencia a la ley, en la doble llave del formalismo procedimental –la regla de la mayoría– y de la declaración formal de los derechos humanos contenidos en sus textos constituyentes[7]. Sin embargo, tal justificación de la obligatoriedad de la obediencia al Derecho no agota todos los ámbitos donde el poder, no sólo político, sino también mediático o económico, nos está exigiendo acatamiento, sumisión y obediencia.

Foucault[8] destacó la ubicuidad de los procedimientos empleados por el poder. Más allá de los instrumentos legales y de sus prohibiciones, todo un arsenal de sutiles manipulaciones que los poderosos emplean para someter voluntades y convertir a los ciudadanos en sujetos activos garantes del orden: más que prohibiendo, el poder, en las sociedades modernas, se expresa por su capacidad para incitar comportamientos específicos. Porque el sistema capitalista necesita, para perpetuarse, agentes activos que hayan interiorizado determinadas pautas de comportamiento y necesidades vitales[9]. No de otro modo podría mantenerse un sistema que no sólo nos exige el sometimiento a la ley, sino también la voluntad de consumir, acumular o trabajar por un salario. Por tal razón, cabría situar la desobediencia no sólo en la órbita de la ley, por ejemplo, contra todos aquellos mandatos que prohíben u obligan a pagar impuestos o realizar el servicio militar, sino también contra todas aquellas estrategias de poder que utilizan la coacción en el trabajo, la manipulación de la información, el adiestramiento educativo o la violencia legal y legítima para transformar a los ciudadanos en siervos cuyos derechos, tan sólo reconocidos formalmente, nunca se cumplen efectivamente.

Nos decía Rousseau[10] que la ley fue creada por los ricos para defenderse de la mayoría a fin “de convertir a sus adversarios en defensores suyos”. Pero no sólo la ley, sino también toda una serie de prácticas de adiestramiento, manipulación y de coacción, de terror en algunos casos, útiles para torcer las conciencias y conseguir que los ciudadanos asuman valores útiles para otros[11]. La desobediencia debería buscar su orientación política en todas estas tácticas que el poder emplea con el fin de torcer voluntades y de provocar comportamientos útiles para consolidar su orden y para mantener el llamado equilibrio social. En este marco se insertan las obediencias debidas que todos padecemos y hacemos padecer a diario, en la aceptación y convencimiento de que tales estrategias del poder, aceptadas irracionalmente por puro temor, coacción o manipulación, ayudan a la estabilidad y al orden, y evitan esa anarquía tan peligrosa de los instintos y del derecho natural cuyos pavores fueron tan certeramente inventados y recreados por Hobbes y otros apologetas del Leviatán, del Estado y del pacto.

La desobediencia surge del espíritu de rebeldía ínsito en el ser humano, de esa indignación que aflora incontenible ante los actos manifiestos de injusticia[12]. Encorsetar a la desobediencia en la urna de las interpretaciones jurídicas, o en el debate académico en torno a las definiciones de violencia o de legitimidad, vicia el profundo significado político de todos aquellos actos de insumisión o rebelión que hacen patentes y evidentes la irracionalidad e injusticia del sistema capitalista rabiosamente “libertario” que a tantas personas hace sufrir en el mundo. Cuando la producción no se autogestiona[13], cuando la democracia no penetra en el acto de creación material, el contrato libre entre partes sobre el cual se levanta la arquitectura de nuestras democracias formales resulta irrelevante, porque dicho contrato social se estará produciendo entre partes sometidas a una estructura jerárquica de mando y de manipulación, de poder ilegítimo[14]. Por ello, la desobediencia como forma de lucha contra la dominación y contra la injusticia, no debe dirigirse sólo contra las normas legales, o las prohibiciones estatales, contra las decisiones gubernamentales, sino contra todo acto manifiestamente injusto que perpetúe la asimetría en el reparto del poder. Sobre todo, en una época, como la actual, en la que los poderosos desertan de los ordenamientos jurídicos que ellos mismos nos dieron o pactaron en ciertos momentos históricos de debilidad.

Recuérdese que la ética o el derecho surgieron en el lenguaje de los débiles, de los oprimidos, de aquellos que se levantaban indignados y gritaban “¡no hay derecho!”. Ellos fueron y siguen siendo los creadores de las palabras y de las frases alrededor de la justicia o de la equidad. Pero esta verdad no nos resulta diáfana a todos, por lo acostumbrados que estamos a ver el derecho convertido en cachiporra de los poderosos. Pero, ¿cómo conjugar ambas realidades? Quizás trayendo otro hecho manifiesto: la continua apropiación y progresiva tergiversación, por las personas y grupos sociales que históricamente han provocado la opresión y el dominio, de aquellos conceptos y palabras fraguadas en el submundo de la explotación contra las injusticias padecidas. Porque la adopción, por parte de los explotados, de la ideología y de los valores de los poderosos ha coincidido, paradójicamente, con la profanación, en su propio provecho, del lenguaje de los débiles definiendo la justicia y el derecho. Entendemos así mejor por qué la ley sirve al poderoso, pero también cómo en ciertas interpretaciones de la ley el débil encuentra a su vez cierta protección, pero sobre todo, por qué los poderosos han deseado siempre ordenar con leyes el mundo, a la vez que intentaban, en el colmo de la desfachatez, no cumplirlas: crear un mundo predecible y bien atado donde ellos pudieran moverse con entera libertad.

La ley ha sido establecida por el poder con la pretensión de violarla, para desobedecerla arbitrariamente. La garantía de los derechos formales contenidos en las constituciones no se materializa automáticamente, sino que su reconocimiento real depende del equilibrio de fuerzas o de poder existente en cada momento histórico en el seno de la sociedad. A más equilibrio, mayor igualdad en el cumplimiento de la ley por parte de todos, o similares incumplimientos consentidos. Pero cuando las dinámicas sociales y económicas provocan fuertes asimetrías en el campo de fuerzas del poder social, entonces las minorías agraciadas podrán obtener, si saben aprovecharlo, mayores garantías para sus derechos en detrimento de los del resto de la sociedad. A este último proceso estamos sometidos en la actualidad como consecuencia inevitable de las políticas neoliberales, en contraste con la escasa efectividad de la lucha social en defensa de la garantía de nuestros derechos. Se produce así, de forma cada vez más perversa y radical, la deserción de los ricos, es decir, el abandono de aquellas limitaciones, normas y comportamientos a los que deberían haberse sometido progresivamente para que todos hubiéramos podido avanzar hacia una sociedad cada vez más justa e igualitaria. Y contra ellos y contra estas dinámicas, los actuales movimientos sociales plantean la desobediencia civil como arma beligerante útil para alterar el desequilibrio progresivo de la balanza. ¿Pero qué tipo de desobediencia? Por supuesto, no sólo la aceptada por el liberalismo a lo largo de su historia reciente, sino otra de una especie acorde con el reto desertor lanzado por los poderosos de hoy.

Los ricos desertan de los servicios públicos, los denigran y allá donde poseen influencia o capacidad de comunicar, los atacan vehementemente con la intención de verlos desaparecer, con el doble objetivo de pagar menores impuestos y utilizar, su elevado poder de compra, para financiar su propio sistema de salud, transporte, educación, seguridad, agua, etc. La garantía de los derechos humanos no puede darse si con universalidad no se satisfacen las necesidades básicas de la población. Por esta causa, la deserción de estas minorías privilegiadas bajo el pretexto de la defensa de su libertad de elección, constituye un atentado contra la democracia y los derechos de la mayoría. Resultaría, por tanto, justo y acorde con la naturaleza de su huida, que los ciudadanos nos rebeláramos desobedeciendo todas esas políticas que representan una traición a los principios en los que se basa la garantía de nuestros derechos. Ocupaciones de suelo, tierras o viviendas no utilizadas; impago de las facturas del agua o del teléfono a las empresas recién privatizadas que operan en régimen de monopolio; luchas y campañas contra los servicios pretorianos de seguridad privada; utilización libre de comunicaciones, de redes y de vías y de medios de transporte de uso restringido, etc. Es decir, una desobediencia civil que resulta legítima no únicamente porque las normas o políticas atacadas o desobedecidas estén atentando contra nuestra conciencia de individuos autónomos, sino una desobediencia ampliada contra todo acto público o privado que dificulte o entorpezca el logro de la igualdad o de la justicia social.

Pero los poderosos también desertan de la protección de los llamados bienes comunes, es decir, de aquellos elementos ambientales, patrimoniales, culturales y científicos que tradicionalmente habían sido considerados propiedad de la humanidad y no sujetos, por tanto, a la posibilidad de apropiación privada[15]. Estos expolios constituirían también nuevas justificaciones para desobedecer con objeto de evitar su mercantilización o su destrucción. Impactos ambientales que destruyen los equilibrios vitales del planeta y que someten, a las poblaciones más vulnerables, a la pobreza, la emigración, la enfermedad o la muerte. Apropiación de la biodiversidad por empresas farmacéuticas y de biotecnología; de la cultura y del saber técnico y científico, por grandes monopolios que operan salvaguardados por las nuevas legislaciones sobre derechos de propiedad intelectual; en fin, privatización del saber, de un conocimiento y de una cultura fraguadas históricamente en un ambiente de cooperación y de transparencia, de libertad, y sobre la que los poderosos desean ejercer derechos de propiedad exclusivos en contra de la mayoría de la población. Contra ellos, también serían legítimas otras desobediencias alternativas a las consideradas aceptables por el liberalismo: luchas ecologistas y ciudadanas contra la destrucción del patrimonio natural como consecuencia de la construcción de presas o carreteras, contra las centrales nucleares, los vertidos tóxicos o las actividades industriales peligrosas. Pero también desobediencia contra el uso exclusivo de las patentes, o contra las restricciones impuestas al libre flujo de la información digital, ya sea contra las prohibiciones de copiar discos compactos de música, como las impuestas al libre uso de programas de ordenador, obras literarias, películas y programas de televisión. Por esta razón, la piratería informática o musical representaría un instrumento de lucha legítimo en respuesta al robo programado e intensivo que de los bienes comunes y públicos viene realizando el capital durante los últimos años.

Esas obediencias debidas estipuladas por aquellos grupos que desertan de las obligaciones democráticas y por las cuales somos utilizados en el trabajo para coartar las libertades de nuestros semejantes, también ofrecen una campo fértil para la desobediencia civil. El marco contractual privado en el que se realizan estas actividades laborales dificulta mucho, no cabe duda, que la cajera del hipermercado, el revisor del tren, o el guardia de seguridad, se rebelen contra ciertas instrucciones inmorales o ilegítimas. Pero un primer paso en el camino hacia la rebeldía sería empezar a cuestionar esa ética bondadosa y acrítica del trabajo bien hecho y de la actitud servil o agradecida para quien ha tenido la cortesía de contratarnos, como si tales pactos, realizados la mayor parte de las ocasiones en desiguales condiciones de poder negociador, pudieran ser considerados libres y justos, y por tanto, sometidos al deber ético de cumplimiento por parte del sujeto explotado.

A este orden de actitudes desobedientes pertenecen los tradicionales instrumentos de lucha aplicados por el movimiento obrero a lo largo de su historia. Ni los manuales de teoría política, ni las obras más conspicuas que tratan el tema de la desobediencia civil, consideran las huelgas, las destrucciones de maquinaria de los ludditas, los sabotajes, las ocupaciones de tierras y de fábricas, materializaciones también de la desobediencia civil, como si el derecho de propiedad y otros derechos del capital y de los poderosos debieran quedar al margen de las luchas por la libertad o la no dominación. Queda una interesante y necesaria labor de reconstrucción teórica y práctica de este campo tan fértil de la desobediencia civil. Volver a conectar con aquellas luchas obreras, legitimarlas, recobrarlas y adaptarlas a las nuevas condiciones sociales para crear, con imaginación y alegría, nuevos instrumentos de lucha en el camino hacia la liberación. Actos desobedientes que no sólo niegan, sino que sobre todo desean afirmar entornos de libertad, reconstruir espacios de diálogo y de participación allí donde las exigencias de los mercados libres desean imponer sus pretensiones más injustas.

[1] Se ha escrito prolijamente sobre la relación entre la ley y la ética. F. González Vicen sintetiza, en esta conocida frase, quizás la apuesta más radical “mientras no hay un fundamento ético para la obediencia al derecho, sí hay un fundamento ético absoluto para su desobediencia” (“La Obediencia al Derecho”, en Estudios de Filosofía del Derecho, Universidad de La Laguna, 1979). Muchos años antes T. Hobbes dijo, por contra: “(…) los reyes legítimos hacen justas las cosas que mandan sólo por el hecho de mandarlas; y hacen injustas las cosas que prohíben, sólo por el hecho de prohibirlas (…) si a mí se me manda hacer algo que es pecado en quien me lo manda, y yo lo hago, y el que me manda es con derecho mi señor y rey, entonces yo no cometo pecado alguno” (De cive, Alianza Editorial, 2000, p. 197-198). ¿Cabe alegato más intenso a favor de la obediencia debida y de la disgregación de la conciencia en la ley?

[2] Véase, por ejemplo, J. Muguerza. “La obediencia al derecho y el imperativo de la disidencia (una intrusión en un debate)”, Sistema, nº 70, 1986, p. 27-40.

[3] I. Kant, et. al. ¿Qué es la Ilustración?, Tecnos, Madrid, 1989, p. 25

[4] Existe literatura abundante al respecto. Puede consultarse: E. Garzón Valdés. “Acerca de la desobediencia civil”, Sistema, nº 42, 1981, p. 79-92. X. Etxeberría. Ética de la desobediencia civil. Cuaderno Bakeaz, nº 20, 1997. J. F. Malen. Concepto y justificación de la desobediencia civil, Ariel, 1988.

[5] Consúltense los intentos de J. Rawls. Teoría de la justicia. Fondo de Cultura Económica, 1979 y R. Dwonkin. Los derechos en serio, Ariel, 1997, por hacer compatible el derecho de las democracias formales con cierto tipo de desobediencia, que podría denominarse jurídica, en torno a la interpretación de la ley.

[6] J. L. Cohen y A. Arato. “Desobediencia civil y sociedad civil”, en Sociedad civil y teoría política. Fondo de Cultura Económica, 2000.

[7] Sobre la legitimidad de la democracia para hacer obedecer sus normas a los ciudadanos, puede consultarse P. Singer. Democracia y desobediencia, Ariel, 1985. Y también, E. Díaz y J. L. Colomer  (eds) Estado, Justicia, Derecho, Alianza Editorial, 2002.

[8] M. Foucault. La voluntad de saber. Siglo XXI editores, 1987.

[9] L. Boltanski y E. Chiapello. El nuevo espíritu del capitalismo, Akal, 2002.

[10] Rousseau. Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, Tecnos, 2002, p. 179.

[11] R. Sennett. La autoridad. Alianza Editorial, 1982.

[12] A. Camus. El hombre rebelde. Alianza editorial, 1982.

[13] C. Castoriadis. La exigencia revolucionaria. Acuarela libros, 2000.

[14] Sobre el pacto social, origen de la convivencia según el liberalismo, puede consultarse las disímiles interpretaciones de J. Locke. Segundo tratado sobre el Gobierno civil, Alianza Editorial, 1994; y D. Hume. Ensayos políticos, Tecnos, 1987.

[15] Esta deserción de los bienes comunes la realiza el capital desde los orígenes de la Era industrial, cuando la política inglesa de privatizar los commons (bienes comunales) se extendió a todos los países también interesados en el desarrollo capitalista. Desde entonces, la privatización de lo común y la socialización de los perjuicios del progreso, se ha acelerado y extendido sin descanso.

 

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1993: El AGUA EN ESPAÑA

La primera Ley de Aguas de la democracia española se aprobó en el año 1985. Aseguraba el carácter público de casi toda el agua y confiaba en que una Administración fuerte y sensible a la realidad social desarrollaría tanto la gestión como la planificación de los recursos hídricos. Desgraciadamente se perdió una ocasión histórica para haber dotado a las Confederaciones Hidrográficas de recursos económicos y personal competente con el objetivo de convertir a la rancia y vetusta Administración del agua española en un modelo de gestión eficaz y democrático. Por dicha razón, el Anteproyecto de Ley de Plan Hidrológico Nacional de 1993 consistió, fundamentalmente, en un mero listado de obras entre las que destacaron los trasvases: 3.000 millones de metros cúbico de agua que como una tupida telaraña interconectaría casi todas las cuencas españolas con la aspiración tecnocrática de solucionar todos los problemas del agua de nuestro país. Vana ilusión.

El informe que publiqué en marzo de 1993, “La situación de los recursos hídricos en España”, unos meses antes de que el Gobierno anunciara el proyecto de Plan Hidrológico Nacional, se confeccionó para informar a la sociedad de la realidad hídrica de nuestro país, en un momento en el que la ciudadanía apenas tenía información sobre esta materia, con el objetivo de crear una corriente de opinión favorable a exigir al Gobierno una planificación del agua sensible a la nueva realidad de nuestro país y a la obligación constitucional de salvaguardar el medio ambiente y dar cumplida cuenta de las obligaciones que marcba la propia Ley de Aguas en materia de calidad del recurso, economía y participación ciudadana. Fue editado por el Centro de Investigación para la Paz (CIP, de la Fundación Hogar del Empleado), y se incluyó como anejo de la versión española del Informe “La situación en el mundo, 1993” que edita el Worldwatch Institute de Washington.

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SARDINAS AL SOL

Hace unos días le daba yo vueltas al modo de prepararme unas buenas sardinas. Pescado barato, suculento y parece que muy nutritivo. Y se me ocurrió lo siguiente. En una sarten grande puse cebolla, pimientos y ajo finamente cortados, con un poquito de aceite (o grasa de cerdo), y las puse a rehogar. Al poco, y cuando todavía quedaban unos minutos para hacerse, coloqué encima las sardinas, abiertas, sin raspa ni cabeza, y boca abajo, como si el foco de luz de la campana extractora las dorara bajo sus rayos ultravioleta. El espectáculo era maravilloso, toda una capa plateada de escamas recogiendo los vapores de la verdura mientras las sardinas se hacían pausadamente. Una delicia.